White Mountain (Black River 2) 12. Inocencia y desconcierto
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12. Inocencia y desconcierto

Inocencia y desconcierto

Despacio, se gira en el sitio, buscando el camino en el que acaba de estar. Se lleva la mano al pequeño diamante de su collar. Un hábito ansioso que se ha vuelto tan frecuente que puede sentir los callos que se le han formado en las yemas de los dedos mientras lo rueda entre ellos.

Ha salido para ver de dónde provenía el sonido, el crujido profundo que ha hecho que la casa tiemble. Hace unos segundos, estaba al fondo del huerto, justo en la linde de los árboles.

Ahora, la única cosa que hay a sus pies es un manto de flores de espuma blanca como plumas flotando sobre el follaje espeso, cubriendo el suelo del bosque. La estampa la tranquiliza un instante.

Cuando Chris se encuentra en el trabajo y las niñas en el colegio y la casa está tranquila, Sara puede olvidar por qué ha elegido esta vida.

Se siente una extraña en su propio cuerpo, como si su vida pasada, tan lejos de aquí, no fuera nada más que un sueño difuso.

Como si fuera tan fantasma como sus padres.

No obstante, al mirar abajo, ahora lo recuerda: después de todo lo que ha ocurrido, su nueva vida aquí parece un cuento de hadas, y este bosque crea la atmósfera.

El sentimiento de tranquilidad es fugaz, pues se percata de que no sabe cómo ha llegado allí.

No hay ni rastro de la casa, del huerto y del camino.

Las flores de espuma empiezan a estremecerse mientras el suelo debajo de sus pies tiembla y el rugido profundo y sordo vuelve a invadir el bosque. Se tapa los oídos, y mira a su alrededor para detectar de dónde proviene. Ahora se encuentra más cerca. Justo entre los árboles.

Sigue el sonido hasta que una valla de metal alta le corta el camino.

Jamás la había visto antes, y eso le hace preguntarse si sigue siquiera en la White Mountain.

Un movimiento amarillo y naranja destella al otro lado de la verja y entre los árboles de más allá.

Mira a través de ella y ve una máquina enorme excavar y arrastrar la tierra removida.

Hay albañiles y aparejadores por todos lados, y, en el centro del lugar, una plataforma azul que golpea los cimientos, taladrando, haciendo que toda la montaña vibre.

Dusty abre los ojos en su propia habitación, bañada por una luz grisácea matutina. Todavía tiene enrollado el collar de su madre entre los dedos.

Lo repasa en su mente, reproduciendo cada vista, pensamiento y sensación.

Está segura de que acaba de ver la primera vez que su madre perdió la noción del tiempo. La semilla que plantaría las dudas que la llevaron a marcharse.

Era la casa de JD la que se estaba construyendo.

Dusty apenas recuerda esa primavera y todo el ruido que retumbaba a través del bosque y en la parte alta de la montaña.

Su padre le había contado que jamás se había construido un edificio tan grande en ese lugar, que traer toda esa maquinaria hasta allí disuadiría a la mayoría de la gente de intentarlo siquiera.

Los vecinos se quejaron durante un par de meses, pero luego finalizó y su madre se marchó.

La montaña se sumió en un silencio de nuevo; las hojas y los pájaros fueron libres de continuar con sus ligeros susurros y repiqueteos, la banda sonora del corazón roto de las hermanas Silver.

Como para recordarse a sí misma que ya no tiene el corazón roto, Dusty alarga el brazo de manera instintiva hacia su teléfono. De repente, siente la necesidad de decirle a Will que lo quiere.

Opi yace en su cama aún hecha. Fuera de su ventana, la nieve cae, ligera pero firme. Aunque no la está observando en realidad.

Le sigue dando vueltas en la cabeza a lo que ocurrió anoche.

Cierra los ojos al tiempo que reproduce el momento en el que supo lo que estaba a punto de hacer. Trazar la piel de Eli, inspirar su olor. Desearlo. Y, luego, el poder de su sangre. Había sentido como si las estrellas titilaran a lo largo de su cuerpo. Una energía pura y elemental.

La sangre de Mali nunca la ha hecho sentirse así. Electrificada. Cargada. Como si ya no fuera una parásita chupasangre y aprovechada. Y aunque el sabor que probó de Ben había contenido la promesa de algo más, de ninguna manera se parecía a esto.

Se dice a sí misma que es solo porque Eli parecía su igual. Como si él pudiera manejarla. Como si lo entendiera. Se dice a sí misma que no hay nada más en ello.

Sin embargo, también estaba el momento en el que él se alimentó de ella.

Le cosquillea la lengua y abre los ojos, como si deseara olvidarse de eso por ahora. Hasta la semana siguiente. Porque, si no lo hace, no sabe cómo va a ser capaz de funcionar.

En vez de eso, se centra en el alivio de haber encontrado su poder.

«No estás rota. No eres menos de lo que eras antes».

Ayer, su habitación solo le había provocado tristeza. Hoy, le ha hecho sentir que su poder recién descubierto no es nuevo en absoluto, le estaba destinado.

No se puede creer que haya estado tan dispuesta a borrar su pasado por completo.

Oye movimiento al otro lado del pasillo. Dusty.

Se traga su emoción y la reemplaza por aprensión. No sabe por qué, pero desea poder mantener lo que ocurrió entre Eli y ella en secreto solo un poco más de tiempo.

No es que Opi dude de que su hermana se alegre de que haya encontrado un nuevo modo de alimentarse o se emocione por que haya descubierto su poder. Pero la idea de que Dusty se entere de lo de Eli y ella hace que se sonroje.

Le parece privado. Suyo. Aun así, sabe que Dusty está muy unida a Eli. Que él podría compartir lo que ocurrió apenas lanzando una mirada en la dirección de Dusty.

Se pone de pie y se acerca a su armario.

Cuando saca un vestido que llevar al instituto, oye el sonido de dos coches que llegan por el camino de entrada.

Escucha cómo se abren las puertas, luego se cierran, pasos y, a continuación, cómo llaman a la puerta principal, seguido de la voz del ayudante del sheriff Barry Brookes que le cuenta algo a su padre.

Opi se encuentra en el rellano en menos de un segundo, donde también se halla Dusty con los ojos abiertos de par en par y cautelosa.

—¡Chicas! —las llama su padre desde abajo—. ¿Podéis bajar? Hay alguien aquí que quiere veros.

—No pasa nada —susurra Dusty como para convencerse a sí misma—. ¡Ya vamos! —chilla a su padre, pero de pronto examina a Opi de arriba abajo con la cabeza ladeada y la confusión reflejada en todo el rostro.

Es capaz de adivinar que Opi se ha alimentado, y también de oler a Eli por toda ella.

—Te lo explicaré más tarde —dice Opi, y luego se vuelve a su habitación para recoger todo lo que necesita para ir a clase.

Dusty la está esperando en el rellano, aún sin palabras, por suerte, y bajan las escaleras juntas. A medida que se aproximan al salón, el timbre vuelve a sonar.

—Es Eli —comenta Dusty—. Ya nos estaba esperando en la parte de atrás cuando… —Echa un vistazo en dirección al salón, donde aguardan sus invitados. Exhala despacio y, a continuación, le abre la puerta a Eli.

Vacilante, Opi se queda en el arco del salón.

Las llamas arden en una de las dos chimeneas enormes; el aire sofocante ya está cargado de tensión.

Sentado en uno de los sofás se encuentra el ayudante Brookes, bebiendo café, y, en la otra punta de la habitación, hay una mujer echando un ojo a las viejas fotos en las que aparece toda la familia, menos la madre de Opi, que están colgadas en la pared junto al fuego.

Lleva un traje gris oscuro con botas de nieve, una combinación extrañamente intimidante que Opi interpreta como que se enfrenta a todo tipo de situa ciones, y tiene el cabello castaño oscuro y rizado recogido hacia atrás en un pulido moño.

Se le entrevé la funda de una pistola bajo la chaqueta a medida que se mueve, y Opi atisba una placa guardada en un bolsillo interior.

El padre de Opi se encuentra entre los dos agentes, todavía en pijama, sosteniendo contra el pecho su propia taza de café.

Cuando Dusty y Eli entran en la habitación, un silbido corta el aire. Todo el mundo se gira hacia el ayudante Brookes cuando este dice:

—Vaya, menudo estirón habéis pegado estos últimos meses, muchachos.

Opi alza la barbilla, decidida a no sentir miedo.

No obstante, cuando Eli se acerca a la muchacha, empapado del aroma de la sangre de ella, los dientes le empiezan a palpitar ante el recuerdo de haberse alimentado de él.

Siente la mirada de Dusty como si fuera un foco que iluminara sus pensamientos más íntimos, y de pronto lo único que quiere es subir las escaleras y esconderse.

La mujer se aclara la garganta, y cuando Opi se gira para mirar, el ayudante se levanta.

—Chicos, esta es la agente Reed. Señora, aquí están Dusty y Ophelia Silver. Y este es Eli Blake.

—Ah, maravilloso —responde la agente, sonriendo a Eli—. Nos íbamos a pasar a verlo a usted luego.

Opi no puede evitar percatarse de lo agradable que es el tono de su voz. En un mundo donde la mayoría de los sonidos son inso portables, los bonitos destacan.

—Por favor —añade la mujer—, tomen asiento. —Hace un gesto hacia los sofás mientras ella se sienta junto al ayudante Brookes. Puede que esta no sea su casa, pero controla la sala por completo.

Opi, Dusty y Eli obedecen y se acomodan en ese orden en el sofá de enfrente. El padre de Opi se acerca a ellos, pero permanece de pie.

—Soy la agente Ella Reed del Departamento de Investigación Criminal —prosigue.

Mientras pasea sus ojos ocres por los tres, Opi se planta una fachada de inocencia y desconcierto.

El peinado de la agente, y el hecho de que no lleve maquillaje sobre la piel suave y marrón, deja expuestos todos los ángulos de su rostro.

Opi puede ver hasta las pequitas casi negras que salpican la parte exterior de los ojos y las mejillas.

Todo su aspecto da la impresión de que no tiene nada que ocultar.

Opi alza la barbilla aún más.

La agente le devuelve una ligera sonrisa, pero entonces arruga la frente.