18. Dentro de la montaña #3
La muchacha trata de reproducir la noche en su mente.
Se había quedado dormida antes de las diez; después, se había escabullido cerca de la medianoche.
Eli la había encontrado en la base de la montaña una o dos horas más tarde y luego habían venido aquí.
No podrían haber sido más de las dos y media o las tres.
Desde entonces, parecía que no había pasado más de una hora.
Dos, si alarga el tiempo que se han quedado observando el monolito.
—No puede ser más tarde de las cinco —contesta la chica, acercándose más para ver su teléfono y asegurándose de que él no se está quedando con ella. Coloca una mano sobre la suya, acercándose el móvil.
Sin embargo, él tiene razón. Son las nueve y siete.
—No debería —comenta Eli—, pero sí. No he visto qué hora era en el teléfono cuando nos encontrábamos dentro; estaba demasiado centrado en la linterna.
La boca de él debe de estar muy cerca del oído de ella, porque su voz parece descenderle por el cuello. La atención de Opi vuelve a centrarse en su olor y en la sangre que le cubre la espalda. Cuando lo mira, él tiene los ojos fijos en su vestido.
La muchacha frunce el ceño, sintiendo cómo la brisa fresca le toca la piel desnuda de las caderas. Los desgarros en el tejido suave son incluso más grandes y revelan rasguños que rezuman unas gotitas de sangre.
—Estás herida —dice Eli. La garganta le sube y le baja mientras alza los ojos verdes hacia los suyos. Los ángulos marcados de su mandíbula cambian cuando aprieta los dientes. No hay duda de lo que quiere, porque Opi también lo desea.
—Tú también estás herido —contesta ella.
La chica le suelta la mano y se coloca detrás de él. Se le hace la boca agua al tiempo que examina su camiseta desgarrada: la sangre fresca, como la suya, le cubre los roces superficiales que tiene por toda la parte alta de la espalda.
—Podría ir a buscar algo que ponerte en ellas. Hacer una cataplasma o algo —se ofrece, sabiendo que hay una manera muchísimo más eficiente.
Eli se aclara la garganta.
—Estoy seguro de que podrías —responde con la voz temblorosa.
Opi no dice nada. Está librando una batalla entre su cuerpo y su cabeza, y trata de resistir la necesidad abrumadora de inclinarse hacia él y lamerlo.
No obstante, no es capaz de entender por qué.
No hace mucho que se alimentó de él. E incluso antes de eso, cuando había estado hambrienta y Kat había sangrado a borbotones justo delante de ella, no había sentido tanta pérdida de control como en este instante.
Le parece diferente a la sed de sangre. O, al menos, es un tipo de sed distinta de la que había sentido por Ben.
Intenta precisar si es por Eli en sí, por así decirlo, o si es tan solo la ausencia de miedo y vergüenza a la que él ha estado dando cabida.
Sabe que no podría hacerle daño. Él es como ella.
Y sabe que no la ve como una especie de monstruo.
Ya la ha visto en su peor momento, y, ahora mismo, puede sentir solo una emoción extraña que proviene de su sangre y que todavía le corre a ella por las venas.
Sea lo que sea, no importa, porque, antes de que pueda detenerse, dice:
—O podría… Podría usar…
Él la mira por encima del hombro.
—Creo que eso sería lo mejor —responde Eli con la voz más áspera de lo que ella nunca la ha oído.
La chica lleva las manos al bajo de su camiseta y se la sube, desprendiéndola de su piel empapada por el sudor.
Él se lleva una mano al hombro para sujetarla, y la espalda se le ondula por el movimiento.
Opi le coloca las manos en la cintura, se inclina hacia delante y le pasa la lengua por una gotita de sangre justo detrás del hombro.
Se le cierran los ojos e inspira. Es consciente de que no podría beber totalmente de él justo ahora. Necesitarían más jengibre silvestre para eso. Sin embargo, saborearlo aún le provoca algo. Se obliga a contar hasta diez antes de permitirse lamerlo de nuevo.
Esta vez, sobre un rasguño.
Eli tiembla y ella se aparta.
—Perdona, ¿te ha dolido?
—No —grazna, y ella cree haber oído una sonrisa en su voz— . Sigue.
—Están curándose rápido —añade, distraída.
Se toma su tiempo, centrándose solo en él.
No piensa en lo que hay justo detrás de ellos, dentro de la cueva.
Tampoco en co rrer para contárselo a Dusty, en el hecho de que ha pasado muchísimo tiempo, o en nada más que haya sucedido en los últimos días.
No nota el modo en el que el sol se asoma entre las copas de los árboles y hace que el mundo cubierto de nieve a su alrededor brille con una luz dorada.
Solo está esto, y lo desea como si se muriera de hambre, así que cura cada rasguño con la lengua hasta que él tiene la piel lisa y limpia.
Cuando termina, se permite reparar en las pecas repartidas por los hombros y la espalda superior, en lo fuerte que parece su cuerpo. Entonces, a regañadientes, le suelta la cintura y se retira.
A Eli le lleva un momento volver a moverse. Cuando se da la vuelta, colocándose la camiseta despacio, la busca con la mirada. Esboza una sonrisa tímida. Baja la vista hacia los arañazos de las caderas de ella y sonríe mientras pregunta:
—¿Te toca?