14. Negro y eterno
Negro y eterno
En el huerto, los pies descalzos de Opi se hunden en la espesa nieve. Ha dejado de caer en algún momento cuando estaba en el instituto y la ha sustituido una ligera niebla que cubre el cielo azul y el sol de la tarde, difuminando todos los colores.
Dusty se encuentra en la cima intentando conjurar una visión de JD, lo que significa que a Opi no le debería extrañar que Eli se halle cerca, vigilándola.
Mira a su alrededor, sintiendo pequeñas chispas de ella dentro de él, justo como nota las de él en ella, co rriendo por su sangre.
Esté donde esté, es evidente que quiere mantenerse fuera de la vista.
Sabe que él también lucha con las consecuencias de lo que ocurrió anoche.
Lo ha sentido en la manera en la que le ha respondido cuando le ha preguntado hoy a Ben si quería ir al baile de invierno: celoso, posesivo, territorial, asustado.
Sabe que es solo porque ella ahora es su fuente de sangre, su medio para sobrevivir.
Y nada más.
Inspira. Bajo las capas de nieve y las hojas caídas, es capaz de oler las plantas descompuestas que jamás cuidó a finales de verano.
Habían crecido demasiado, lo que tuvo que admitir que le pareció bonito durante un instante.
Sin embargo, a medida que languidecían y se ponían marrones, con los últimos frutos pudriéndose sobre el mantillo a su alrededor y el moho expandiéndose bajo el calor húmedo, Opi había sentido que su destino estaba sellado. Pasado y presente. Un futuro incierto.
Ahora, es como si sus sueños hubieran vuelto a ella. No sabe cómo, pero quiere recuperarlos. De algún modo, esta es la razón por la que ha decidido pedirle hoy a Ben que vaya con ella al baile de invierno.
No lo había planeado. Nunca se le había ocurrido mientras pasaba por delante de los carteles por todo el instituto.
No obstante, cuando lo vio en la cafetería, fue como si encontrara una nueva fuente de sangre, una que no la hacía odiarse a sí misma; y esto le había quitado la presión a Ben de encima.
Él ya no era la luz al final de un túnel o el camino hacia la libertad. Podría encargarse sola de ello.
Le había hecho querer explorar otras facetas de ella misma.
Cuando Eli le contó la imagen que creía que ella tenía de él, la de alguien arrogante y manipulador, la muchacha se había percatado de que, en realidad, sentía envidia de esas facetas de él.
Su descaro, su seguridad en sí mismo, en su cuerpo, en el efecto que causa en los demás.
Y mientras hasta anoche el chico no se había arrepentido por ello, Opi se había dado cuenta de que eran precisamente aquellas partes de sí misma las que sentía que necesitaba ocultar, justo cuando las estaba descubriendo.
Anhelo, necesidad, deseo. Era como si alimentarse de él hubiera desatado lo que había estado encubriendo.
Sí, había habido unos cuantos minutos, u horas, en los que no había podido sacarse a Eli de la cabeza.
Sin embargo, esta mañana, cuando él ha sugerido que Dusty también podía alimentarse de ellos, ha sido como si el hechizo se hubiera roto.
No era a Opi en específico lo que Eli deseaba.
Quería alejarse de Jesse tanto como ella de Mali, y en lo que se refería a sus sentimientos, había deseado a Dusty primero.
Ahora que ella estaba con Will, tendría que languidecer solo hasta que encontrara a alguien apropiado de verdad para él. Alguien que pudiera darle todo.
Así que, cuando ha visto a Ben, Opi se ha dado cuenta de que la atrae algo más que su sangre: la manera en la que la hace sentir.
Puede olerlo en él. Nervios, excitación, deseo.
Y eso en sí mismo la hace sentirse poderosa.
No necesita su sangre. Esta ni siquiera tiene que ser un factor mientras descubre si hay algo más entre ellos.
Le puede dar tiempo, espacio, y, con su nueva energía recién manifiesta —que fingirá que no brilla con los ecos del poder, del calor y del roce de Eli—, es libre de explorar su nueva habilidad. Su propio poder. Su futuro.
Está segura de que la reacción posesiva de Eli se aplacará con el tiempo.
Se acerca a una mata de milenrama alta con los tallos esqueléticos y las inflorescencias salpicadas de nieve. Aunque ha dejado de crecer, sus raíces siguen vivas, adormecidas, aguardando la primavera.
Se agacha, apartando el hielo y las hojas húmedas, y hunde las yemas en la tierra dura junto a la planta; acto seguido, cierra los ojos.
Al principio, lo único que oye son los pájaros.
Todo lo demás se encuentra tranquilo y en silencio.
Se centra en la sensación de sus dedos en la tierra, y oye los susurros de los tallos secos de la milenrama temblar antes de quedarse muy quietos.
Entonces, comienzan los murmullos. No puede discernir las palabras; es más bien un sentimiento de agradecimiento.
Seductoras, abiertas, curiosas. Le rozan bajo los oídos y el cuerpo a medida que los dedos empiezan a hormiguearle.
Abre los ojos y se encuentra oleadas de luz azul claro bajo la nieve, pulsando en todas direcciones.
«¿Hacia dónde? —parecen preguntarle—. Únete a nosotras».
Las ramas de los árboles a su alrededor se ciernen más sobre ella con las hojas crujiendo al ritmo de la brisa.
Opi suelta una carcajada, fascinada, a la par que unas lágrimas comienzan a rozarle las mejillas.
Vuelve a mirar hacia abajo a los tallos de la milenrama. Sus ojos aterrizan en uno bajo cubierto de una capa delgada de hielo. La luz azul parece seguir su mirada, y unas corrientes de ella serpentean desde el suelo del bosque y culminan en la base del tallo.
Cae una gota y, a continuación, otra a medida que la planta empieza a despojarse de su capa helada.
A Opi se le encoge el corazón, y un brote plumoso comienza a emerger de la nieve junto a la planta, desplegándose poco a poco, como si siguiera su reacción.
Alza las manos para secarse las mejillas húmedas, manchándose de tierra fría la cara. Los susurros empiezan a acallarse y la extraña luz azul se atenúa, absorbida por el bosque.
Aun así, la sensación de energía con la que acaba de conectar permanece. Es constante. Se encuentra por todos lados. Se entreteje bajo cada planta de su huerto hacia los árboles, desde la profundidad del Black River hasta el pico de la White Mountain…, una red gigante.
—Hongos micorrícicos —susurra, sorprendida pero segura ahora.
Eso es lo que le ha estado hablando. La red enorme y simbiótica formada entre los hongos subterráneos y las raíces de las plantas, la que lo conecta todo.
Piensa en los momentos en los que sintió atisbos de esto, susurros, destellos, en el pico, en los árboles fuera del instituto.
Por todos lados. «Sí», piensa. Ha tenido el poder todo este tiempo.
El sonido profundo de la música se desvanece en la luz de la tarde. Mali duda junto a la puerta del garaje, escuchando, sin estar muy convencida de si debería interrumpir.
Le tiemblan las rodillas por el frío; el abrigo de lana hasta la pantorrilla no la está calentando gran cosa.
Supone que unos vaqueros, una rebeca corta y unas zapatillas Onitsukas amarillas no son exactamente la indumentaria apropiada para la nieve, pero vive en el pueblo, no en la montaña, y suele evitar salir fuera a menos que tenga que entrenar.
El frío gana, y ella llama a la puerta.
La música se detiene de pronto.
—¡Voy! —grita una voz.
Segundos más tarde, la puerta del garaje se enrolla hacia arriba y el calor emana.
Mali se mete en cuanto puede, sorprendida de encontrarse en un garaje de verdad, adornado con carteles de me tal viejos, luces, una pared de herramientas relucientes y tapacu bos, y dos coches deportivos enormes y clásicos que ocupan el centro del espacio.
—Ey.
Mali se gira hacia Kat, que se encuentra de pie junto a su vio lonchelo, balanceándolo en su pica. Hay una caja justo a su lado, a la cual Mali intuye que Kat tiene que subirse para tocar. No puede evitar reírse.
—Desde luego que, para ser una chica tan bajita, te gustan los juguetes grandes.
Kat baja la vista hacia sí misma, un poco confusa. Lleva un conjunto a juego que se ciñe a sus curvas y el pelo rubio recogido hacia atrás en un moño alto repeinado.
—Jamás me he tenido por bajita, pero sí, estos son mis bebés.
Mali alza las cejas de pronto cuando ve los coches.
—Entonces ¿son tuyos?
—Bueno, este sí. —Sonríe mirando el coche de color bronce metalizado brillante.
Solo en ese momento, Mali se percata de que tiene una pequeña mancha de grasa en la mejilla—.
Y ese —señala con la cabeza el descapotable rojo— todavía es técnicamente de mi abuelo, pero les he dedicado mucho trabajo y, cuando llegue el verano, creo que me dejará conducirlo.
Mali silba, paseándose alrededor de los coches para examinarlos, animada por lo orgullosa que parece Kat.
—¿Los arreglas tú?
Kat asiente.
—A ver, ya no necesitan mucho. Solo mantenimiento. La mayoría de las noches, me sigue gustando echarles un vistazo antes de practicar.
Mali asiente despacio, impresionada, y para cuando ha dado toda la vuelta, Kat está guardando el instrumento en su funda.
—Bueno, ¿qué pasa? —pregunta Kat, y Mali juraría que está evitando hacer contacto visual.
—Solo quería ver cómo te encontrabas después de lo de anoche.
—Podrías haberme mandado un mensaje y ya. —El cuello empieza a sonrojársele.
—No tenía tu número, así que le he preguntado a Dusty dónde te dejaron… —Repara en que hay un sofá de cuero contra una pa red y se dirige a él, se quita el abrigo y se desploma—. Quería haber te buscado hoy en el instituto, pero estaba un poco… distraída.
Kat observa a Mali; es evidente que no sabe si debería sentarse también. Sin embargo, tras un momento, se une a ella en el sofá.
Se produce un largo silencio mientras observan la habitación.
Mali no lo soporta.
—En fin, ¿es buena la pista que te grabó JD?
Kat suspira.