Wishbone También su destrucción (Oaxaca, 2018) #3
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También su destrucción (Oaxaca, 2018) #3

Andreas también dice que debo encontrar otro título. Pero no hay una buena metáfora para una persona desaparecida, excepto tal vez «un acorde sin resolver».

¿Qué es eso?

Exacto: buena metáfora, mal título. Se le queda Desaparecidos.

Órale, pero ya ve a verla, chingados. Llevas meses esperando que esté lista y ahora llevas toda la semana evitando verla, me lo dijo el arqui.

Es que…

¿Qué?

Bueno, te voy a decir. ¿Ya ves que soy un poco supersticiosa?

Sí, siempre andas diciendo que para ser una persona tan suertuda tienes muy mala suerte.

Sí, pero más allá de eso, nunca te he contado mi mayor superstición. Nunca le he contado a nadie.

Ok… dice Matilde, retrocediendo un poco.

Pero, aunque la nota incómoda, Tor sigue.

Porque Matilde no es su empleada, no en sentido estricto, y lo único que Tor necesita es decirlo en voz alta, para escuchar lo estúpido que es, este pensamiento circular que carga desde hace tantos años y que ahora hace semanas que no la deja en paz.

Hace mucho tiempo, dice: Me di cuenta de algo sobre mí, sobre mi vida, no es una teoría general, eh, va a sonar muy poco feminista…

Con una chingada, ya dilo.

Ok. Creo que hay una ley del yin yang, o algo por el estilo, una ley sobre mi vida, que dicta que, o puedo tener un buen matrimonio o puedo hacer buen arte, pero no las dos cosas. No al mismo tiempo.

De qué hablas pinche Tor, tú y Andreas ni siquiera están casados, le has dicho que no cada vez que te ha pedido matrimonio.

Sí, pero ¿cuál es la diferencia? Y además sí vamos a casarnos, justo para eso quiero el pulpo, el Pacífico Gigante que fui a comprar hoy, me voy a hincar cuando se lo dé, ¿sabes? En vez de anillo de compromiso. ¡No le vayas a decir!

Matilde pone una cara que podría ser de espanto o de asco. Tor cambia de tema. Le pide que agenden la farsa de los huevos para la primera semana de noviembre, cuando llegará un nuevo grupo de becarios.

Agendando, dice Matilde a la vez que se gira hacia un calendario en la pared con la foto de una canasta llena de gatitos bebés, con ojos inmensos, como flotando sobre una pradera de color verde saturado.

Es feo y, como diría el ex de Tor: totalmente disonante con el branding del museo.

Pero Tor no se queja del calendario porque le recuerda los viejos tiempos, antes de que la fonda de Matilde se convirtiera en la cafetería del MIC y se introdujeran el café expreso y los sándwiches planos y las paredes que cada año se pintan de un color distinto, siempre elegido por la propia Tor para que coincida con la exposición de turno.

Matilde ha sido solidaria a cada paso, transformándose según las etapas del propio museo, y se merece su rinconcito kitsch que a nadie le hace daño.

Mati avanza hasta noviembre: más gatos, más cursis. ¿Cuántos becarios?, pregunta con la pluma en la mano.

Cuatro, dice Tor: Creo.

Matilde pone los ojos en blanco.

Lo checo, promete Tor.

Cada año, los programas curatoriales y/o museográficos de las universidades del mundo expelen becarios como esporas, que llegan y se quedan —siempre sólo por un rato— suspendidos sobre Oaxaca.

Embobados. Tor los recibe a todos, sin pagarles, y los llena de trabajo.

El primer día los invita a comer en el café.

A veces son dos becarios, a veces siete, pero según cuántos sean, es el número de huevos que Matilde debe hervir y luego, en la sobremesa, presentarle individualmente a cada becario en un platito de barro.

Cuando todos tienen su huevo, Tor les pide que lo pelen con cuidado.

Para entonces todos llevan unos cuantos mezcales y la sorprendente tarea les hace notar los efectos.

Se concentran. Estaban empezando a creer que los rumores eran falsos, Torpedo no es tan exigente como les habían contado, pero ahora piensan, ¿qué tal que simplemente no se había mostrado?

Luego, Tor les pide que separen la membrana exterior, y que la comparen a la clara del huevo.

¿Cuál es la diferencia entre el color del delicado velo y el del óvalo tridimensional que para entonces todos sostienen con respeto, como si se tratara de una reliquia?

Así como a cien grados el agua empieza a hervir, con esta pregunta empiezan las animosidades entre los becarios.

El color es su pasión, su especialidad, lo que los trajo hasta acá.

Cada uno tiene una teoría o la capacidad de rápidamente armar una.

Se saben el Pantone, el sistema ISCC-NBS; algunos incluso, como Tor, tienen memorizada La nomenclatura del color de Werner.

Llueven las hipótesis y Tor las rechaza todas: No, no, no.

¡Chingada madre!, grita Matilde eventualmente: Son del mismo color, sólo que uno es brilloso y el otro es mate.

Más tarde, a los becarios que se quedan a beber después del cierre, Matilde les dice: Para mí, ese museo es como una pecera.

Tor adora la farsa de los huevos. De hecho, últimamente, en medio de la noche, con tal de parar de imaginar cómo sería su vida sin Andreas (una idea terrorífica pero que no logra dejar de visualizar, como si fuera una película proyectándose sobre el cuerpo de él, girado de espaldas hacia ella), Tor mejor se pregunta cómo sería su vida sin el MIC.

Como quien se pellizca la mano para distraerse del dolor de muela.

Y de inmediato sabe que, si perdiera el MIC, la farsa de los huevos es una de las cosas que más extrañaría.

Tor sale del café y, mientras cruza la explanada, se reproduce en su cerebro otra película incómoda: las reacciones que tuvo Mati.

Primero, a su idea de un pulpo de compromiso, y luego a su superstición del yin yang amor/trabajo.

Agh. Tor se regaña por andar compartiendo sus cosas.

Siempre hablando de más, carajo. Le cuesta demasiado trabajo mantener una clara línea divisoria entre su trabajo y su vida personal.

Le parece que los hombres eso sí lo hacen mejor.

Pero quién sabe, la verdad es que conoce a poquísimas mujeres con un trabajo como el de ella.

Se hace una nota mental categórica: Prohibido volver a confundirte, ¡Matilde no es tu hermana!

Tor perdió a su única hermana hace mucho tiempo.

De niñas, en un librero al fondo del largo pasillo, tenían una pecera.

El departamento donde crecieron era, sobre todo, ese pasillo del que brotaban todas las puertas.

Vivimos en una salchicha, solía quejarse su madre.

Pero las hermanas amaban el departamento.

Lo amaron hasta el día en que dejaron de amarlo, hasta el día en que destruyó su relación.

Cuando llegaban de la escuela y abrían la puerta principal, el pasillo se alumbraba por turnos: un rectángulo iluminado seguido de uno en sombra, luego otro, y otro, el juego de luz y oscuridad confundiéndolo todo, borrando hasta el librero de fondo, como si fuera un pasillo sin final.

A Tor le gustaba entrar saltando por los bloques de luz, sin dejar que sus pies tocaran los oscuros, ni siquiera sus bordes.

El juego se estropeaba si una puerta se había quedado cerrada, o una cortina corrida, cualquier cosa que bloqueara la luz de las ventanas podía hacer que un rectángulo luminoso quedara demasiado lejos del siguiente.

Entonces Tor se quedaba de pie bajo el quicio de la puerta, mientras su hermana y su madre se quitaban las chamarras, las mochilas, los zapatos, todo el rato burlándose de ella, de sus supersticiones absurdas, diciéndole: Ya, métete.

Pero Tor no se metía. Esperaba hasta que alguna de las dos se apiadara, o se hartara, e hiciera lo necesario para restablecer el tablero de ajedrez y ella pudiera entrar como le gustaba: saltando sobre la oscuridad, aterrizando sobre la luz siempre.

Desde ciertos ángulos, si entrecerrabas los ojos, podías ver la pecera al final del pasillo.

En ella vivían una corriente constante de burbujas, un poco de coral falso, un buzo de plástico, y todas sus «hermanas mayores».

Así les decía su mamá a los peces, aunque para cuando las niñas empezaron la primaria, los peces ya eran todos nuevos porque, con cierta frecuencia, aparecían flotando y había que reemplazarlos.

El punto era que su mamá, originalmente, no quería ser mamá.

Había planeado ser una señora con su departamento y su librero y sus peces, nada más.

Más tarde, cuando las niñas ya no eran tan niñas y la mamá se enfermó terriblemente, lo mejor de ese departamento —que tenía tanta luz— se volvió un problema.

¡Demasiada luz!, gritaba la madre, y luego susurraba, cuando gritar se volvió un esfuerzo demasiado grande y se sumó a la creciente lista de cosas que hizo por última vez: regañarlas; reírse tanto que se hacía pipí y luego culparlas por haberla hecho incontinente; ponerse de pie; cantar.

No hubo una última broma. Hubo bromas hasta el último momento: su mamá era, sobre todo, su sentido del humor.

Las hermanas discutieron por meses sobre cuál había sido la última broma que hizo.

Pero Tor sentía que la última broma que hizo fue morirse.

Por años, irracionalmente, esperó que su madre regresara, diciendo: Era broma, niñas, ya cálmense, ni aguantan nada.

Con su hermana fue exactamente al revés.

Tor no se permitió ni un ápice de esperanza irracional tras la desaparición de su hermana.

Pasado un tiempo no se permitió ni hablar de eso.

Prohibido mencionarlo. Prohibido pensarlo.

Prohibido pensar en su madre, de paso, porque su madre no se hubiera acobardado ni rendido, su madre nunca hubiera dejado de buscar a su hermana.

Pero Tor, en cambio, se rindió, se escondió, se fue.

Y cuando volvió jamás habló el tema con nadie.

Prohibido, incluso, hacer arte con ello.

Esta última regla es la primera que, ahora, con esta nueva exposición, Tor está a punto de romper.