19. Solo pasa por aquí
Solo pasa por aquí
Opi enrolla la tela de la parte delantera de su camisón, consciente de pronto de sus caderas expuestas.
Sabe que ella es la que ha empezado, pero las caderas son algo mucho más íntimo que la espalda. Al menos, así lo cree.
Sabe que podría esperar hasta regresar a casa y ponerse una cataplasma de milenrama sobre las heridas.
También sabe que su nuevo cuerpo se cura con relativa rapidez.
No obstante, no sabe si su padre estará en casa o en el trabajo esa mañana, y Dusty ya debe de estar preocupada por dónde se encontrará…
—Vale —responde ella—. Pero no me voy a subir el camisón. Tendrás que lamer por…
Vuelve a mirar a Eli y ve que se le ha borrado la sonrisa. La observa con fijeza, con cara de póker, y la sensación que percibe a través del vínculo de sangre que comparten hace que una nueva oleada de calor le suba por el cuello hasta las mejillas.
—Era una broma —replica él—. No pensaba que tú me dejarías en serio…
—Ah, perdona, no. Sí, no te preocupes.
Al chico le vuelve la sonrisa, pero esta vez más suave y traviesa.
—No —repone, acercándose y arrodillándose ante ella—. Déjame.
Eli alza los ojos, pidiendo permiso con la mirada.
Despacio, Opi suelta el camisón recogido, dejando que caiga y sus caderas queden expuestas a través de los desgarros una vez más. Asiente con la cabeza.
Eli coloca las manos a cada lado de los muslos de ella, sujetándola con firmeza, y luego se acerca. A través de los rotos de la tela, lame.
Opi nunca se ha sentido más en su cuerpo.
Es extraño, dado el hecho de que, en ese instante, es como si lo compartiese con alg uien más; una consciencia casi constante de la vida de él colándose dentro de ella.
Pero no puede evitar disfrutar de las sensaciones: de las manos de Eli agarrando sus piernas para que dejen de temblar, del cosquilleo de su lengua, del modo en el que alivia el escozor de los cortes con sus lametones, haciendo que se sienta completa de nuevo.
Se termina demasiado rápido. La está soltando, mirándola con los ojos entrecerrados y adormilados, y una ligera sonrisa cómplice le asoma a los labios.
«Mierda», piensa ella, mordiéndose el labio.
Opi se gira y se adentra en el bosque.
Camina a buen ritmo mientras regresan a través de la nieve hacia su casa. Una brisa se cuela por los desgarros del camisón, besándole la piel suave y curada. Hace que sea imposible olvidar lo que acaba de ocurrir.
En retrospectiva, sabe que era del todo innecesario. Los rasguños no eran tan graves. Pero se lo había justificado de todas formas.
Siente una barrera defensiva alzarse en torno a ella.
«Eli solo está a tu alrededor porque Dusty tiene a Will —se dice para sus adentros—. Dusty le ha pedido que haga esto por ella. Solo hace lo que le han obligado a hacer. Se le insinúa a todo el mundo. Solo es humano».
Aunque parecía que le gustaba tanto como a ella, está segura de que todo estaba relacionado con la sangre, no con ella. Porque no hay ningún mundo en el que Opi vea cómo puede compararse con Dusty, la primera opción de Eli.
De repente, las piernas desnudas le parecen demasiado desgarbadas, y el pelo, de un castaño apagado, no intenso, como el de su hermana. No le apetece estar cerca de alguien que la hace sentirse así, aunque no sea a propósito.
Alza la barbilla más alto, acordándose del modo en el que Ben se sonrojó cuando le pidió que fuera con ella al baile de invierno. Le encantó cómo la hizo sentir. Fuerte, poderosa.
No como la hermana pequeña de alguien. No como la segunda opción de alguien.
No pronuncian ni una palabra más hasta que regresan a la casa, donde el aroma persistente de la comida de su padre sobresale de la cocina. Además de eso, está el humo de leña.
Eli aminora.
—Mejor me voy a casa. —Hace un gesto por encima del hombro.
—Vale —responde Opi, aturullada de nuevo bajo su mirada.
—¿Nos vemos luego?
—Sí.
El muchacho asiente, vacilante, y después se gira sobre sus talones y se adentra en el bosque.
—¿Dónde coño te habías metido? —medio grita medio susurra Dusty cuando irrumpe en el dormitorio de Opi.
Esta todavía está entrando por la ventana, recogiéndose el camisón a su alrededor con una mano mientras se cuela en la habitación.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Dusty, cerrando la puerta tras ella y apresurándose hacia su hermana. De inmediato, le impacta el aroma, la sangre y la saliva de Eli, pero también algo más, una humedad extraña y rancia—. ¿Opi? —insiste.
—Lo siento —contesta ella, aferrada aún al camisón—. Ha sido… una locura. Pero estoy bien. Eli también está bien.
—No, lo siento yo. Solo me di cuenta de que no estabas aquí cuando se marchó Will. Habría ido a buscarte antes.
—¿Por qué no te has levantado antes? —pregunta Opi, confusa—. Papá está en casa, ¿no? ¿No se estará preguntando por qué no hemos ido a clase?
—Hoy no hay clase, ¿recuerdas? —replica Dusty—. El funeral de Kristen es a las diez y media.
Opi baja la vista al vestido negro de manga larga de Dusty y arruga la cara.
—Se me había olvidado. Deja que me dé una ducha rápida y luego te contaré lo de anoche, ¿vale? Pero no creo que pueda… ¿Pasa algo si no voy hoy?
Dusty estudia a Opi un buen rato, percatándose de lo aturdida que se ve.
—No te preocupes.
Diez minutos después, se encuentran sentadas sobre la cama de Opi mientras esta le cuenta a Dusty lo sucedido. Su hermana ve cómo se pasa los dedos por el pelo, que se le está secando, confor me habla, maravillada ante el descubrimiento, pero, en cierto modo, no sorprendida.
—Sabía que tenía que haber algo en la montaña —suelta cuando Opi acaba de describir el monolito flotante.
Su primer pensamiento es que se muere de ganas por contárselo a Will, y el siguiente es que Opi tiene razón: eso debe explicar la sensación que tienen alrededor de la propiedad de JD y cuadra con el recuerdo de su madre al mirar a través de la valla de la obra.
—Lo otro es que, cuando nos adentramos en la montaña, no debían de ser más de las tres de la madrugada. Como mucho. Y no estuvimos dentro más de una hora, quizá dos si pienso en cuánto tiempo nos quedamos… mirando. Pero ¿salir a las nueve?
—Perdisteis la noción de tiempo —dice Dusty, asintiendo—. Como le pasó a mamá. Como nos pasó a nosotras justo antes de que yo cambiara.
—¡Chicas! —las llama su padre desde abajo—. ¡Hora de irse!
Opi todavía no ha explicado por qué apestaba a Eli cuando llegó, pero Dusty se da cuenta de que seguramente lo haya hecho adrede.
No quiere presionarla. Sabe que algo ocurre entre su hermana y Eli, y sabe que tienen derecho a mantener en privado lo que sea que esté sucediendo el tiempo que necesiten.
—¿Papá va al funeral? —pregunta Opi.
—Sí. ¿Quieres que le diga que te has resfriado o algo así?
—Sí, porfa. No me veo capaz de aguantar a una multitud hoy.
—Es que menuda noche has tenido —suelta Dusty, y las dos sonríen ante el eufemismo del siglo.
En la ducha, Eli oye un ruido a través de la pared. Creía que no había nadie en casa. Cierra el grifo y coge una toalla que se envuelve en torno a la cintura.
Asoma la cabeza por el pasillo y escucha.
Percibe unos ligeros pasos sobre la moqueta y se gira para seguir el sonido. Procede del dormitorio de su hermano, al otro lado del pasillo. Escucha de nuevo, pero el resto de la casa está completamente en silencio.
Es media mañana. Eli había decidido que no era capaz de aguantar el funeral de Kristen tras la noche que ha tenido y había escuchado a su madre marcharse poco después de haberse metido en la cama.
Su padre ya debía de estar en el trabajo.
Frunce el ceño cuando oye el sonido del plástico y un chasquido, y, a continuación, comienza a sonar música de rock duro.
Tras ir a su cuarto a ponerse unos pantalones cortos y una camiseta, se dirige al de su hermano.
—¿Noah? —lo llama, golpeando la puerta mientras la abre.
Allí en el suelo, mirando la tele con un mando en la mano, se encuentra su hermano de once años. Todavía lleva el pijama.
Noah alza la vista hacia Eli.
—Hola —responde, y vuelve a atender a la partida.
—¿A qué estás jugando? —pregunta Eli, consciente de la sensación de culpa que siempre siente con su hermano. Sabe que no pasa suficiente tiempo con él, y eso que es perfectamente consciente de que sus padres no son la mejor compañía.
—Al Call of Duty —contesta.
—¿Por qué no estás en el colegio? —pregunta Eli.
Noah no responde. En lugar de ello, sigue concentrado en el juego; su personaje avanza en silencio hacia un edificio en la oscuridad de la noche.
—¿Dónde está mamá? —prueba a preguntar Eli, sentándose junto a él.
Noah se encoge de hombros.
Eli lo mira y se da cuenta de lo joven que aún parece su hermano. Al contrario que él, Noah tiene el cabello rubio arena y solo unas cuantas pecas sobre la nariz. A su lado, es enano; la coronilla ni siquiera le llega al hombro.
—¿Te ha dejado aquí sin más? ¿Solo?
—Tenía que ayudar a papá con algo del trabajo. Me ha dicho que podía quedarme en casa si no me movía de mi cuarto y no intentaba calentar nada en la cocina.
—Y no has ido a clase porque…
—Estoy malo.
Eli entrecierra los ojos, mirando al chico.
—No tienes pinta de estar malo.
Noah se calla otra vez y se lleva la lengua a la mejilla mientras se concentra en disparar a alguien.
—¿No te gusta el cole? —pregunta Eli.
De nuevo, Noah se encoge de hombros.
—Solo estoy cansado.
—¿Por qué?
—A veces tengo pesadillas —responde, errando el tiro por tercera vez.
—¿De qué van? —quiere saber Eli mientras le quita el mando de las manos a su hermano para probar él mismo.
A Noah no parece importarle o sabe que no tiene sentido protestar.
—No son más que…
Por el rabillo del ojo, Eli nota que su hermano pequeño sacude la cabeza.
—¿Que qué? Puedes contármelo. A veces contárselo a alguien ayuda.
Noah guarda silencio un momento antes de añadir:
—Hay una… sombra.
Eli se envara y luego se gira hacia su hermano.
—¡Has fallado! —exclama Noah.
—¿A qué te refieres con una sombra? —pregunta Eli; un escalofrío inquietante le baja por la espalda.