27. Confiar en la presencia #4
—Nuestro padrastro nos tenía… —dice otra chica, pero las lágrimas y los susurros de otra para que se calle hacen que no siga hablando.
—Déjanos ayudar —agrega un chico.
El peso de las raíces atrae la atención de Opi. No tiene tiempo de pensar, solo de actuar.
—Debemos encontrar la manera de exorcizar a la sombra —les explica a todos—. No puedo… No puedo inmovilizarla mucho más.
—Igual podemos usar nuestras habilidades —propone Dusty.
Opi asiente.
—Sí. Yo mantendré las raíces donde están para que no se escabulla.
Amber, necesito que tú y… nuestros nuevos amigos rodeéis a la agente.
Tenemos que darle la vuelta y sujetarla bocabajo para que no se mueva.
La sombra no puede haceros daño. Nos ha de mostrado que, en el fondo, a las únicas personas a las que ha afec ta do han sido Will y mi padre.
Eli, céntrate en su mente, expulsa a las sombras y devuélvele la verdad.
Dusty, observa sus colores. Asegúrate de que la sombra no se cuele por ninguno de los huecos cuando se restauren.
Intenta utilizar tu vínculo con Eli y ayúdalo a que ella recuerde quién es mediante su habilidad.
Plantad la verdad en su interior hasta que comience a crecer de nuevo.
Después, avísanos cuando sus colores hayan regresado y podamos soltarla.
La chica nota que la recorre una repentina oleada de orgullo. Es de Eli, que vibra por sus venas, circulando con su amor.
Oye a todos los demás aceptar y, a continuación, ve cómo los transformados de JD aparecen en su campo de visión.
Rodean a la agente, que sigue forcejeando con las raíces que la constriñen, retorciéndose mientras la oscuridad se arremolina por su cuerpo en la nieve.
Amber la agarra de los hombros y le da la vuelta, mientras que Opi se centra en aflojar las raíces para poder girarla y que permanezca sobre la espalda.
Un chico va a sujetarle los brazos y los otros van a agarrarla para que no se mueva.
Después, Eli y Dusty se arrodillan a la altura de su cara. Eli le pone a la mujer las manos en las mejillas, que no paran de retorcerse, mientras Dusty apoya una mano sobre el hombro de Eli.
—Ahora —dice Opi con los dientes apretados.
La sombra empieza a revolotear casi de inmediato, frenética, manando de la agente hacia la nieve, intentando evitar a los sangredependientes que se encuentran en cuclillas cerca.
Unos chillidos brotan desde lo más profundo de la garganta de la mujer.
Opi aguarda y clava los dedos con tanta fuerza que deben de sangrarle.
El tiempo parece alargarse, y luego, acelerarse, hasta que, de re pen te, ve a la sombra comenzar a fracturarse, deshaciéndose en volu tas, arremolinándose y, al fin, rompiéndose.
Los sollozos suplicantes de la verdadera voz de la agente le dicen a Opi que casi se ha acabado.
Los fragmentos perdidos de la sombra parecen disolverse.
Le han arrebatado el poder, no tiene adónde ir, ningún alma a la que atrapar.
Solo cuando el último hilillo de oscuridad desaparece, Opi suelta las raíces.
Saca los dedos del suelo y observa que la luz brillante de color azul claro empieza a fluir de ella, junto a las raíces que se retiran, crujiendo, de vuelta a su lugar en la tierra.
La agente Reed profiere gritos de agotamiento. El grupo trata de calmarla y la ayuda a levantarse. Por encima de ellos, Opi se percata de que ha aparecido una formación de cinco orbes.
—¡Dusty! ¡Opi! —Oye a su padre llamarlas, y los orbes se deslizan entre los árboles, uno a uno, hacia la voz del hombre.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Opi corre detrás.
Sale del bosque y llega al prado cubierto de nieve justo a tiempo de ver alinearse a los cinco orbes, en esta ocasión uno encima de otro, arriba en el cielo.
Su padre, Michelle y Will se encuentran debajo, mirándolos. Una parte de Opi le dice que debería preocuparse por ellos. Pero, de nuevo, no lo hace.
De pronto, Dusty y Eli están junto a ella y puede oír a Amber y a los demás transformados no muy lejos intentando ayudar a la agente a salir del bosque.
Como si esperasen a que todo el mundo estuviera reunido, los orbes destellan de súbito y luego se funden en uno solo al instante.
Es más grande, de unos dos metros y medio de ancho, y tan brillante que resulta casi cegador. Pero, entonces, empieza a cambiar, una miríada de colores palpita en su interior hasta que la superficie se oscurece y se convierte en metal sólido.
Opi inhala.
La frecuencia de la montaña vibra en su interior. Parece que la envuelve en una cálida tranquilidad; el ronroneo de su pecho le relaja el cuerpo entero mientras su mente cede. La presencia trata de decirle algo. Enseñarle algo.
Aún puede percibir a Eli a su lado a medida que el mundo físico parece escurrirse. Está flotando; unas luces cósmicas enormes brillan a lo lejos en algún punto.
Se produce un tirón en su cabeza; entonces, un hilo ligero como una pluma roza su consciencia. La muchacha permite que se entremezcle con ella despacio y con suavidad para que la presencia la ayude a entender su propósito.
Deslizándose entre las estrellas, muy lejos de casa, sienten una frecuencia. Un globo pequeño aparece a la vista, azul y verde, y brilla. Unas columnas de la fuente de la frecuencia se elevan desde cuatro puntos idénticos a su alrededor, torres finísimas de polvo dorado.
Conforme se aproximan, ven pequeños cúmulos de tierra en la superficie del globo entre un vasto océano.
Su reflejo es visible cuando se acercan a la superficie del agua: orbes de luz brillante deslizándose en el aire.
Traspasando una de las relucientes columnas doradas, cambian de forma para poder dar vueltas hacia abajo a través de capas de tie rra y lecho de roca hasta su base. Allí, en la cueva, una masa sólida de roca levita.
No saben qué es, pero pueden sentir que algo antiguo lo colocó ahí hace mucho tiempo.
Giran rápido de vuelta a la superficie, donde un cálido sol distante y una luna cercana que asoma vigilan por encima de un océano de grandes mareas. Rebosa de vida microscópica, ya evolucionando, reaccionando a todo lo que lo rodea.
Ese lugar servirá. Allí es donde conseguirán su propósito.
Juguetean y manipulan la vida que cambia despacio, dándole el tiempo que necesita para estar lista. Lista para convertirse en reci pientes en los que las almas puedan existir de forma física. Fragmen tos de la fuente de la que emana toda la consciencia.
Allí, las almas pueden experimentar y aprender, reencarnarse una y otra vez hasta que al fin estén listas para unirse de nuevo.
Los océanos cambian y la tierra se eleva, luego cae, y mientras el suelo cambia en torno a los cuatro monolitos, dos se entierran profundamente en el océano y otros dos suben poco a poco a través de la corteza; su poder permanece infinito; sus frecuencias, estables en su mayoría, pero no a salvo de posibles perturbaciones.
El hilo se desliza de la mente de Opi, permitiendo que vea un último atisbo de la vasta extensión de espacio, solo que, esta vez, además de las luces celestiales, hay mil millones de colores brillantes que cambian y se mueven, un inmenso entramado que lo abarca todo.
De vuelta en el prado cubierto de nieve, Opi nota cómo Eli desliza las manos entre las suyas, cálidas y callosas.
Se gira y lo ve observando todavía el cielo.
Su hermana y Will están al otro lado de él, y, a continuación, su padre, y ella mira de nuevo hacia el cie lo para contemplar cómo el orbe metálico tiembla y se convierte en una superficie de luz.
Se produce un destello cuando se divide en cinco orbes más pequeños otra vez.
Despacio, vagan sin rumbo hacia arriba, ocultos por las estrellas.
Unos suaves sollozos hacen que Dusty desvíe la mirada del cielo. Se da la vuelta y ve a Michelle rodeada por Amber y los transformados, que les pasan las manos por los brazos y los hombros a la mujer, reconfortándola mientras la pena le sobreviene una vez más.
Michelle sorbe; parece que acaba de fijarse en todo el mundo. Pasea la vista entre las caras jóvenes y busca con los ojos los de ellos mientras sus colores se entremezclan todos como si buscaran consuelo.
Es entonces cuando Dusty se percata de la nube separada de amarillos, violetas y verdes que sobrevuela por encima de ellos.
Respira hondo, pues reconoce los colores al instante.
—JD —susurra, pero nadie parece notarlo.
Sus colores sin ataduras han irradiado desde los primeros momentos que abandonaron su cuerpo en el interior de la casa, y ahora están prácticamente brillando.
Comienzan a palpitar como si respondieran al intercambio que se produce abajo y, después, se elevan un rato más.
A continuación, justo como los orbes, los colores empiezan a rodar hacia el cielo, fluyendo libres, hasta que Dusty deja de verlos.
—Entremos —le dice Amber a Michelle, que se ha echado a temblar del frío—. Te ayudaremos con Jake.
A la mujer se le contrae el rostro debido a un dolor nuevo y no puede responder por un instante. Sin embargo, al final, asiente, y el grupo de adolescentes la ayuda a atravesar los terrenos cubiertos de nieve, de regreso a la casa en la que aguarda el cadáver de su hijo.
Aún cerca de la linde de los árboles, la agente Reed se está poniendo de rodillas sobre la nieve, con la cabeza caída hacia delante, exhausta.
Chris es el primero en moverse hacia ella. Trata de ayudarla a levantarse, echándose uno de los brazos de la mujer por encima del hombro, pero ella apenas puede sostenerse. Will va por el otro lado, y entre los dos consiguen que se tenga en pie por fin.
La agente Reed mira a Eli, que está agarrado de la mano de Opi, observándola. La mujer baja los ojos hacia el agujero que tiene en la camiseta; la tela sigue empapada por la sangre. No obstante, no hay nada más que piel suave e ilesa debajo.
—Te he disparado —suelta la agente.
—No, tú no —replica Eli.