25. Baile de invierno #2
Tiene menos de un segundo para hacer una llamada. Es evidente que la mujer se encuentra allí porque, o bien recuerda lo que hizo con su memoria, o bien ha descubierto algo nuevo. Algo malo.
La agente lo mira a los ojos y él la atrapa.
—¿Por qué está aquí?
La mujer no titubea.
—Estaba convencida de que no había pistas sobre el caso de Kristen King.
Me encontraba rellenando papeleo, preparada para marcharme, cuando un testigo ha venido diciendo que había visto a la señorita King en el callejón de un bar en el pueblo no mucho antes de que desapareciera.
Las imágenes de las cámaras de seguridad lo confirman y, es más, estuvo allí en varias ocasiones.
Pensaba que quienquiera que la matase podría haberse tratado de alguien que hubiera conocido allí o con quien se veía, así que he comprobado imágenes más recientes para ver quién aparece en un callejón así, y, para mi sorpresa, ahí estabas tú, Eli. Y Amber Rivera también.
—¿Eli? —lo llama su madre desde la casa—. ¿Vas a invitar a pasar a tu invitada?
—¡Ya se va!
La agente frunce el ceño.
Eli desea que Dusty se encuentre allí, desea poder ver los colores de la agente, lo que le está haciendo, hasta dónde puede llegar. No le aparece negro en los ojos como a Chris, así que decide que puede adentrarse más en su mente mientras dice:
—Una vez que se vaya de aquí, va a destruir esas grabaciones.
Luego, le va a decir a todo el que esté al tanto de esto que no era más que otro callejón sin salida.
Ha hablado conmigo y con Amber, y resulta que solo pasábamos por ese callejón algunas noches tras estudiar.
No tuvimos nada que ver con la muerte de Kristen, y jamás sabrá lo que le ocurrió.
Pero no pasa nada, porque se irá de aquí y nunca volverá a Black River.
No volverá a poner un pie en la White Mountain después de esta noche.
—¡Eli! —lo llama de nuevo su madre. La oye ponerse el abrigo, preparándose para salir.
—Váyase —ordena Eli—. Ahora.
La agente Reed asiente con los ojos un poco vidriosos. Para cuando la madre de Eli está junto a él preguntándole quién es, la agente ya está dándole la vuelta al coche y yéndose por el camino de entrada.
—¿Quién era, Eli?
—Se ha equivocado de casa —responde, y luego se vuelve para darle un beso a su madre en la mejilla—. Me tengo que ir, ¿vale?
—¿Vas a ir con una de las hermanas Silver hoy? —pregunta con los ojos brillándole de emoción.
—No —responde en tono plano. Acto seguido, se sube a la camioneta y se dirige hacia la montaña.
Cuando entra por el camino de acceso, siente a las muchachas esperándolo en el porche trasero.
Sale y oye a su padre arriba en la ducha.
Conforme rodea la casa, le llega el olor de Ophelia.
Los dientes le palpitan al instante —su necesidad de acercarse a ella, de saborearla, de sostenerla—, haciéndole meter las manos en los bol sillos del pantalón y apretar los puños con fuerza.
—¿Crees que ha funcionado? —susurra Dusty en la noche.
Cuando Eli llega al final de los escalones, alza la vista hacia ellas. Ahora siente que se le ha olvidado cómo respirar.
Es consciente de que Dusty lleva algo largo y sedoso, pero solo la ve de reojo, porque su mirada está clavada en Ophelia.
Las ramas de los árboles a sus espaldas parecen crujir y gemir como si estuvieran alargándose hacia ella, queriendo acercarse lo máximo posible, al igual que Eli. Este pasea la vista por el vestido claro y luego la vuelve al rostro iluminado por la luz cálida de la casa.
Nota una repentina oleada de hambre. «Suya», piensa él.
«Solo es por la sangre —se dice para sus adentros—. Ella solo quiere tu sangre».
Pero recordárselo no cambia el hecho de que esté tan guapa que resulte doloroso a nivel físico.
«Tranquilo», siente la urgencia de Dusty.
Aprieta los puños con más fuerza, tratando de liberarse de cualquier hechizo que la chica le hubiera lanzado.
—¿Eli? —lo llama, dando un paso hacia él—. ¿Estás bien? Dusty me ha contado… ¿Ha funcionado lo que le dijiste a la agente?
Él asiente y carraspea.
—Eso creo. Perdonad, sé que lo más probable es que no haya sido la decisión correcta.
Tal vez le haya hecho daño. Tal vez su alma…
—Se lleva las manos al cuello en un intento de liberar la tensión—.
Es increíble que no se me haya ocurrido lo de la conexión con el callejón.
Me siento tan estúpido, joder. Pero me preocupaba que, si la dejaba marcharse, se lo preguntase después a Amber y ella pudiera…
No me fiaba de que no condujera a los polis a vosotras. Lo siento much…
—No —lo cortan las hermanas al unísono.
—Creo que has hecho lo correcto —añade Dusty.
—Ella no vive aquí —agrega Ophelia—. No es de ningún sitio cercano. Se irá. No volverá jamás. Seguiremos con el plan.
La voz de la muchacha resuena de una forma concreta en la mente de Eli, y este tiene que girarse para mirar hacia el bosque, decidido a no quedarse con la vista clavada en ella. Es demasiado duro. Está empezando a doler demasiado.
Inhala una bocanada de aire fresco, esforzándose por calmarse. No obstante, eso no impide que sienta a la chica o sea consciente todo el tiempo de albergar dentro de él la fuerza vital de ella. Está en sus venas, en cada aliento y en cada latido, tan poderoso que resulta tan esencial como respirar.
—¿Debería comprobar otra vez dónde se encuentra JD? — pregunta Dusty—. Esta mañana, estaba en una cabaña con sus transformados. No sabría decir dónde.
—Compruébalo mañana por la mañana —replica Ophelia.
Eli oye acercarse un coche por el camino de entrada y le da un vuelco el estómago.
—Vale —suelta. No vuelve la vista atrás mientras baja trotando las escaleras y luego rodea la casa. Se dispone a meterse en su camioneta cuando una furgoneta azul de un tamaño similar al suyo se detiene a su lado. Ben Garrett se baja y su cara compone una expresión confundida cuando ve a Eli.
Will se baja por el otro lado y saluda a Eli con la cabeza.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí. Todo bien. Yo ya me iba.
Ben se aclara la garganta y se acerca a Eli con la mano extendida.
—¿Qué tal, Eli?
—Tirando —responde Eli, estrechándole la mano a regañadientes—. Que os lo paséis bien, ¿vale?
Will frunce el ceño.
—¿No vienes?
—Igual luego —contesta Eli, y, acto seguido, se mete en su coche y se marcha.
El pasillo principal del instituto de Black River está repleto de tela blanca vaporosa. Tras el delicado material, hay diminutas guirnaldas de luces brillando y alumbrando un camino hacia el gimnasio.
Detrás de Dusty y de Will, Opi y Ben caminan de la mano. Opi intenta ignorar lo mucho que está sudando y lo mucho que a Ben le había sorprendido notar el calor corporal de ella. La seguridad que había sentido antes se ha esfumado y ahora solo hay aprensión y vértigo.
Trata de decirse a sí misma que se debe a la creciente presión del inminente regreso de JD o al susto de Eli con la agente.
Hasta intenta echarle la culpa al vestido y al modo en el que todos los miran cuando avanzan por el pasillo, sonríen y susurran.
Pero, en algún lugar más allá del caos de sus pensamientos, es consciente de que es por Eli, que se encuentra solo en alguna parte, y la manera en la que se ha sentido cuando él se ha presentado en su casa en traje.
Se estremece al tiempo que recuerda los ojos de él sobre ella.
—¿Seguro que no necesitas mi chaqueta? —le pregunta Ben a su lado.
—Ah, no, pero gracias.
El chico le sonríe. Hace unas cuantas semanas, lo único que Opi había deseado era que la mirase de esa forma. Ahora, solo la llena de pánico.
Entran en el gimnasio con el cuello estirado hacia atrás para contemplar el increíble esfuerzo que ha realizado el equipo de de coración.
Lo que parecen millones de guirnaldas de luces cubren el techo, formando olas como el océano un día de viento.
Unos copos de nieve plateados cuelgan en el aire, centelleando cuando se balancean con el movimiento de los estudiantes de abajo.
A lo largo de la pared del fondo, Opi divisa una mesa enorme cubierta con manteles blancos, candelabros plateados, platos llenos de aperitivos y ponche.
En la pared contraria a las gradas, hay un equipo de DJ con altavoces gigantes que reproducen una música sorprendentemente suave.
Opi imagina que cambiará después de que llegue el grueso de los estudiantes.
—Qué chulo —comenta Ben, y ella asiente con entusiasmo.
Se oye un grito en algún lugar cerca de ellos y, acto seguido, las pisadas de unos tacones altos sobre el suelo.
—Perfecta. Impresionante. Diez de diez —le dice Mali a Dusty con la boca abierta mientras la mira.
Se vuelve hacia Opi y sus pira mientras un sinfín de emociones se le reflejan en el rostro—.
Y tú, querida Ophelia… —La rodea con los brazos y le da un abrazo fuerte al tiempo que se gira hacia Will y hacia Ben y les dice—: Sabéis que sois los tíos más afortunados de aquí, ¿verdad?
Los dos asienten y se ríen mientras lo afirman.
—Perdona, ¿y tú qué? —suelta Dusty, y cuando Mali retrocede, Opi al fin puede ver su atuendo también.
Lleva un top con cuello halter de seda color crema con panta lones a juego y, al girarse, muestra que el corte deja al descubierto la parte media del abdomen y la espalda.
—Hola, chicos —los saluda Kat con una sonrisa tímida al lado de Mali.
Luce un vestido negro sin tirantes que abraza su exuberante figura, y lleva un ahumado negro en los ojos que destaca contra su melena rubia.
Por el modo en el que Mali la mira, es evidente que Opi no es la única que opina que Kat está despampanante.
—Estáis estupendas —les dice Dusty a las dos.