White Mountain (Black River 2) 17. Prueba de vida #2
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17. Prueba de vida #2

—Es la red fúngica que conecta las raíces de distintas plantas —explica ella—. Distribuye nutrientes, aumenta sus probabilida des de sobrevivir y ayuda a que se comuniquen unas con otras. Y supongo que ahora también conmigo.

—Joder, qué guay.

Cuando la chica alza la mirada hacia él, este tiene los ojos verdes sobre ella, brillando de fascinación a la luz de la luna sobre la nieve.

Opi apenas puede pensar. De pronto, es demasiado consciente de lo que hicieron la noche anterior, de lo que son el uno para el otro ahora. Aunque ya no tiene demasiada hambre, está convencida de que, si él le ofrece su sangre, sería incapaz de rechazarla.

—Oye, el jengibre silvestre… —suelta él, acercándose a ella— . No hemos tenido ocasión de hablar… de verdad.

—Mmm. —Asiente, poniéndose de pie mientras se aclara la garganta. Cuanto más cerca están, más fuerte siente la conexión—. Ahora que ya sé lo que puedo hacer —añade—, no puedo ignorarlo. Quiero aprenderlo todo.

El muchacho sonríe; los ángulos de la cara reflejan la luz de la luna.

Opi siente una oleada de orgullo en su interior, pero no está segura de si es de ella o de él.

—Bueno, te dejaré tranquila para que… juguetees —comenta él—. No andaré lejos. Ignora que estoy aquí.

Opi suelta una risa por la nariz.

—No creo que eso sea posible.

La sonrisa de Eli se torna maliciosa.

—No lo decía en ese sentido —responde ella, nerviosa. Pasa junto a él para empezar a subir de nuevo la montaña.

—Ah, ¿no? —pregunta él, alcanzándola—. Ah, vale, entonces vamos a fingir que no puedo sentir todo lo que tú sientes y que tú no puedes sentirme a mí también, ¿verdad?

El calor que se propaga de las mejillas de Opi hacia el cuello hace que le resulte muy difícil contestarle. Antes de tener ocasión, él añade:

—Supongo que no pasa nada. Después de lo de hoy, no tardarás mucho en alimentarte del quarterback y yo estaré fuera de tu organismo.

Opi se detiene en seco.

—Me has pillado —suelta en tono plano—. Soy una maestra de la manipulación, como tú.

—No es eso lo que quería decir.

—Ah, ¿no? Porque ha sonado a que crees que solo le he pedido salir para que confíe en mí lo suficiente para poder alimentarme de él.

Eli niega con la cabeza.

—No sé por qué se lo has pedido y, la verdad, no es asunto mío. Pero no puedes negar que hay un desequilibrio de poder ahí.

Opi lo fulmina con la mirada.

—No soy una flor delicada a la que…

—No hablo de ti —se burla—, sino de él. En verdad, es adorable lo nervioso que lo pones.

—Conque observando de cerca, ¿eh?

—Sí —responde con determinación—. Así que no niegues cómo te has sentido por tener esa clase de poder sobre alguien.

Opi mantiene la barbilla en alto para aguantarle la mirada.

—Vale. Me ha gustado. Me has pillado. Pero tú sabes que solo lo hago sentir así por lo que somos, ¿verdad? —Lo señala a él y luego a ella misma—. Porque, en el fondo, lo sabe de algún modo, y me tiene miedo.

Eli frunce el ceño con escepticismo.

—No, no pienso eso. Creo que lo haces sentir así porque eres tú.

—¿Qué quieres decir con eso?

Los ojos de él deambulan por la cara de ella, dejando un rastro de ese calor que se extiende por la piel de Opi. De alguna manera, ahora están mucho más cerca, y una oleada de sed impacta a la chica. Repentina. Estremecedora.

—Tú sabes que yo tampoco soy ninguna flor delicada —replica él con voz áspera—. No necesito esperar otra semana para que te vuelvas a alimentar de mí. Tu sed… Tu hambre. Conmigo, no tienes por qué preocuparte por ello. Puedes tenerme cuando quieras, porque yo puedo recuperarlo de ti justo después.

Opi traga, callada mientras la sangre de Eli, aún caliente en las venas de ella, le recorre todo el cuerpo. Siente como si la sensación le alterara la química cerebral y difuminara la línea entre lo que sabe y lo que siente.

Eli dirige de pronto la vista de los ojos de Opi a sus labios.

La muchacha abre la boca para soltar algo, lo que sea; no obstante, conforme lo hace, se da cuenta de que algo bajo sus pies susurra, tratando de decirle algo.

Tarda un momento en apartar la mirada de Eli; pero, cuando la desvía, una red de luz azul surge desde donde se encuentra y forma un camino serpenteante hacia el bosque.

Eli carraspea.

—¿Qué pasa? —pregunta.

Ella frunce el ceño.

—Es la red. Es como si intentara… —Se aparta de Eli, siguiendo el tenue resplandor unos cuantos pasos, y luego se detiene de nuevo—. Creo que quiere que vaya por aquí. Quiere enseñarme algo.

—Bueno, si tenemos en cuenta lo que ocurrió anoche, creo que vale la pena hacerle caso. Vamos, Ophelia.

—Ophelia —repite ella en voz baja, girándose para seguir el camino resplandeciente. Por primera vez, le gusta el modo en el que suena su nombre completo. Como si ahora le pegara más.

Se dirigen colina arriba, después la rodean un poco, serpenteando entre rocas dispersas y matorrales cubiertos de nieve. Los árboles filtran la luz celestial que desciende desde el cielo, formando patrones sobre la nieve brillante.

—Allí —dice la muchacha, entrecerrando los ojos en la oscuridad. Hay un punto donde acaba el resplandor azul que solo ve ella. Algo se alza imponente por encima, oscuro y ominoso: un saliente enorme que sobresale de la montaña.

Al llegar al saliente, una extraña fragancia le llama la atención a Eli. Es pegajosa, rancia, húmeda y la transporta un aire más cálido que la noche que lo rodea.

Observa a Ophelia, que está mirando por el suelo del bosque lo que intuye que es la red que le habla.

Él sigue la fragancia y pasa los dedos por la superficie áspera del saliente, a los lados, trazando el borde más allá colina arriba, donde nota la manera en la que las capas de musgo y liquen comienzan a espesarse conforme la fragancia se acentúa.

Entonces, la montaña se traga el saliente y este desaparece hacia la ladera cuando Eli se eleva por encima; a continuación, se sitúa en la cumbre, donde el olor se desvanece.

Se abre paso hacia el otro lado y la fragancia se vuelve aún más tenue.

Pasa junto a Ophelia, volviendo del saliente hacia donde el aire húmedo y rancio es más fuerte otra vez. La chica lo sigue. Lo mira con aspecto interrogante y luego él contempla cómo ella inhala, notando también el olor.

—¿De dónde procede? —pregunta ella.

—No lo sé. He dado toda la vuelta, pero es más fuerte aquí.

Ella se dirige hacia el saliente y alza la mano para acariciar el musgo, al igual que ha hecho él. Se queda quieta y entonces baja la mirada. A sus pies, unos helechos bajos están apiñados en la base del saliente.

—No hay nieve —comenta, y, en efecto, es como si la nieve hubiese evitado el suelo alrededor de los helechos y hubiera dejado solo rocas, agujas de pino y hojas marrones.

Ophelia se agacha para tocar los helechos, pero antes de poder rozarlos siquiera con los dedos, estos se estremecen y se agitan en el aire quieto.

—Venga ya —musita Eli, observando asombrado cómo una oleada nueva de fragancia húmeda le llega. Frunce el ceño y después se agacha para echar un vistazo más de cerca. Ophelia se pone en cuclillas a su lado. Eli juraría que los helechos se inclinan hacia ella.

—Mira —dice ella, pasando las manos por las frondas.

Eli entorna los ojos y, en la oscuridad, apenas puede divisar que el saliente no está del todo incrustado en la montaña.

Hay un hueco entre el suelo y la roca, solo unos metros por encima, y el aire que sale de allí es húmedo y rancio.

Ella se mueve, bajando las frondas hasta que ven cómo el saliente se curva hacia abajo por la ladera.

El hueco tiene solo unos cuantos metros de ancho. Dentro, no hay nada más que negrura.

—¿La… micorred se adentra ahí? —pregunta él.

Ophelia sacude la cabeza.

—Solo rodea el saliente. Pero debe de ser esto, debe de ser lo que quieren que vea.

—¿Por qué?

Ophelia se queda pensativa por un instante; entonces, a la luz de la luna, Eli observa cómo se le agrandan los ojos con una chispa de emoción.

—¿No dijo Will que creía que podría haber algo especial en la geología de la montaña? ¿Que podría estar conectado con el motivo por el que la presencia se vio atraída hacia aquí en un principio?

Eli se encoge de hombros.

—Sí, pero es muy poco probable, ¿no?

—Ya, pero ¿ahora mismo no es todo muy poco probable hasta que deja de serlo?

Él sonríe.

—Tienes razón.

—Y no es un simple saliente.

Eli niega con la cabeza, inhalando el olor otra vez.

—No. Es más profundo. Mucho más.

—Podría ser una entrada al interior de la montaña —sugiere Ophelia.

Su entusiasmo es contagioso. Literalmente. El chico lo puede notar recorriéndole el cuerpo.

—¿Quieres ir delante o voy yo? —pregunta ella.

—¿Adentro? —Él hace una mueca y ladea la cabeza para tratar de ver por la entrada. En la oscuridad, parece como una boca abierta que conduce a las profundidades del infierno.

—Sí, claro —contesta ella—. Si hay algo ahí dentro que pueda ayudarnos a comprenderlo mejor todo o la razón por la que la presencia vino aquí en un principio, debemos descubrirlo, ¿no?

—Sí —responde Eli—. Vamos. Me muero por meterme ahí. Me encantan los lugares claustrofóbicos y sobrenaturales.

Atisba la sonrisa que se le extiende a Ophelia por la cara cuando se gira hacia los helechos y luego se cuela por el espacio oscuro y estrecho.