13. En voz alta
En voz alta
Dusty corre hacia la neblina de tonos azules con el alivio recorriéndole todo el cuerpo.
Le había mandado un mensaje a Will desde el coche y le había pedido que se reuniera con ella en el armario de suministros al fi nal del pasillo silencioso, y ahí está. Todavía tiene los ojos adormi lados, pero el hoyuelo de su mejilla aparece en cuanto la ve.
Arrojándose a sus brazos, lo besa. Siente que podría fundirse con él perfectamente.
No se había dado cuenta de que estaba a punto de llorar hasta ahora; sin embargo, las lágrimas comienzan a correrle por las mejillas y Will se aparta, observándola; su azul es tan oscuro que parece que contiene un océano entero.
Apoya la frente sobre la de ella y le acuna la cara con las manos mientras le seca las lágrimas.
—Venga, vamos —dice él, y después la coge de la mano y la guía hacia el armario.
Ella le cuenta lo del recuerdo de su madre, lo de Opi y Eli y lo de que su padre ha mencionado una sombra.
Ve cómo los colores de él cambian a cada latido, oscureciéndose y revoloteando con preguntas.
Para cuando llega a la parte de la visita de la agente, a Will se le ha puesto tan pálida la cara que parece como si le hubieran arrojado agua helada por encima.
—¿Estás bien? —inquiere Dusty cuando termina de soltárselo todo.
El chico asiente, pero luego frunce el ceño con los ojos pensativos sin mirarla del todo.
—¿Es por lo de la habilidad de Opi? —pregunta ella—. ¿Quieres…? ¿Te alivia? ¿Preferirías que empezara a alimentarme de uno de ellos?
Él le lanza una mirada penetrante.
—No. ¿Eso es lo que quieres tú?
Ella niega con la cabeza de un modo casi frenético.
—No.
Will suelta un suspiro.
—Bien, porque necesito que sepas que esa parte de nosotros no es algo que quiera que desaparezca.
Mientras no le haga daño a nadie… Yo… Lo único que me asusta es la idea de que algo te delate.
Lo que eres, en lo que te has convertido.
Para mí, el infierno sería ese. Y no es solo por poder estar contigo.
Te dejaría marchar sin pensármelo dos veces si con eso te protegiera.
Pero darte mi sangre… —Arruga el entrecejo aún más mientras le acaricia los brazos en movimientos ascendentes, provocándole escalofríos.
Le acuna el rostro con el corazón latiéndole tan fuerte que a Dusty le cuesta respirar.
Entonces, el chico desliza las manos hacia su nuca y su cabello. Con delicadeza, la empuja de espaldas contra las estanterías y, a continuación, la besa con más hambre que nunca antes.
Dusty lo atrae hacia ella; la intensidad, su necesidad de él es tan potente que siente que el corazón se le va a romper en pedazos y luego se le va a remendar de nuevo más grande y más pleno.
No obstante, entonces, él se aparta, la mira y suelta con un ja deo:
—Pruébame.
A Dusty se le entrecorta la respiración y los dientes le palpitan al instante.
—Pero… puedo esperar. Solo quedan dos días más. No tenemos por qué…
—Quiero que lo hagas.
Dusty vacila.
—Ahora, Dusty. —Ladea el cuello hacia un lado.
Él no ha apartado los ojos de ella, observa y espera mientras la muchacha alarga la mano y le pasa los dedos por el cuello. La nuez de Adán le sube y le baja, haciéndola salivar.
Fuera, en el pasillo, el timbre suena, pero ninguno de los dos parece notarlo.
—Solo un poquito —susurra ella.
Él asiente al tiempo que ella frunce los labios y se los humedece antes de inclinarse hacia él.
—No llego. —Dusty se ríe.
Él sonríe, la mira y luego los gira para quedar ligeramente sentado sobre una de las estanterías que hay a sus espaldas. Abre bien las piernas para que ella pueda meterse entre ellas.
De cerca, Dusty apenas se encuentra con los ojos al mismo nivel que él. Will lleva las manos hacia su cintura a la par que ella desliza los dedos en su pelo, agarrándolo para situar su cabeza en el ángulo adecuado.
Cuando al fin lo muerde, los dos sienten una oleada de alivio.
En medio de todo el caos, eso no tiene por qué cambiar.
Eli camina aturdido por los pasillos del instituto de Black River, siguiendo la corriente de los demás hacia la cafetería.
Antes se sentía mejor tras alimentarse, pero esto…
Esto es algo completamente diferente. La sangre de Ophelia le corre por las venas, combinándose con la suya propia.
No sabe si es porque ella había tomado una cantidad sustanciosa de él antes de que Eli se alimentara de la chica o si es porque los dos son distintos, pero la experiencia entera lo ha dejado con una sensación de…
poder. Como si actuara a una capacidad aún mayor.
Ni siquiera que la agente los haya interrogado logra borrar la euforia que siente.
Ni siquiera cuando ha escuchado lo que Chris ha dicho de él.
Se siente más fuerte. Más preparado para afrontar lo que sea que les suceda.
También le parece que es el primer día del resto de su vida.
Es libre. Ya no tiene por qué alimentarse de Jesse.
Ya no tiene por qué sentirse culpable. Lo que Ophelia y él han hecho ha sido en beneficio mutuo, y, si ignora lo sumamente increíble que se sintió al estar tan cerca de ella —si se impide recordar los labios de ella sobre su piel o la presión de sus manos cuando lo agarró de los hombros—, también es menos complicado.
Se oye un chillido fuerte y luego otro, lo que hace que Eli se estremezca. Al doblar la esquina, ve media docena de estudiantes usando dispensadores de cinta adhesiva para colgar los carteles y la decoración con temática invernal.
Gime para sus adentros al percatarse de que ya se acerca esa época del año: el baile de invierno. Se saca los auriculares con cancelación de ruido del bolsillo y se los pone en los oídos.
Esquivando al comité de decoración o a quienesquiera que fueran, mira los carteles y se fija en que solo quedan dos semanas para el evento.
No le apetece ir, pero no le cabe duda de que, entre Mali, Dusty y sus viejos amigos, alguien lo convencerá para que se anime.
Se agacha para pasar por debajo de una guirnalda de copos de nieve que cuelga del techo, estremeciéndose de nuevo cuando un ruido fuerte demuestra que sus auriculares con cancelación de ruido no sirven de nada.
—¿Estás bien? —espeta Eli, deteniéndose para guardar los auriculares de nuevo. Alza la vista a una de las decoradoras que está en la cima de una escalera con una grapadora en la mano.
Es Kat.
—Hola —la saluda, observándola—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Hola —responde ella, tirándose del dobladillo de la falda hacia abajo, nerviosa—. Creo que bien.
—Entonces, llegaste sin problema a casa anoche, ¿no?
Ella asiente.
—Me di una ducha y luego caí roque.
—Genial —responde Eli—. ¿Y qué tal la cabeza?
—Creo que bien. Aunque es un poco raro. No había ningún corte, pero cuando me lavé el pelo…, había un porrón de sangre.
Kat sigue mirándolo, así que él no duda en vincularse a ella.
—Era más una contusión que un corte. A veces pasa.
Él no tiene ni idea de si eso es siquiera posible, pero la chica asiente.
—A veces pasa. —Kat sonríe, y él desvía los ojos para soltarla—. Opi me ha traído su té para que me lo beba. Ha sido muy amable por su parte.
Eli asiente.
—Es bastante amable.
La chica levanta otra cuerdecita con un copo de nieve en un extremo y la grapa al techo.
Eli parpadea y aguarda a que el sonido pare de reverberar a través de todo su cuerpo.
—¿Vas? —pregunta él.
Kat mira alrededor, como si cupiera la posibilidad de que no estuviera hablando con ella.
—¿Adónde?
—Al baile de invierno.
—Ah. Supongo. En cierto modo, tengo que ir. —Señala hacia los adornos puestos y la gente que los está colgando—. Alguien ha decidido que los alumnos de música deben estar interesados en tod a clase de eventos y producción.
—¿Vas con alguien? —le pregunta cuando algo se le ocurre.
A ella se le abren los ojos como platos con una mezcla de confusión y desconfianza.
—¿Que si voy…? ¿Yo? ¿Por qué?
Eli no puede reprimir la sonrisa maliciosa que se le extiende por toda la cara.
—Deberías pedírselo a Mali —suelta.
Kat parpadea, al parecer muda aún.
—¿A Mali? —pregunta al fin.
—Sí —responde él con rotundidad—. Solo es una idea. —No se le ocurre una forma mejor de animar a Mali que hacer que la chica que le gusta le pida salir.
Eli huele a alguien conocido que llega por su espalda, así que se gira y ve a Will acercándose con unos auriculares grandes que le cubren los oídos. Este le hace un gesto a Eli con la cabeza, aminorando cuando ve a Kat.
—Qué bien que hayas venido hoy —le dice a la chica, quitándose los auriculares y dejándoselos alrededor del cuello—. No sabía si ibas a estar en condiciones.
—Me encuentro bien —replica ella, encogiéndose de hombros—.
Gracias otra vez por llevarme a casa. —Mira a los dos chicos mientras se oyen unas risitas de otros decoradores que hay por allí.
Kat pone los ojos en blanco y añade—: Será mejor que os vayáis o se autoconvencerán de que he empezado a practicar brujería.
Que Mali me haya saludado no una, sino dos veces, ha sido un tema muy candente en el departamento de música.
Y que ahora vosotros os paséis también por aquí de repente va a agitar mucho las aguas. O el caldero.
Eli suelta una carcajada y luego le hace un gesto con la cabeza antes de que Will y él se dirijan a la cafetería.
Los dos chicos no se han relacionado mucho el uno con el otro fuera del grupo, pero, a través de su vínculo con Dusty, Eli sabe más de Will que la mayoría de la gente sabe de cualquiera.
Por este moti vo, intenta darles espacio y no volver demasiado extraña su ya de por sí complicada dinámica.
Sin embargo, cuando oye la música que continúa sonando en los auriculares de Will, no puede evitar sonreír.
—Current Joys —comenta.
Will desvía la vista a sus cascos.
—Ah, sí. ¿Lo conoces?
— New Flesh es mi canción favorita.
—¿En serio? —pregunta Will, sorprendido—. La mía también.
—Je. —Eli hace un gesto con la cabeza, inseguro de qué más decir.
—Parece que esta mañana ha sido intensa —comenta Will.