White Mountain (Black River 2) 10. Hambre, caza, presa
39%

10. Hambre, caza, presa

Hambre, caza, presa

Opi escudriña la oscura montaña, recordándose una y otra vez que solo le quedan tres días. Tres días hasta volver a alimentarse.

Es en lo único que ha sido capaz de pensar antes en su habitación: en Mali teniendo lástima por ella y ofreciéndole lo que necesita para sobrevivir. No es que entusiasme a Opi, que digamos, pero aun así se le hace la boca agua; su necesidad es como la de un animal salvaje.

Su padre tenía las chimeneas encendidas en la parte de abajo.

El calor y el olor a humo de leña se elevan a través de las tablas del suelo, y se le hace tan insoportable que al final sale por la ventana para refrescarse.

No le importaba estar en su camisón de verano sin mangas y de algodón fino blanco estampado con florecitas azu les.

Cualquier otra cosa sería sofocante, y a pesar de que solo son las nueve de la noche, la montaña ya se encuentra en silencio.

La nieve se derrite contra la tela fina mientras ella camina junto a los árboles, con su cuerpo envuelto en una niebla que se arrastra a su paso.

No obstante, siente que se halla en un delirio febril.

Los árboles parecen inclinarse sobre ella mientras anda por debajo de ellos, y los arbustos y los helechos cubiertos de escarcha tiemblan a su paso.

La única cosa que la mantiene cuerda es el aire frío que le recorre la piel desnuda, calmándola, anclándola a la tierra.

Como pescetariana, Opi siempre había odiado cazar, aunque en su familia era inevitable.

Sin embargo, ahora, caminando en silencio por el bosque, su mente conjura la idea de un extraño que se aparece ante ella.

Sin hablar. Sin nombre. Una respuesta a sus ple garias.

Le hace apreciar la simpleza impredecible de cazar.

La ne cesidad, la acción, la solución. Hambre, caza, presa.

Porque eso es lo que es ella. Hambre. Es tan embriagador como el olor a tierra mojada, raíces húmedas y el humo de leña que la rodea.

Ha estado muy a punto de admitirlo delante de Dusty esta tarde: el alcance de su necesidad, el hecho de que jamás se calma.

No obstante, la vergüenza aún la invade como un velo protector.

No quiere admitir que, en realidad, es inferior a su hermana.

No ha desarrollado ninguna habilidad especial.

No ha conseguido nada, solo ha perdido su identidad.

Y, por encima de todo, ni el tiempo ni la frecuencia apaciguan su sed de sangre. Permanece insaciable.

Cuando pasa por la parte trasera de las propiedades, puede oír a la gente de la White Mountain en sus casas, cocinando, limpiando, viendo la tele.

Un coche sube traqueteando por la carretera haciendo ruido, mucho ruido, y sus luces parpadean entre los árboles antes de que se dirija al camino de entrada que hay un poco más abajo. Al de JD.

Curiosa, Opi ataja por la carretera con cuidado de que no la vean. Sabe que llevar un camisón al aire libre en invierno no es muy normal, pero, según su experiencia al ver por primera vez a Dusty cambiada, era la falta de zapatos lo que parecía más perturbador. Poco natural.

Se mantiene justo en la linde de los árboles hasta que se encuentra enfrente de la enorme verja de la casa de JD.

Aparcado en el camino de entrada, hay un enorme deportivo de color bronce y, junto a él, de pie ante el portero automático, se encuentra Kat.

Lleva un plumífero grueso y rojo que parece antiguo, una camiseta de manga corta, una falda negra con medias y calcetines del mismo color y unas merceditas de charol de suela gruesa.

Cubriendo su cabello rubio, tiene un gorro negro, y la cara se le envuelve en vaho mientras espera, temblando.

Pasa medio minuto y, a continuación, alarga el brazo y vuelve a presionar el timbre.

Opi oye el sonido del timbre dentro de la casa. Se esfuerza por intentar captar a la madre de JD, pero la casa se encuentra demasiado lejos para oír cualquier movimiento sutil. No va a contestar de todas formas. Jamás deja que entre nadie.

Kat suspira mientras se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta; acto seguido, empieza a andar por el borde de la valla, mirando la casa que hay tras ella.

Opi la sigue desde el otro lado de la carretera, curiosa.

Cuando se ve un atisbo de luz en la vivienda a través de los árboles, Kat se detiene y se pone de puntillas.

No puede medir más de uno sesenta, y debe de ser incapaz de ver mucho, porque salta y estira el cuello mientras se agarra a la valla para mantener el equilibrio.

Fragmentos de hielo resbalan y se hacen añicos, y, de pronto, se cae. Se golpea la cabeza contra el duro metal antes de desplomarse en el suelo.

Opi contiene el aliento y corre a ayudarla. Kat gime y tiene la cara retorcida de dolor cuando la muchacha llega a ella.

El olor a hierro líquido cálido y dulce inunda la nariz de Opi cuando se pone de rodillas a su lado. Con los dientes y el estómago doliéndole, aprieta la mandíbula, tratando de centrarse. No puede atisbar nada de sangre aún, pero no hay duda de que la hay, y mucha.

Traga saliva.

—No pasa nada —dice, tanto para ella como para Kat—. No pasa nada.

Al ir a agarrar el gorro negro de Kat, le tiemblan los dedos cuando se lo quita.

La sangre empapa el cabello color miel de Kat, fluyendo des de una herida justo encima de la sien.

El labio superior se le levanta cuando siente el sonido del pulso de Kat a lo largo de todo su cuerpo.

Se le escapa un gemido bajo desde el fondo de la garganta, y, a continuación, se inclina más, enterrando las rodillas desnudas en la grava gélida, mientras el aroma de la sangre llena el aire que las rodea.

Eli escala hasta el alféizar de la ventana de su habitación y salta, respondiendo a la oleada de preocupación que se ha deslizado por su vínculo con Dusty hace unos momentos. No hay techo del porche en el que aterrizar, nada entre él y el suelo dos plantas más abajo.

Cuando sus pies desnudos golpean la hierba dispersa cubierta de nieve, apenas siente el impacto.

La memoria muscular entra en acción y las extremidades se le doblan y flexionan un poco, permitiendo que la fuerza se propague a través de él.

Se da la vuelta hacia la casa para comprobar que nadie lo ha visto salir por una de las ventanas.

Todavía es temprano, y aunque a sus padres no les importa cuándo entra y sale, no quiere arriesgarse a tener que pararse y hablar con uno de ellos.

Sabe lo ansiosos que están por que Eli acepte a uno de los patrocinadores que le han hecho ofertas después de su actuación en México.

Todavía no ha abierto ninguno de sus mensajes privados desde entonces.

Sin embargo, eso no ha impedido a los patrocinadores averiguar la dirección de su casa y colmarlo de cestas de regalo de todo tipo, desde comida rara y extravagante hasta invitaciones formales a eventos y competiciones por todo el mundo.

Ha oído a su madre alardear sobre ello por teléfono con una amiga, contándole que su padre cree que necesita un agente y que está haciendo algunas llamadas.

Eli habría estado igual de emocionado hace unos cuantos meses, pero ahora le parece más una complicación.

La idea de ir a cualquier sitio en este momento, aunque sea durante unos cuantos días, no es una opción.

Se dirige al bosque y luego al camino que lleva a la casa de los Silver. Puede oler la nieve en el aire; se avecina más. Esta noche.

Cuando llega al huerto, lo golpea una oleada de humo de leña que hace que le pique la parte posterior de la garganta.

Es casi tan fuerte como para enmascarar el hedor de las plantas olvidadas de Ophelia descomponiéndose bajo la nieve y las hojas de otoño empapadas.

Automáticamente, alza la vista a las ventanas del salón, iluminado por luces parpadeantes por la televisión y una chimenea.

Cuando aguza el oído, oye voces. Las de Will y Chris.

Hablan de un programa que están viendo juntos.

Chris le ofrece a Will patatas fritas. Es un intercambio simple y normal, pero esos son los que más le duelen, porque Eli sabe que jamás tendrá eso.

Él nunca podrá sentarse y compartir una comida con los padres de la chica que le gusta o pasar las vacaciones.

Ni siquiera será capaz de abrirse una cerveza con su padre.

Y, debido a ello, siem pre será al que se le eche la culpa del comportamiento reservado y poco característico de la persona con la que esté.

Jamás confiarían en él. Jamás sería bienvenido.

La puerta de atrás se abre, y Dusty sale al porche.

—Lo siento —susurra—. Iría yo, pero Will está aquí. Mi padre pensará que es raro que me marche sin más.

—¿Y Ophelia? —pregunta Eli, manteniendo la voz baja.

—Está…

—No te preocupes —responde, ya oliéndola—. La encontraré.

Siente una oleada de calidez fluyendo desde Dusty.

Él le guiña un ojo, y aunque ella no lo puede ver en la oscuridad, Eli sabe que ella puede sentirlo, que no hay ningún problema. Porque él haría lo que fuera por ellas.

Dusty inspira aire fresco y se prepara para el calor antes de volver a entrar.

Eli estira el cuello, permitiendo que el aire frío se adhiera a la piel alrededor de su camiseta de tirantes y sus pantalones de chándal. Nunca iría sin zapatos a ningún otro sitio, pero aquí, en la montaña, es libre.

Sigue el olor de Ophelia al otro lado de la montaña y, a continuación, empieza a descenderla. De pronto, oye un golpe seco y, luego, la reverberación resonante del metal. Comienza a correr, entreviendo a Ophelia cruzar la carretera a través de los árboles e inclinarse sobre el cuerpo de alguien.

Cuando él llega al camino, se detiene, observando y escuchando dos latidos.

Uno lento y otro demasiado rápido. Entonces, el aroma de la sangre se le mete en la nariz.

Está a punto de echar a correr, listo para impedir que Ophelia haga algo de lo que se volverá a arrepentir, cuando ella se gira y sus ojos se encuentran. Una advertencia.

«No», dicen.