White Mountain (Black River 2) 16. Telaraña
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16. Telaraña

Telaraña

Eli siente un dolor que le atraviesa la cabeza y se estremece. Levan ta una mano para tocarse la frente y la otra bloquea instintivamen te un segundo golpe.

Dobla los dedos alrededor de un bate de béisbol pesado de madera al mismo tiempo que se fija en la persona que lo sostiene por el otro extremo. La madre de JD le devuelve la mirada, ahora con los ojos sorprendentemente animados.

—Mierda —espeta, soltando el bate. Da unos pasos hacia atrás, y Eli se percata de que el aroma que acababa de oler justo antes de que lo golpeara era su miedo.

—No pasa nada —dice él, apoyando el bate contra la pared a su lado. Todavía muy alerta, Eli aguza el oído para ver si hay otros latidos, busca cualquier señal de que haya alguien más oculto en la casa. Sin embargo, no hay nada, y el miedo de Michelle es suficiente para saber que se encuentra sola.

—No hemos venido a hacerte daño —suelta Dusty con las manos alzadas en señal de sumisión. Will se halla a su lado, calmado y estoico.

Eli se da la vuelta y se encuentra a Ophelia mirándolo con fijeza, aún donde estaba antes de que él se pusiera delante para bloquear el golpe.

Otra oleada de su presencia lo invade. No sabe si es la sangre de ella u otra cosa, pero se está convirtiendo en algo tan abrumador que duele.

Opi se aclara la garganta y, a continuación, se pone a su lado.

—¿Dusty? —pregunta Michelle con una mano apretada sobre el corazón mientras los observa—. ¿Ophelia? —Una expresión triste y agridulce se apodera de su cara.

—Sí —responde Dusty, claramente confusa por el cambio en la mujer—. Perdona por entrar así.

Eli suelta una risa por la nariz. No lo puede evitar.

—¿Qué queréis? —pregunta Michelle—. ¿Es por lo de vuestra madre?

Las hermanas parpadean, confusas.

—¿Qué pasa con nuestra madre? —pregunta Ophelia, dando un paso más hacia la mujer.

Michelle da uno hacia atrás a la par que se le acelera el corazón.

—¿Por qué no nos sentamos todos durante un minuto? —sugiere Eli, preguntándose por qué cojones esta mujer está preguntando por la madre de las muchachas—. Parece que tenemos más de qué hablar de lo que creíamos.

La mujer frunce el ceño. Durante un largo momento, todo el mundo se queda mirando a los demás, confusos, pero, al final, Michelle asiente y hace un gesto hacia el salón.

Vacilantes, Ophelia y Dusty se mueven primero y se sientan en un moderno sofá de cuero la una junto a la otra. Michelle las sigue y toma asiento en el borde de un sillón. Eli y Will se quedan atrás.

—¿Nuestra madre? —vuelve a preguntar Dusty—. ¿Por qué tú…? ¿Qué sabes sobre ella?

—Yo solo… —Michelle sacude la cabeza con la frente arrugada—. He asumido que esa era la razón por la que habíais venido. Aunque no explica por qué os habéis colado.

—Te diremos la razón por la que estamos aquí después —con testa Ophelia—. Pero, primero, dinos, ¿qué pasa con nuestra ma dre?

A Eli lo atraviesa una oleada de las emociones de las dos hermanas.

Las de Dusty le entran en el espacio de su pecho que él cree que es donde se encuentra su vínculo, mientras que las de Opi parecen materializarse en su interior sin más.

Por todos lados. De cualquier modo, ambas sienten algo similar, como si su mundo estuviera a punto de derrumbarse.

Michelle suspira.

—Supongo que tendré que empezar por cuando nos conocimos.

Observa a las dos hermanas durante un rato demasiado largo, traga saliva y, entonces, comienza.

—No nos habíamos mudado todavía. La construcción de la casa tardó un poco más de la cuenta, pero a mí no me importó.

Me dio la oportunidad de subir aquí arriba sola para comprobar algunas cosas y conocer la zona.

—Paró de mover la mirada de una hermana a la otra y la fijó en la mesita—.

Un día, nos topamos cerca de la va lla. Yo la había visto antes aquí.

Me dijo que, por algún motivo, no dejaba de acabar allí.

Terminamos hablando un poco, ella pasea n do por un lado de la valla, y yo, por el otro.

En realidad, fue una simple charla. Me preguntó por la casa, y yo, por la montaña.

Alza la vista de nuevo y sonríe, triste y nostálgica.

—Pasó una semana o dos antes de que me la volviera a encontrar. Yo había subido a ver la cima, pero… acabé en otro sitio. Vuestra madre también se había desviado del camino.

Los corazones de Ophelia y Dusty laten más fuerte a cada segundo. Eli tiene que morderse un carrillo para evitar decirle a la mujer que se dé prisa.

—Volvimos a charlar. Nunca dio muchos detalles sobre su vida, pero había algo en ella con lo que me…

identificaba. Me sentía a gusto con ella.

No… Jamás tuve muchos amigos; no salgo apenas.

Tuve la impresión de que a ella le pasaba algo parecido.

Que no te nía a nadie con quien hablar o, al menos…

, nadie con quien se abriera. ¿Sabéis? Esta montaña significa mucho para mí.

He soñado con ella desde que era pequeña.

Desde que tengo uso de razón. Y al fin estaba aquí y…

todo parecía ser como debía. Hablamos un poco más y nos dimos cuenta de que mi Jake, JD, y tú, Dusty, estaríais en el mismo curso en el colegio. Dijimos que tal vez os haríais amigos.

Le dedica una sonrisa a Dusty, pero aquello no alivia nada la tensión de ninguna de las hermanas.

—Eso fue todo, en realidad. Entonces, un día, no mucho después de que nos mudáramos aquí, encontré una carta suya en el buzón.

Lo único que decía era que se iba a marchar y me pedía, de madre a madre, si me importaba que me escribiera una vez que se trasladara, con la esperanza de que yo pudiera preguntarle a Jake sobre vosotras, chicas, y responderle contándole lo que supiera.

Me sorprendió, claro, pero…, al mismo tiempo, no.

Había tristeza en ella, una que se asemejaba a la mía, me temo.

Como os he dicho, todo parecía… Sentía que ella era una parte del motivo por el que yo había estado soñando con esta montaña.

Al principio, tuve mis dudas. Las cosas no eran muy…

—Sacudió la cabeza—. Bueno, la idea de ayudarla, de tener una especie de misión, me hizo salir adelante.

Eli nota cómo Ophelia se tambalea y siente cómo la sangre se le cae a sus propios pies, dejándole la cabeza ligera y vacía. Observa cómo Dusty la agarra, la sostiene. Ophelia le pasa un brazo a su hermana por la cintura y se gira de nuevo hacia Michelle, ambas con los ojos llenos de lágrimas.

—Entonces…, ¿lo hizo? —pregunta Dusty con voz temblorosa—. ¿Te escribió?

Michelle asiente.

—No tuve noticias suyas hasta después de un tiempo. Seis meses, quizá. Quería saber si os había conocido ya. Yo no lo había hecho, por supuesto, pero, para entonces, Jake y tú ya erais amigos, así que había oído cosas sobre ti. Le respondí a la carta contándole aquello.

—Joder —susurra Eli. Es como si una bomba de pura emoción hubiera estallado en la sala.

Dusty baja la cabeza y se la tapa con las manos mientras Ophelia se gira para mirar hacia el otro lado. Está hecha un mar de lágrimas y, sin pensárselo dos veces, Eli se acerca, se arrodilla junto a ella y la agarra de la mano libre.

Solo durante un segundo, siente el alivio de Ophelia. Eso lo reconforta y le otorga el permiso para permanecer ahí.

Will también se ha acercado y ahora se encuentra justo detrás de Dusty.

—Esto continuó siendo así una o dos veces al año —prosigue Michelle—.

Yo no sabía tanto, claro, pero le relataba las pequeñas anécdotas que Jake me contaba algunos días.

—Mira a Dusty—. Le dije que le dejas sentarse contigo y tus amigos, lo bien que te va en las clases, que algunas veces vais a fiestas juntos.

—Se le oscurecen los ojos—. O lo hacíais.

Estoy segura de que sabéis que JD… no está ahora por aquí.

Dusty se yergue y Ophelia se gira hacia Michelle, ambas de pronto con una mirada dura.

—Entonces ¿no lo sabes? —pregunta Dusty.

Michelle las mira a una y a otra, confundida, mientras juguetea distraída con su alianza de boda.

—No tienes por qué mentirnos —le explica Ophelia—. Sabemos lo que es y lo que ha hecho.

Ella frunce el ceño.

—¿Qué estáis…?

—Nosotros también somos como él —repone Dusty con rotundidad.

—En realidad, no —refunfuña Eli.

—Nuestras… necesidades cambiaron —le aclara Ophelia—. Cuando lo hicieron las suyas. Ahora las controlamos con seguridad. Pero todos… Somos un poco distintos. Aunque no podemos hacer lo que él le hizo a Amber.

Michelle abre los ojos de par en par antes de volver a fruncir el ceño.

—Entonces… —comienza a decir, ladeando la cabeza a la par que entrecierra los ojos—, ¿por eso habéis venido?

—En parte —responde Eli con la voz ronca. Le suelta la mano a Ophelia y se pone de pie; necesita pasear. Entiende la gravedad del momento, pero también está listo para ir al grano, para preguntarle sobre la sombra y dónde se encuentra JD. Siente que va a perder los papeles y decir algo inapropiado.

Dusty suelta un largo suspiro.

—¿Nos puedes…? —Duda, mirando a Ophelia, que asiente antes de que pregunte—: ¿Nos puedes dar la dirección más reciente de nuestra madre?

Eli percibe la aprensión y la esperanza que invade a las dos hermanas a la vez, helándole hasta los huesos.

Michelle se limita a quedarse observando, pensativa, y, durante un segundo, Eli piensa que va a sumirse de nuevo en ese estado de vacío. Sin embargo, vuelve a centrarse y niega con la cabeza.

—Lo siento, pero le prometí que no lo haría.

—Se acabó —suelta Eli, yendo hacia la mujer a grandes zanca das y agarrándole la cara. Ignora el miedo y el pánico que se arremolina dentro de Dusty y Ophelia y le sostiene la mirada a Michelle.

—¿Cuál es la dirección de su madre? —inquiere Eli.

Dusty observa cómo él se cierne sobre Michelle con sus colores brillando, rojos e impacientes.

Hacen un fuerte contraste con los de ella, que han sido débiles y tenues desde que Dusty la vio.

Creyó que tal vez cambiarían cuando saliera de su estado de trance, pero siguen sin apenas discernirse.

Es la primera vez que Dusty ha visto algo así.

Michelle alza una mano y señala las estanterías.

—Allí —dice—. El libro sobre la fauna en las Adirondack.

La chica se levanta y agarra el libro grande casi al instante. Se encuentra tumbado con un jarrón pequeño que contiene una pluma encima.

Aparta el jarrón hacia un lado y abre el libro. De pronto, Opi se halla a su lado y juntas hojean las páginas, recogiendo siete sobres en total, todos con la misma dirección del remitente en el dorso.

—Oshawa, Ontario —lee Dusty; siente las palabras extrañas en la boca.

—¿Ha estado en ese sitio todo este tiempo? —pregunta Opi, alzando la vista hacia Dusty, incrédula.

—Mientras la retengo —dice Eli, aún con la voz un poco cansada—, ¿queréis saber algo más?

Dusty se gira para mirarlos y, al instante, se le forma un nudo en el estómago.

Dentro de las débiles volutas grises que giran alrededor de la mujer se han formado huecos.

Parece una telaraña rasgada que meciera la brisa.

No obstante, eso no la sorprende. Es el humo gris extraño que parece llenar los vacíos y moverse como si fuera algo aparte de ella.

—Pregúntale si sabe dónde está JD —responde Opi.

Y Eli lo hace.

—No lo sé —contesta Michelle con voz distante.

Con una evidente insatisfacción, Eli vuelve a preguntarle.

—¿No tienes ni idea de dónde se encuentra?

—No.

—Joder —espeta él.

Dusty se queda mirándolos, aún fascinada por los enormes jirones grises que rodean a la mujer.

—Pregúntale por la sombra —suelta Will a continuación.

Eli asiente.

—¿Qué es la sombra?

Por primera vez desde que Dusty ha visto a Eli usar su habilidad, él se encuentra con silencio.

Michelle presiona los labios como si estuviera atrapando las palabras en su boca.

—¿Qué es la sombra? —repite Eli, esta vez más alto y con más urgencia.

Los agujeros en los colores sombríos de Michelle continúan rasgándose; el humo gris oscuro comienza a ensombrecerse, volviéndose casi negro y más denso.

—Libérala —dice Dusty, dejando a Opi con las cartas y dirigiéndose a zancadas hacia Eli.

Es como si él no la hubiera oído de primeras, pero cuando le pone una mano en el hombro, al final la suelta.

Michelle se queda mirándolos, jadeando y con la cara ahora pálida y gris. Durante un segundo, el dolor pinta sus rasgos y luego empieza a ralentizársele el corazón.

—Creo que se va a ir otra vez —suelta Opi, ahora al lado de los dos—. Dejadle espacio.

Dusty y Eli se apartan mientras que Opi la ayuda a recostarse en el sillón. La mujer obedece, como si fuera una muñeca a la que estuvieran colocando así. Sus colores permanecen igual, tenues, agrietados, apenas allí, y el extraño humo flota por los huecos vacíos.

La conmoción emocional golpea a Dusty como una avalancha. Esa sensación desde fuera, ese zumbido, aún la sacude. Hace que se le aceleren los latidos muchísimo, intensificándolo todo.

—Vámonos —suelta.

Aturdida, Dusty observa a Opi aferrar la pila de cartas contra el pecho, y, después, los cuatro juntos salen fuera.