23. Todo sobre la mesa
Todo sobre la mesa
Opi le busca la mirada a su padre, pero él la evita.
Se encuentran en el salón; la luz del sol se cuela desde el exterior y el sonido del canto de los pájaros es demasiado pacífico para un momento así, lo que lo vuelve todo aún más surrealista.
Chris está inclinado hacia delante en su sillón, con los codos sobre las rodillas y el ceño fruncido por la concentración.
Opi y Dusty están en el sofá, unidas; las dos intentan permanecer tranquilas, inocentes.
Han pasado unos minutos desde que se lo han contado todo, empezando por el día que fueron a buscar setas y perdieron la noción del tiempo.
Lo de Andrew Everett, lo sucedido después, el orbe, sus habilidades, lo que han descubierto de su madre.
Todo. Entonces, Eli, que se había esfumado a la cocina mientras las hermanas hablaban, regresó cuando Opi admitía lo mucho que había luchado con el hambre que sentía al principio.
Le hizo una señal a Eli de que era el momento.
—Le voy a devolver algo que le quité —le dijo a Chris, que se estremeció al principio y evitó la mirada de Eli.
—Confía en él, papá —le pidió Dusty—. Yo lo hago plenamente. Míralo a los ojos.
Después de que Eli acabara, Chris se giró hacia Opi y le lanzó una mirada larga y dolorosa. A continuación, desvió la vista al suelo, donde la mantiene todavía.
Desde entonces, Eli se ha quedado como un centinela detrás de Opi. Ella nota cómo lucha por contener su propia agitación, su culpa. No se ha movido, y es evidente que Dusty siente también su gran lucha interna, porque se gira hacia él y susurra:
—Sus colores se están recomponiendo.
Opi percibe que la inunda el alivio de Eli antes de sentir el suyo propio.
—Ya podéis dejar de hablar de mí como si no estuviera —dice su padre, con los ojos aún en el suelo.
—Lo siento —se disculpa Dusty, y le hace un gesto con los hombros a Opi—. Quizá… Op, Eli, creo que tenemos que hacerle más preguntas sobre la sombra a Michelle.
Su padre alza la vista al fin hacia Dusty, pero es como si estuviera demasiado abrumado y no supiera qué decir, por lo que baja la cabeza de nuevo y esta vez se la lleva a las manos para frotarse los ojos y la cara, agotado.
—¿Por qué no vais los dos? —dice Dusty a Opi y a Eli—.
Tened tacto, sed sinceros y quizá Michelle os cuente algo que sea de ayuda.
Venid derechos aquí después. Antes de que comience a anochecer.
Lo de la premonición ocurría de noche. No sé cuándo, pero por si acaso es antes de lo que esperamos…
Yo me quedaré contigo, papá —añade, mirándolo a él—.
Me aseguraré… Es mucho que procesar. Lo sé.
Su padre no responde.
Lo único que desea Opi es que Chris la mire. Que le diga que la perdona, que aún la quiere. No obstante, el peso de su sorpresa parece estar ahogándolo, y ella sabe que no puede esperar su perdón ahora mismo, quizá nunca. Como mínimo, necesita tiempo.
—Vale —replica, levantándose. Y le suelta a Eli—: Vamos.
El chico tiene la mandíbula apretada y el cuerpo rígido y, por un segundo, no se mueve.
Opi siente la necesidad de alargar la mano para tocarlo, para decirle que todo está bien, que ella está bien.
Su cuerpo parece estremecerse en respuesta, relajándolo.
Traga saliva y la acompaña despacio hacia la puerta de atrás.
Nadie menciona que hoy hay clase o que su padre se supone que debería estar trabajando. Ese tipo de cosas parecen triviales ante la verdad que ahora está sobre la mesa.
—Creo que igual es mejor que empiece desde el principio.
Michelle se gira para mirar por la ventana con movimientos pequeños y tan lentos que resultan dolorosos.
A Opi le da la impresión de que parece más débil que el otro día que fueron a visitarla.
Las ojeras se le han pronunciado más y todavía sigue llevando la misma camiseta y los mismos vaqueros; está más desarreglada.
Ni Opi ni Eli se han molestado en llamar al timbre. Han saltado la valla y han continuado jardín arriba a plena vista; sus cuerpos están electrificados por el zumbido que ahora saben que procede de algún lugar más abajo, en lo más hondo de la montaña.
Divisan a Michelle en su silla junto a la ventana. Al principio, creyeron que estaba en trance de nuevo, pero entonces alzó la mano en un pequeño gesto que le comunicó a Opi que no pasaba nada por que entraran.
Aún no habían recogido los cristales rotos del cuarto de la colada, así que, después de trepar por ahí, Eli encontró una escoba y un recogedor para barrerlo.
Murmuró algo sobre que su habilidad para meterse en la cabeza de la gente era peor que la habilidad de JD para volver a los demás sangredependientes. Es evidente que sigue tocado.
Se lo expusieron todo a Michelle. Le dijeron que sabían que es taba al tanto de lo de la sombra.
Que no era solo por ella, que Opi temía por la seguridad de su padre, que pensaba que la podría haber visitado antes de que cambiara, que Kat la había visto allí desde la valla y luego en su casa en el pueblo…
, que el hermano pequeño de Eli le había contado que la sombra lo había observado.
Michelle apenas reaccionó, pero, poco a poco, asintió con la cabeza, decidida. Cualquiera que sea el juego al que ha estado jugando se ha terminado.
Ahora, Opi y Eli están sentados en el sofá junto a Michelle, observando su perfil, a la espera.
El muchacho comienza a mover la rodilla con ansias cuando, al fin, Michelle habla:
—Llevo soñando con esta montaña desde que era pequeña — empieza a decir mirando hacia fuera—.
Por eso nos mudamos aquí. Durante años, pensé que no era más que un sitio que mi imaginación había creado.
Un símbolo de algo, una escapatoria de mi realidad, del centro de Nueva York.
En mis sueños, jamás estaba en la montaña.
La veía a lo lejos, como si yo fuera un pájaro que volase hacia allí en círculos, vigilando su territorio.
»Estaba tan arraigada en mi mente que conocía cada textura de las copas de los árboles, cada hendidura de cada saliente de la cima.
Eso hizo que cada vez que me topaba con algún paisaje similar, me viera atraída hacia allí.
Me encontré buscando en libros sobre ecosistemas de montañas y viendo cualquier película o programa con un tema parecido, devorando cada detalle.
»Yo era una niña callada, así que me resultaba difícil…
acceder al mundo. Pero, al crecer, me di cuenta de que había pensamientos en mi cabeza que acababan haciéndose realidad sin que yo tuviera ningún contexto para ellos.
Soñaba con la combinación de números que tocaba en la lotería al día siguiente en la tele.
Sabía las respuestas a las preguntas de Jeopardy!
antes de que los concursantes las dijeran sin tener ni idea de la pregunta en sí.
Conocía las contraseñas y los códigos pin de mis padres para todo, incluso aunque no me los hubieran dicho nunca.
Hasta preveía un terremoto o un ataque militar en alguna ciudad extranjera que luego salía en las noticias.
Durante una época, llegué a pensar que era yo la que provocaba esos eventos.
Que hacía que existieran por pura fuerza de voluntad.
Pero, al final, comprendí que solo veía el tiempo desde el otro lado.
No tenía control sobre ello. Lo único que debía hacer era prestar atención.
Se calla un momento, y Opi nota que tanto ella como Eli contienen el aliento hasta que prosigue.
—Fui hija única, y jamás me gustó salir de casa.
Iba al colegio porque tenía que hacerlo y, después, cuando era jovencita, a trabajar.
Pero el mundo exterior me abrumaba. Lo encontraba…
incómodo. Como si yo estuviera apartada.
Entonces, un día, cuando me dirigía a casa de mis padres, vi a un joven y me sentí abrumada por ese sentimiento.
No era amor…, sino más bien la sensación de que era todo lo que yo no era, y que él era todo lo que yo necesitaba para escapar.
Para facilitarme una vida en la que podría esconderme del resto del mundo.
Resultó ser un corredor de bolsa seguro, astuto y ambicioso, y que yo tenía las herramientas para darle todo lo que él había soñado.
Lo único que debía hacer era prestarle atención a la bolsa de valores y ayudarlo a jugar como si fuera una partida de cartas una vez que yo ya había visto la mano de todo el mundo.
»Me di cuenta de que estar con él me garantizaría la libertad de vivir del modo que quería.
Podría contar con un techo sobre mí del que nunca tendría que alejarme.
Podría ser madre. Podría mantener el mundo exterior a raya para poder concentrarme en el mundo que existía en mi cabeza. En los sueños que me llamaban.
Opi observa su perfil mientras esboza una suave sonrisa nostálgica.
—Para entonces, yo sabía que la montaña tenía que ser real, así que le conté a mi futuro marido que solo había una cosa que le pedía a cambio por lo que le había dado: cuando descubriera la montaña, ahí era donde viviríamos.
»No creo que al principio pensara que se lo decía en serio.
Le encantaba Nueva York, y, con el tiempo, logré que ganara mucho dinero para nosotros allí.
Ninguno de los dos tenía por qué volver a trabajar, pero él era como un adicto.
Me percaté de que no era por el dinero, sino por el poder.
Por el estatus. Por la manera en la que lo hacía sentir.
Tampoco me gustaba lo que el mundo le estaba haciendo a Jake.
A JD. Tan joven, pero tan mimado… y creído.
Lo tenía todo al alcance de la mano; sin embargo, yo no veía amabilidad en su futuro.
A mi marido tampoco le gustaba lo que veía en nuestro hijo, pero era distinto…
En fin, revisé hora tras hora de grabación de drones online, esperando que la montaña, mi montaña, apareciera.
Entonces, un día ahí estaba. La White Mountain.
Lo supe en cuanto la vi. Ya la sentía mi hogar.