11. Atemporal #2
Eli echa a andar por el filo. Opi lo sigue detrás, escuchando la sinfonía de nieve derretida que corre por el borde del desfiladero, goteando y resbalando por la pared rocosa, esparcida por las plantas que crecen en sus grietas hasta que llega al agua más abajo.
No había hecho suficiente frío para que se formaran carámbanos, pero ella puede imaginarse el lugar dentro de un mes o de dos, con la nieve derretida creando sólidas esculturas de hielo que se quebrarán con el tiempo y se harán añicos contra las profundidades rocosas.
Cuando el oscuro desfiladero se ensancha, Eli se detiene. Los dos miran abajo. Allí hay menos árboles, lo que permite que dé la suficiente luz de la luna y puedan ver el arroyo, que fluye en forma de cascada, cayendo hacia unos recovecos más profundos aún del valle rocoso antes de continuar.
—¿Lista? —pregunta Eli.
Opi lo mira, confundida.
—¿Lista para qué?
—Para saltar.
La chica bufa, pero cuando él no aparta los ojos de ella, esta echa un vistazo hacia abajo de nuevo con incredulidad y vuelve a observar a Eli.
—Estás de coña, ¿no?
Él niega con la cabeza; tiene un brillo travieso en la cara.
—Sé que he estado… deprimida —suelta Opi—, pero no me apetece morir.
—¿Crees que te he traído aquí para morir, Ophelia? —Él sonríe, señalando hacia abajo—. Ahí, justo debajo de la cascada, hay mucha profundidad.
Ella frunce el ceño; la altura la marea mientras el corazón le retumba en el pecho.
—Tienes que dejar de odiar en lo que nos hemos convertido y abrazarlo —dice—. Ahora podemos hacer cosas a las que la mayoría de la gente jamás se atrevería.
Un sudor pegajoso le cubre el cuerpo, entre frío y caliente, desorientándola.
—Pero el agua —replica ella— seguro que es prácticamente hiel… —Y se detiene al acordarse de que aquello ya no importa. Casi nada puede hacerle daño.
—Somos lo que somos —dice él—. No podemos cambiar eso. Y, ahora mismo, es de noche y nadie está mirando. Es nuestro momento. —Extiende la mano hacia ella y añade—: ¿Estás lista para sentirte viva?
A Opi le da un escalofrío, pero, en lugar de miedo, una mezcla de emoción y nervios empieza a despertar esa sensación de libertad de nuevo. Ella asiente con la cabeza, relajándose, y luego une su mano a la de él.
—A la de tres —añade Eli.
Entonces, mientras él cuenta, Opi se percata de que está susu rrando con él:
—Una, dos y tr…
De repente, están cayendo.
Todo queda en la cima del desfiladero. Cada pensamiento, cada preocupación. Su pasado, su futuro. Y al sumergir el cuerpo en el agua helada, suelta la mano de Eli.
Apoya los pies en el fondo rocoso y sus reflejos la hacen subir hacia la superficie; el dulce alivio del verdadero y auténtico frío devora su piel.
Deja que el agua le entre en la boca, anhelando el frío en su interior.
Sin embargo, el sabor es ligeramente distinto al de otra agua que ha tomado desde que ha cambiado.
Un poco amarga, picante incluso, y, a pesar de lo helada que la siente, parece propagar una sutil sensación de calidez a través de ella, de dentro hacia fuera.
Cuando alcanza la superficie, jadea en busca de aire, pero una carcajada se le escapa y reverbera por el desfiladero.
Se seca el agua de los ojos y después alza la vista hacia el centro de los muros altos de piedra que hay a cada lado. Arriba, un pasillo de estrellas titila, arropado por nubes gigantes alumbradas por la luz de la luna.
—Esto es lo que somos ahora —murmura.
Es consciente de la presencia de Eli, que está cerca pero callado. Cuando se gira para mirarlo, apenas distingue su cara, solo la silueta pálida de su cabeza y los hombros por encima del agua.
Un susurro atraviesa la oscuridad.
—¿Qué? —pregunta ella, ladeando la cabeza hacia él.
—¿Qué? —responde él a su vez en tono claro.
El susurro se oye de nuevo y Opi se gira rápido, desorientada. El sonido reverbera por las paredes del desfiladero, pero también es como si pudiera sentirlo, rozándole la piel en el agua.
—¿Ophelia? —pregunta Eli.
—¿No oyes eso?
—¿El qué?
El susurro suena otra vez. En esta ocasión, ella lo sigue y nada hacia el lado por el que han saltado, buscando un saliente rocoso.
—Ophelia, ¿qué…?
—Chis.
Los susurros se vuelven continuos, como si contuvieran la gravedad que envuelve los miembros de ella, atrayendo su cuerpo cerca de la roca, llamándola. Opi alza las manos y las presiona contra la pared rocosa, en busca de… no sabe qué.
El agua se agita a su lado.
—Me estás asustando —dice Eli en voz baja.
No obstante, ella está demasiado distraída para explicarlo, demasiado consumida por lo que sea o quien sea que trata de llegar a ella.
Con los brazos fuera del agua, una nube de vapor sale de su piel.
A través de él, solo distingue sus dedos, buscando lo que ahora se percata de que son capas y capas de lutita.
Puede notar las distintivas grietas horizontales que dividen la áspera pared y las suaves partes de musgo que mora justo encima de la superficie del agua.
Algo comienza a brillar, como un destello de luz fosforescente que se eleva, serpenteando entre las grietas, hacia el saliente, y luego sube por las paredes del desfiladero.
Opi desliza los dedos entre las grietas, siguiendo los destellos de luz tenue. Cuando rozan la tierra compacta, le cosquillean y el brillo se hace más fuerte.
—¿Ves eso? —pregunta ella.
—¿Cómo? ¿Ver el qué?
Percibe la frustración en la voz de él, pero no tiene palabras para explicar lo que está ocurriendo.
Sube la mano un poco más y roza una planta que no había notado entre las sombras.
Sobresale de la pared rocosa; sus rizomas serpentean y echan raíces a través de las grietas llenas de tierra del desfiladero.
Inclina las hojas hacia arriba, hacia la luz de la luna, mientras inspira por la nariz.
Las hojas con forma de corazón están mustias, e incluso a la tenue luz diría que han pasado de ser verde oscuro a amarillo. Puede oler los aromáticos rizomas y, aunque aun así no es tan placentero como una vez le había resultado, todavía lo reconocería en cualquier parte.
—Jengibre silvestre —susurra.
Baja la boca al agua de nuevo y bebe, confirmando el matiz cálido y algo picante.
—La nieve ha tenido que sumergir parte de ella en el agua — añade más alto, dándose cuenta de que la nieve derretida que chorrea por las paredes ha debido de llevar su esencia de los rizomas también, infusionando el agua de abajo.
—Ophelia, si no me dices lo que está pasando pronto…
—Chis —vuelve a responder ella cuando oye otro susurro.
Eli refunfuña, pero Opi hunde los dedos más adentro de la tierra compacta y observa maravillada cómo la red fosforescente parece responder, iluminando todo el camino hacia la cima del desfiladero.
Es como un mapa que señala cada grupo de jengibre silvestre, que justo ahora puede distinguir por todas las paredes.
«Pero es más que eso», piensa ella. Lo nota, haciéndole cosquillas en los dedos, intentando decirle algo.
Eli se estira y sale del agua con esfuerzo. El vapor lo envuelve, engullendo a Opi con su cálido aroma. Unas gotas de agua le caen a la chica por la cara, por encima de los labios, y, cuando los abre, le hormiguean en la lengua.
—Eli —dice ella, sorprendida por lo grave que le suena la voz.
Él se gira y, antes de que Opi se dé cuenta, esta se ha subido al pequeño saliente que hay junto a él, con los dientes palpitándole y la boca haciéndosele agua.
—¿Vas a dejar de hablar con acertijos? —pregunta Eli.
Ella nota el tono juguetón de su voz, tan cerca que siente las palabras sobre la piel.
El latido del corazón de él parece resonar dentro del pecho de ella.
La fosforescencia resplandece en las paredes, brillando contra los afilados ángulos del rostro, los hombros y las clavículas de Eli, aún mojado por el agua.
Es como si cada gota la atrajera hacia él y le dijera que todo lo que ha necesitado este tiempo lo tiene justo delante de los ojos.
El jengibre silvestre reluce, y, al fin, comprende lo que le dice: «Sí —susurra—. Está bien. Pruébalo».
—Eli —suelta ella otra vez, meneando la cabeza cuando entiende lo que quiere, lo que está a punto de pedirle.
Alarga la mano y la posa en la mejilla de él.
El chico se queda inmóvil bajo su tacto mientras ella deja que el calor de él la inunde; el agua entre los dos resplandece con luz.
Le recorre la mandíbula con los dedos y luego los lleva a su nuca.
Él inhala una bocanada de aire, pero no mueve ni un músculo.
Sus corazones laten con fuerza y sus respiraciones se vuelven más pesadas.
—Creo… —empieza a decir ella sin aliento—. Creo… Las plantas…
Eli ladea la cabeza y ella no está segura de si lo hace a modo de pregunta o de ofrecimiento, pero la presión que crece en sus dien tes es demasiado.
La lengua le quema de una manera casi insopor table.
Opi se acerca aún más, dejando apenas un centímetro entre los dos, y lleva la otra mano al pecho de él.
—Yo… Yo… Creo que quiero…
Él asiente y ella se inclina más cerca, poniéndose de puntillas para trazar con la nariz la línea de su mandíbula y descender hacia su cuello, dejando que su calor la inunde.
El pulso de él se agita bajo los labios de la chica cuando Opi inhala su olor, percatándose ahora de cómo le cambia conforme su cuerpo responde ante ella.
La muchacha no puede esperar ni un minuto más. Levanta el labio superior y le clava los dientes en la piel.
Eli abre los ojos de golpe, impactado, mientras siente una punzada de dolor en el cuello. No es desagradable, pero era algo que no había esperado para nada.
Se había creído que Ophelia iba a besarlo y había querido que lo hiciera.
El aire en torno a él comienza a resplandecer mientras unos copos de nieve brillan en la oscuridad, cayendo en silencio hasta posarse sobre su piel.