White Mountain (Black River 2) 8. Transformados #4
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8. Transformados #4

Planta los pies en la roca fría y dura bajo ella y cierra los ojos. El sonido del viento le roza los oídos. Se balancea un poco, encontrando su equilibrio.

Aguarda el recuerdo, pero, cuando no aparece, abre un ojo.

—Nada.

Eli se encoge de hombros, pero su hermana parece perdida en sus pensamientos.

—Tras recuperar la consciencia —dice Opi en voz alta—, después de que la presencia volviera a bajarme, recuerdo ver a JD.

Se quedó mirando el cielo nocturno mucho más tiempo después de que el orbe hubiera desaparecido.

Estaba… fascinado, como todos nosotros. Sin embargo, mientras vosotros dos parecíais humildes, la expresión de JD era de…

motivación. Era como si de pronto tuviera un propósito.

Como si la verdad hubiera justificado de algún modo todo lo que había hecho.

Dusty asiente, recordando pensar lo mismo.

La piedra en su mano comienza a calentarse con su agarre, al tiempo que las pa labras de Opi desencadenan un recuerdo real de JD, uno suyo de una mañana a principios de verano en la que su hermana y ella lo llevaron en coche a clase.

A JD se le había ido la luz. Había temi do que su padre le echara la culpa.

Tenía los ojos tristes. Perdi dos. Ella se da cuenta ahora de que era la mañana después de que ella cambiara, la mañana después de que él cambiara, pero ninguno de ellos lo sabía.

Siente una oleada repentina de compasión, de camaradería, por JD.

Le provoca un escalofrío en la coronilla.

Cierra los ojos de nuevo, y, en vez de oscuridad, ve un ligero brillo de un hilo flotando en un abismo.

En su mente, intenta sujetarlo, aunque el hilo se aleja flotando.

—Seguid —dice—. Seguid hablando de JD.

—Nunca olvidaré el miedo que parecía tener —empieza a decir Eli—. Cuando usé mi habilidad con él aquella vez. Fue como si su delirio de poder se volviera en su contra y se convirtiera en un simple chico indefenso. No el cabrón engreído en el que se había transformado. Casi sentí lástima por él.

El eco de la compasión de Dusty hace que el hilo vuelva a aparecer.

Respira y se vuelve a concentrar. «JD», grita en su mente, sintiendo esa compasión muy dentro de su corazón.

Recuerda la vez que lo conoció en la parada del autobús.

Era el primer día que volvía al instituto después de que su madre se marchara.

La forma en la que él trató de animarla y hacerla reír.

Jamás la había hecho sentirse rara por el hecho de que, obviamente, hubiera estado llorando.

Tras un momento, el hilo se va acercando y su mente se estira para alcanzarlo. Tira con firmeza y, en ese instante, agarra la piedra en la mano con tanta fuerza que se la clava en la piel, royendo los huesos y los cartílagos.

El hilo se enrolla en su mente, girando, recorriéndole la coronilla, hasta que Dusty ya no está dentro de su piel.

Los árboles crujen contra el viento gélido.

Él observa a la chica desde las sombras mientras ella se echa hacia abajo la capucha de su plumífero y se inclina sobre la barandilla del puentecito.

La luz de la luna rebota contra la superficie oscura del estanque, enfocando su rostro sombrío.

Solloza mientras las lágrimas comienzan a humedecerle las mejillas y luego caen en el agua de abajo.

Él observa las ondas que surgen alrededor de cada gota.

Está decidido.

Sale de los árboles y empieza a moverse en silencio hacia ella, pero se detiene de golpe, de pronto muy consciente de algo.

Esboza una sonrisa.

—Hola, Dusty —susurra.

La chica se gira y él puede oír cómo comienza a latirle el corazón, rápido y fuerte. El olor de su miedo le llega mientras ella entrecierra los ojos.

—¿Jake? —suelta.

—Hola —responde él, acercándose más hacia ella. Con ligereza. Despacio.

La muchacha suspira de alivio, pero no se le ralentizan los latidos. «Chica lista», piensa él.

Antes de que pueda decir más, se mueve, ya no preocupado de esconder lo que es. Ella aún respira con un poco de dificultad cuando se detiene a su lado.

—No pasa nada —le susurra.

Ella se encoge de miedo.

—¿Cómo has…?

—No pasa nada —repite—. Tengo algo para ti.

—¿Qué…? ¿Cómo sabías que estaba aquí? —Su voz era temblorosa. Sin aire.

—Pronto terminará —suelta él—. Ya no tienes que preocuparte. Te tengo.

Ella ladea la cabeza un poco, revelando la piel entre su pelo y su jersey. Él no quiere darle tiempo para que se asuste.

Se lanza y le clava hondo los dientes en el cuello; el aroma del pelo de ella lo envuelve mientras bebe su sangre.

Dusty abre los ojos de golpe y aspira. Puede oír los corazones de Eli y Opi latiendo junto con el suyo.

—¿Qué has visto? —pregunta Opi.

—A JD —dice Dusty—. Ahora mismo.

Le transmite a Eli la visión a través del vínculo, y sus colores de pronto comienzan a fluir hacia Opi, como si la realidad de lo que significa lo estuviera golpeando igual de fuerte.

—Está pasando —le explica a su hermana—. Ha empezado. Estaba convirtiendo a alguien.

Opi abre los ojos como platos.

—Pero ¿ahora mismo?

Dusty asiente; la mente le va a mil por hora.

—Hay algo más —añade, recordando—. Sabía que yo estaba con él.