White Mountain (Black River 2) 17. Prueba de vida
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17. Prueba de vida

Prueba de vida

A medida que Opi se aleja de la casa de JD, el zumbido que ha estado sintiendo en su interior comienza a disiparse. Ha recuperado la habilidad de procesar sus pensamientos. El hecho de que tenga la dirección de su madre en las manos se vuelve una realidad.

Acaricia con los dedos arriba y abajo la pila de sobres con el papel suave y seco. Roza el trazo de unas palabras escritas a mano. Una prueba de vida.

En cierto momento, Dusty la engancha del brazo mientras sus botas crujen sobre la nieve de vuelta a casa. Eli y Will se encuentran en algún lugar a sus espaldas, charlando en voz baja.

—Con todo el tiempo que se ha pasado Dusty buscando —dice Will—, y ahora tienen línea directa con su madre.

Eli guarda silencio unos instantes antes de preguntar:

—¿Alguna vez has querido buscar a tu padre?

—Nah —responde Will—. Mi caso no es igual. No hay ningún misterio, ninguna excusa. Lo dejamos, y es la mejor decisión que ha tomado mi madre.

—Lo siento, tío. Al menos, tú puedes entenderlas. Yo me siento un puñetero inútil con todo ese tema familiar.

En el fondo de su mente, Opi visualiza la manera en la que Eli se arrodilló sin más a su lado, la sensación de su mano en la de él, el extraño consuelo de la sangre del chico en sus venas.

—No tienes que decir nada —replica Will—. Lo que cuenta es que estés ahí para ellas. —Guardan silencio un rato, y luego el muchacho pregunta—: Entonces ¿toda tu familia está aquí en Black River?

—La mayoría. Pero no es que pase mucho tiempo con ellos exactamente.

Se debe más bien a mi padre, la verdad, aunque mi madre y él van, por así decirlo, en el mismo paquete.

Por lo que tampoco veo mucho al resto de mi familia.

En cierto sentido, el deporte es lo único que mantiene todo…

en un plano superficial. Todos han venido a verme jugar al béisbol infantil, al baloncesto y ahora asisten a las competiciones de BMX…

Así parece que nos llevamos todos genial, pero yo iba a mi bola, no me sentaba a pasar tiempo con ellos.

Me siento mal por mi hermano… Tal vez debería esforzarme más con él. Es mucho más pequeño y…

—Yo antes me fijaba en las familias así —interviene Will—. Siempre me preguntaba cómo sería vivir en ellas. Pero supongo que en todas partes cuecen habas.

—Y que lo digas.

Casi han llegado a la vivienda de los Silver, y a Opi le impacta lo extraño que será estar en casa sabiendo que tiene una línea directa de comunicación con la mujer que ha hecho que ese lugar parezca tan vacío durante años. Aún no sabe cómo debería sentirse al respecto.

Las luces siguen encendidas en la planta de arriba y el olor a humo de leña llena el aire. Están a punto de llegar a la escalera de atrás que conduce al porche cuando Dusty aminora. Se giran para esperar a que Eli y Will las alcancen.

Eli alza la vista hacia la casa mientras dice:

—Os dejo. ¿Estáis bien? —Mira a las dos hermanas, y Opi cree que nota cómo lo recorre una ligera sensación de tristeza.

—Sí —responde al tiempo que Dusty asiente con la cabeza.

—¿Seguro que no quieres pasar? —pregunta Dusty—. Will lo va a hacer. —Desvía los ojos a Opi y después al muchacho, que confirma con un gesto.

—Nah, haced lo que tengáis que hacer. Os veo mañana en el funeral.

A Opi casi se le había olvidado, y la mera idea la agobia.

—Vale —responde Dusty—. Gracias por estar con nosotras esta noche.

Eli sonríe y se pasa una mano por el pelo.

—Siempre.

El chico vuelve a mirar a Opi, le guiña un ojo y, a continuación, se dirige otra vez al bosque.

La muchacha ignora el modo en el que le cosquillean las extremidades en respuesta, recordándose a sí misma que, hasta hace nada, un guiño de Eli le habría hecho poner los ojos en blanco.

En la casa, parece que hace un calor de muerte.

Opi alcanza a escuchar a su padre en el salón y vacila, llevándose a la espalda la pila de cartas que está sujetando.

La idea de enfrentarse a su padre ahora mismo la aterroriza.

Ellas ya sabían mucho más de su madre que él —ella jamás le había contado a él cómo habían muerto sus padres y mucho menos las razones para marcharse—.

Y, ahora, saben dónde se ha encontrado todo ese tiempo. Dónde se encuentra.

Como si pudiera leerles la mente, Will propone:

—¿Por qué no subís y os relajáis? Yo me quedaré aquí abajo con vuestro padre.

Dusty parece tan aliviada como se siente Opi, y juntas suben al dormitorio de la primera. Aquí el aire es mucho más fresco, y después de que Dusty abra la ventana, se sientan en la cama, donde Opi deja la pila de cartas entre las dos.

—¿Quieres… leerlas? —pregunta Dusty.

—No lo sé —contesta Opi con sinceridad—. Quiero hacerlo, pero ahora mismo no sé si estoy preparada aún. ¿Y tú?

—Igual.

—Vale.

—¿Cómo te sientes?

Opi suspira.

—¿Aliviada? Como si me hubieran quitado un peso de encima. Pero ¿también asustada? ¿Nerviosa, quizá? ¿Y tú?

Dusty sonríe.

—Igual. No me puedo creer que… la hayamos encontrado. No pensé mucho en lo que ocurriría cuando lo hiciéramos.

La realidad de todo el asunto va calando cada vez más profundo en Opi.

—Ya están pasando demasiadas cosas en este momento. No… No sé si me da la cabeza para esto ahora mismo.

—Lo sé —repone Dusty—. Pero no tenemos por qué apresurarnos. Leámoslas cuando estemos preparadas. Y entonces… le podemos escribir. ¿Te parece?

Opi suelta un suspiro pausado.

—Vale. Sí. Tiene sentido.

Dusty se levanta, se pone de rodillas junto a la cama y saca una caja de debajo.

Es una caja que Opi reconocería en cualquier parte, porque es en la que guardó todas las fotos de su madre cuando se marchó.

La que guardó en su propio cuarto durante años para poder ver las imágenes casi todas las noches.

Con los dedos temblorosos, Opi coge las cartas de la cama y las mete dentro.

Después de que Dusty haya deslizado la caja bajo la cama, alza la vista hacia su hermana y pregunta:

—Lo de que papá haya visto la sombra… no puede ser una coincidencia, ¿verdad? No iba a preguntarnos por una sombra normal y corriente. Ha debido de tener un impacto auténtico en él.

Opi asiente.

—Estoy de acuerdo. Podría correr peligro.

—Quizá es hora… —empieza a decir Dusty, titubeante—. Quizá deberíamos pensar en decírselo.

El pánico invade a Opi ante la idea; el recuerdo de cómo la miró cuando se abalanzó sobre él esa noche se le quedó grabado en la memoria.

Dusty la observa con atención, evaluando el espacio que rodea a Opi; es evidente que ve el pánico en sus colores.

—Podríamos dejarlo sobre el montón de cosas en las que pensar durante unos días.

Opi asiente.

—Vale.

No ocurre muy a menudo últimamente, pero Opi se queda dormida. No por mucho tiempo, porque, cuando mira el móvil, solo es medianoche.

Lo último que recuerda es oír a su padre subir las escaleras a su habitación y los murmullos silenciosos de Dusty y de Will al otro lado del pasillo, en el cuarto de su hermana. Se pregunta si Will seguirá allí y si Dusty se habrá quedado dormida también.

Ahora, la casa está en silencio.

Sabe que no debería salir. Dusty se preocuparía o, peor aún, ella o Eli se verían obligados a acompañarla. Pero, conforme la brisa se cuela dentro, llevando oleada tras oleada de la fragancia de distintas plantas, le resulta prácticamente imposible detenerse.

Despacio y en silencio, se escabulle en la noche.

Sube un poco por la montaña para que Dusty no la oiga y se gira hacia el otro lado.

Ahora que sabe que es posible, escucha a todo el bosque susurrarle.

Cada planta junto a la que pasa reacciona, inclinándose, estremeciéndose; las colonias de hongos que crecen bajo sus raíces relucen entre el suelo y la nieve.

Es como si su sueño más salvaje se hubiera hecho realidad.

Cuanto más tiempo está allí fuera, cuanto más toca y huele —vida, por todas partes, justo al alcance de sus dedos—, más eufórica se siente.

Comienza a explorar, deteniéndose ante diferentes plantas, aguardando el susurro que desde dentro de su cabeza le contará cómo podrían ayudarla.

Ahí está la pirola, cuyas hojas basales perennes apenas son visibles entre la nieve.

Los hongos sugieren que pueden reducir la inflamación y los hematomas.

Cuando alarga la mano hacia las bayas de un arbusto de gaulteria, se acuerda de su efecto calmante para la garganta o el estómago.

Al acercarse al pie de la montaña, divisa los tallos delgados y dormidos de un arbusto de saúco que sobresalen de la nieve.

En el pasado, utilizaba las flores y las bayas de la planta, pero cuando lo toca, se forma un brillo azul en torno a sus raíces y los hongos le susurran su habilidad para aliviar los pies hinchados y adoloridos.

Tras haber caminado mucho las dos noches anteriores, decide ponerlo en práctica y empieza a excavar con las manos entre la nieve y la tierra.

Un movimiento justo delante de ella la congela en el sitio.

—Iba a decir que no estoy aquí como niñero, pero, en vista de lo que haces, igual sí debería.

Opi siente el tirón de una sonrisa en los labios y se gira.

Eli pasea los ojos entre las manos cubiertas de tierra y el camisón blanco sin mangas de ella.

—¿Quiero saberlo?

La chica alza el mentón.

—Raíces de saúco rojo. Me duelen mucho los músculos de los pies de haber corrido anoche. Resulta que esto ayuda.

—¿Te lo han dicho las plantas?

Busca el sarcasmo en el tono, pero no hay ni rastro. Tan solo curiosidad genuina.

—Creo que en realidad son los hongos micorrícicos.

—Claro, por supuesto que sí.

Opi sonríe, y, cuando Eli también lo hace en respuesta, la deja del todo desarmada.

Le provoca una especie de calor extraño que se le acumula en el fondo de la garganta.

Intenta tragarlo, pero solo consigue extenderlo más.

El chico abre los ojos sorprendido, como si lo notara, y ella se da la vuelta para limpiarse las manos en la nieve.

—En serio, ¿mico qué? —pregunta.