White Mountain (Black River 2) 27. Confiar en la presencia #2
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27. Confiar en la presencia #2

—Y… ¿confiáis en la presencia? —pregunta su padre—. ¿Después de lo que os ha hecho?

Opi suspira, pero se encuentra asintiendo.

—¿Ahora mismo? Por extraño que parezca, sí.

—Podríamos estar metiéndonos en cualquier cosa, ¿sabéis? —pregunta el hombre.

—No se preocupe —suelta Eli—. Nosotros le cubrimos. — Chris lo fulmina con la mirada, por lo que el chico se aclara la garganta y agrega—: Señor.

Es otro pasaje estrecho. Va mucho más lejos de lo que Dusty imaginaba.

Caminan de lado, abriéndose paso entre las dos paredes escarpadas.

El murmullo de voces jóvenes se hace más alto y al final llegan al otro lado, donde, por supuesto, se encuentran en el interior de una sala vacía con una puerta enorme de metal.

Por fortuna, la puerta está abierta, pero, cuando Dusty se gira para mirar la grieta mientras los demás salen uno detrás de otro, frunce el ceño.

«¿Cómo es que JD no ha oído que se abría la grieta?», le pregunta a Eli a través del vínculo.

El chico mira hacia atrás, y luego, hacia la puerta, y Dusty se fija en que se le han oscurecido los colores a un gris oscuro. Él se lleva un dedo a los labios para que todos guarden silencio.

Dusty escucha, y, en lugar de las voces jóvenes que ha oído antes, hay una mujer hablando.

No es Michelle, y la voz parece cambiar de palabra en palabra; su tono varía entre estallidos abruptos.

Al principio, es imposible reconocerla, pero, entonces, hay un momento, apenas un instante, en el que Dusty se da cuenta de quién es.

«¿La agente Reed?», piensa.

Eli asiente.

La chica les hace señales a Will y a su padre para que vayan detrás mientras ella, Eli y Opi lideran el camino hacia fuera de la sala.

Se mueven despacio, de puntillas para no hacer ruido sobre el suelo de cemento. No hay crujidos ni chirridos en esta casa, solo una sensación oscura y enfermiza que burbujea con el zumbido del monolito de abajo.

Dusty percibe que Eli se está cuestionando si su habilidad no funciona con la agente. Le había dicho que se marchara, que no regresara jamás. Y, aun así, ahí está.

Suben hasta la parte de arriba de la escalera, preparándose para darse de bruces con JD, con uno de sus transformados o incluso con la agente en el estrecho pasillo. Pero ninguno de ellos aparece.

A medida que se acercan a la esquina donde el pasillo se abre a la zona del salón, la voz de la agente suena cada vez más rara.

Dusty se percata de que no reconoce las palabras que pronuncia.

Ni siquiera parecen pertenecer a ningún idioma que haya oído antes.

Son confusas; su voz se vuelve grave, y después, frenética.

—Hrrith vaesh uul s’vaar nur’rum krask… th… rrho-skal aek-na…

Cuando Dusty se asoma por la esquina, lo que ve es igual de extraño.

JD, su madre, Amber y otros seis jóvenes están allí callados y sin moverse mientras observan.

Ante ellos se encuentra la agente Reed con dos pistolas desenfundadas.

Con una apunta hacia JD, y con la otra, hacia su madre.

Pero lo más raro de todo son los colores de la agente, o, más bien, la ausencia de ellos.

Del todo negros, se arremolinan en torno a ella, agitados, llenos de huecos que parecen estar intentando volver a unirse.

Pero, entonces, el negro la deja, como si se apartara de la nube que habían sido sus colores, formando una sombra que se desliza por la superficie de las ventanas, entremezclándose con la oscuridad del exterior hasta que llega a la pared.

En contraste con el blanco puro, parece más sólida.

Física. Y su forma llena de humo y oscura se convierte en un borrón humanoide en cuanto se separa de la pared y camina con fuerza, elegancia y deliberación hacia la agente.

La mujer suelta un suspiro; su voz vuelve a ser la suya.

Es en tonces cuando Dusty se fija en que han regresado sus colores: una tenue y suave neblina de carmesí oscuro y morado.

Unos colores que reflejan un miedo inimaginable conforme ve cómo la sombra se aproxima a ella.

Todavía tiene las pistolas en alto, con las manos temblándole.

La sombra se abalanza, y en cuanto entra en el campo de visión de los colores de la agente, estos vuelven a ponerse negros; unas volutas de humo llenan los huecos mientras la figura oscura, casi tangible, comienza a desvanecerse.

Lo que queda de la figura empieza a colarse por la boca abierta de la mujer, al tiempo que una voz grave y entrecortada brota de su garganta ronca.

Enton ces, la sombra ya no está, al igual que tampoco hay rastro de los colores de la agente Reed.

Dusty vuelve a mirar hacia las pistolas, y, en su mente, oye el disparo de su premonición; la sensación de lo que está a punto de suceder le cubre la piel de sudor por el pánico.

—¿Has visto a la sombra también? —le pregunta Dusty a Opi en la voz más baja que puede.

—Sí —responde.

—Todos la hemos visto —murmura Will, y Dusty vuelve los ojos y ve a Eli y a su padre acercándose hacia delante para echar un vistazo, más allá de ella, con las caras blancas por la sorpresa.

Dusty recuerda lo que dijo Michelle. «Si la ves, podrá hacerte daño». No sabe lo que eso implica para ninguno de los s angredependientes de la sala, pero, para su padre y para Will, significa que no están seguros.

Cambia el peso de un pie a otro para ponerse incluso más delante de ellos.

—Creo que… —empieza a decir, pero la garganta se le ha quedado demasiado seca.

—La ha poseído —termina Eli.

—Tú —suelta una voz grave desde la boca de la agente.

Dusty se vuelve y ve que los ojos de la mujer están ahora sobre Eli, al igual que una de las pistolas.

JD, Amber y los otros transformados se han girado también, pero Michelle sigue con los ojos clavados al frente, por lo que Dus ty se pregunta si se encuentra en uno de sus trances.

—Ayuda —jadea la agente, y, por un segundo, suena como si fuera ella. Aterrorizada, asustada. Pero, en un instante, las palabras extrañas vuelven a fluir de su boca otra vez, heladas y ásperas—: Khrask vel’ven sskreth… tull’thar ir’veth krr-tashh rrho’nn saalk…

Una enfermiza sonrisa malvada se le extiende por la cara a la agente. El blanco de los ojos comienza a desvanecérsele, consumidos por un negro carbón.

—Tú —repite la misma voz, más grave. Como no se le pueden ver los iris, es difícil decir con exactitud hacia dónde está mirando, pero la pistola es señal suficiente. Apunta a Eli—. Gracias… a… ti —suelta, con palabras entrecortadas—. Por… dejarme… entrar.

Eli da un paso, pero Opi lo agarra del brazo, tratando de detenerlo.

—¿De qué está hablando? —suelta JD sin mirar atrás.

La sonrisa del rostro de la agente desaparece, aunque las pistolas siguen apuntando a Eli y a JD.

—Él borra… mentes —explica, comunicándose con más claridad, como si la sombra se estuviera acostumbrando a hablar a través de la mujer—.

Deja un vacío. Para que yo lo llene. —Ladea la cabeza, dándose cuenta por primera vez, al parecer, de la presencia de Chris—.

Lo intenté —le dice a él—. Te quería a ti.

Te habría resultado mucho más fácil matarlos por mí.

No puedo permitir que existan. —La agente sacude la cabeza—. No puedo permitir que se hagan fuertes.

—¿De qué coño habla? —insiste JD.

La agente se mueve con rapidez y se planta delante de él con la pistola presionándole la frente; con la otra, continúa apuntando a Eli. La sonrisa se apodera de su cara de nuevo, nada acorde con sus ojos ónice.

—He tenido paciencia —dice—. He estado esperando. No puedo acercarme tanto a ti sin un recipiente que me contenga. Eres demasiado fuerte ahora.

Un gruñido grave brota del pecho de la agente y se gira para mirar a Michelle; la sonrisa amenazadora se le suaviza.

—Tú. Tú apartaste el velo entre nuestros mundos cuando trajiste tus máquinas y empezaste a taladrar. Tú me dejaste entrar en este plano. Tú me has hecho más fuerte.

»He estado sola antes de vosotros. Muriéndome de hambre.

—La agente pasea la mirada entre los transformados, que tienen los rostros en blanco mientras la observan con fijeza—.

Aquí, algún día, podré hacerme infinita.

Pero no con tantos de vosotros en mi camino.

—La agente vuelve la cabeza en dirección a JD—: Se suponía que tú serías el siguiente.

Cuando fueras lo bastante mayor. Cuando yo fuera lo bastante fuerte para que me vieras.

—La sonrisa de la agente decae y su rostro carece de expresión al decir—: Solo he podido probarte una vez.

Pero las luces me detuvieron. Te cambiaron antes de que pudiera tener más.

Antes de que me hiciera lo bastante fuerte para dejar esta casa.

Antes de que se tensara el lazo que me une al antiguo ancla que yace bajo este lugar y pudiera teneros al resto de vosotros. —Mira a Dusty, a Eli y a Opi.

»Las luces se piensan que tienen derechos sobre vosotros.

— prosigue la agente con la extraña voz impregnada de veneno amargo ahora—.

Sus preciadas almas. Pero yo también tengo derecho a estar aquí.

¿Qué se supone que voy a hacer si necesito vuestras almas para crecer?

—Niega con la cabeza—. Justo cuando me abro paso hasta aquí, hacia el plano de vuestro mundo, las luces intentan alejaros de mí.

Os cambiaron para que no pudiera conseguiros.

—La sonrisa enfermiza regresa a la cara de la agente cuando se centra en Eli—.

Pero tú… No previeron lo que tú podrías hacer.

No sabían que serías capaz de hacer algo que, al final, me concedería el modo de destruiros.

—Pasea la vista alrededor otra vez, hacia todos los sangredependientes—.

No, no, no, no debéis evolucionar. No es justo.