White Mountain (Black River 2) 22. ¿Qué recuerdos?
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22. ¿Qué recuerdos?

¿Qué recuerdos?

El sol de la mañana resplandece por la ventana del estudio del abuelo de Dusty, iluminando una ilustración en blanco y negro de un ser alado que desciende sobre la tierra de los cielos estrellados. Lucifer, la estrella más brillante, cae al mismo tiempo que se transforma en Satán.

No obstante, en lugar de continuar con su tarea, la imagen la había incitado a meterse en un pozo sin fondo de historias de diferentes culturas y religiones de todo el mundo que hablan de seres conscientes procedentes de más allá de las estrellas y que han venido a la Tierra a crear, interferir u observar.

Todos comprometidos con la vida humana. Algunas veces, se llaman ángeles, y, otras, dioses o criaturas.

Buenas o malas, todas tienen un motivo para actuar más allá del entretenimiento. Un propósito. Una necesidad.

Entonces, Dusty se pregunta por millonésima vez por qué la presencia había ido a la White Mountain y había hecho lo que les había hecho. Necesita saber por qué su vida se ha alterado de forma tan drástica. Necesita que haya una razón.

La muchacha cierra el libro y se pone de pie, decidida. Todo está conectado de algún modo: la sombra, la presencia, todo lo que ha ocurrido y todo lo que sus premoniciones le dicen que va a suceder. Y el monolito tiene que ser la clave. Ha de ser lo que conecta todo.

A medida que anda hasta la puerta, pasando por encima de pilas de libros abiertos en los que ha rebuscado durante toda la noche, siente un hormigueo en la coronilla.

La cabeza le da vueltas y cierra los ojos.

No hay ni una nube en el cielo nocturno. Las estrellas brillan a través de las copas de los árboles sobre él, iluminando la amplia pendiente hacia arriba de césped cubierto de nieve que rodea la casa. Su casa.

Eufórico y aliviado, JD sonríe.

Se encuentra junto a la valla, observando entre los árboles el lugar en el que ha pensado todos los días desde que se marchó.

No se aflige por el hombre que había hecho de su vida un infierno, ahora enterrado en la arboleda a su izquierda.

Está demasiado centrado en la mujer que sabe que se encuentra dentro de la casa y en los seis nuevos miembros de la familia que se hallan a su lado.

Los mira, sonriendo a sus rostros asombrados.

—Bienvenidos a casa —dice.

Chris está emocionado por el día que se le presenta. No solo tiene la oportunidad de sacar la moto de nieve por primera vez esta temporada, sino que también es su primera patrulla de captura, un deber que siempre disfruta.

Cuando tenía la edad de sus hijas, su lugar favorito para pescar se encontraba en un humedal de un afluente del Black River, justo al sur de su casa.

Su padre lo había llevado allí desde que tenía uso de razón, y le había explicado que los humedales, en realidad, los habían creado los castores, que desviaban agua con sus presas durante generaciones, diseñando estanques y arroyos, creando piscinas naturales ricas en plantas acuáticas, insectos y peces de pesca deportiva.

Parecía una utopía: todo funcionaba en armonía y prosperidad gracias a los castores.

Entonces, un día, bajaron y todo era distinto.

La mitad del humedal se había secado y la otra mitad se había inundado.

Los pájaros se habían marchado todos, entre los juncos no se oían los grillos y las ranas, y las presas de los castores se habían desmoronado y no habían dejado zonas para que los peces se refugiaran.

Parecía apocalíptico. Un día, había todo un ecosistema entero, y, al otro, había desaparecido.

Más tarde, descubrieron que había decenas de trampas ilegales colocadas para los castores y que habían atrapado a casi toda la población, los habían matado y habían vendido sus pieles a los comerciantes de pieles.

Eso fue lo que lo hizo decidir convertirse en agente medioambiental.

Con el uniforme puesto y el arma enfundada, baja las escaleras desde su habitación y va andando por el pasillo en dirección al baño cuando, de pronto, siente una gran presión en el bíceps y lo lanzan a la derecha.

La presión alrededor de su brazo se desvanece, pero se golpea el cuerpo con una puerta cerrada tan fuerte que el impacto la arranca de las bisagras.

El dolor le atraviesa el hombro derecho, que debe de haberse llevado la peor parte del impacto, a medida que se levanta del suelo para mirar a sus espaldas al quicio de la puerta ahora abierta.

Desliza las manos sobre un libro antiguo que se encontraba en el suelo, pero solo consigue atisbar una voluta negra retirándose al pasillo.

Retrocede arrastrándose por el suelo mientras el cuerpo se le inun da de sudor frío y húmedo. Se topa con más libros, derribando las pilas desperdigadas. Es entonces cuando se percata de que se encuentra en el estudio de su padre y de que sus libros se hallan por todo el suelo.

—¿Papá? —suelta Opi, de pronto en el quicio de la puerta. Lo mira con el ceño fruncido, confundida. No obstante, desliza la vista detrás de él y la levanta. Se queda en blanco.

Él se gira para echar un vistazo, pero se encoge de dolor y se lleva la mano al pecho a la par que se percata de que Dusty se encuentra justo detrás de él.

Su hija está delante del escritorio, aunque tiene los ojos cerrados y los brazos lacios a los lados.

La adrenalina hace que se levante en un instante.

—¿Dust? —pregunta con la voz tan quebrada que parece que es la primera vez que habla en meses.

Ella no responde. Lo único que mueve son los ojos, que se agitan bajo los párpados cerrados.

—Dusty —repite con firmeza, estirando los brazos para sacudirla por los hombros—. Dusty.

Aun así, nada.

Aferrándola por los hombros, examina su rostro, su cuerpo, y trata de comprender por qué no responde. Vuelve a mirar a Opi, que parece más contrita que preocupada.

—¿Opi? —pregunta con cautela—. ¿Qué le ocurre?

—¿Opi? —Oye Dusty a su padre preguntar a medida que abre los ojos—. ¿Qué le ocurre?

Baja la vista a las manos de Chris, que la está agarrando de los hombros, y luego la vuelve a alzar para descubrir que él está mirando a Opi, que se encuentra detrás de él.

Su hermana lo ignora.

—Estaba en el suelo —responde ella, hablándole a Dusty—. Me hallaba en mi habitación cuando he oído un golpe. Ha sido fuerte. He venido corriendo y se encontraba aquí. La puerta estaba rota, y tú…

—¿Qué ha sucedido? —le pregunta Dusty a su padre.

Él alterna la vista entre sus hijas, confundido. Al final, se centra en Dusty.

—¿Me lo estás preguntando a mí?

Asiente.

—La puerta, papá. ¿Qué ha pasado?

Él sacude la cabeza.

—No, cariño, ¿qué estabas haciendo tú? Te encontrabas ahí de pie, pero no… No estabas…

—No pasa nada, papá —lo tranquiliza—. Estoy bien.

—¿Has echado la puerta abajo porque estabas preocupado por ella? —pregunta Opi.

Chris no se gira para mirarla ni tampoco responde.

—No se encontraba cerrada con pestillo —contesta Dusty—. No lo habría necesitado. Papá, ¿qué le ha ocurrido a la puerta?

Él arruga el ceño.

—Papá —insiste Dusty, alzando una mano para tocarle el brazo.

Él compone una mueca.

—¿Estás herido? —pregunta Opi, acercándose a él.

—No es nada —responde con la voz tensa.

—Cómo que no —replica Opi—. Has derribado una puerta con el hombro, supongo. Déjame ver.

Chris niega con la cabeza.

—Eso no… Estoy bien.

Ni siquiera él parece convencido.

—Déjame ver —repite ella—. Tal vez pueda ayudar. Pero igual necesitas ir al médico a que te hagan una radiografía.

—No —espeta.

Las hermanas intercambian una mirada de desconcierto.

—Muéstramelo —insiste Opi.

Después de intentar convencerlo un rato más, al fin consiguen que acceda a quitarse la funda, la pistola y la camisa para que le echen un vistazo. Aún lleva una camiseta interior, pero son capaces de verle el hombro derecho rojo y ya con cardenales.

—Por lo menos, no te lo has dislocado —comenta Opi.

No obstante, Dusty se ha percatado de algo más. Allí, grabadas en ambos bíceps, hay más marcas rojas. Tienen la forma perfecta de huellas humanas.

Eli sube corriendo los escalones de la casa de los Silver, pues la alarma de Dusty y Ophelia lo inunda desde diferentes direcciones, sintiendo cada uno de sus vínculos de manera distinta.

Desde que Ophelia se marchó de su habitación anoche, su consciencia de ella ha permanecido muy desarrollada.

La distancia entre sus dos casas no parece sofocarla.

Si acaso, le provoca dolor. Ha sentido el cambio en los latidos del corazón de ella hace unos minutos, cuando se estaba preparando para ir a clase.

La respiración acelerada de ella ha hecho que se le oprima más el pecho a él y que la sangre le fluya de modo turbulento.

No ha sentido a Dusty hasta que ha saltado por la ventana y ha subido la montaña a toda prisa.

Una corriente de energía en su pecho ha causado que se le llene la cabeza de imágenes de lo que ella estaba viendo: a su padre agarrándola de los hombros, mirándola con fijeza, el miedo en sus ojos, sus dudas al explicarse, las huellas alrededor de sus brazos.

No está seguro de si la puerta trasera está cerrada con llave o no, ya que gira el pomo con tanta fuerza que se sale y permite que la puerta se abra de par en par.

Cruza la cocina, sube las escaleras y, al final del pasillo, se los encuentra en una habitación en la que jamás ha entrado.

Un estudio con muebles de madera grandes rodeados de estanterías.

En el centro, Ophelia, Dusty y su padre se encuentran de pie, todos mirándolo con los ojos abiertos como platos.

Chris lleva una camiseta de tirantes blanca metida por dentro de los pantalones.

La camisa de su uniforme y el arma se hallan sobre el escritorio.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Eli sin aliento.

—¿Qué hace él aquí? —inquiere Chris, destilando una mezcla de furia, miedo y aprensión.

—No nos lo va a contar —dice Dusty, ignorando a su padre. Le muestra a Eli partes de la premonición que ha estado teniendo cuando su padre ha debido de echar abajo la puerta: la noche, JD y sus transformados en el exterior de su casa.

Se percata de que Ophelia le está inspeccionando los brazos a su padre y, cuando sigue su mirada, ve que tiene marcas rosas alrededor de los bíceps. Frunce el ceño y repara en que esas marcas parecen huellas.

Ophelia alza la vista hacia Eli.

—Oblígalo a que nos lo cuente —le pide.

—¿Qué estás…? —comienza a decir Chris, impaciente. Libera a Ophelia y se gira hacia Eli, aunque, antes de que este se acobarde, se acerca al hombre y lo sujeta para sostenerle la cara entre las manos para mirarlo a los ojos.

Eli es unos cuantos centímetros más alto que Chris, pero el hombre levanta la vista hacia él, indignado, mientras intenta apartar el rostro del agarre de Eli de un tirón.

Es demasiado tarde.

—¿Quién le ha hecho esto en el brazo? —pregunta.

Chris abre la boca como si estuviera a punto de responder, pero entonces la cierra y se limita a quedarse mirando a Eli a los ojos, distante. Sin embargo, este puede sentir cómo forcejea con algo en los recovecos más profundos de su mente.

—¿Quién le ha hecho esto en el brazo? —repite el chico con más firmeza y determinación.

Se encuentra con un ligero temblor de la cabeza de Chris.

—Esto no me gusta —suelta Dusty—. Sus colores… Cuanto más lo retienes, más grandes se vuelven los huecos vacíos.

—Date prisa —insiste Ophelia con urgencia.

Eli se dispone a preguntarle por las marcas en los brazos a Chris una vez más cuando los ojos marrones del hombre de pronto se convierten en negros.

Como si se hubiera derramado tinta, la oscuridad empieza a extenderse, rebasando el espacio blanco hasta que no hay nada más que un abismo negro devolviéndole la mirada.

—¡Para! —grita Dusty.

Eli lo suelta y se da la vuelta; le duele la cabeza por haber soltado el agarre con tanta rapidez.

—Lo he vuelto a ver —explica Dusty—. Ha sido como cuando controlaste a Michelle… Un negro ahumado ha comenzado a llenar las partes vacías de sus colores, como si tratara de hacerse con el control.

—¿La sombra? —pregunta Ophelia.

—¡¿Qué sucede?! —inquiere Chris, que se ha llevado las manos a la cabeza como si le doliera.

—Eso creo —responde Dusty, aún ignorando a su padre.

—¿Qué debería hacer? —pregunta Eli, alarmado.

Dusty y Ophelia se giran la una hacia la otra, buscando respuestas en los ojos de su hermana.

Chris recoge su camisa del escritorio y empieza a ponérsela; sus movimientos son bruscos y caóticos.

—Dusty, Ophelia, lo digo en serio, contadme lo que está pasando.

Eli ve que el hombre está cabreado, pero también muy preocupado por algo que ha visto. Conforme se ata la funda y se asegura de que tiene la pistola en su sitio, mira a Eli.

Al chico se le acumula un calor detrás de los ojos que amenaza con desbordarlo de emociones por las que raras veces se deja llevar.

Se encuentra confundido por una mezcla de culpa, rabia y respeto.

Entiende las conjeturas de Chris sobre él, pero son muy injustas; es un rechazo que cala hondo.

Sin embargo, más que eso, está aterrado porque su habilidad ha puesto en peligro al hombre de alguna forma.

Porque la aversión de Chris ha estado justificada todo este tiempo.

—Tiene que saberlo —dice Ophelia. Está observando a Dusty con una expresión seria—.

No solo la verdad sobre lo que somos y lo que nos ha ocurrido, no solo para que pueda estar más preparado para lo que sea que vaya a pasar o lo que quiera que la sombra desee de él…

—Se gira hacia Eli—. Tiene que saber lo que le hice esa noche también.

Tiene que recuperar todos sus recuerdos.

Tenemos que intentar cerrar los huecos. ¿Crees que puedes hacerlo, Eli?

—¿Qué recuerdos? —pregunta su padre, acercándose a su hija con los ojos entrecerrados—. ¿Qué verdad?

Eli traga saliva, sintiendo cómo el peso de las emociones de todo el mundo estalla en la habitación.

Está comenzando a entender que puede que le haya estado haciendo daño a todo aquel con el que ha usado su habilidad.

Se le revuelve el estómago cuando mira a Ophelia a los ojos.

Por encima de todo lo demás, no quiere que su padre la vea sino como es: perfecta.

Se le eriza el vello de la nuca en una actitud defensiva. No quiere que ella sufra más de lo que ya lo ha hecho. Eli se pasaría toda su vida asumiendo la culpa ante su padre si con eso pudiera prevenir que ella se sintiera rechazada o infravalorada ni tan siquiera un segundo.

Pero entonces siente un tirón de Dusty, y cuando al final apar ta los ojos de su hermana, tiene el rostro serio. Ella asiente, confirmándole lo horribles que ve los huecos en los colores de su padre. El miedo que le dan. Lo vulnerable que lo han hecho.

Eli traga saliva y asume que la elección no es suya.

—Puedo intentarlo.