White Mountain (Black River 2) 21. Él también tiene una vida
76%

21. Él también tiene una vida

Él también tiene una vida

Eli deambula por el vestíbulo, arrastrando los pies por el suelo de granito. Espera que la agente llegue pronto. La ha llamado hace más de media hora y le ha dicho que iba de camino. No quiere que haya nadie más cuando él hable con ella.

Su padre sigue trabajando y su madre está con Noah en el entrenamiento de baloncesto.

Su hermano se lo confirmó la noche anterior.

Por suerte, lo encontró durmiendo a pierna suelta.

Aun así, se quedó echándole un ojo un rato, solo por si acaso.

Después, antes de irse a clase hoy, fue a la habitación de Noah a ver cómo estaba.

Hablaron y resulta que el crío es un diablillo, mucho más de lo que Eli se creía.

El timbre de la puerta principal suena y el muchacho se sobresalta.

Hoy ha estado sumido en sus pensamientos más de lo habitual, y se le pasa por la cabeza que ojalá le hubiera echado sal al camino para poder salir con su vieja bicicleta en cuanto todo aquello haya acabado. Pero antes tiene otras obligaciones.

Presiona el botón para que la agente Reed entre y, cuando le abre la puerta principal, se siente aliviado al ver que el ayudante Brookes no está con ella, justo como deseaba.

—Eli —lo saluda, bajándose del coche. Lleva el traje gris con un plumífero grueso negro y botas de nieve. Tiene una sonrisa sutil en los ojos que no se le refleja en ningún otro sitio de la cara.

—Gracias por venir —le dice él, sujetándole la puerta para que pase.

Cuando entra, mira alrededor con curiosidad. A Eli no le cabe ninguna duda de que está analizando cada detalle.

—No pasa nada —responde ella mientras comienza a quitarse el plumífero.

Eli alza una mano.

—Ah, no se moleste. Será rápido.

Ella frunce el ceño y lo observa.

—Ayer no estaba en el funeral.

«Directos al grano, supongo».

—Me surgió algo —explica él, mirándola ya fijamente a los ojos en busca de un hilo de conexión.

Tarda un segundo más de lo que le habría gustado, pero ahí está. Lo agarra, da un paso más cerca y no vacila.

—En realidad, no cree que la White Mountain tenga nada que ver con la muerte de Kristen.

Trasladaron el cuerpo aquí, y cualquier corazonada que tenga de los lugareños o de sus compañeros de clase ya no le parece relevante.

Hará lo que sea para buscar respuestas alternativas, manteniendo a sus superiores contentos, pero en el fondo sabe que no resolverá este caso, y no pasa nada.

No la perseguirá durante el resto de su carrera.

Se marchará de Black River; apenas volverá a pensar en ello de nuevo.

Una oleada de alivio inunda a Dusty cuando Eli le muestra lo ocurrido en su casa: a la agente Reed marchándose, despidiéndose con educación y todas las sospechas, al parecer, borradas de un plumazo.

Por fin han resuelto un problema.

Se recuesta en el sofá, disfrutando de la fría brisa que la reco rre a través de las ventanas abiertas. Sin embargo, la puerta principal se abre y oye las botas pesadas de su padre irrumpir en la cocina.

—¡Jesús! ¡Esto está helado! ¿Chicas?

Dusty se acerca en silencio a cerrar las ventanas.

—¡Acabo de llegar también! —exclama—. ¿Quieres que encienda las chimeneas?

—¡Sí, hazlo! La cena estará lista en media hora.

Dusty suspira. Sabe que no cuestionará nada cuando ellas le digan que comerán más tarde o cuando tampoco toquen las sobras del frigorífico. Eli se ha asegurado de ello. Aun así, con lo que está ocurriendo ahí, la intranquiliza cada vez más el hecho de que su padre vaya a ciegas.

Se toma su tiempo encendiendo las dos chimeneas, abrazándose por el calor abrumador, y luego se une a su padre en la cocina.

Él le sonríe, y una parte del corazón de la chica se rompe mientras se pregunta cómo es posible que su mera presencia sea suficiente para que parezca tan feliz. Se deja caer en una silla en la mesa del salón y lo observa empezar a cortar verduras.

—¿Qué tal las clases? —pregunta él.

—Bien —responde ella con un poco de entusiasmo de más—. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo ha ido el trabajo?

—No muy mal.

—Oye, papá.

—Dime, cielo.

—¿A qué te referías cuando me preguntaste si había visto una sombra?

Él deja de cortar las verduras.

—¿Por qué? —pregunta—. ¿Has visto algo?

—Puede —miente.

Los colores de él se arremolinan, aterrados.

—¿Dónde?

—Seguro que no es nada —responde ella, insegura de hasta dónde está dispuesta a llegar.

El hombre permanece inmóvil un buen rato y después continúa cortando verduras.

—¿Dust? —la llama Opi desde la planta de arriba—. ¿Puedes subir?

La muchacha mira a su padre, pero está sumido en sus pensamientos, muy lejos de allí. Sube las escaleras trotando hasta el cuarto de su hermana.

Opi está sentada en el borde de la cama, retorciéndose las manos. Sus colores sobrevuelan a su alrededor, densos, cambiantes como una tormenta a punto de desatarse sobre la tierra. Dusty se dispone a preguntarle si necesita hablar de algo cuando su hermana se levanta de pronto.

—Tengo que recolectar algunas plantas.

—¿Ahora?

—Esta noche —responde Opi; salta a la vista que intenta sonar distendida—. ¿Me acompañas?

—¿Yo? —contesta ella, lamentándose al instante por el tono de sorpresa.

—Sí, bueno, cada vez que trato de irme de casa sin ti, Eli aparece para vigilarme. Él también tiene una vida. No debería tener que hacerme de niñero todas las noches.

La culpa azota a Dusty, caliente y veloz.

Siente el peso del papel que ha representado ella en los sentimientos de Eli por su hermana y desearía haberse esforzado más por intervenir antes, antes de que uno de los dos resultara herido.

Opi lleva razón: el bienestar de su hermana no es responsabilidad de Eli, sino suya.

—Sí, claro —responde—. ¿Ya tienes… hambre?

Opi desvía la mirada, avergonzada de pronto.

—Entonces ¿vendrás? —pregunta, ignorando lo que ha dicho Dusty.

Esta última asiente, pensando si Opi estará hambrienta porque la sangre de Eli es distinta, como la suya, y necesita más con más frecuencia de la que necesitaba con Mali.

O tal vez sea más que eso, se da cuenta.

A lo mejor tiene más que ver con el apetito de ella y con una necesidad contra la que ha estado batallando en silencio todo ese tiempo.

Eli baja la mirada hacia Amber, que tiene el rostro oculto por la oscuridad del callejón.

Están a la espera, apoyados contra un muro de ladrillos al que no le llega la luz de la calle.

Por suerte, las temperaturas más frías de lo normal han hecho que el olor a basura sea en cierto sentido más soportable.

Cuando el muchacho la llevó ahí por primera vez hace meses, sabía que no era lo ideal, pero no tenía muchas opciones más.

No había precisamente una cola de voluntarios para saciarla.

Después d e que Ophelia descubriera el jengibre silvestre, se ha preguntado si debería ofrecerse a alimentar a Amber también.

Sin embargo, sabe el efecto que alimentarse tiene sobre el organismo de otro sangredependiente, la conexión que se ha desarrollado entre Ophelia y él, y no le parece que sea la mejor de las ideas.

No quiere hacer eso con nadie más que con ella, incluso aunque le duela.

Así que, si a Kristen le valía de ese modo, también tendrá que valerle a Amber.

Por ahora.

—Bueno —suelta Eli, con cuidado de no lanzarse demasiado rápido—, ¿cómo has estado?

Ella se encoge de hombros como única respuesta.

—¿Todavía sigues… sintiendo a JD? ¿Como si te llamara?

La chica asiente.

—¿Ha…? ¿Sabes si ha convertido a más como nosotros?

Eli vacila.

—Sí. Ya hay cuatro. Creemos.

La respiración de ella enseguida se vuelve pesada y la cara se le contrae de dolor, como si le afectara físicamente no estar con él mientras otros sí.

—¿Cómo fueron esas primeras semanas cuando asimilaste lo que te había hecho? —pregunta él.

Ella cierra los ojos con fuerza.

—Cuando me cambió, no creo que él supiera lo que estaba haciendo ni siquiera mientras ocurría. Fue más bien… instintivo. Como si hubiera hecho lo que su cuerpo le pedía.

Se detiene.

—No estoy segura de si sabes esto, pero mi relación con la comida no ha sido la mejor.

Es algo con lo que he luchado toda mi vida.

JD lo sabía, y cuando se percató de lo que había hecho, de en lo que me había convertido, solía usar ese dato para justificarlo.

No ayudó el hecho de que yo le reconociera que me gustaba no tener que comer.

Y así fue, hasta que me sentí verdaderamente hambrienta.

Él contaba con su madre, aunque para mí…

siempre ha sido así. Siempre me he alimentado de extraños.

Recordándome que, al menos, ya no tenía por qué obsesionarme por las comidas, que no necesitaba alimentarme todos los días, que no tenía por qué hacerlo en público, solo aquí…

, en la oscuridad…, en secreto…, con él ahí.

Yo también me lo justifiqué a mí misma. Eso hacía que lo viera como una especie de salvador, y él lo percibió.

Le encantaba. Creo que por eso creíamos de verdad que éramos inmortales.

Como que, si podía concederme un regalo así…

, era como si se hubiera elevado por en cima de los demás.

Se le fue la cabeza igual que se me fue a mí.

Solo me di cuenta de lo jodida que se había vuelto la situación cuando…

mató a Kristen. Fue como si fuera una ramita.

Como si no le importara. Al igual que el resto de nosotros. Excepto su madre, cla ro.

Eli trata de pensar en qué narices responderle cuando la puerta trasera del bar se abre.

Un hombre sale tambaleándose y fumando de un cigarrillo electrónico como si fuera el aire puro que necesitaba; acto seguido, se dirige a los tres escalones que conducen a la calle.

Se salta uno y se cae sobre el camino cubierto de sal.

—Lo conozco —susurra Amber—. Acabó el instituto hace unos años. Quería trabajar para mi padre, hacer paisajismo. No dejaba de presentarse apestando a alcohol, así que mi padre le dio un ultimátum. Supongo que eligió… esto.