White Mountain (Black River 2) 18. Dentro de la montaña #2
67%

18. Dentro de la montaña #2

Opi se gira hacia Eli, pero cuando abre la boca para decir su nombre, es como si le hubieran denegado el acceso a su propia voz.

La palabra muere en su garganta al mismo tiempo que sus ojos repa ran en lo que él acaba de ver.

Más tarde, le parecerá que su cuerpo se había dado cuenta de lo que la cueva contenía antes que ella.

Porque justo ahí, en medio del espacio ante ellos, hay un bloque de piedra enorme.

Es tosco y natural, como cualquier peñasco que ves en el exterior, solo que no hay nada de natural en este.

Cuando Eli apunta la luz hacia abajo, Opi repara en que, bajo el monolito, no hay nada más que aire.

La cosa entera está flotando sobre el suelo.

Ella intenta entender lo que está viendo, pero su cuerpo comienza a vibrar a un ritmo casi doloroso.

Le late el corazón a mil; la sangre se le estremece en las venas mientras las células parecen encogerse.

Es agotador. Es incapaz de moverse. Lo único que puede hacer es quedarse mirando el monolito al mismo tiempo que su frecuencia silenciosa la impregna de arriba abajo.

Sin previo aviso, la frecuencia cambia. Es como si hubiera bajado el volumen, lo suficiente para liberar a Opi de su agarre.

Se giran el uno hacia el otro, pero no necesitan decir nada para comprender el asombro que sienten ambos en este momento. Eli se da la vuelta y apunta con la luz más cerca de la colosal piedra para poder ver.

—Es más grande que mi camioneta —suelta, rompiendo el largo silencio.

Opi quiere reírse porque la comparación se le queda corta, aunque todavía sigue embelesada.

Da un paso adelante, examinando las diferencias de la inmensa piedra con las paredes de granito.

Su textura también es áspera, pero más cristalina.

Sus colores van del gris claro al oscuro, con destellos de negro y un leve verde musgo alrededor de los bordes que solo es visible cuando la iluminan desde cerca.

Todo refleja fractales de un haz de luz intenso, y cuando Eli mueve su teléfono, el tono verde musgo parece resplandecer, cambiando a un verde oscuro y después a un azul.

Sin pensarlo, la muchacha empieza a alargar la mano para tocarla. Le hormiguean los dedos cuanto más los acerca.

Se detiene. Se siente demasiado poderosa, demasiado etérea. El mero hecho de que eso exista, dentro de la montaña en la que ella nació, bajo los senderos que había pasado toda su vida explorando, es suficiente para hacer que se sienta aturdida.

—¿Crees que esto es lo que sentíamos en la casa de JD? —pregunta Eli.

A Opi se le ha pasado lo mismo por la cabeza.

—Tiene sentido —contesta—. Creo que solo estamos un poco más abajo en la montaña, y aunque estábamos al otro lado, nos hemos adentrado lo suficiente en ella como para estar bajo su propiedad ahora mismo.

Eli continúa apuntando con la luz al monolito, inclinándose ha cia el brillo debajo de este, asegurándose de que está de verdad suspendido en el aire. Mientras lo hace, a Opi se le ocurre otra cosa.

—El recuerdo que Dusty tuvo de nuestra madre… Oyó un taladrado, sintió la montaña vibrar y después siguió el sonido hasta la casa de JD.

—Mierda —suelta Eli, irguiéndose ahora. Se lleva la mano libre a la nuca, y Opi nota cómo trata de dar sentido a las cosas también.

Entonces, comienza a asentir—. ¿No dijo Dusty que creía que era la primera vez que vuestra madre se desorientaba?

¿La primera vez que experimentaba un salto extraño en el tiempo?

—Sí. —Opi suspira, sintiendo que una pequeña pieza del rompecabezas acaba de encajar en su sitio.

—Quizá el taladrado causó una interrupción de la frecuencia que esta cosa emita.

No sabemos si han pasado cosas raras en la monta ña antes de ese momento, pero si fue la primera vez para mi madre…

Y mi padre jamás ha mencionado nada extraño.

No hasta la sombra. Así que tal vez la construcción de esa casa…

Igual ese fue el instante en el que empezó todo.

—Joder —suelta Eli—. A lo mejor tienes razón, pero ¿por qué no ocurrió nada más que sepamos hasta que cambiamos? ¿Eso fue hace cuánto? ¿Cinco años?

Opi asiente, aún sin poder apartar los ojos de la vista extraña delante de ella.

—Tal vez esa es la pregunta del millón.

Ambos se quedan allí durante otros cuantos minutos, asimilándolo.

—Vamos —dice Eli—. Salgamos de aquí.

Ella piensa en el mundo exterior, en toda esa vida, en las estrellas en el cielo, y de pronto está desesperada por marcharse.

Asiente, y se dirigen a la entrada de la sala.

—¿Lista? —pregunta Eli.

—Lista —responde, deslizando los dedos entre los suyos y aferrándose a él con fuerza.

Eli vuelve a liderar el camino con el teléfono sostenido en alto delante de él. La luz parpadea unas cuantas veces. Opi reza por que no se le estropee otra vez.

Los sonidos de sus latidos, la respiración rápida y los pasos resuenan a medida que la ropa se queda enganchada en el granito a su alrededor.

—¿Por qué no me llamas Opi? —pregunta, desesperada por oír cualquier otra cosa.

La linterna parpadea otra vez, y ella se agarra a la mano de Eli con aún más fuerza.

Aceleran el ritmo.

—Si lo prefieres, puedo llamarte así —contesta él.

Opi se ha vuelto a distraer por la forma en la que huele; sus dientes y su lengua son conscientes de la sangre que ahora tiene él seca en la espalda.

—¿Eh? —pregunta.

—Opi. Te llamaré Opi si quieres. No sé por qué me quedé con Ophelia.

Agradecida por la distracción, ella frunce los labios.

—Hum, estoy bastante segura de que es por el coraje que me da.

Él suelta una carcajada.

—Puede ser. Perdona.

—No pasa nada. Puedes seguir llamándome así si quieres.

—¿En serio? —pregunta, sorprendido.

Opi se encuentra sonriendo.

—Sí.

—Genial. Porque, en realidad, creo que comencé a llamarte así porque es el nombre más bonito que he oído jamás. ¿Opi? — pregunta—. Pfff, menuda mierda.

—¡Oye! —replica, tratando de ignorar el calor en las mejillas—. Opi es bonito.

—Claro. Tal vez para una niña de siete años.

Ella sabe que la está provocando, pero aun así toca una fibra sensible.

—Antes de cambiar era, bueno, la chica de dieciséis años más infantil.

—Puede —responde, meditando por un momento—.

Pero también eras la más adulta. Incluso Dusty lo dijo: los últimos años, tú eras el pegamento que mantenía a vuestra familia unida.

No era difícil ver lo mucho que cuidabas de tu padre y de tu hermana.

El modo en el que eras un soplo de aire fresco en esa casa.

—Últimamente no —murmura, un poco avergonzada.

—Has tenido una buena excusa.

—Quizá. —No obstante, no está tan segura.

Llegan a la esquina que lleva a la grieta más ancha. Ahora pueden andar recto, pero, aun así, ninguno de los dos suelta la mano del otro.

—Hace unas semanas me preguntaste desde cuándo me importaba el planeta —suelta Eli de pronto—.

La verdad es que nunca he pensado en ello antes de que cambiáramos.

Pero ahora, viviendo una vida en la que es literalmente imposible ignorar cualquier cosa…

, ¿cómo podría ignorarlo? Y ya sabemos que este lugar es lo bastante importante debido a una inteligencia descabellada que aparece en el cielo y que hace lo que nos hizo a nosotros…

En fin, lo que intento decir es que a ti no te ha hecho falta todo eso para verlo.

Tú lo has podido ver todo el tiempo. Si eso no es sabiduría a pesar de los años que tengas, no sé lo que es.

Opi exhala, conmovida por sus palabras y el sentimiento tras ellas. Estaba siendo muy sincero.

—¡Mira! —exclama él, de pronto soltándole la mano y echando a correr.

Ella frunce el ceño, porque encima de sus cabezas parece haber luz solar.

A pesar de su confusión, el alivio la invade; la luz le parece la salvación. Corre para alcanzarlo y, luego, prácticamente se lanzan hacia la brecha. Opi se aferra al suelo sin importarle lo mucho que le duelan los codos y las caderas mientras arrastra las piernas detrás de ella.

Eli gruñe, pero tampoco se queja, y al fin salen a gatas sobre los helechos y aspiran aire fresco cuando se levantan con las cabezas inclinadas hacia el sol.

Opi tarda un momento en recuperar el aliento. Cuando lo hace, pregunta:

—¿Qué hora dice que es tu teléfono?

Él frunce el ceño.

—¿Qué cojones? ¿Cómo son ya las nueve de la mañana?