White Mountain (Black River 2) 14. Negro y eterno #2
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14. Negro y eterno #2

—Ya ni siquiera lo sé. A ver, sonaba bien. —Mira la funda de su violonchelo—. He solicitado una beca, y pensaba que la pista sería lo bastante diferente de lo que se suele presentar como para destacar de verdad.

Mali asiente.

—Joder. Sé lo que es tener ese tipo de presión. Yo solicité una beca también. ¿Adónde quieres ir?

—A la Butler School of Music, en la Universidad de Texas.

—Venga ya —suelta la otra chica, radiante—. Ahí es donde voy a ir yo. Al equipo de atletismo —añade, orgullosa.

—¿En serio? —Kat sonríe, alzando la vista hacia Mali. Tiene las mejillas redondeadas rosas, la piel brillante y, cuando sonríe así, Mali piensa que es una de las chicas más guapas que jamás ha visto—. ¿Ya has conseguido entrar? —pregunta.

—Sí, y estoy segura de que tú también lo harás. No necesitas a JD. Haz una pista nueva. Tal vez te sorprendas.

—Eso es lo que me han dicho mis amigos.

—Parecen buenos amigos. Deberías hacerles caso.

—Supongo —contesta Kat, riéndose con timidez. De pronto, se gira, mirando la pared junto a la estantería de herramientas. Vuelve a mover los ojos, como si siguiera algo, pero cuando Mali echa un vistazo, no ve nada.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Mali.

Kat vacila y, a continuación, se gira otra vez hacia Mali con las mejillas pálidas. Parpadea.

—Sí, perdona. —Sacude la cabeza y luego esboza una sonrisa tímida con los labios carnosos.

«Joder», piensa Mali, apartando la vista, ya que siente unas mariposas en el estómago y cree que no debería, no ahora, no tan pronto después de que hayan encontrado a Kristen, no cuando su funeral es mañana.

La culpa la atraviesa como una ola.

—¿Vas a ir al baile de invierno? —le pregunta Kat.

Mali se levanta, sin estar segura de repente de lo que está haciendo aquí en realidad.

—Lo siento —dice, poniéndose el abrigo—. Acabo de acordarme de que… me tengo que marchar.

—Ah —responde Kat—. Vale.

Mali se para junto a la puerta del garaje, aguardando a que se abra por arte de magia. Cuando no lo hace, se gira hacia Kat, sonriendo y probablemente ocultando fatal su impaciencia.

—Ah —suelta otra vez Kat, levantándose—. Perdona. —Pre siona un botón en la pared y la puerta empieza a enrollarse, despa cio y con torpeza.

Cuanto más se resiste, más fuerte se cierra el agarre alrededor de sus tobillos. Está tan cansada que apenas puede alzar la cabeza para ver, pero siente que los huesos están a punto de partírsele por la fuerza inamovible.

El pánico se intensifica a cada segundo, nauseabundo, tóxico. El grupo la mira desde los árboles; el poderoso aún se encuentra fuera de la vista.

Apoya la cabeza en la fría nieve, rezando por que la noche se acabe. No cree que le queden ya ganas de luchar. Está lista para que alguien acabe con su sufrimiento.

Al otro lado del suelo blanco reluciente, una sombra negra se alarga hacia ella. Surge de la tierra y, poco a poco, adopta la forma de algo casi físico, como humo, pero más denso. El terror materializado.

Se curva y se ondula, alcanzándola. Ella cierra los ojos.

El cuerpo le duele por el miedo, como si sus órganos se apretaran con tanta fuerza que su corazón fuera a pararse; los pulmones son incapaces de tomar aire.

Dusty jadea y unos escalofríos le recorren el cuerpo como si sus células todavía pudieran sentir el dolor de tal miedo. Es negro, eterno y absorbente. Mira a su alrededor para recomponerse.

Aún hay luz fuera. Se encuentra a medio camino entre su casa y la cima. Sostiene una piedra con fuerza en la mano. Se dirigía a buscar una visión de JD.

En vez de eso, ha tenido una premonición.

«Estás bien —se dice a sí misma—. Opi está bien».

«Por ahora».

Se obliga a moverse, necesita estrechar a su hermana entre sus brazos, necesita saber que está ahora mismo a salvo para que su cuerpo deje de tener esta sensación.

—¡Opi! —grita, corriendo, bajando la montaña a trompicones—. ¡Opi!

Unos segundos más tarde, se oyen unas pisadas en la nieve. De una persona, luego de otra.

Opi sale de entre los árboles.

—Dusty, ¿qué pasa?

Eli aparece entonces, unos tres metros por encima, con sus colores llenos de rojo y negro de miedo a medida que Dusty manda la premonición por su vínculo antes de que encuentre siquiera las palabras para describirla.

Se pone hecho una furia, con el corazón latiéndole a toda velocidad y el olor agrio por el miedo.

Entonces, Dusty se percata de que Opi mira a Eli, que sus colores cambian unos instantes después de los de él en respuesta, como si estuviera sintiendo lo mismo que él. Dusty ladea la cabeza, preguntándose qué se está desarrollando entre ellos.

—¿Tú también puedes verlo, Op? —pregunta—. ¿Tú también puedes ver lo que yo he visto?

A su hermana le lleva unos segundos apartar la vista de Eli, y solo parece percatarse de la pregunta de Dusty entonces. Sacude la cabeza.

—No, ¿qué ha ocurrido? —Tiene la voz grave y áspera.

Dusty mira a uno y a otro, tratando de entender.

En respuesta a su pregunta tácita, Eli se aclara la garganta.

—Creo que… lo ha sentido, ¿no, Ophelia?

Ella asiente.

—¿Qué ha sucedido?

—Dusty ha tenido una premonición. Me la ha mostrado y creo que tú has sentido cómo he respondido a ello. De forma desgarradora.

Opi asiente con una expresión de dolor.

—Ha sido horrible.

Dusty se acerca a su hermana dando zancadas y la envuelve entre sus brazos. Opi se queda rígida durante un momento, aunque después se relaja y también la estrecha entre los suyos.

—Me encantaría meterme ahí en medio —dice Eli—. Pero, primero, cuéntanoslo. Quiero tener muy claro lo que has visto.

La chica suspira, sin saber si tiene energía para ello. Sin embargo, poco a poco, suelta a su hermana y describe lo último que ha vislumbrado de la noche de la premonición.

Opi suelta una larga exhalación.

—Entonces ¿la sombra es lo que te ha hecho sentirte así?

—Sí. Debe de ser de lo que papá hablaba, y la madre de JD.

No he tenido la oportunidad de intentar tener otra visión de él, pero, de todos modos, creo que es hora de que vayamos a su casa y le hagamos unas preguntas a su madre.

Quizá haya una razón por la que he tenido esa visión de nuestra madre —le explica a Opi—. Tal vez esté conectado.

Más abajo en la montaña, suena un coche entrando por el camino de grava de la casa de los Silver.

—Will está aquí —suelta Dusty, que de pronto vuelve a sentir el miedo. Por primera vez en meses, recuerda por qué se ha pasado tantos años reprimiendo cualquier emoción; la idea de perder a otro ser querido le duele tanto como el miedo que ha sentido cuando ha visto la sombra.