11. Atemporal #3
Ophelia levanta las manos para aferrarse a los hombros de él y lo empuja contra la áspera pared de piedra, apretándolo como si no tuviera suficiente.
Eli sabe que debería decirle que pare, que no funcionará.
Dusty y él ya lo han intentado. Pero los labios y la lengua de ella, cálidos en torno a la mordida, lo dejan sin palabras. Así que se limita a dejar que tome.
El calor de su cuerpo contra él casi resulta abrumador; aunque, mientras la sangre de Eli sale hacia la boca de ella, el chico siente un escalofrío.
—Ophelia —susurra, y se estremece desde la coronilla hasta la punta de los pies.
Eli inclina la cabeza hacia atrás, contra la piedra musgosa, dejándose llevar con lo que sea que esté ocurriendo y dándose cuenta de que es ella la que lo está sosteniendo por completo.
En algún lugar al fondo de su mente, le sorprende que la chica no se haya detenido.
Apenas unos instantes le bastaron a él para saber que alimentarse de Dusty no era correcto.
Pero, ahora, a medida que transcurren los segundos, ella aprieta las manos con más fuerza, su boca se aferra a él y luego, poco a poco, la potencia de su sed empieza a disminuir.
Ella retira los dientes de la piel de él; acto seguido, le lame el cuello, curando la herida.
Eli alza la vista hacia la noche cubierta de nieve, aturdido, confuso y consciente de que el hecho de que Ophelia esté tan cerca es una de las mejores cosas que ha sentido nunca.
Ella retrocede, pero continúa con las manos sobre sus hombros para sujetarlo.
El chico espera a que diga que no ha funcionado, que le explique por qué lo ha intentado, para empezar; no obstante, en vez de eso, lo único que ve en el rostro de ella es una sonrisa.
Opi vuelve a alzar la vista hacia la pared, que para Eli no es nada más que oscuridad, roca pegajosa y sombras. Los ojos de ella parecen ver algo que él no, pues no paran de seguir un rastro y mirar, abriéndose con asombro.
Lo observa de nuevo.
—Te toca —dice ella con la voz cálida de emoción.
Eli parpadea. No tiene palabras.
—Oh —suelta la chica, y la sonrisa le flaquea—. No debería haber asumido nada. No tienes…
—Ophelia, más te vale explicarme qué cojones está pasando o te juro que me va a explotar la cabeza.
Ella suelta una risita nerviosa.
—Perdona, yo… Las plantas. Creo… Creo que he encontrado mi habilidad.
Eli exhala un suspiro pausado.
—Vale —responde; la voz le tiembla mientras trata de separar se de la pared. Se balancea y ella lleva la mano a su cintura para suje tarlo—. Aunque todavía necesito que te explayes un poco más — se las arregla para añadir.
Ella levanta la vista hacia la pared del desfiladero y él tiene que obligarse a sí mismo a no mirar abajo, intentando no imaginarse cómo la tela empapada del vestido debe de estar pegándosele al cuerpo.
—No sé cómo —replica ella—. Al principio, solo escuchaba un susurro, pero luego, cuando he tocado la tierra, ha… brillado y me ha mostrado las plantas. Plantas que puedo usar. Que me pueden ayudar.
La nieve sigue cayendo con suavidad en torno a ella conforme habla, y a Eli le parece un sueño.
La cantidad de información nueva que ha tenido que procesar los últimos meses aún le abruma la mayor parte del tiempo, pero ¿esto?
Lo que acaba de suceder todavía resuena entre ellos, nublándoles los pensamientos.
—¿Eli? —pregunta ella—. ¿Te encuentras bien?
La mirada de preocupación de su cara es suficiente para sacarlo del trance.
Él sacude la cabeza y después asiente.
—Sí, estoy bien. Pero… ¿las plantas? Es obvio que eso tiene sentido en tu caso, pero ¿cómo…? ¿Qué tiene eso que ver con que te alimentes de mí?
Ella baja la mirada al agua y, acto seguido, la levanta de nuevo a la pared por encima de él.
—Creo… Creo que las plantas aún nos afectan.
En sentido medicinal. Todavía podemos digerir sus extractos, como en un té, una infusión y quizá una tintura también, aunque no sepan como antes.
—Ella se acerca y extiende la mano hacia la cabeza de él para arrancar la hoja de una planta que crece en una grieta en el muro—.
Hay jengibre silvestre por todo este sitio.
El agua que cae de arriba debe de llevar parte de su esencia.
Y con el cambio de estaciones, algunas plantas, incluso las raíces, deben de haber caído y haber impregnado el arroyo.
Lo he saboreado cuando hemos saltado. —Se le nota la voz más animada, entusiasmada—.
La verdad es que tiene sentido. El jengibre silvestre favorece la digestión y es muy bueno para la circulación; es un diaforético…
Hasta tiene las hojas con forma de corazón, y el corazón es lo que bombea nuestra sangre.
—Vuelve a buscarle la mirada, y él apenas se da cuenta de lo seria que es su expresión cuando dice—: Eli, la he bebido cuando estábamos en el agua y eso me ha permitido alimentarme de ti.
Creo… Creo que eso significa que tú podrías alimentarte de mí también.
A Eli empieza a retumbarle el corazón cuando recuerda la sensación de ella inclinándose sobre su cuello. No puede creerse que hubiera pensado que quería besarlo.
—Vale —contesta, asintiendo.
—Obviamente, no tienes por qué hacerlo —agrega ella—. Y yo no tengo que alimentarme de ti otra vez si no te ha gustado…
—Sí me ha gustado —responde, demasiado deprisa—. Y sí, me gustaría probar… contigo…
La chica asiente y él puede oír cómo traga saliva.
—Bebe agua —le aconseja.
—¿Ahora? ¿No quieres esperar? Puedo aguantar hasta mañana o así. Darte tiempo…
—Eli, acabo de alimentarme. Cuando digo que ha funcionado, es que ha funcionado. Siento… —Alza las manos y luego se las lleva al pecho—. Me siento fuerte. Lista. Y has dicho que tú también tienes hambre. Estamos aquí, ahora, al lado del agua. No hay necesidad de esperar.
Eli se rasca la cabeza.
—¿Bebo agua?
Ella asiente.
El chico se agacha y se inclina sobre el arroyo, pone las manos en forma de cuenco, coge agua y se la bebe directamente de las pal mas. A pesar de lo fría que está, es cálida. Sutil pero amarga y picante, con un toque especiado.
—Con eso deberías tener bastante. —Ophelia se ríe.
—Sí que sabe distinto a otra agua —comenta él, poniéndose de pie, nervioso de repente. Da un pequeño paso hacia ella—. ¿Cómo quieres…? ¿Dónde debería…?
Ella baja la mirada a su propio cuerpo y luego la alza hacia él.
—Perdona, debería haberte preguntado lo mismo.
Ahora el que sonríe es él.
—No voy a mentirte, has mostrado una determinación sorprendente. Codiciosa incluso.