8. Transformados #3
—Entonces ¿qué piensas hacer? —le pregunta—. ¿Quieres seguir con el BMX después del instituto?
—Ese era el plan.
—¿Y hay un plan B?
Se queda callado y, cuando ella alza la vista hacia él, sacude la cabeza.
—La verdad es que no.
—Te debe de encantar de verdad —comenta ella, tragándose un nudo que se le ha formado en la garganta a la par que recuerda el plan que tenía para su futuro. Ella tampoco tiene plan B.
—Sí —contesta—. Es lo que he querido hacer desde… siempre.
—Entonces, deberías hacerlo —lo anima, con los ojos fijos en el suelo cubierto de nieve delante de ella—.
Aunque tengas que contenerte delante del público y las cámaras.
Aunque solo sea un pequeño porcentaje de lo que eres capaz.
Seguro que verte hace feliz a la gente, y todavía podrás hacerlo a tu manera cuando quieras aquí, en casa.
Él no responde, pero ella puede sentir que la mira. Entonces, ralentiza el paso.
—¿Qué? —pregunta Opi, deteniéndose y girándose hacia él.
Eli está sonriendo con complicidad, pero no resulta ni la mitad de detestable que de costumbre. No refleja engreimiento, travesu ra ni arrogancia. Solo una dulzura sorprendente.
El corazón de Opi empieza a latir más rápido. De pronto, es muy consciente de que él tiene los mismos sentidos agudizados que ella. El chico es consciente de todas sus reacciones ante él.
—¿Tengo que decirlo? —le pregunta él, aún con más dulzura.
Eso hace que su frustración vuelva a estallar.
—Dios, Eli, ¿el qué?
Él suelta una carcajada.
—Literalmente, acabas de decir con exactitud lo que yo te diría sobre tu futuro, Ophelia.
La manera en la que pronuncia su nombre se le clava como una astilla: irritante, inofensiva, pero imposible de ignorar. Ella resopla y niega con la cabeza.
—Yo… Yo… ¿Qué te hace pensar que sabes nada de mi futuro o de lo que me gusta?
—Bueno, ¿aparte del hecho de que he presenciado recuerdos de Dusty sobre ti y la forma en la que la has cuidado a ella y a tu padre durante años, por no mencionar a todo el mundo a tu alrededor?
Ah, e ignoraré que tu cocina parece la sala de pociones de una bruja y que tu huerto era el lugar más bonito que he visto nunca.
—Sacude la cabeza y sonríe casi con exasperación—.
Está claro que vives para las plantas y cuidar a la gente con ellas.
Y antes de que me expliques que ya no es lo mismo…
Créeme, lo sé. No puedes comer la comida que cocinas y tus tés te saben fatal, pero ¿de verdad crees que no puedes hallar un modo?
Ya está sacudiendo la cabeza antes de que él termine.
—De eso se trata, no lo entiendes. El olor y el sabor van de la mano. Necesito probar la comida antes de dársela a la gente. Necesito ser capaz de oler las hierbas sin querer vomitar. Necesito no ser la razón por la que tengan que necesitarlas en primer lugar.
Eli suspira y la mira con empatía.
—Que nosotros necesitemos lo que necesitamos no va a cambiar, al menos, no que sepamos. No es nuestra culpa, y el hecho de que haya algo que puedas hacer para ayudar a los que nos dan sangre… ¿Cómo no va a ser eso algo bueno?
Ella abre la boca, lista para replicar de forma automática, pero la mirada de él la detiene. Es la que la hace sentirse como si él pudiera ver a través de ella. La deja paralizada en el sitio.
El sonido de pájaros revoloteando entre las ramas cubiertas de nieve se alarga durante varios segundos; su aliento cálido crea nubes a su alrededor hasta que unos pasos resuenan más abajo.
—¡Aquí estáis! —grita Dusty.
Dusty parpadea, preguntándose qué hay distinto en los colores de Opi y Eli.
Es sutil, tanto que no puede identificarlo mientras asciende la montaña oscura a su encuentro.
El sol se pondrá pronto; un recordatorio de que los días se están acortando y de que cada uno que transcurre es un paso más para que sus premoniciones se hagan realidad.
—¿Se han marchado? —pregunta Eli, refiriéndose a Mali y a Will.
Ella asiente.
—¿Qué estáis haciendo aquí arriba, chicos? —pregunta cuando los alcanza.
Ambos se quedan callados durante un latido demasiado largo y, entonces, Opi contesta:
—Necesitaba aire fresco. Tu perro guardián solo estaba haciendo su trabajo con diligencia.
Dusty observa cómo Eli cierra los ojos y sacude la cabeza como si le hiciera gracia y a la vez se sintiera completamente derrotado.
—¿Y tú? —se apresura a preguntar Opi.
Ella suspira.
—No creo que pueda limitarme a quedarme sentada y esperar que uno de nosotros tenga otra visión de JD para averiguar algo sobre dónde se encuentra o a qué está jugando.
—Así que vas a… —apunta Eli mientras se pasa las mangas de su camiseta gris por encima de un hombro y bajo el otro brazo, atándosela en el pecho.
—Voy a ir al último lugar en el que lo vimos. Tengo la esperanza de que… Tal vez pueda desatar un recuerdo o alguna conexión con él.
—Buena idea —responde Opi—. Os dejaré a los dos. —Entonces, se gira como si fuera a bajar la montaña.
—Podría ayudar que vinieras tú también —explica Dusty, deteniéndola—. Estábamos los tres allí arriba con él esa noche, después de todo. La noche en la que la presencia te cambió.
Opi se gira de nuevo, vacilante. Luego, asiente despacio.
Cuando llegan a la cima, se encuentran a la luna flotando en un cielo morado claro.
Las siluetas de Opi y Eli miran hacia allá, disfrutando de todo.
Dusty examina el oeste. El sol ya se ha puesto tras las montañas, pero todavía hay suficiente luz para ver el mosaico de hojas de colores debajo: rojas, naranjas, amarillas y verdes pino intensos, todas cubiertas de nieve.
El Black River atraviesa los valles profundos y su tono hace honor a su nombre en el crepúsculo.
En el suelo debajo de ellos, la piedra gris reluce bajo la luz de la luna, llena de parches de blanco resplandeciente.
—¿Ahora qué? —pregunta Eli.
Dusty observa a su alrededor en busca de algo que tocar, algo que pueda tener una conexión con JD.
Opi se ha dirigido hacia unos tallos finos y marrones de hierba alta que crecen en una ligera bajada del saliente.
Dusty la examina mientras su hermana estira el brazo para tocar la hierba, pero de pronto se detiene, vacilando por un segundo antes de hundir los dedos en la tierra helada junto a la planta.
Un momento más tarde, levanta una piedra, la limpia en su falda y la alza bajo la tenue luz de la luna.
Gris y erosionada, no parece tener nada de especial, pero Dus ty recuerda al instante cómo arrastraron a Opi hacia el cielo, la fuerza con la que el orbe atraía hacia arriba las rocas y los escombros junto con ella.
Opi pasa un pulgar por la superficie rugosa de la piedra, y Dusty solo ve destellos azules iridiscentes.
—Oooh, qué piedra más bonita —dice Eli, rascándose la parte trasera de la cabeza.
Dusty mira a su hermana, que está sumida en sus pensamientos.
—¿Op? —la llama.
—Ha sido lo más extraño del mundo —responde Opi en voz baja—. Los dedos… me han hormigueado. Como un susurro cerca de la piel, y yo… Ha sido como si supieran que la piedra estaba allí.
Dusty y Eli intercambian una mirada, y ella es capaz de sentir la sorpresa y la confusión de él. Ella nota lo mismo.
—Toma —dice Opi, tendiéndole la piedra a Dusty—. Tal vez te ayude.
—Guay —suelta Eli, mirando a una hermana y a otra—. Me siento parte de vuestro aquelarre.
Opi pone los ojos en blanco mientras Dusty agarra la piedra.