21. Él también tiene una vida #2
—Qué duro —comenta Eli—. Podemos esperar a alguien más. A alguien…
—Servirá —repone ella en tono plano, y se aparta del muro.
—Estaré aquí mismo —responde él mientras ella se aleja.
Amber no necesita aproximarse con sigilo. El hombre todavía está intentando levantarse del suelo. Eli huele cómo el sudor acre y tóxico le rezuma por los poros.
—Deja que te ayude —dice Amber, tirando de él para levantarlo.
Le fallan las rodillas, pero, de alguna manera, consigue llevarse el cigarrillo electrónico a la boca y toma otra calada larga incluso mientras Amber lo aleja de la luz y le hunde los dientes en el cuello.
Eli está junto a ellos conforme Amber se detiene y él agarra despacio al hombre aturdido cuando ella lo suelta. El chico le sujeta al hombre la cara con las manos, buscando sus ojos confusos e idos. Cuando hace contacto con los suyos y le atrapa la mirada, dice:
—No vas a recordar nada de lo ocurrido desde que te caíste hasta que volviste dentro. A partir de entonces, vas a dejar de beber. Vas a descubrir lo que de verdad te importa. —El hombre empieza a repetir las palabras en voz baja, y Eli lo suelta y se gira hacia Amber—: Vamos, te acompaño a casa.
Aún tiene otra cosa más que hacer antes de regresar a la montaña.
—¿Qué tal la fiesta? —pregunta Eli, haciendo que Jesse se sobresalte cuando sale del coche.
—Joder, tío, no me hagas eso.
—Perdona, creía que me estabas esperando.
—Sí, en la fiesta. Pensaba que al menos querrías pasar el rato primero. Ya sabes, ir poco a poco.
Eli sabe que Jesse está de broma. Más o menos. Pero eso no evita que lo invada un temor.
—Estoy muy liado —explica Eli—. En realidad, tenemos que hablar.
Jesse compone una expresión de curiosidad en la cara y no se mueve para invitar a Eli a entrar. Tras un rato, dice:
—Has encontrado a otra persona, ¿verdad?
A Eli se le forma un nudo en la garganta. Más que nunca, se siente como un drogadicto. Como si hubiera sacrificado su amistad por sus propios intereses egoístas.
Considera contarle a Jesse que no es lo que cree, explicarle lo de Ophelia y su poder.
Pero no tendría sentido. Unos minutos después, Jesse no recordará nada de lo que han estado haciendo, ni siquiera sus propios sentimientos; todo será borrado.
Quedará libre. Así que, en vez de eso, Eli se limita a asentir y, a continuación, se acerca a su amigo.
Jesse retrocede.
—No —replica—. No me hagas eso. No, a menos que te lo pida.
Eli suspira y baja la cabeza.
—Lo digo en serio, Eli.
Este alza la vista e inclina la cabeza.
—¿Estás seguro?
—Sí. No es que esperase que esto durara para siempre. Me voy a la universidad el año que viene. Tú viajarás por el mundo. Me… Me alegra haber podido ayudar.
—Jess… —Eli exhala—. Gracias…
—No pasa nada, tío. —Esboza una ligera sonrisa y, por un segundo, Eli recuerda cómo era su amistad antes de que todo cambiara.
Opi sujeta la botella de cristal de agua del desfiladero con una mano, y, con la otra, la bolsa llena de raíces de jengibre silvestre y las hojas restantes que Dusty y ella han cogido de las paredes de pizarra.
—Toma —le dice a su hermana, entregándole la bolsa—. Cuando llegues a casa, métela en el frigorífico. Mañana me encargaré de ellas.
Dusty asiente e intercambian otra mirada, conscientes de lo abrumadas que se sienten las dos. Mali le había enviado un mensaje a Dusty antes de que se marcharan de casa para decirle que Kat había visto también a la sombra.
Todo parece estar haciéndose una bola de nieve y nadie sabe cómo pararla.
Se encuentran ahora entre los árboles, justo detrás de la casa de Eli. Han tardado apenas unas horas en llegar al desfiladero, recoger lo que han podido y regresar. En esos instantes, Opi está mucho más que dispuesta a saciar su hambre voraz. Ha estado fraguándose todo el día en su interior.
—¿Seguro que no quieres que entre? —pregunta Dusty.
Opi niega con la cabeza, intentando ocultar lo desesperada que se siente por ver a Eli.
—Creo que estaremos bien —contesta con la voz tensa.
—Vale —responde Dusty, estudiándola unos segundos demasiado largos antes de girarse al fin y marcharse.
Cuando Opi se acerca a la casa de Eli, él ya la está esperando en su ventana abierta, bañado por una suave luz cálida.
Ella trepa hasta llegar a él. Antes de que Opi pueda detenerlo, él alarga la mano y la levanta por la cintura.
En cuanto la deja en el suelo, ella se aparta, rozándose la zona en la que le ha tocado con las manos, donde le hormiguea la piel.
—Podía haber subido yo sola.
—Lo sé —replica él, receloso de pronto.
Ella suspira.
—Perdona, solo tengo…
—¿Hambre? —pregunta él, bajando la vista hacia la botella de cristal que lleva en la mano.
La muchacha asiente y él retrocede.
—Ahora sé cómo debe de haberse sentido Jesse —farfulla Eli.
—¿Qué? —pregunta Opi mientras las frustraciones de los dos corren por sus venas.
—Ya me has oído. Solo estás aquí por una cosa, y no pasa nada, lo pillo. Lo he vivido en carne propia.
Opi nota que le comienza a temblar la barbilla. «No llores — se dice a sí misma—. Por favor, por favor, no llores».
—Hoy te he sentido en el pasillo con el quarterback —suelta él con un tono gélido—. He percibido lo hambrienta que estás por él. Así que perdona si eso me pone…
—No estaba hambrienta por él, imbécil —replica ella.
Eli frunce el ceño, sin comprender.
La muchacha gime, odiando que la obligue a decirlo.
—Lo que sentía… era por ti. —La primera lágrima, húmeda y cálida, le corre por la mejilla, y se gira deprisa hacia la ventana.
—Espera —responde Eli, agarrándola de la muñeca.
—No, llevas razón. —Opi intenta soltarse, hecha un mar de lágrimas ahora. Siente como si estuviera en una montaña rusa emocional desde hace días y esto, de algún modo, ha provocado que llegue al límite. Se aparta de nuevo—. Me he pasado de la raya. Debería irme. No sé en lo que estaba pensando.
El chico suspira y afloja un poco la mano, no lo bastante para dejarla ir, pero sí lo suficiente como para deslizarla unos centímetros por su piel.
Justo ese pequeño movimiento desata una serie de escalofríos en cada parte de ella.
—Literalmente, te dije que podías alimentarte de mí siempre que quisieras —le recuerda—.
Te dije que no deberías avergonzarte de tu apetito.
Que deberías dejarte llevar por tus necesidades.
—La agarra del brazo otra vez, con más suavidad, y Opi siente que una pequeña parte de ella se ablanda—.
Solo estoy… cansado — añade—. No físicamente, pero… Ha sido una noche movida.
—Con mayor razón para que te deje en paz —repone Opi, soltándose al fin al dar otro paso más hacia la ventana.
—Por favor, Ophelia. —La voz de él suena rota y desesperada—. Quédate. Sé que han sido unos días movidos también para ti. Para ti más que para nadie. Por favor, quédate.
—No estoy aquí solo por tu sangre —admite ella, dándose la vuelta. Le cuesta mirarlo a los ojos, aunque lo hace igualmente—. Yo… Yo… —Sacude la cabeza, al parecer incapaz de encontrar las palabras. No sabe el motivo, pero lo que ha dicho es verdad: sabe que ya no se trata de la sangre.
Eli asiente como si lo entendiera.
—Lo sé. —Se pasa las manos por el pelo y luego se las deja en la nuca.
A Opi le resulta prácticamente imposible no quedarse embobada ante la forma en la que se le flexionan los músculos bajo la camiseta. En cierto modo, se siente aún más vulnerable ahora, allí de pie, mirándolo, con la verdad asomando entre ellos.
Lo rodea y se adentra en la habitación. El espacio es casi justo como se lo había imaginado, grande y lleno de tonos azules, blan cos y beis.
Sin embargo, al igual que el dormitorio de ella, la chica se fija en las marcas de las paredes desnudas donde antes había pósters colgados y en las superficies vacías que parecen haber estado ocupadas en otro momento.
Opi reconoce el limbo en el que Eli se encuentra cuando el olor de él cae sobre ella como la lluvia.
—Entonces ¿has ido al desfiladero? —pregunta el chico.
—Con Dusty. Tendremos bastante… durante un tiempo.
—Bien.
Ella se gira hacia él.
—¿Lo haces tú primero esta vez? —le pregunta.
Eli le sonríe con los ojos antes de que el resto de su cuerpo lo haga, y es tan contagioso que Opi se encuentra sonriendo también mientras se muerde el labio inferior intentando contenerse.
La chica quiere mantener las distancias emocionalmente, pero cuando ve cómo le quita la botella, no puede negar lo aliviada que se siente al estar allí con él. Ahora está convencida de que no se trata solo de su hambre.
El muchacho se lleva la botella a los labios. A medida que se traga el líquido, Opi desvía los ojos por su garganta, sus hombros y baja por los pantalones de chándal grises hasta los pies descalzos.
Eli aparta la botella y después se acerca a ella.
—¿Dónde? —pregunta.
Sin pensárselo demasiado, Opi se aparta la larga melena del hombro, ladea la cabeza hacia un lado y deja al descubierto el cuello.
Un sonido reverbera desde el fondo de la garganta de Eli; acto seguido, cierra la distancia entre los dos, alza una mano hacia la nuca de ella y le agarra del hombro con la otra; entonces, la muerde.
Se siente tan bien como la última vez, quizá incluso mejor porque ella sabe qué esperar. Es más consciente de él, de su propio cuerpo. Y saber que después le toca a ella hace que el corazón le palpite con tanta fuerza que parece como si se le fuera a romper dentro del pecho.
Cierra los ojos de golpe y Eli la suelta con cuidado. Le lame la herida, provocándole un cosquilleo por todo el cuerpo.
—¿Te encuentras bien? —pregunta sin aliento, con las manos aún sobre ella, sosteniéndola de pie.
Opi asiente, pero las rodillas se le aflojan un poco.
—¿Podemos sentarnos? —pregunta ella.