Wishbone También su destrucción (Oaxaca, 2018) #2
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También su destrucción (Oaxaca, 2018) #2

El Museo Internacional del Color se encuentra en una angosta calle residencial a las afueras de la Ciudad de Oaxaca. Al modo de una verruga, sobresale de entre las pequeñas casas de una forma inesperada, casi inadecuada, pero sin duda atractiva. O eso le parece a Tor cada vez que va llegando.

Instalarse aquí fue una estrategia inusual, pero una que le permitió construir de cero en una ciudad donde la mayoría de los museos se han instalado en viejas casonas adaptadas.

Al principio, Andreas no estaba para nada de acuerdo con esta ubicación.

Demasiado lejos del centro, era su argumento.

Y también que Tor iba a cavar un hoyo suburbano y tirar ahí la inmensa cantidad de dinero que le habían dado.

Y que el barrio era demasiado nuevo, decididamente no muy oaxaqueño, tranquilo de un modo más bien triste y, bueno, francamente, insípido, incluso para un alemán.

No es insípido, corrigió Tor: es incoloro, es una hoja en blanco.

Bueno, concedió él eventualmente: Yo sé que harás algo muy especial y que la gente llegará.

Y Tor lo hizo y la gente llegó. Hoy en día, todo tipo de artículos y listas de «los cinco mejores» recomiendan el museo.

Comprando guías turísticas para convencer a su hija de que los visite, Andreas descubrió que el MIC ya incluso aparece en la Guide du Routard y en la Lonely Planet.

El museo de Tor es mainstream . Un éxito insólito.

Según el ICOM: sólo un museo de miniaturas en una isla japonesa y un museo de diseño en la Suiza rural han logrado tan rápido, tan explosivamente, convocar a los turistas a lugares a los que de otro modo nunca se habrían ni asomado.

Tor carga el éxito con la espalda orgullosa y derechita, y con una secreta y permanente sensación de pánico.

De que todo se venga abajo. De que todo se haga pedazos.

Piensa: Puede que no tenga hijos, Pantera, ¡pero tengo muchas bocas que alimentar!

Detiene el coche frente a una pared marcada MIC en el estacionamiento atrás del museo.

Antes de bajarse del coche gira el cuello dos veces hasta que hace crac.

Una vez, una curandera le dijo que su cuello es su «órgano de choque».

Tor pensó que había encontrando la solución a sus dolores, pero cuando se lo contó a Andreas él destruyó el placentero efecto placebo al contestar: El cuello no es un órgano.

Entre el estacionamiento y el museo, hay una pared hecha de bambú vivo.

Ésta fue una mala decisión de Tor. Le advirtieron que el bambú es más traidor que aliado, pero ella se negó a escuchar porque quería un muro verde, una pared viva para su museo y la quería para ayer.

Eso es lo que en realidad debería decir su tarjeta de presentación: Tor Sima. Terca.

Y, pues sí: ni bien se acerca oye el ruido de los machetes, y pronto ve a dos jardineros dándole al bambú.

Saluda primero a Juan, pregunta por sus hijos.

Juan tiene nueve hijos, cuatro de los cuales ya trabajan en el museo.

Por respuesta, Juan gruñe. Tor nunca ha sabido cuántos años tiene Juan porque parece de edad mediana hasta que sonríe y te das cuenta de que sólo tiene tres dientes. Pero hoy no sonríe.

Buen día, Melitón, saluda Tor.

Melitón es un hombre nervioso y brillante, con un talento especial para detectar plagas temprano. O eso o sufre de hipocondría botánica, Tor no está segura y en general elige confiar en su talento y financiar los remedios, porque no puede permitirse perder las plantas.

Mientras Melitón se queja del bambú, a lo cual nunca resiste la tentación de sumarle un Se lo dije, Tor sigue la mirada preocupada de Juan y rápidamente descubre lo que pasa.

Uno de sus hijos mayores, con uno de sus propios hijos al lado, está de pie afuera del museo con un puesto sobre ruedas repleto de banderas chiquitas, medianas y grandotas.

¿Qué día es hoy?, pregunta Tor, momentáneamente perdida en el calendario.

Veintidós de septiembre, dice Melitón.

Eso pensaba, dice ella, y luego tanto Melitón como ella se le quedan viendo a Juan en espera de una explicación. Ya pasó el día de Independencia, ¿por qué su hijo sigue vendiendo banderas?

Son las que sobraron, gruñe Juan.

Tor lo piensa un momento. ¿Será posible que el día de la Independencia por fin perdió su encanto? Ahora que el país es una zona de guerra no declarada, ¿quizá el mexicano promedio ya se hartó y decidió boicotear el nacionalismo? Lo duda.

Juan explica: Pedro pensó que como el patriotismo se acaba luego, después del grito, pues ¿tal vez ahora la gente compre las banderas por coloridas?

A Tor se le sale una risa involuntaria. Luego los dos jardineros se ríen también, frente a esta idea ridícula pero plausible.

Y ahora Tor ya no puede enojarse del puesto, después de haberse reído del chiste.

Y aunque lo que quiere es ordenarle a Juan que vaya y saque de ahí a Pedro y a su nieto ahora mismo —porque están arruinando la hermosa fachada neutral del museo con sus rojos y verdes eléctricos sobre rayón barato— nada más inclina la cabeza para despedirse de los jardineros y camina hasta la fuente.

Mete las manos en al agua roja, y luego se lleva cada una a cada cachete.

El tinte es cochinilla, no mancha la piel.

Pero la temperatura es un alivio, una pausa.

El arquitecto no quería que pusieran ni fuente ni explanada: vamos a perder mucha superficie, era su argumento. Pero Tor no lo escuchó.

No hay libros sin portada, era el argumento de ella: Y no puede haber museos sin explanada. Esto es lo que Andreas llama un non sequitor. O tal vez es un modus torens . Quién sabe, la verdad es que Tor casi nunca entiende la lógica detrás de sus bromas sobre lógica.

En defensa propia, Tor diría que a veces es necesario ignorar el pensamiento lógico para poder pararte firme frente a todos los machines parlanchines, tan seguros de sí mismos y de su lógica intrínseca que te hacen dudar de ti misma sin razón.

La lista de hombres confiados la agota: Pantera, Melitón, Pedro, Juan, demasiados hombres antes del desayuno.

¡El desayuno!

Tor se gira de espaldas al museo y cruza la angosta calle.

Chingada madre, dice Matilde desde la cocina, jalando con las manos sus pelos crespos, pintados de un rojo casi vino, para arriba en diagonal.

Tor nota que se le ven las raíces canas, pero no lo menciona.

Lo único que dice, sentándose en uno de los taburetes de la barra y con una inocencia inverosímil, es: ¿Qué?

Todo el mundo sabe que esa casa es de narcos, susurra Matilde: ¿Para qué te fuiste a meter ahí?

Para empezar, se defiende Tor: Yo no sabía, así que no todo el mundo sabe. Y para seguir, no me metí, me quedé afuera.

En cuanto viste al animal ése, tendrías que haber salido por patas.

Nadie me vio, Mati, no pasé del portón, fui nomás para comprarle un pulpo a Andreas, no hagas esa cara. Y no le vayas a decir, es sorpresa. Ha estado muy triste desde que se murió Glück.

Matilde se suelta por fin el pelo y dice: Sigue comprando la comida de Glück.

Ya sé.

Ah, pensé que no sabías.

¿Qué? ¿Cómo voy a no saber?

En vez de contestar, Matilde enciende la licuadora.

Luego la destapa, vierte el resultado —un jugo verde, más fibra que agua— en un vaso gordo de borde azul, y se lo pone enfrente a Tor, que se bebe un tercio de un sorbo.

Cierra los ojos para dejar que la dulce acidez la invada, la refresque, la restaure.

Matilde la saca del placer preguntando cuánto le costó el pulpo.

No es de tu incumbencia, contesta Tor.

¿Por qué estás haciendo esto? Matilde insiste: ¿Es una manera de evitar enfrentarte a tu obra de arte?

Mati, Mati, tú siempre con la plática amena, ligerita.

Te anda buscando el arquitecto.

¿Por qué?

Tú sabes por qué.

Ah. Tor bebe otro sorbo, pero esta vez nota la textura densa contra su garganta contrayéndose. Se limpia la boca con una servilleta, la dobla con cuidado, y dice: ¿Porque está lista mi pieza?

Listísima.

Tor levanta las nalgas del banco y, apoyando los talones en el descansapiés y una mano en la barra, estira el brazo libre más allá de donde está Matilde para abrir una estantería de vidrio que contiene pan dulce.

Extrae una concha de chocolate y vuelve a sentarse.

Pensaba disfrutarla pero la mezcla de dulce y crujiente es imposible de resistir y se la devora en tres mordidas.

Tal vez yo pienso con la quijada como los hombres piensan con el pito, se le ocurre.

Le debería haber preguntado a esa curandera, ¿es eso lo que significa un órgano de choque?

¿Sabes como quien te andas comportando?, pregunta Matilde.

Tor se prepara para un golpe bajo, la especialidad de su amiga.

Como la Borola Burrón, dice Matilde: La del comic, como el día en que está muerta de miedo porque se enteró de que tiene una calaca adentro.

Tor se ríe tan fuerte que el jugo verde le sube por la nariz y tiene que toser. Cuando se recupera grita de mentiritas: Alguien ayúdeme, ¡hice una obra de arte!

Matilde asiente aprobatoriamente, pero luego cierra la vitrina de golpe cuando Tor intenta agarrar otra concha.

¿Sabes como quién te estás comportando tú?, pregunta Tor: Como Anish Kapoor.

¿Quién es ése?

Un señor que compró los derechos del vantablack, la sustancia más oscura en el planeta.

¿Y?

¿Cómo que y? Pues que no puedes monopolizar un color, Mati.

Un horno hace bip y Matilde se aleja a servir el quiche. El café ahora está lleno de palabras extranjeras. Tor sabe que es culpa de ella, pero de todos modos la irrita. Le da nostalgia de cuando entró por primera vez y lo único que Mati vendía era cerveza y Coca-Cola, nada más, ni siquiera agua.

Esta exposición va a acabar conmigo, Tor dice cuando Mati le trae un café: Mostrar tu propio trabajo es de mal gusto, como un editor publicando su propio libro, va a ser el final de mi reputación.

¿Cuál reputación?

Ouch.

¿Cómo se llama la exposición?

Desaparecidos.

Tanto tacto siempre, Tor. Y luego te sorprende que los internos te digan Torpedo.