11. Atemporal
Atemporal
En un valle al sudoeste de la White Mountain, Eli observa a Ophelia mientras la chica está sentada encima de una roca enorme y mira al cielo. Se ha llevado las rodillas al pecho, y el pelo y el vestido se le agitan con la brisa que corre. Parece como si proviniera de otro siglo.
Ninguno de los dos ha pronunciado palabra desde que dejaron a Kat, pero, ahora que se han parado, Eli está ansioso; todavía siente el olor de la sangre aferrado a su piel.
—¿Algo allá arriba? —pregunta.
—Quién sabe —responde ella sin darse la vuelta.
El chico da un paso hacia ella y se dispone a sentarse cuando Ophelia se gira hacia él con la cara medio iluminada por la luz de la luna.
—No tienes por qué hacer esto —comenta.
—¿El qué?
—Darme conversación. Fingir. Sé que tienes que vigilarme, y empiezo a darme cuenta de lo injusto que es que no haya sido más agradecida, pero también sé que puedes ver…, pese a que me haya controlado con Kat esta noche…, mi hambre. No estoy mejor ahora que aquella noche con mi padre.
—¿En serio piensas eso? —pregunta Eli, con la garganta áspe ra.
La chica lo estudia un rato.
—Creo que por eso me caes tan mal. Ves realmente lo que soy.
Él es incapaz de no reírse.
—¿Qué? —suelta ella, enderezando la espalda.
Eli baja la mirada hacia la muchacha, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón mientras sacude la cabeza.
—Creo que hago todo lo posible por caerte mal porque tú eres la que ve a través de mí. Lo has hecho desde el principio.
Ophelia frunce el ceño.
—¿Cómo?
Él alza la vista hacia el cielo estrellado.
—Mis mierdas —responde, sorprendido por el tono áspero y bajo de sus palabras—. Nunca se te ha escapado nada. Lo vacío que estoy. Lo estúpido que soy. Que en realidad no soy una persona muy buena. La manera en la que uso a la gente para conseguir lo que quiero, para salirme con la mía.
Ophelia traga saliva.
—No es así… No es así como yo te veo. Al menos, ya no. — Como no sigue hablando, él baja los ojos en su dirección. Tiene la cara girada hacia arriba, hacia él, y el ceño fruncido—. ¿De verdad ese es el concepto que tienes de ti mismo? —pregunta.
Él se encoge de hombros y tiene que carraspear antes de responder:
—A veces, cuando pienso demasiado en ello. Ahora que dis pongo de tanto tiempo libre… Antes se me daba de fábula dis traerme. Con chicas, coches, hierba, fiestas. Como he dicho…, vacío.
—No todo eso es vacío. Pasárselo bien, divertirse…
Todo el mundo lo necesita. Ver que tú abrazas eso…
es contagioso. El efecto que tienes sobre la gente, el modo en el que los haces sentirse bien.
Observados. Emocionados. Es un don. No tiene nada de malo.
Creo que en realidad envidio cómo abrazas esa parte de ti.
Lo cómodo que pareces en tu propia piel…
Lo cómodo que pareces con tu… —Se detiene y sacude la cabeza.
Incluso a la luz de la luna, Eli puede verle las mejillas arreboladas.
—¿Mi qué? —pregunta él con curiosidad.
Ella desvía la mirada.
—Tu… sexualidad.
La palabra suena incómoda en sus labios. Aunque Eli es el que se sonroja ahora. Suelta una carcajada.
—Eres tan…
—¿Qué? —espeta ella a la defensiva otra vez—. ¿Inocente? ¿Ingenua?
—No —responde él, frustrado—. No pongas palabras en mi boca que yo no he dicho.
—Pero es verdad, ¿no? Es evidente por el modo en el que me trata todo el mundo. Como una chiquilla que necesita la protección de todos. Dulce aunque despistada. Un peligro para sí misma. —Le lanza una mirada feroz.
Él suspira y después se frota la cara con las manos, agotado de pronto.
—Iba a decir atemporal —replica en voz baja.
Cuando baja la vista hacia ella, Ophelia tiene la boca abierta; luego la cierra y la vuelve a abrir de nuevo.
—¿Qué? ¿Qué significa eso?
Eli desvía la vista hacia sus pies desnudos sobre la roca, incapaz de sostenerle la mirada.
—Significa que no eres como nadie de nuestra edad.
Pero lo digo en el mejor sentido de la palabra.
Pareces… sacada de un libro o algo así. Con tu huerto, tus vestidos, tus tés y lo maja que eres con todo el mundo.
—El chico nota que se le mueve la boca, incapaz de evitar sonreír—.
O lo maja que eres con todo el mundo menos conmigo.
Creía que Dusty era distinta cuando la conocí.
Y lo es… Pero tú… Tú eres… —Se calla, porque la palabra que le viene a la mente es «mágica», y decir eso le parece cruzar una línea.
Eli oye sus propios latidos en los oídos, bloqueando el resto de los sonidos. Cuando al fin la mira, no esperaba ver tristeza en los ojos de ella.
—Me estás describiendo como era antes, Eli.
—Tonterías —responde él, sacudiendo la cabeza—. Seguro que, desde que dejamos a Kat, no has dejado de pensar en llevarle una de tus infusiones.
—¿No querrás decir «pociones»? —murmura.
—¿Me equivoco?
Ella no se mueve. Tampoco habla.
—Ya vale —dice él en serio—. Ven conmigo.
—Eli —suspira ella—, lo siento. No debería haber dicho nada. Ni siquiera vale la pena…
—Ya basta de regodearse en la autocompasión, Ophelia.
Es aburrido, y, la verdad, estoy harto. Estás hambrienta.
Bueno, ¿pues sabes qué? Yo también. Y andar con cara mustia toda la noche sintiéndote mal no va a cambiar una mierda.
Lo que necesitamos es distraernos. Así que puedes hacer que me quede aquí contigo y ver cómo te compadeces de ti misma o puedes venir conmigo y olvidarte de todo un rato.
—Extiende la mano—. Ven —añade con más insistencia.
Aguarda con la mano firme entre ellos, aunque no se sienta así. El sonido del viento hace que cada segundo se haga eterno, y está a punto de retirarla cuando ella desliza los dedos en su palma.
Llevan corriendo lo que parecen horas. Al principio, Opi había sentido que el corazón se le había ido a los pies, anclándolos al suelo.
No acababa de decidirse a seguirle el ritmo a Eli.
No obstante, hubo un momento cuando él se giró hacia ella —«Vamos», le había dicho, riéndose— y algo en la forma en la que no se había rendido aún con ella que aligeró el peso de todo lo que la chica había estado sintiendo.
Soledad. Confusión. Incomprensión. Entonces, las palabras de él se repiten en su mente.
«Ya basta». «Es aburrido». «Estoy harto».
Y se da cuenta de que no le ha impactado porque lo haya dicho él.
Ha sido porque era justo lo que ella necesitaba oír.
Porque, en el fondo, ella siente lo mismo.
El paisaje se sucede a toda velocidad junto a ellos.
El bosque profundo da paso a praderas y a matorrales de árboles una y otra vez.
A Opi le vibra el cuerpo como si reverberara con cada cosa viviente.
Han atravesado antiguos caminos forestales y senderos poco transitados; a ella le duelen los pies conforme se le calma la piel con la humedad de la nieve derretida, arañada por las rocas, las raíces y las ramas.
No le preocupa, porque Eli tenía razón en algo.
Necesitaba distraerse, y, por primera vez en meses, siente que lo hace.
Cuando se adentran en una arboleda en la que abundan hayas jóvenes, Eli comienza a aminorar el ritmo.
—Casi hemos llegado —dice sin aliento.
Opi aminora también, algo decepcionada, pues ansía más.
—¿Adónde?
Una risita le retumba en el pecho a Eli.
—Este es uno de esos momentos en los que lo importante no es solo llegar, sino también el camino.
—Vale —responde ella, mirando alrededor. Una luz celestial rebota por unas franjas de nieve, salpicadas por las hojas que aún cuelgan de los árboles.
Al girarse hacia Eli, Opi lo pilla observando el cuerpo de ella.
Esta baja la vista hacia sí misma. La tela blanca de su camisón está rota y húmeda, y se le ciñe a la piel en lugares inusuales.
Un vapor se eleva de la tela cuando mira por encima de su hombro y ve que el dobladillo de la parte de atrás está lleno de gotas de barro.
Una carcajada sonora se le escapa y, al volver a observar a Eli, este contempla su cara con los ojos abiertos de par en par.
Opi se fija en que la camiseta de tirantes y los pantalones de él están igual de desarreglados, y en que el vapor envuelve el aire a su alrededor también.
Los brazos desnudos del chico parecen fuertes; las venas le laten con sangre que ella puede oír como un río en sus oídos.
Palpitan con vida. Ella traga saliva; la garganta le arde con una sed que sabe que el agua no puede saciar, y Mali tampoco.
Eli carraspea y ella se pregunta a qué se refería cuando dijo que él también tenía hambre. ¿Cómo que hambre?
—Por aquí —comenta él, señalando hacia un bosquecillo.
Ella lo sigue, desesperada por recuperar la sensación de libertad que la había consumido mientras corrían.
Se agachan y serpentean a través del laberinto viviente, al tiem po que comienzan a percibir el sonido del agua cayendo sobre la piedra en algún lugar cercano.
Está distorsionado en cierto sentido, como un eco interminable.
Opi se dispone a preguntar otra vez adónde se dirigen, cuando Eli extiende el brazo para detenerla en seco.
El calor de la piel de él la quema a través de la fina tela de algodón de su vestido y, pese a que su mente le dice que no lo haga, Opi se ve abrumada por la necesidad de inclinarse.
Eli estira el cuello hacia delante y mira hacia abajo, y entonces, cuando Opi sigue la dirección de sus ojos, la chica se da cuenta de que están de pie en el precipicio de un desfiladero estrecho. Debe de tener unos treinta metros de profundidad.
Ella alcanza a oír el fluir del agua por sus profundidades, pero no puede verla. Pasea la vista al otro lado del desfiladero, que está tan cerca que cree que sería capaz de saltarlo. Más allá, continúa exten diéndose el bosque. Es como si la tierra se hubiese partido en dos.