White Mountain (Black River 2) 10. Hambre, caza, presa #3
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10. Hambre, caza, presa #3

Cuando Kat, temblando, quita el seguro de las puertas de su enorme coche, Dusty se conecta con Eli mentalmente una vez más, pero su vínculo se ha desvanecido hasta convertirse en un ligero eco, presente aunque distante, lo que hace que se le vengan a la cabeza un montón de preguntas.

Will rodea el coche hasta el asiento del copiloto y Dusty se mete en la parte trasera.

Se inclina hacia delante sobre la consola para inspeccionar a Kat y lo primero que nota es que, entre los tonos dorados y anaranjados que la rodean, hay unos huecos vacíos pequeños, como burbujas de aire atrapadas bajo el agua.

Sabe lo que significa al instante, ya que son las mismas burbujas que ahora flotan entre los colores de su padre y de toda la gente a la que Eli le ha manipulado la mente.

A continuación, se centra en la sangre. Por la cantidad presente en la nieve y el hecho de que el pelo de Kat apesta, es evidente que se ha lastimado. Cuando le aparta a Kat el cabello de la cara, le golpea el olor a la saliva de Opi.

El pánico la invade de nuevo y se acerca más aún. Le alivia descubrir que no proviene del cuello de Kat, donde Dusty ha bía temido que Opi la hubiera mordido. Proviene de la sien de la chica, lo que significa, o eso espera, que más bien Opi se ha limitado a curar una herida ya existente.

La muchacha permanece callada mientras permite que Dusty la examine, todavía desorientada por la pérdida de sangre.

—¿Puedes contarnos lo que ha ocurrido? —le pregunta Will con suavidad.

Kat parpadea.

—Me he caído. Eli… y tu hermana me han encontrado.

Yo solo había venido a por mi pista de violonchelo.

Pensé que tal vez, si me pasaba, JD no tendría más opción que dármela.

No ha sido planeado. Iba de camino a casa y, cuando he visto un cartel de la White Mountain, no me he podido resistir.

Sé que debo de sonar desesperada, pero lo estoy un poco…

He solicitado una beca… — Sacude la cabeza—.

En fin, cuando he tocado el timbre, nadie ha contestado.

Sus colores cambian y el miedo se arremolina entre ellos.

—¿Y qué ha sucedido después? —pregunta Will.

—He mirado a través de la valla para tratar de ver dentro. —Frunce el ceño y sus colores empiezan a vibrar un poco, inquietos.

—¿Y ahí ha sido cuando te has caído? —apunta Dusty.

Kat asiente.

—Me he resbalado en la valla y me he dado un golpe en la cabeza.

Supongo que ha sido lo bastante fuerte como para sangrar, pero cuando Eli y Ophelia me han encontrado, ya se había curado.

Me han ayudado a levantarme. Han tenido que marcharse, pero han dicho que vosotros llegaríais pronto, así que me he metido en mi coche, he encendido la calefacción y he esperado.

Dusty suelta aire, asumiendo que la parte que Eli ha manipulado solo ha sido la forma en la que Opi le ha curado la herida de la sien.

—¿Por qué no subimos a mi casa a por agua? —le ofrece a Kat—. Está aquí arriba, a unos minutos.

La muchacha sacude la cabeza.

—Gracias, pero creo que debería marcharme a casa. Ni siquiera sé por qué he creído que necesitaba quedarme por aquí.

—Ha sido bueno que lo hayas hecho —responde Dusty—.

No deberías conducir ahora mismo. A pesar de que se te ha curado la herida, debes de haber sangrado un poco antes.

—Es una afirmación, pero Kat asiente y, al parecer, se lo traga—.

Will puede llevarte luego al pueblo en tu coche y yo os seguiré con el mío.

El chico asiente.

—Dejaremos a Dusty en su casa primero.

Kat alterna la mirada entre ellos y, a continuación, contesta con timidez:

—Vale, gracias.

Will y Kat intercambian los asientos mientras Dusty echa un vistazo alrededor del coche. No se ha percatado de lo grande y ancho que era antes o de cómo los asientos de cuero huelen a algún tipo de acondicionador. Es evidente que Kat lo cuida bien.

Will gira la llave en el contacto y el coche arranca con un rugido tan alto que es desconcertante.

—No voy a mentir —dice—. Este coche intimida un poco.

Kat suelta una carcajada.

—Es un Camaro de 1981. Era de mi abuelo. Lo arreglamos juntos.

Will asiente, impresionado. A pesar de su estatura, parece pequeño en el asiento del conductor, y Dusty intenta imaginarse a Kat conduciéndolo. Apenas podría ver por encima del volante.

Kat mira hacia atrás y le dedica una sonrisa temblorosa, pero, en ese momento, Dusty se percata de ello: entre los huecos en sus colores que ha creado Eli, un gris oscuro sutil, casi un haz negro, aparece durante un instante.

Se le ponen los vellos de punta. Sin embargo, la oscuridad se desvanece y los huecos vuelven a estar vacíos otra vez.

Mientras Will da marcha atrás con el coche para meterse en la carretera, Dusty pregunta:

—¿Estás segura de que te encuentras bien, Kat?

Alcanza a ver su perfil y la manera en la que se muerde el labio como si no supiera qué contestar.

—¿Hay algo más? —pregunta Will—. Puedes contárnoslo, no pasa nada —añade de ese modo tan delicado que es casi imposible no encontrar reconfortante.

Retorciéndose las manos, Kat asiente, pero luego niega con la cabeza.

—No —responde—. Solo necesito dormir para recuperarme.