También su destrucción (Oaxaca, 2018) #4
Con la panza llena y las intenciones claras, Tor cruza la explanada.
El MIC no se parece ni un poquito a una pecera.
Es casi lo opuesto, de hecho. El sistema de captación de luz es por tragaluces, porque así es más fácil controlar el brillo y, por ende, el color.
Desde afuera, sin ventanas, el museo parece un cubo opaco.
La única superficie reflectante es la puerta, que se desliza silenciosamente mil veces al día: se abre, se traga a los visitantes como si fueran krill, se cierra.
La puerta se abre ahora para Tor, pero antes de que la logre cruzar, Pedro la intercepta: con su puesto de banderas abandonado dos metros atrás, su niño pegado a la pierna para puntos extra, y las manos juntas frente al rostro, en posición de súplica.
Órale pues, concede Tor: Pero sólo por hoy.
En agradecimiento, Pedro abre las manos como una ostra que contiene, en vez de perla, un pin con la bandera de México.
Tres centímetros cuadrados de mitología dorada.
Una versión comprimida de la consigna que precediera la fundación de Tenochtitlán: que debían asentarse allí donde encontraran un águila devorando a una serpiente encima de un nopal.
Lo que le gusta a Tor de la leyenda es que, cuando la encontraron, el águila, o más bien la serpiente, había elegido un nopal que estaba en un islote, en medio del lago de Texcoco.
Pero eso no los detuvo. Fundaron ahí mismo, sobre el agua, una ciudad enorme que está —desde entonces y para siempre— hundiéndose.
Lo que no le gusta a Tor de la leyenda es que pareciera implicar que los mexicas tenían una suerte de guía divina, en lugar de pura inspiración humana.
La ciudad precolombina más grande del continente americano, Tenochtitlán, fue enteramente construida sin planos.
Y la leyenda menosprecia eso: el arte fino de la improvisación pura.
Menosprecia el modus operandi de un país con cero talento para la planificación, pero con excelentes capacidades para la espontaneidad, la impulsividad, y la imaginación.
Siete siglos después de que hiciera la digestión esa águila, México sigue inspirándose para resolver lo que sea sólo en el ultimísimo momento, justo antes de hundirse.
Y, a la vez, claro, sigue hundiéndose. Pero también girando.
La gente sigue avanzando, superando la oscuridad omnipresente a pura fuerza de espíritu.
Pero ¿por cuánto tiempo más? Tor seguido se pregunta: ¿cuánto falta para que el remolino de la violencia nos trague a todos?
Desde que empezó la llamada guerra contra las drogas, o quizá desde que el águila se tragó a la serpiente, este país quema lo mejor que tiene —naturaleza, humor, talento— como si mañana no fuera a necesitar combustible.
México tritura a la gente hasta el agotamiento mal pagado, escupiendo a algunos al azar, destruyendo miembros, mentes, cuerpos, familias, pero no se detiene nunca.
La gente sigue comiendo, riendo, enseñando y esperando poder largarse.
O no. En realidad la gente desearía poder quedarse, sentirse en casa en su casa, estar en paz.
La gente sigue confiando y creando y procreando y llegando casi casi a tiempo a todos lados.
Excepto, claro, los que un día no llegan a trabajar, las que no regresan a su casa después del mandado.
¿Puedo?, pregunta Pedro.
Pero antes de que Tor conteste ya está clavando el pin en su túnica, con mucho cuidado de no tocarla.
Tor nota cómo las puntas de sus dedos, donde la piel hace presión sobre el metal, cambian de color, se aclaran.
¿Qué color es, exactamente? ¿Lino, pergamino, cal?
Hueso. Eso es. Qué chistoso, que la piel pueda ponerse color hueso.
Pedro suelta y el pin se hunde entre las muchas flores bordadas en la túnica de Tor.
Gracias, dice ella, antes de dejarse tragar, ahora sí, por la poderosa quijada de su blanco cubo opaco.
O no blanco.
El MIC no es blanco.
Nunca nada es tan sencillo con Tor y el color.
Nunca nada es verde nomás, nunca azul y ya.
Para ella todo color requiere adjetivos: «ligeramente más apagado» o «una pizca menos tenue».
Contra sus instintos, Tor ha tenido que aceptar que mientras cada matiz es aparente para ella, es simplemente cierto que otras personas no saben distinguir entre perla y porcelana.
En la tienda de pinturas para casa en el centro de Oaxaca, donde Tor se ha dado a la tarea de entrenar al personal al modo en que en la antigüedad los pintores entrenaban a sus aprendices, la apodan doña Blanquecino, porque una vez se pasó semanas rechazando muestras por no ser «suficientemente blanquecino», y eso era sólo la pintura para la cancelería de los baños.
Pero todo el mundo la quiere. Excepto los que no la soportan.
La nueva exposición le va a conseguir más detractores, sin duda.
Desaparecidos empieza en un cuarto oscuro con un hecho proyectándose a intervalos sobre las paredes.
Una vez que lo lees ya no lo puedes des-ver.
Ni lo puedes olvidar. Es una sola frase: En México desaparece una persona cada noventa minutos.
cada
noventa
minutos
Ese cuarto va a romper corazones y cabezas.
Porque la gente no es tonta: sabe que cada persona que desaparece es alguien que no regresa.
Aquí cada noventa minutos alguien es catapultado hacia la oscuridad, levantado por un grupo criminal o por las fuerzas de seguridad, da igual: ambos portales al olvido.
Y mucha gente no quiere que le digan estas cosas.
Pero la exposición está dedicada a quienes no han tenido más opción que enfrentarse a este hecho diabólico, a esta realidad tan surreal.
A los que buscan, a los que entregan su vida a ese hueco, porque no tienen más opción, porque la otra opción es imperdonable: es hacer lo que hizo ella: no mirar.
No no olvidar (eso es imposible) pero sí no hablarlo.
Y Tor ya no puede más de su propia regla, quiere romperla porque quizá eso sea un paso hacia la sanción, aunque sea también su destrucción.
Y quiere, sobre todo, pensar que el siguiente cuarto, la pieza más grande, va a conmover a la gente, arroparlos por un rato.
Quiere pensar que su pieza es una exploración sensible y digna del tipo de duelo que un desaparecido deja tras de sí, y que le dará a las familias un momento, un respiro, un espacio para ese dolor sin comparación.
Por décadas, Tor ha cargado ese duelo sola.
Pero en realidad, para mal, demasiados otros lo comparten.
El luto sin resolver de perder a alguien.
No perderlo como un eufemismo común de la muerte, sino perderlo de verdad: no poder encontrarlo.
Pero quién sabe si Tor logró construir un refugio o si va a conmover a nadie, porque ni siquiera se ha atrevido a asomarse al cuarto grande, por más que la persigue el arquitecto con mensajes de que es hora, la pieza está lista. Es hora, lo sabe. Tiene que ir ya. ¡Ahora!
Tor cruza la planta baja a zancadas. Ignora las filas de visitantes, los saludos del personal, el tufillo distintivo de su eterna lista de pendientes.
La planta baja alberga las colecciones permanentes: la rueda del color tamaño humano, la colección de pigmentos, los cuartos pequeños: Gama, Matiz, Valor cromático.
Lo cierto es que la museografía del MIC está muy influenciada por el cerebro científico de Andreas.
Tor solía argumentar que debía haber un balance exacto entre ciencia y arte, pero poco a poco ha aceptado que Andreas tenía razón: a este museo los visitantes, los turistas, las escuelas, vienen sobre todo a educarse.
Éste es un museo sobre el color. Sobre lo que el color es.
Y no tanto sobre las cosas que se hacen con él.
De todos modos, Tor reservó el piso de arriba para el arte.
Y ahora ese gran espacio está en su mayoría ocupado por la pieza que lleva un año planeando y que hoy, por fin, verá terminada.
Está a punto de entrar al vestíbulo oscuro, el de la frase espantosa, cuando oye el clic clac de unos tacones, seguido de su nombre. Se gira.
Tienes una llamada, dice una de las recepcionistas: Apolo algo, dice que tienen cita.
Carajo, dice Tor: Les contesto en mi oficina.
La chica parece confundida y Tor le explica: Dame dos minutos para llegar a mi oficina, mientras tú transfiere la llamada, tienes que picar gato y luego siete.
La chica sonríe y asiente cual robot.
Tor no entiende si entendió, si se está burlando, si va a hacer lo que le pide o no. Tor sabe que, en general, el personal la adora y los becarios la odian, pero con las recepcionistas nunca sabe qué pensar, porque todas tienen un talento excepcional para las sonrisas falsas: por eso las contrató.
La escalera del MIC es un guiño a la del MOMA.
Y aunque es mucho más pequeña, el color (gris nublado con una tenue pizca de rojo para darle calidez) hace que el espacio sea más acogedor y también francamente más elegante.
Tor no nota nada de eso en este momento, con lo rápido que la sube.
Al llegar al segundo piso, entra por una puerta marcada PERSONAL, que conduce a otra escalera, más sencilla.
Pasa por una sala de reuniones y entra jadeando a Torre de Control: su pequeño despacho privado en el punto más alto del MIC, que goza de una de las pocas ventanas normales del edificio.
Esto, además, le da un aire de panóptico solitario que a Tor le encanta.
Ama llegar aquí cada mañana pero, casi siempre, en cuanto abre la puerta se rompe el encanto.
La dura realidad de su desorden, la decepción de ver el escritorio de sus sueños siempre sepultado por montañas de papeles, la hacen sentir como cuando tenía ocho años: ofendida de que la mandaran a ordenar su cuarto, y francamente dolida ante la insinuación de que su cosmos era un caos.