También su destrucción (Oaxaca, 2018)
¿Es un camello?
Tor se acerca al parabrisas y entrecierra los ojos.
Para ver bien los colores hay que entrecerrar los ojos, es lo que se pasa la vida diciéndole a quien se deje.
¿Igual también sirve con los animales? Se quita los lentes de sol, entrecierra los ojos tanto que parece que los cerró, y mira fijo.
Cuando por fin se asienta la pequeña tormenta de polvo que ella misma creó al derrapar las llantas junto a la carretera, Tor concluye: ¡camello!
Se baja del coche, azota la puerta, deja que la envuelva el calor seco.
Mientras se ajusta el cuerpo, considera el paisaje.
Detrás del camello hay una mansión. O, más bien, media.
Media mansión, con terrazas y balcones y un ala sin terminar y en el techo una multitud de varillas que apuntan hacia el cielo, llenas de promesa.
Detrás de la mansión y también detrás de Tor, al otro lado de la carretera, hay piedra.
Montañas duras, casi pelonas, expuestas, donde se entreteje la cantera rosa con la verde: la bella piel rugosa de Oaxaca.
Junto a la mansión hay varias camionetas, pero ni un humano a la vista.
De este lado de la barda, además del coche de Tor, hay sólo otro vehículo: una combi Volkswagen, rosa chicle, que es el punto de encuentro, el lugar al que ella debería dirigirse ahora mismo, porque para eso vino hasta acá: para entregarle al dueño de la combi rosa una cantidad considerable de dinero.
Pero en vez de eso, Tor camina hacia el camello.
Conforme más se acerca, más se conmueve. No sabe ni por qué. Ésta es Tor Sima: no una persona particularmente racional. Pero tampoco demasiado espiritual. Entonces por qué se le sale una lágrima, por qué avanza como si el animalote fuera una aparición, un altar, una deidad. Un imán.
Es cierto que un camello no es algo que una vea todos los días a las afueras de la ciudad de Oaxaca ni, en realidad, en cualquier otra parte del continente americano.
De hecho, si lo piensa, Tor no ha visto un camello de carne y hueso desde los bajos ochenta, cuando su madre las llevó a un circo y luego las sacó arrastrando de la carpa, sin explicarles que un hombre había empezado a toquetearla desde la fila de atrás, y se negó a regresar a pesar de que Tor y su hermana rogaron y patalearon todo el camino al metro.
Así que, por más diplomas que tiene, por más experiencia y credenciales y bizarra capacidad muscular en el párpado, Tor no tiene una referencia cromática clara en este caso.
Es decir que ignora cuál sería el tono exacto que sería considerado normal, o sano, para un camello polvoriento, y que no tiene manera de medir lo pálido, lo erróneo, lo maltrecho que está este pobre animal.
A ella, al revés, el camello le parece un iluminado: claramente poseedor de un alma vieja.
Incluso el modo impreciso en el que mastica, en círculos, Tor lo interpreta como sabiduría zen.
Al llegar a la barda le lanza un saludo respetuoso, casi reverencial.
El camello lo devora, y luego lo mastica en círculos.
Unos veinte metros más atrás, de una de las puertas laterales de la media mansión, sale un hombre.
Tor debería sacudirse la emoción y pasar a modo autodefensa.
Porque este sitio y esta era (2018 en México: una mezcla de futuro estropeado y regreso a la edad media), requiere de toda mujer una sana dosis de paranoia.
Pero en vez de huir, ella mira intensamente al camello, como si quisiera memorizarlo.
Observa, observa, hasta que el hombre está frente a ella, levantando con efusividad los brazos.
Tor se pone los lentes de sol, que seguían en su mano, y con una voz fuerte y lacónica, que espera disimule lo llorosa, dice: Pantera.
Señora Tor, dice él al tiempo que espanta al camello con la mano, como si fuera una mosca.
El camello lo ignora. Pantera entonces camina hacia el portón que separa la carretera del terreno de la media mansión.
Es una puerta de hierro forjado, pesada y eléctrica, que se conecta de manera perfectamente incongruente con el resto de la barda, de alambre de púas.
Es como si alguien hubiera untado betún y clavado una vela de cumpleaños en una simple tortilla.
Y además no sirve. O, por lo menos, después de varios intentos fallidos con los botones, Pantera mejor levanta un alambre, que Tor le ayuda a mantener en alto mientras él pasa por debajo.
Ni bien se desdobla de este lado, empieza a lanzarle preguntas a Tor, al mismo tiempo que la jala por el codo para alejarla del camello, sin mencionar la peste insoportable del animal, porque Pantera es un hombre elegante.
Tor contesta. Sí, tiene una pecera decente.
Sí, está segura porque es el mismo modelo que tenía para Glück antes del terremoto de hace dos semanas.
Sí, esa pecera se hizo añicos, como tantas otras cosas y, no, el pulpo no sobrevivió el terremoto, pero eso no fue culpa de la pecera.
Tor va a comprar la misma, nomás que más grande y…
Para de contestar cuando nota que Pantera dejó de respirar.
No era tu Glück, aclara Tor: Ya estábamos en Glück El Cuarto.
Ah, exhala Pantera: Te dije que viven poco.
Tor va a pedir disculpas, por haber comprado sus pulpos de la última década a otros traficantes.
Pero en los últimos años ha estado entrenándose para reconocer este impulso constante, el de disculparse por todo, y para no ceder ante él.
Lo sortea con éxito, apretando los labios, de modo que Pantera sigue hablando: Entonces, técnicamente todavía no tienes pecera.
Bueno, dice Tor: Técnicamente tampoco tengo nada que poner en la pecera.
Pero lo tendrás, lo tendrás, promete él.
De pronto Tor recuerda que a su compañero le caía muy bien este señor.
¿Debería invitarlo a comer a la casa? ¿Eso es lo que hacen las buenas esposas?
Mira, te hice un guisado. Mira, te traje un personaje interesante para acompañar el guisado.
Esta pregunta, de cómo darle gusto a su compañero, se ha vuelto una obsesión privada, un acertijo incesante en su cabeza desde que, hace unos meses, él empezó a alejarse, lento pero seguro, un paso casi imperceptible tras otro, de ella.
Tor cree que el alejamiento es culpa de ella. Él niega que esté sucediendo.
No, no va a invitar a Pantera a su casa, decide.
Porque, al final del día, Pantera es un criminal y Tor es una figura pública.
Mejor, lo invita al museo. Pero él no acepta.
Le encantaría, dice, pero tiene un largo camino de regreso a la Ciudad de México y trae en la combi una familia de tlacuaches blancos.
Se los compró a un veracruzano en la carretera, que los andaba vendiendo porque en su tierra se los comen, ¿lo sabías?
No lo sabía, dice Tor: ¿Los blancos son albinos?
No, son otra especie, dice Pantera, pero en Veracruz se comen a los machos. A las hembras no porque tienen mucho almizcle.
Tor no sabe qué es el almizcle y le encantaría ver qué tan blancos son los tlacuaches blancos.
Le encantaría poder volver a entrar en la combi rosa chicle que apesta a zoológico.
Pero él tiene prisa y ella está sudando a mares.
Así que más bien abre su propio coche y saca de la guantera un sobre manila.
Pantera lo acepta, lo abraza contra su pecho mientras recita el encargo: Pulpo Gigante del Pacífico, una cría de.
Pantera, dice Tor: Tú mismo me enseñaste que no podemos saber la edad de un pulpo.
Era una prueba, Tor, ¡pasaste! Le sonríe y se guarda el sobre en uno de los mil bolsillos de su chaleco.
¿No lo vas a contar?
Él contesta con el mismo gesto con el que intentó espantar al camello. Surte más efecto en ella: disipa la reticencia. Pueden confiar uno en el otro, ambos lo saben.
Él pregunta dónde debe hacer la entrega y ella saca su tarjeta.
Pantera emite un silbido al recibir el rectángulo de papel reciclado, con el «Tor Sima» impreso en relieve, en dorado, sobre un fondo teñido con cúrcuma por un artesano local.
Tenía sentido cuando las mandó a hacer pero ahora se da cuenta de que es una exageración, una altísima mamonería: quién se creyó que es, ¿el Rey Sol?
Pantera le detiene la puerta y, una vez que ella está sentada, él pregunta: ¿Y sigues con el gringo?
Es alemán, dice Tor: Pero sí.
¿Y siguen sin tener hijos?
En vez de contestar, Tor cierra su puerta. Luego abre su ventana. Mira de reojo al camello: aún ahí, aún masticando en círculos, y dice: Siempre dijiste que era imposible conseguir un gigante del Pacífico, ¿qué cambió en estos años?
Ay, seño, dice Pantera: ¿Qué no ha cambiado?
Tor piensa en decir: la probabilidad, estúpido, ¡la probabilidad de que yo tenga hijos algún día! Pero sólo dice: Ese camello, Pantera, esas camionetas… ¿Debo preocuparme por ti?
Pantera arruga la nariz y dice: Como le digo a mi hija, Tor, calladitos nos vemos más bonitos. Además, no quieres saber lo que tienen atrás de la casa…
No, dice ella, y cierra la ventana a pesar de que lo que más quiere es saber más. No sobre la media mansión sino sobre la hija de Pantera. Pero es hora de irse.
Tor arranca, se echa en reversa, regresa el coche a la carretera y dirige una última mirada al camello.
Parece estar en su elemento, encaja perfecto con el paisaje.
Qué rápido nos acostumbramos a lo que sea.
Por otro lado, se maravilla con las colinas a su alrededor como si las estuviera viendo por primera vez.
En el viejo código personal de Tor, verde y rosa significaban Andreas y Tor, respectivamente.
Es una de las muchas razones por las cuales eligieron vivir aquí y, uf, ahora ya está llorando otra vez.
Da vuelta en U, abarcando toda la carretera —la defensa de su cochecito olfateando como un sabueso hasta dar con terreno familiar— y toma el camino a casa.
Pero cuando Tor dice «casa», quiere decir «trabajo».