18. Dentro de la montaña
Dentro de la montaña
Opi se roza la cabeza con la roca sólida que tiene encima y el pelo se le enreda en los salientes y las muescas conforme se adentra más usando los codos.
Arrastra las caderas contra el suelo cubierto de hojas y luego se le raspan cuando la amortiguación da paso a pie dra maciza.
El aire más cálido empieza a consumirla; el olor a pie dra y a minerales rezuma de la oscuridad más allá de ella.
Eli suelta una sarta de palabrotas a medida que la sigue muy cerca, y ella hace un gesto de dolor al imaginarse lo estrecho que debe de parecerle el hueco a él.
La leve cantidad de luz de la luna se desvanece rápido a medida que se va adentrando en la montaña, lo que le dificulta que se le adapte la vista.
La roca sobre ella comienza a bajar centímetro a centímetro, haciendo que le crujan los huesos y que se le arañe la piel.
Está a punto de decirle a Eli que no podrán avanzar mucho más cuando el aire cambia, gira a su alrededor como una aspiradora y el peso aplastante de las piedras de pronto se retrae y no deja nada más que aire húmedo.
Se lleva las rodillas debajo de ella y, despacio, empieza a erguirse con las manos por encima de la cabeza a medi da que se prepara para chocarse contra el techo.
Cuando está totalmente de pie, siente un vacío por encima de ella. Baja las manos.
Debajo de sus pies descalzos hay una capa fina de tierra húmeda sobre un lecho de roca.
—Me cago en todo, ¿es broma? —Eli se levanta junto a ella; el olor de su sangre la golpea como una bofetada en la cara.
—¿Te encuentras bien? —pregunta, pasándose los dientes por el labio inferior para calmar la palpitación repentina.
—Sí —refunfuña Eli—. La piedra me acaba de rallar la espalda como si yo fuera queso, pero nada más.
De pronto, hay luz.
Entornando los ojos, Opi mira hacia abajo y ve que Eli tiene el teléfono en la mano con la linterna encendida.
—¿Quieres que le eche un vistazo a la espalda? —pregunta, deseando que él le diga que no, porque su sangre huele mejor a cada segundo.
—Luego —contesta—. No es nada. —Sin embargo, ha deslizado la vista a algún lugar cerca de las caderas de ella. Se queda mirando quizá demasiado tiempo, y cuando Opi busca el motivo, descubre que tiene el camisón rasgado. La tela blanca de alrededor está manchada de sangre.
Aclarándose la garganta, Eli sube el teléfono para examinar el espacio a su alrededor.
A su derecha y justo delante del hueco bajo por el que han venido, no hay nada aparte de paredes de roca escarpada que forman un arco a unos metros por encima de ellos y continúan hasta el hueco.
A su izquierda, el espacio se abre un poco, como una fractura en la piedra de varios metros de ancho en la base, que después se estrecha centímetro a centímetro hasta su pico.
Solo ven unos tres metros o así antes de que se desvanezca todo a negro.
—Guau. Esto es precioso —dice Eli, destilando sarcasmo en su voz—. Me alegro mucho de que lo hayamos encontrado. Quizá podría ser nuestro nuevo punto de encuentro.
—Al menos, solo hay una forma de entrar —contesta Opi, acercándose a la grieta.
—Déjame a mí —suelta él, manteniendo la luz del teléfono en alto mientras se desliza por delante de ella para liderar el camino.
Hay suficiente luz para que Opi vea cómo Eli tiene la parte trasera de la camiseta desgarrada.
Los rasguños irregulares le cubren la piel debajo, y es peor allí donde tiene los músculos más definidos.
A pesar de que él le haya ofrecido tomar su sangre siempre que la necesite, se recuerda que aún hay una línea entre ellos, y debe tener cuidado de no sobrepasarla.
No obstante, rememora la sensación de su mano callosa envuelta alrededor de la de ella mientras descubría lo de su madre.
La manera en la que lo percibió en su sangre, lo sólido y sereno que era su apoyo hacia ella.
¿Dónde se encontraba la línea en ese momento?
Entonces, se recuerda que él no es más que una persona decente y que tal vez solo se acercara a ella porque Will estaba ahí para Dusty y era evidente que Opi se estaba desmoronando.
Estaba actuando como un buen amigo, si es que es eso es lo que son ahora.
—Estoy empezando a cuestionarme la seguridad de esto — dice él, manteniendo la linterna más cerca de la pared.
Es parecida al granito, y da la sensación de que cada centímetro de ella brilla, como si estuviera empapada de sudor. La tierra esparcida que había en el suelo cuando entraron al principio ha desaparecido y ha dejado solo piedra fría y húmeda.
Eli ralentiza el ritmo y Opi mira más allá de él y descubre una capa de piedra sólida.
Parece como si hubieran llegado a un punto muerto, pero la luz de la linterna proyecta una sombra negra, y, cuando se acercan, aparece una nueva grieta que conduce más adentro de la montaña.
Es un poco más estrecha que en la que están, aunque lo bastante ancha para que quepan si andan de lado.
El muchacho vuelve la vista para mirarla.
—Iba a decir que habíamos llegado al final del camino, pero supongo que quieres continuar, ¿no?
Opi vacila. Ahora que ambos están ahí quietos, el silencio del espacio es abrumador. La recorre un escalofrío y se cruza de brazos. Sin embargo, entonces recuerda las corrientes de consciencia azul resplandecientes que la llevaron allí. Debe de haber un motivo.
—Solo un poco más —responde—. Veamos hasta qué profundidad podemos llegar.
Eli suspira, pero asiente al tiempo que se gira para encajar en la nueva grieta y, a continuación, se adentra en ella.
Continúan durante unos minutos. Opi está a punto de decir algo para llenar el silencio cuando él pregunta:
—¿Cómo te sientes? Por lo de las cartas.
Ella no sabe qué contestar.
—Perdona —se disculpa él—. Eso no es de mi…
—No, no. Está bien. Me siento bien. Es que… no me esperaba salir de esa casa con algo así.
Es capaz de sentir la forma en la que Eli lo procesa, de manera profunda y deliberada.
—Sí, sin duda.
—Oí que Will te preguntó sobre tus padres. ¿No estáis… unidos?
—No. —Se queda callado un momento antes de añadir—: Durante mucho tiempo, creo que ni siquiera era consciente de cómo me hacían sentir.
Esta rabia cociéndose a fuego lento siempre ha estado bajo la superficie.
La vida era tan solo… normal. No conocía algo distinto.
No es que abusen de mí ni nada de eso, y sí, mi padre es un capullo, pero no fue hasta que fui a tu casa por primera vez que comencé a percatarme.
Todo en ellos es… superficial. Todo se basa en la apariencia que dan a los demás, en lo que mi hermano y yo les parecemos a los demás.
Siempre y cuando es tén contentos con ello, están bien.
No obstante, Dusty, tu padre y tú, vuestra casa…
, todo es muy personal. Significativo. Real.
Eli hace una pausa antes de proseguir.
—Aunque él no sea mi mayor fan, siento un montón de respeto por tu padre. Parece uno de los hombres más sólidos y pacientes del planeta, y está claro que haría cualquier cosa por Dusty y por ti.
Opi percibe que se le forma un nudo en la garganta y le entran náuseas, como siempre, al acordarse de cómo se alimentó de su padre. «Y Eli lo vio».
—Tienes que dejarlo estar —comenta Eli sin girarse para mirarla—. El pasado, pasado está.
Por lo general, la horroriza la manera en la que ve a través de ella, pero, ahora, sus palabras hacen que sienta algo más parecido a la absolución.
—Gracias —dice—. Por lo de esa noche.
—No hay de… —se detiene cuando la luz de la linterna comienza a temblar.
Mantiene la pantalla en alto, y Opi ve unas líneas de colores que indican que hay un problema técnico en ella.
Entonces, todo se queda negro.
La mano de Eli le rodea la cintura antes de que el miedo la invada por completo. Sin la luz, siente el aire más húmedo y cálido. Como un aliento.
De pronto, Opi se percata del zumbido que se le extiende otra vez por la piel, el que había sentido en la casa de JD. Desorientador. Vigorizante.
Sin ser capaz de ver lo que tiene delante en verdad, la visión de Opi empieza a llenarse de pequeños puntos de luz brillantes. Resplandecen al mismo tiempo que la energía vibrante y palpitante que le está consumiendo poco a poco el cuerpo.
Ambos corazones repiquetean como tambores. La chica coloca una mano libre en la pared delante de ella para intentar centrarse en la realidad. Está a punto de comenzar a retroceder de lado el camino que han hecho cuando Eli la agarra con más fuerza de la cintura y dice:
—Espera.
Al principio, no es capaz de sentirlo, pero luego empieza a notar que el aire parece moverse en una dirección. De hecho, el aliento es una corriente de aire.
Oye a Eli hurgar, y con una mano todavía en ella, alza una luz con la otra. Ha vuelto a encender el teléfono.
—Vamos —dice, y ahora Opi es la que no está segura. Quiere retroceder. Desea correr a casa. No obstante, él comienza a moverse, y ella se siente como un imán cuando su cuerpo la lleva tras él al mismo tiempo que aspira su aroma. Tierra, rayos de sol y sangre fresca.
La piedra fracturada entre la que están apretujados empieza a estrecharse, y Opi oye la ropa de Eli rozar las paredes a medida que a ella se le engancha el pelo y el vestido en la superficie áspera.
Se le acelera la respiración. Casi no lo aguanta, pero entonces se cuelan por la esquina de la grieta y salen a un espacio más amplio.
Opi siente cómo su cuerpo se estira hacia la oscuridad; su claustrofobia desaparece en el aire que la rodea.
Eli sostiene el teléfono con la luz encendida en alto. El espacio es grande. El techo áspero se encuentra a unos cuatro metros por encima y las paredes se expanden aproximadamente el doble de eso.
—Es una cueva —susurra Eli, recorriendo con la luz del teléfono las paredes rocosas—. Es…