White Mountain (Black River 2) 27. Confiar en la presencia
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27. Confiar en la presencia

Confiar en la presencia

Están fuera de la casa de los Silver, debatiéndose entre ir en coche a la propiedad de JD y llamar a la puerta principal o acercarse con sigilo a pie para hacerse una idea de lo que les espera.

Sin embargo, mientras Dusty, su padre y Eli hablan entre sí, Opi siente la repentina necesidad de alzar la vista.

Las estrellas brillan por encima de la montaña y, cuando las contempla, un cúmulo de tres estrellas comienza a caer hacia ella.

Se le entrecorta la respiración.

Eli es el primero en dejar de hablar. Opi percibe que la mira y luego se fija en lo que está observando ella. Dusty, Will y su padre lo hacen también, justo a tiempo de ver cómo las tres estrellas se van acercando, rotando despacio en un triángulo perfecto.

El bosque se queda por completo en silencio conforme descienden y después se sumergen en él, justo al sur de la casa. Orbes pequeños cuyas luces sobrevuelan y deslumbran entre la nieve y los árboles.

A Opi se le pone la carne de gallina al darse cuenta.

La presencia.

Dusty llevaba razón: no es la reacción de lucha o huida lo que siente. En lugar de eso, se ve invadida por una sensación de confianza y una urgencia de seguirla.

Por los latidos de Eli, sabe que él también lo nota.

Cuando lo mira, los ojos de él ya están sobre los de ella. El chico asiente y luego los dos se giran hacia Dusty, que se muestra de acuerdo también.

—Quieren que las sigamos —les dice Dusty a su padre y a Will.

La nuez de Adán de Will sube y baja cuando traga saliva, pero no parece asustado. Opi se pregunta si él también se ha visto afectado por la misma sensación de confianza.

Su padre continúa mirando la luz que reluce entre los árboles.

—¿Estáis seguras? —pregunta con la voz un poco ronca mientras se vuelve hacia sus hijas.

Opi asiente al tiempo que Dusty responde:

—Sí. —Por un momento, se queda pensativa, pero, acto seguido, añade—: Creo que quieren… ayudar. Lo puedo sentir. Por ese motivo quieren que las sigamos.

Se dirigen a los árboles, bordeando el huerto mientras descienden por la pendiente.

A medida que se acercan, los orbes rompen la formación y comienzan a moverse.

Es difícil decir cómo de grandes o pequeños son o, en concreto, cómo de cerca o lejos están, pero las luces brillantes se mueven una detrás de otra.

Sobrevuelan, luego corren a toda velocidad, conduciéndolos más y más lejos abajo y alrededor de la montaña, hacia la entrada a la cueva, donde se detienen.

Planeando a unos cuatro metros y medio por encima del saliente que sobresale de la ladera de la montaña, los orbes regresan a su formación y empiezan a dar vueltas despacio.

Opi se encuentra lo bastante cerca ahora como para captar destellos a través de la deslumbrante luz blanca cálida de su superficie cambiante: luminosa, líquida y en la que se difumina la frontera entre la materia y la energía.

—¿Quieres que me meta por ahí? —le pregunta Chris a Opi, muy asombrado. Baja la mirada al estrecho agujero y, a continuación, a Dusty, como si ella fuera a sugerir otra cosa.

Eli y Will sujetan los móviles con las linternas encendidas, alumbrando el camino en ausencia del orbe.

La presencia se ha marchado tan rápido como ha llegado; los orbes han salido corriendo cuesta arriba hacia el pico.

«¿Por qué ahora?», se ha estado preguntando Opi desde el segundo en el que los han visto. La única respuesta que se le ocu rre es que está relacionado con las premoniciones. Que esta noche es la noche, que el interior de la montaña es el lugar en el que la presencia desea estar.

Antes de que su padre pueda protestar, Opi separa los helechos y comienza a entrar a gatas.

—No creo que quepa —comenta Chris.

—Yo sí pude —interviene Eli—. Justito. Tengo unos cuantos arañazos en la espalda…

Opi juraría que escucha diversión en su tono.

—Y si yo quepo —añade Eli—, usted también. Hágame caso.

Chris gruñe.

Dentro, Opi aguarda; por suerte, las linternas siguen funcionando mientras todos se meten de uno en uno. El olor a sangre de los rasguños y raspones es intenso en el confinado espacio, sobre todo la de Eli.

—Venga —suelta el muchacho—. Agarraos todos de las manos de los demás, atravesaremos la grieta en fila. Yo iré delante con la mano en la pared por si nos quedamos sin luz. Dusty, tú ve la última y haz lo mismo.

—Vale —responde ella, cogiéndole el móvil a Will.

No obstante, Opi puede oír el temblor en la voz de su hermana. A pesar de la sensación de calma que los orbes les han infundido, ahora estos se han marchado, y la aprensión y la adrenalina cargan el aire entre todos ellos.

Opi desliza una mano en la de Eli, entrelazando los dedos, después, en la de su padre, y luego se ponen en fila con Will detrás y Dusty al final.

La luz de Eli se apaga dos veces y la de Will deja de funcionar por completo, pero no tardan en doblar la esquina que conduce a la cueva.

A Opi le vibra el cuerpo.

Eli le aprieta la mano conforme alza su luz, e incluso entonces a ella le cuesta no pensar en ese beso.

Una vez que todos se encuentran dentro, guardan silencio mientras las linternas iluminan el monolito. Suspendido en el aire, es tan cautivador y desconcertante como la primera vez que la chica lo vio.

El zumbido sigue recorriéndola, ronroneando, haciendo que vea estrellitas al borde de su visión.

Cuando al fin consigue apartar la vista, observa a los demás, que están completamente anonadados.

Su padre tiene la boca abierta y los ojos le brillan de emoción.

Dusty y Eli se miran las manos como si intentaran también comprender la sensación, mientras que Will sacude despacio la cabeza con incredulidad pese a que ya lo había visto.

—¿Y ahora qué? —pregunta Eli.

Opi no tiene ni idea y se gira hacia Dusty, aliviada al ver que está sumida en sus pensamientos.

—La última vez, traté de tocarlo —responde Dusty—.

Pensaba que como la piedra que había encontrado Opi me había ayudado a dar con JD, algo tan grande provocaría el mismo efecto, quizá incluso pudiera llegar a la presencia.

O a la sombra. No lo sé. Pero no conseguí nada.

Sin embargo, ahora… Opi, Eli y yo estamos aquí juntos, y me pregunto si eso podría incrementar mi habilidad.

Tal vez si lo tocamos al mismo tiempo, ocurra algo.

Tal vez nos muestre lo que quiere la presencia.

Por qué nos ha traído hasta aquí. Esta noche.

—Podemos probar —contesta Opi, no muy segura. Pero la presencia los ha llevado hasta allí a propósito y es la primera vez que aparece ante ellos en meses. Tiene que significar algo.

—¿Ponemos las manos en la piedra? —pregunta Eli.

Opi y Dusty asienten.

—Papá, Will, igual es mejor que os quedéis atrás —añade Opi—. Puede que no pase nada o…

—Puede que explote —termina Eli.

Su padre resopla.

—Perdone, señor —prosigue Eli—. Quería decir… que no sabemos lo que ocurrirá.

—Ya lo he pillado —replica Chris, retrocediendo.

Juntos, Opi, Eli y Dusty se acercan al monolito con las manos extendidas.

Tan cerca, Opi percibe el zumbido en cada fibra de su ser.

—A la de tres —dice Eli sin aliento.

Opi lo mira y luego dirige la vista a su hermana, aferrándose al amor que siente y rezando para que sea suficiente para mantenerlos unidos, ocurra lo que ocurra.

—Una —cuentan todos al unísono—, dos… —Opi nota que el corazón le late al ritmo del monolito y el modo en el que la sangre se sacude en sus venas— y tres —concluyen, y atraviesan con las manos el aire que queda, tan denso que debe de haber algún tipo de campo de fuerza.

Cuando Opi toca con los dedos la piedra fría y áspera, la cabeza se le echa hacia atrás y, acto seguido, todo se queda a oscuras.

Vuelve en sí mientras se derrumba en el suelo.

Al instante, su padre está junto a ella, apartándole el pelo de la cara y preguntándole si se encuentra bien. A su izquierda, Will comprueba cómo está Dusty; a su derecha, Eli yace con la cabeza en el suelo.

Opi gatea hacia él y ve que tiene los ojos abiertos, mirando al techo.

—¿Estás bien? —pregunta la chica, deslizando las manos por la parte de atrás de su cabeza para amortiguar la dureza del suelo.

Él desvía la vista hacia ella y asiente.

La muchacha suelta un suspiro de alivio y se inclina para besarlo.

—En serio, chicas —ladra su padre—, ¿qué cojones acaba de pasar?

Sintiendo que el chico está bien de verdad, Opi lo ayuda a levantarse.

—No lo sé —contesta Dusty, mirando el monolito, confundida.

—Entonces ¿no lo habéis visto? —pregunta Will, señalando la parte del fondo de la cámara.

Opi ladea la cabeza, observando con atención a través de la luz tenue cuando comienza a notar lo que está mirando el chico.

Se trata de una grieta profunda que va desde el suelo hasta el techo.

Es de al menos sesenta centímetros de ancho en la base y luego se estrecha poco a poco hasta formar una punta.

—Ha empezado a abrirse en cuanto habéis tocado el monolito —explica—. No ha parado hasta que os habéis soltado.

—¿Cuánto tiempo hemos estado…? Yo me he desmayado — dice Opi.

—Unos dos minutos —responde Chris—. Joder, han sido los dos minutos más largos de mi vida.

Dusty se apresura a echar un vistazo y traza los bordes con las puntas de los dedos.

—Eli —susurra—, cuando JD te encerró en el sótano esa noche, dijiste que podías sentir una brisa, ¿verdad?

El muchacho asiente.

—Sí, era como un subsótano extraño.

—Chis —chista Dusty, llevándose el dedo a los labios cuando Opi se acerca para unirse a su hermana.

Cuando la primera se inclina hacia la grieta, comienza a oír el murmullo de voces—.

Apuesto a que ya había una grieta en esta pared —añade en voz baja—.

Y que estaba unida con esta sala. Lo que sea que haya pasado cuando hemos tocado el monolito ha hecho que la grieta se agrande más.

—Lo bastante como para pasar —coincide Eli, ahora al lado de ellas.

—Debo de estar soñando —murmura Chris.

—Se ha abierto por una razón —añade Dusty—. La presencia nos ha mostrado el modo de entrar en casa de JD. Creo que debemos pasar.