15. Acabemos de una vez con esto #2
—Mierda —maldice Eli—. ¿Alguna idea de dónde se encuentra?
Ella niega con la cabeza, pero le muestra la visión a través del vínculo por si él reconoce algo. Por su gesto de decepción, deduce que no.
—Piensa que los transformados son su familia —añade ella en voz alta—. Ahora tiene sentido el que haya regresado aquí. Extrañará a su madre…, la seguridad de este sitio. Igual quiere que todos vivan juntos aquí. Es lo bastante grande.
—Y el único problema somos nosotros —agrega Eli.
—No volverá hasta que tenga transformados suficientes para asegurarse de que puede con vosotros —dice Will.
Dusty asiente.
—Los transformados no son tan fuertes como nosotros y no tienen habilidades. ¿Os acordáis del miedo que tenía JD al control mental de Eli?
—No creo que mi habilidad le resulte muy amenazadora —interviene Opi.
—La mía tampoco —añade Dusty—. Pero quizá de eso va la premonición. Igual Opi tan solo se ve envuelta en el fuego cruzado de la lucha en la que todo esto va a acabar.
Eli parece agotado.
—¿Quién iba a decir que terminaríamos peleando por el territorio en nuestro último año?
—¿Y la sombra? —pregunta Opi—. ¿Qué es y qué tiene que ver con JD y los transformados? ¿Dónde encaja en todo esto?
Dusty baja los hombros y mira hacia la casa.
—Vamos a averiguarlo.
—De todas formas —añade Eli—, debemos encontrar el modo de pararlo. —Mira a Opi—. Antes de que cambie a nadie más.
—Estoy de acuerdo. Acabemos de una vez con esto —dice Dusty.
Se acercan a la casa por el lado que es mayormente de hormigón. Opi siente náuseas y malestar. Ese extraño zumbido sigue vibrando por todo su cuerpo.
Rodean el muro y luego se asoman por la esquina a través de una cristalera que revela un salón comedor diáfano enorme. Al fondo de la estancia hay una cocina, donde se encuentra una lamparita sobre una mesa de trabajo. Es la única luz de toda la casa.
No hay señales de movimiento, así que siguen adelante, asomándose.
La sala parece ocupar prácticamente la mayor parte de la planta baja.
La luz de la luna arroja un tenue brillo sobre la zona del salón y el comedor formal más cercano a la pared de cristal, mientras que la lámpara de la cocina alumbra un comedor de ambiente más informal y otra zona de salón rodeada por estanterías bajas repletas de libros.
Todo el lugar tiene vistas a los terrenos y a las montañas de más allá.
Casi han llegado a la siguiente esquina cuando Opi siente cómo se le va la sangre de la cabeza a los pies. Se detiene, paralizada. Al otro lado del cristal, sentada en la oscuridad, hay una mujer.
Está en un sillón y al principio parece que los está mirando a ellos, pero no mueve los ojos oscuros, no parpadea, tiene la mirada perdida, y Opi se da cuenta de que no está mirando a nada.
—Uf —gime Eli—. Me convencí de que se había puesto mejor.
—Michelle —dice Dusty en voz baja—. Creo que se llama Michelle.
Opi se toma un momento para estudiar a la mujer y se fija en la melena rubia natural que le llega a la altura de los hombros, la piel pálida, la cara sin maquillar y los ojos marrones.
Lleva una ca misa azul clara, vaqueros y joyas de plata minimalistas.
La chica se pregunta cómo sería esa mujer antes de que todo cambiara.
De nuevo, se siente mal por querer utilizarla.
—¿Y se supone que la tengo que interrogar mientras está así? —pregunta Eli.
—A lo mejor espabila —contesta Dusty—. Parece poder alimentarse a sí misma al menos.
—Hace un gesto a la cocina, donde la lámpara revela un cuenco de fruta fresca y un tarro abierto de mantequilla de cacahuete, una rebanada de pan y una caja con bolsitas de té negro al lado de los fogones y del hervidor de agua—.
La casa se encuentra relativamente limpia, así que ella no debe de estar siempre así.
—¿Creéis que está en un trance o algo así? —pregunta Will— . Eso era lo que le pasaba la noche que todo ocurrió.
Dusty asiente.
—Debe de ser un trastorno de estrés postraumático o algo parecido.
—No jodas —suelta Eli. Pese a sus palabras, Opi siente su profunda tristeza cuando mira a la mujer.
De pronto, Opi nota una presión en el pecho al pensar en su propia madre, se pregunta por millonésima vez cómo se las arreglará y reza por que no esté así.
—Sus colores —dice Dusty con el ceño fruncido—. Apenas… están ahí.
—Vamos —interviene Eli—. Esto me da mal rollo. Busquemos una forma de entrar.
Dusty acepta.
—Si no espabila, quizá pueda extraer algún recuerdo o algo. —Por su tono, salta a la vista que no le entusiasma esa idea.
—Yo puedo quedarme vigilando aquí —se ofrece Will.
—Yo también —añade Opi, segura de que Dusty no quiere que el chico esté allí solo.
Dusty sacude la cabeza.
—Creo que no deberíamos separarnos.
Opi asiente, aliviada.
—¿Cómo entramos? —pregunta Will.
—Podríamos romper el cristal —sugiere Eli.
Opi pone los ojos en blanco.
—Sí, claro, y dejamos que entre el frío y muera de congelación.
—Probemos con una puerta —propone Dusty.
Caminan junto a la larga pared de cristal hasta que doblan la siguiente esquina.
Desde allí, hay más hormigón hasta llegar a un rectángulo liso negro.
Está incrustado en el hormigón, y cuando Opi le da unos golpecitos con los dedos, oye que es de metal.
No hay mango ni nada que agarrar para sacarlo de sus bisagras.
—A lo mejor solo se abre desde dentro —dice Dusty cuando trata de meter los dedos por el pequeño hueco que rodea el borde, pero está demasiado estrecho.
—Este sitio es una locura —suelta Eli—. Sigo pensando que su padre estaba en la CIA o algo así.
—La CIA sabría si uno de los suyos estuviera muerto —replica Dusty—. Solo era un pez gordo de las finanzas. Me he informado sobre él. Aunque debió de haberlo dejado cuando se mudaron aquí; si no, alguien habría denunciado su desaparición.
—¡Por aquí! —exclama Eli, entusiasmado.
A un metro y medio de la siguiente sección en la pared de hormigón, hay una ventana.
Al igual que todo lo demás, está incrustada en la fachada sin bisagras visibles, como si no se abriera.
Cuando Opi echa un vistazo dentro, atisba una habitación pequeña.
Hay fregaderos empotrados en una encimera de mármol debajo de la ventana, estantes de secado con calefacción en la pared de la derecha, una puerta que debe de conducir al resto de la casa a la izquierda y armarios elegantes justo enfrente de la ventana, en cuyo interior supone que habrá una lavadora y una secadora.
—El cuarto de la colada —suelta—. Perfecto.
—¿Permiso para romper? —pregunta Eli mientras mira alrededor, probablemente buscando algo que usar.
—Toma —responde Dusty, sacándose la roca del bolsillo y entregándosela—. No te cortes —añade—. Con el grado de paranoia que tienen, seguro que el cristal es a prueba de balas.
Eli lanza la roca con tanta fuerza que el estruendo todavía retumba en los oídos de Opi cuando el cristal cae al suelo en trocitos pequeños y romos.
—Vaya, tanto para esto —se queja el muchacho, retirando los cristales antes de subirse al alféizar de hormigón de la ventana y entrar.
—Creo que era de triple vidrio —comenta Will, claramente aún impresionado antes de que Dusty y él se metan a continuación.
Opi va detrás con unos movimientos algo descoordinados por la extraña sensación de cosquilleo que le recorre el cuerpo. Cuando todos están dentro, Dusty se dirige a la puerta y la entreabre.
La casa permanece en silencio absoluto.
—Creo que sigue… —susurra Opi.
—¿Catatónica? —sugiere Eli.
Con aprensión, abren la puerta y se adentran en un pasillo estrecho y oscuro.
Avanzan en silencio por el hormigón pulido, pasan junto a una puerta abierta que conduce a un baño y luego junto a otra que conduce escaleras abajo hacia lo que debe de ser un sótano.
Will y Eli intercambian una mirada cómplice, pero nadie pronuncia ni una sola palabra mientras dejan atrás otras escaleras que llevan a la segunda planta justo antes de llegar a la zona del salón diáfano.
En cuanto dan un paso hacia el cavernoso lugar, Opi sabe que algo no va bien.
—Joder —suelta Eli mientras se coloca justo delante de ella.
Entonces, se oye un crujido espeluznante.