11. Atemporal #4
Ella le da un manotazo en el pecho y el toque lo hace estremecerse, consciente de pronto de la sangre que lleva Opi dentro.
No es sed de sangre como ha sentido antes.
Pero la boca se le hace agua igualmente y la anticipación hace que el pecho le retumbe.
No negará que ha sentido atracción por ella.
Por su olor. Por su calidez. Exhala un suspiro pausado.
—¿Dónde? —vuelve a preguntar.
Ella se encoge de hombros.
—Donde quieras.
Él pasea la vista por el cuello de Opi hasta que se detiene en el mismo lugar en el que la chica lo ha mordido.
«Ahí», piensa. Aunque después titubea. Le parece demasiado íntimo.
Ella solo había estado hambrienta, pero él es consciente de que hay mucho más que eso.
En su lugar, le coge la muñeca con las dos manos y luego se la lleva a la boca.
Cuando sus labios la tocan, siente cómo a ella se le eriza la piel.
Inhala su aroma dulce y primaveral, y después alza los ojos para mirarla una vez más.
Ella asiente y él abre la boca y la muerde.
—¿Mantequilla? —Eli se ríe—. De entre toda la comida que existe, ¿lo que echas más de menos es la mantequilla?
—Sí —responde Opi, sorprendida—. Puede que fuera una de las cosas más ricas del mundo. Y muy versátil.
—Claro, es que pensaba que dirías algo más relacionado con las plantas y extravagante… No sé. Rosas.
Opi nota cómo se le extiende una sonrisa por la cara, fascinada por lo sorprendentemente cómodo que ha sido todo desde que se han ido del desfiladero. Ahora se encuentran en los pies de la White Mountain, comenzando el ascenso.
—¿Plantas y extravagante? —pregunta.
—Te juro que las he olido en tu cocina.
—Bueno, sí, las rosas son una planta aliada increíble. También son refrescantes y astringentes, buenas para la inflamación, ricas en antioxidantes y vitaminas…
—¡Ja! ¿Lo ves? Rosas.
Ella frunce los labios para evitar no sonreír otra vez cuando lo mira.
Acaban de salir de una densa arboleda, y mientras la luz de la luna brilla entre las nubes de nieve y los copos le caen a Eli sobre la cara, la vista tan clara de él deja a Opi sin aliento.
«Qué guapo», piensa; las palabras se forman en su mente sin que pueda contenerlas.
La chica desvía los ojos hacia los pómulos y los labios de él.
Se dice a sí misma que es haber tomado su sangre lo que la hace sentirse así.
Eli se aclara la garganta.
—La pizza era mi comida favorita. Sin lugar a dudas. Pero no te voy a mentir; en realidad, no estaba tan conectado con lo que comía. No del modo en el que lo estabais Dusty y tú. Creo que nunca he comido algo que haya cazado y, desde luego, jamás he recogido algo fresco de un huerto.
—Creo que eso le ocurre a la mayoría —replica Opi. Aparta la vista de él y continúa la subida por la colina para concentrarse—. La verdad es que pienso que de ahí proceden buena parte de las enfermedades y los malestares. De la desconexión corporal con lo que comemos.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, aparte del agua y el refugio, la comida es lo más importante para el ser humano.
Nos alimenta, nos forma, afecta a la química del cuerpo, la fuerza, la inmunidad.
No me había parado a pensarlo mucho, pero, en cierto sentido, parece un milagro el modo en el que nos conecta con el mundo que nos rodea.
Las plantas necesitan la luz del sol y la lluvia a las horas adecuadas.
La tierra necesita estar sana con los niveles adecuados de pH.
Y lo mismo sucede con los alimentos que ingerimos.
El pasto que come una vaca, las condiciones de las gallinas que producen huevos…
Todo tiene su función. La comida es… terrenal. Es como… magia.
—Bueno, visto así… —comenta Eli, sonriendo tanto con los ojos que se le entrecierran—. ¿Sabes? Eres mucho más habladora y simpática cuando no tienes hambre.
Opi se ríe por la nariz.
—A ver, siempre has dado miedo, pero ¿la Ophelia hambrienta? Joder.
—¿Miedo? —pregunta ella con los ojos en blanco y escéptica.
—Sí. Desde el día que te conocí. Dabas miedo. Pero nunca me ha importado porque solo demuestra lo mucho que quieres a tu hermana.
Opi nota cómo se le comprime el pecho. No sabe si es porque extraña lo que antes compartía con Dusty o porque, de nuevo, Eli ha dado en el clavo. De pronto, siente la boca seca, así que se lame los labios antes de contestar:
—¿Estás seguro de que te parece bien… lo que acabamos de hacer?
Eli aminora el paso, se mira las manos y luego a ella. Tiene las mejillas más oscuras por la luz de la luna, y la lenta sonrisa que dibujan sus labios está llena de picardía y sorpresa.
—Ophelia, no me había sentido tan saciado desde… ni lo sé siquiera. Es como si tu… fuerza… estuviera dentro de mí. Es increíble. Has cambiado las cosas para nosotros, la verdad. Al menos, mientras… Si todavía quieres seguir haciéndolo.
El alivio la embarga de nuevo.
—Sí —responde en un suspiro—. Sí quiero.
—Entonces ¿no será raro? ¿Entre nosotros? —pregunta él cuando echan a caminar otra vez.
—No —contesta ella, pero luego se pregunta a qué se refiere.
Cuando vuelve a mirarlo, se fija en que frunce el ceño de manera pensativa.