White Mountain (Black River 2) 15. Acabemos de una vez con esto
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15. Acabemos de una vez con esto

Acabemos de una vez con esto

Deciden olfatear el perímetro de la propiedad de JD para asegurarse de que no ha regresado a la montaña.

Manteniéndose cerca de la valla, Opi piensa en la habilidad de la mente para normalizar lo anormal.

Con todo lo que ha estado sucediendo, ella aún es capaz de perderse en los detalles del día a día, lo que le permite llevar una vida normal.

El tiempo, la estación, sus problemas personales, sus relaciones…

Todas las cosas que le aseguran que todavía es humana.

Todas las cosas que la ayudan a olvidarse, la mayor parte del día, de que es consciente de que hay algo momentáneo que ha destrozado no solo su propia realidad, sino el concepto de realidad en sí mismo.

Alza la vista al cielo, preguntándose si la presencia regresará algún día de adonde se fue o si los está observando ahora, divertida por la serie de eventos que ha desencadenado.

—Vamos —dice Eli.

El chico está justo detrás de ella, pero no se atreve a mirarlo. No han tenido oportunidad de hablar de la conexión que se ha desarrollado entre los dos desde la noche anterior. Del hecho de que ella puede sentir lo que él está sintiendo y de si él también la siente a ella o no.

Will va por delante, con Dusty en cabeza.

La muchacha ha tratado de hacer que él se vaya a su casa y espere hasta que sepan a ciencia cierta que JD no está allí, pero se ha negado.

Ha sido algo tenso, y un recordatorio de que, aunque son perfectos el uno para el otro en muchos sentidos, sus diferencias fisiológicas y fundamentales les plantean muchos retos.

Will lleva plumífero grueso, gorro de lana, pantalones cargo y botas de nieve.

Tiene las mejillas y la nariz rosas y las manos metidas en los bolsillos.

Por el contrario, Dusty solo va en vaqueros y camiseta, y en el puño sujeta la roca.

Parece una criatura de la noche. Su fuerza, todo lo sucedido aquí en la montaña, la policía y el hecho de que necesite su sangre para sobrevivir…

, para un montón de parejas habría sido demasiado o, como mínimo, habría causado un desequilibrio de poder que podría haber provocado una ruptura.

A Opi le hace preguntarse si no habrá sido demasiado impulsiva al pedirle a Ben que fuera con ella al baile de invierno. Apenas lo conoce.

Para cuando han vuelto al punto de salida, el cielo es del todo negro y una niebla reciente ha llegado hasta la montaña, baja y densa. No han encontrado ni rastro de JD.

—Bueno, ¿cuál es el plan? —pregunta Opi.

—Pues… —responde Dusty— debemos averiguar más de la sombra, y debemos preguntarle dónde está JD.

—¿Y crees que nos lo contará? —cuestiona Opi.

Dusty mira a Eli.

—No podemos dejarle otra opción.

Opi frunce los labios. No le hace demasiada gracia la idea de utilizar a la madre de JD de ese modo. Ha pasado por mucho. Pero accede; igual es la opción menos complicada.

—Debemos encontrarlo —añade Eli—. Sea como sea. No sabemos a cuántos transformados más ha infectado ya, y no podemos permitir que lo que sea que ocurra llegue al punto que Dusty acaba de ver en la premonición.

Dusty asiente y luego se gira hacia Will.

—¿Estás seguro de que quieres venir con nosotros?

Él le lanza una mirada que deja muy claro que no piensa irse a ninguna parte.

—Pues vale —replica ella—. En marcha.

Se encaraman a un haya cuyas ramas se inclinan justo por encima de la valla. Opi se aferra a la corteza con las manos y los pies descalzos. Le cuesta ver a través de la niebla, pero, cuando llega a la cima, las brillantes estrellas titilan entre las hojas.

Will necesita un poco de ayuda para subir las partes más escarpadas, pero se le da bien escalar: tiene unas extremidades alargadas y enjutas que lo ayudan a subir con relativa facilidad.

Cuando llega el momento de saltar abajo hacia el velo de nubes, Dusty le rodea la cintura con el brazo para evitar que se rompa las piernas.

Opi va después, y luego, Eli; y, tras una mirada rápida e instintiva hacia atrás, hacia la valla, comienzan a dirigirse a la casa.

Opi sabía que la propiedad era inmensa, pero, incluso a través de la niebla blanquecina, le parece más grande de lo que imaginaba.

Se abren paso entre los árboles que rodean el perímetro.

Más allá, Opi no aparta la vista de un jardín cubierto de nieve que sube por la ladera que rodea la montaña hacia la casa.

Están a medio camino entre los árboles cuando un fuerte olor a podrido inunda las fosas nasales de Opi.

En el mismo instante, Dusty y Eli se quedan rígidos.

—¿Qué ocurre? —susurra Will.

Se acercan más, y Opi nota que la recorre una escalofriante sensación.

—Aquí debe de ser donde enterró a su padre —explica Dusty.

Todos se quedan tiesos.

Opi recuerda cuando Dusty le contó el recuerdo que había visto de JD matando al hombre.

Habían supuesto que lo había ente rrado ahí en la propiedad; y, en efecto, en el momento en el que Opi sigue el olor, oculto por el suelo fértil, sobresaliendo de la nieve, se ven los tallos marchitos de una joven zarzaparrilla silvestre.

Es como si la tierra le hubiera erigido una lápida.

Le apena que no puedan contarle a la policía lo que ha sucedido, pero también parece mejor que lo que le ha pasado a Kristen, arrancada de raíz, desplazada.

—Fuera el tipo de hombre que fuera —dice en voz alta—, está bien que, en cierto sentido, siga en casa. Que se convierta en parte de la montaña.

Nadie más habla, pues están perdidos en sus propios pensamientos al respecto.

Tras un rato, Eli se gira y empieza a caminar hacia la casa otra vez, y los demás lo siguen.

Cuando llegan a la linde de los árboles, la niebla está a sus espaldas.

Al otro lado de la extensión de nieve, la casa aparece a plena vista, iluminada por la luz de la luna.

Es todo ángulos afilados, hormigón y cristal.

Hay una luz cálida encendida en alguna parte de la planta de abajo, pero el resto del lugar permanece oscuro y en silencio.

Es inhóspito, frío, y enseguida le pone a Opi los nervios de punta.

—Vamos —musita Dusty.

Con cautela, comienzan a andar por la nieve.

Dusty tiene que seguir recordándose que afloje la fuerza con la que agarra la piedra. Supone que podría guardársela en el bolsillo trasero, pero hay algo en el peso de ella que hace que la ancle a la tierra.

Aparte de los rastros que dejan ellos tras de sí, Dusty se da cuenta de que no hay ninguna otra señal de nada o nadie más en la nieve.

No hay huellas de aves, ardillas listadas o comunes, ni liebres.

Todos caben perfectamente entre los postes de la valla, y seguro que querrían aprovechar al máximo una zona en la que no hay depredadores de mayor tamaño.

Conforme camina, se apodera de ella una sensación extraña que se vuelve más fuerte a cada paso.

Aminora, el cuerpo le cosquillea con un presentimiento.

Es como si millones de chispas microscópicas se encendieran desde lo más profundo de su ser y viajaran a través de los órganos, los huesos, los músculos y la carne.

Extiende las manos delante de ella, medio esperando ver estrellas salpicándole la piel.

—¿Qué pasa? —pregunta Will.

—No lo sé —susurra Dusty, despacio—. Es que noto… una sensación extraña aquí.

Cuando alza los ojos, Opi y Eli han reducido el ritmo también. Opi agita las manos como si intentara suavizar la sensación que le corre por la punta de los dedos.

—¿También sentiste lo mismo cuando viniste la otra vez? —le pregunta a Eli.

—Tal vez. Pero estaba lleno de adrenalina. JD y Amber me habían atado y luego Dusty casi se ahoga. Así que no lo sé.

—Nunca había venido tan lejos —admite Dusty.

—Es como si me hubieran conectado a la corriente —añade Eli.

Dusty se fija entonces en lo caliente que se ha puesto de pron to la roca que lleva en la mano.

La mira y una sensación de vértigo comienza a darle vueltas en el cráneo.

Cierra los ojos, viendo la cuerda que la conecta con JD colgando delante de ella.

La agarra con fuerza y su mente se ve invadida de repente.

La luz de la luna apenas penetra entre los árboles mientras él camina por el bosque. El terreno es plano y hay tantos árboles que la nieve no ha llegado al suelo. Conforme las ramas le rozan los brazos, siente cómo le vibra el cuerpo de poder. Unos pasos suenan a sus espaldas.

Se da la vuelta y los ve, a los dos miembros nuevos de su familia. Harán lo que sea por él y él les dará todo a cambio.

Siente en la piel un escalofrío. «Dusty», piensa. Está ahí otra vez, dentro de su mente.

Una oleada de culpabilidad lo recorre, pero enseguida la ignora. Se está acercando a una hilera de árboles que bordea un jardín cubierto de nieve. Cuando aminora, los dos que van con él también lo hacen, flanqueándolo como si fueran sus alas.

Más allá de un viejo columpio que cruje con la gélida brisa, otras dos figuras aguardan.

JD silba y las figuras se vuelven hacia él y echan a correr en su dirección.

El chico nota la sonrisa que se le extiende por la cara y la sed que se le intensifica a medida que ellos pisan la nieve congelada.

Su familia se hace más grande. Más fuerte.

Dusty oye el sonido que hace la roca al caer a sus pies cuando abre los ojos. Will está justo delante de ella, y nota a Eli a un lado suyo y a Opi al otro.

—¿Estás bien? —le pregunta su hermana, cogiéndole la mano.

Dusty asiente.

—Tómate tu tiempo —dice Will con suavidad.

Ella se agacha para recoger la roca de la nieve.

—Ha sido una visión —explica—. De JD. —Se guarda la roca en el bolsillo trasero, no muy segura de si agarrarla es lo que la ha ayudado a tener la visión o no.

De todas formas, no le apetece arriesgarse a tener otra.

Cree que no podría aguantarlo—. No cabe duda de que ha convertido a dos transformados ahora.

La chica que vi la primera vez y un chico un poco más mayor.

Creo que estaba a punto de transformar a dos más.