White Mountain (Black River 2) 27. Confiar en la presencia #3
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27. Confiar en la presencia #3

Dusty comienza a entenderlo. La frecuencia del monolito cambió un momento cuando Michelle empezó a construir la casa, permitiendo que la sombra, fuera de donde fuera, accediera a este mundo.

Pero estaba atada a la frecuencia y solo podía alimentarse de Michelle porque era la única capaz de verla, tal vez por su habi lidad natural.

No obstante, cuanto más se alimentaba, más fuerte se volvía, y, pronto, otras personas cuyos cuerpos eran lo bastante ma yores aunque aún jóvenes, los adolescentes, podrían verla también y la sombra podría alimentarse, haciéndose más fuerte para poder ampliar su alcance.

JD fue el primero; sin embargo, antes de que la sombra tuviera ocasión de alimentarse de él de nuevo, las luces, la presencia, interfirieron.

Por el mismo motivo que la sombra era capaz de alimentarse de ellos, la presencia podía alterar sus cuerpos, cambiarlos para que no fueran la siguiente presa de la sombra.

Para que esta última no se hiciera más fuerte y pudiera marcharse de la montaña con el tiempo.

«Pero ¿por qué le importa a la presencia? ¿Por qué está presente también en nuestras almas?», piensa.

—Y, ahora, aquí estamos —dice la agente; la cara se le retuerce otra vez hasta componérsele una sonrisa mientras cambia las pistolas de objetivo—.

Si yo voy a sobrevivir aquí, vosotros tenéis que iros.

No podéis seguir reproduciéndoos. No podéis propagaros.

No podéis criar. Porque, cuando la siguiente generación de jóvenes esté lista, cuando encuentre a alguien de quien alimentarme que no sea tan débil, querré a todo el mundo.

—La discordante sonrisa de la agente desaparece—.

Qué pena que las luces no os hicieran inmortales.

Pero eso no viene al caso, ¿verdad? Las almas deben seguir un ciclo.

—Hilillos de sombra fluyen de sus ojos cuando evalúa a todos por un segundo y le cambia la expresión—.

No esperaba teneros a todos juntos aquí.

Pensaba empezar con este —apunta el arma hacia JD— y con sus nuevos amigos.

Pero ya que os habéis unido a nosotros… —se gira de nuevo, apuntando con las pistolas hacia Dusty y hacia Opi—, solo tengo que decidir a quién de vosotros matar primero.

Con la nueva vuelta que da, apunta a Michelle con un arma y a Chris con la otra.

Dusty y Opi corren a interponerse en el camino de su padre, a la par que JD y todos y cada uno de los transformados saltan para proteger a la madre de este. Una carcajada ronca y antinatural brota de la garganta de la agente. Por el rabillo del ojo, Dusty percibe un destello de movimiento.

Eli ha salido corriendo hacia la agente, pero la sombra de pronto se libera de ella, manando de sus ojos, nariz y boca.

El aire en la estancia se vuelve gélido.

—¡Para, soy yo! —chilla la agente.

Eli se detiene cuando un sonido ahogado justo detrás de Dusty la hace girarse.

Unas volutas de humo negro como la tinta se le clavan a Will en la garganta.

La chica se lanza hacia él, pero, en un latido, la sombra se ha ido y ha dejado tan solo huellas de manos rojas y en carne viva en el cuello de Will.

Junto a él, Chris empieza a gemir. Dusty se gira para ver a la sombra de pie a su lado, y se le ocurre que su figura espectral cambia en altura y en peso para imitar a quienquiera que tenga su atención.

Los colores de Chris comienzan a moverse en espiral en un remolino que gira hacia un punto en el centro del pecho de la sombra.

—No —grita Dusty, abalanzándose sobre ellos.

La sombra vuelve a desaparecer. La agente, que había estado sollozando, se calla de forma abrupta.

Cuando Dusty se da la vuelta para ver por qué, la mujer alza la vista con el rostro vacío y los ojos negros. Levanta las dos armas y aprieta los gatillos.

El tiempo se ralentiza, y Dusty observa la bala que vuela directa hacia Eli. Este se gira hacia Opi con los colores rojos y caóticos. Sin embargo, cuando la mira, los tonos empiezan a cambiar, arremolinándose en ráfagas de rosa, azul y amarillo que se extienden hacia ella.

Dusty siente como si se le hubiera roto el corazón en pedazos.

Sus ojos encuentran la bala otra vez, a escasos centímetros del corazón de Eli, pero su hermana le agarra el brazo al chico y tira de él hacia abajo.

La bala quema el suave tejido de la parte superior de su pecho mientras gruñe de dolor.

En el siguiente latido, Opi lo gira hacia ella, sosteniéndolo mientras le arranca la tela alrededor del punto de entrada más ancho y luego presiona la boca sobre la herida de la bala y empieza a sorber.

Dos latidos después, retrocede y comienza a lamer; a continuación, escupe la bala, que cae con estrépito al suelo.

Dusty ve que la herida ya está sanando.

El tiempo vuelve a su ritmo habitual mientras la muchacha dirige la mirada a su padre, que contempla a Opi con horror, y luego a Will, quien, se percata, se ha puesto delante de ella, observando con fijeza a la agente.

Entonces, oye el chillido de Michelle. Es una liberación pura y profunda de un dolor agonizante.

No obstante, cuando Dusty alza la vista, no es Michelle la que ha sido alcanzada por la otra bala.

JD yace sin vida entre sus brazos.

Dusty tiene el tiempo justo para centrarse en sus sentidos y escuchar el último latido del corazón del chico.

Sus colores se han vuelto más lentos, se han apagado.

Pero entonces se levantan, como si los llevara una ráfaga de viento.

Se separan de su cuerpo, planeando por encima, mientras Amber y los demás transformados se precipitan hacia él para alcanzar sus extremidades, llorando de pena.

El ónice se arremolina como una tormenta en la periferia de Dusty, que se gira mientras la agente tira las pistolas y echa a correr hacia la puerta principal.

Se mueve de manera inconexa, rápida, lenta después; la sombra entra y sale de ella al tiempo que unos sonidos distorsionados brotan de la mujer.

Opi le sigue los talones, corriendo con una expresión de rabia que Dusty jamás le ha visto.

Dusty tarda unos cuantos momentos en recobrarse de la sorpresa, pero se obliga a mover las extremidades y corre tras su hermana, mientras siente que Eli hace lo mismo.

Fuera, el cielo está negro y repleto de estrellas.

Una media luna brillante ilumina el suelo lleno de nieve conforme la agente corre hacia la tupida linde de los árboles.

Los gritos de una mujer real llegan entrecortados, sofocados por la posesión de la sombra.

El sonido hace que a Dusty se le congele la sangre mientras trata de alcanzar a Opi, que está ganando terreno, cuando la agente se lanza hacia los árboles, serpenteando sin respiración. Aterrada.

Dusty aminora conforme se da cuenta: está viendo cómo la premonición se desarrolla ante sus ojos. Justo como lo había visto. Excepto que no era a través de los ojos de Opi. Su hermana no era la que estaba en peligro.

Opi es el peligro.

La agente Reed es la que está corriendo para salvar la vida.

Opi desaparece en la linde de los árboles.

Dusty puede escuchar los continuos gritos de la agente, la sombra apoderándose de ella, pero no lo suficiente como para bloquear sus emociones humanas.

No lo suficiente como para que no sepa que acaba de disparar a Eli y que la chica que lo ama va a por ella.

—¡Ophelia! —grita asustado Eli.

Dusty se adentra en el bosque un segundo antes que él, examinando los árboles cubiertos de nieve que brillan a la luz de la luna. Se oye un golpe y un aullido. Dusty y Eli se miran y salen corriendo hacia el sonido.

No llegan mucho más lejos cuando ven a Opi, que está agacha da sobre el suelo con el vestido amarillo pálido amontonado alrededor de sus pies descalzos y el pelo largo cayéndole por encima de un hombro.

Tiene los ojos cerrados y los brazos alargados delante de ella, y está cavando con los dedos en la nieve.

Unos gemidos en algún punto delante de ella y un movimiento de oscuridad hacen que Dusty se estremezca.

Al principio, cree que se trata de la sombra, pero está demasiado cerca del suelo, es demasiado robusto, largo y sinuoso.

El sonido de algo quebrándose y partiéndose se escucha por todas partes, y, mientras se le adaptan los ojos, la chica ve al fin que son las raíces de los árboles.

Se alzan de la nieve y de la tierra removida, extendiéndose y agarrando los tobillos de la agente, inmovilizándola.

Opi no sabe cuánto tiempo va a aguantar. Los árboles toman más energía de la red fúngica que otras plantas. Son más viejos y pesados, y, aunque se mueren por ayudar, le supone toda su fuerza evitar que aprieten demasiado a la agente en las piernas y le rompan los huesos.

Unas oleadas de luz azul claro se extienden entre la nieve hacia ella. La muchacha clava los dedos más profundamente en la tierra de abajo, esforzándose por mantener su conexión despejada.

La agente está bocabajo en el suelo, jadeando en busca de aire; la sombra aún se aferra a ella, apareciendo un segundo a su lado, negra contra la nieve, y desvaneciéndose para poseer a la mujer como un parásito demoniaco.

—Ophelia —la llama Eli desde algún lugar cercano.

—Yo también estoy aquí —dice Dusty.

La chica suelta un suspiro de alivio.

Más personas aparecen de entre los árboles, pero Opi no aparta la mirada de la agente. Teme que, si pierde el control, los árboles la maten.

—¿Cómo podemos ayudar? —pregunta una voz.

—¿Amber? —suelta Dusty.

—Dinos lo que tenemos que hacer —añade.

Opi supone que habla por los demás transformados.

—Pueden marcharse —declara Opi, apretando los dientes con cada palabra—. Esta no es su lucha.

—¿Que no es nuestra lucha? —pregunta un chico con tono desolado.

—¡Él nos salvó! —exclama una chica, que continúa sollozando.

A Opi se le viene a la mente el cuerpo inerte de JD y el modo en el que los transformados se congregaron a su alrededor, llorándolo como si lo conocieran de toda la vida.

—Me quedaban menos de seis meses de vida… —añade la chica entre gimoteos—. El cáncer… Él me lo curó.