8. Transformados #2
—Yo estoy con ella. Aunque no creamos que vaya a volver aquí o no sepamos que vaya a hacerle daño a Opi por alguna razón, no podemos permitir que infecte a más gente.
No es justo. Las cosas podrían irse más de madre.
Lo que sois podría expandirse. —Traga saliva y, durante un segundo, parece culpable—.
Bueno, vosotros sois una cosa. Lo tenéis todo…
bajo control. Lo lleváis bien. ¿De verdad confiáis en que otros sean así de responsables? A ver, mirad a JD.
Todo el mundo se queda pensativo durante un momento.
—¿Por qué creéis que lo haría? —pregunta Mali—. ¿Por qué querría convertir a más gente como vosotros?
—¿Soledad? —añade Will.
Eli contiene una carcajada.
—O para poder volver con ellos para subyugarnos y después vivir en su fuerte en la montaña, saliéndose con la suya con lo que quiera que desee.
—Echará de menos a su madre —añade Dusty—. Las visiones que he tenido de ellos… Pude sentir que estaban muy unidos.
—Chicos, ¿de verdad creéis que es capaz de sentir? —Mali resopla. Aún tiene los ojos rojos e hinchados por las novedades sobre Kristen.
—Sea lo que sea lo que pretenda y lo que nosotros hagamos, tenemos que buscarlo —repone Eli.
Se recuesta en el sofá y su temperatura corporal se propaga por cada centímetro de la habitación.
—Si hay una forma de hacerlo a mi manera, lo haremos —añade—. Si no, seguiremos el modo de Ophelia.
Esta última traga saliva. No ha querido sugerir que mataran a alguien a la ligera, pero, en cuanto lo ha dicho en voz alta, no ha podido negar el alivio que la ha invadido.
Dusty vacila y se queda contemplando a Eli durante un largo instante mientras, sin duda, comparten algún tipo de proceso de pensamiento por su vínculo. Entonces, al fin se gira hacia Opi y asiente.
A Opi le duele la mandíbula de apretarla durante todo el día.
Se ha subido a la planta de arriba una vez que ha sido evidente que todo el mundo se ha quedado muy abrumado y agotado para seguir hablando.
A pesar de que el consuelo ha estado bien durante un momento, también le ha dejado la mente libre para concentrarse en el hambre persistente que crece en su interior.
Solo han pasado dos días desde que se alimentó de Mali. Quedan cinco. Apoya la cabeza contra la almohada como si la tensión pudiera sofocar el deseo.
No lo hace.
Se ha tirado todo el día así, escuchando el murmullo de voces de abajo.
Mali y Will todavía se encuentran en la planta inferior con Dusty.
Eli se ha marchado poco después que ella.
Supone que debe de ser doloroso para él estar alrededor de Dusty y Will juntos.
Había visto la forma en la que miraba a su hermana cuando todo empezó, y no se imagina lo mucho que ha cambiado todo para él, incluso aunque también lo haya hecho para Dusty. Casi hace que sienta lástima por él.
Opi sabe que podría aprovechar más el tiempo y no limitarse a estar tumbada.
Tiene deberes y ha de hacerse con otra tanda de hierbas para reponer la sangre para Mali, Will y Jesse.
Sin embargo, no le apetece nada ahora mismo.
Ya no tiene ningún futuro prometedor al que dirigirse, así que los deberes no servirían de nada.
Y preparar hierbas que solo se necesitan porque se aprove cha de otra persona para poder alimentarse es… desalentador.
Le llega una notificación al móvil, que está sobre el escritorio. Suspira, cierra los ojos y se obliga a levantarse y mirarla.
Theo
Ben me ha pedido tu número. He pensado
en preguntarte antes de dárselo, aunque
es bastante obvio que no te importa.
El sudor se escapa a la superficie de la piel de Opi cuando el corazón comienza a latirle a un ritmo fatídico.
—No —murmura, paralizada mientras relee el mensaje. Se le encoge el estómago; el hambre voraz sofoca cualquier atisbo de emoción. Antes de la fiesta de Halloween, deseaba que llegara esto. Ahora, no cree que pueda confiar en ella misma si se queda a solas con Ben o con cualquier otra persona.
El calor de su propio cuerpo de pronto le resulta sofocante.
Mira su ventana abierta. Aún hay luz fuera, y las copas de los árboles que se inclinan hacia arriba, hacia la cima, se estremecen, llamándola.
Últimamente, no le apetece salir, no cuando siente de forma tan abrumadora toda esa vegetación.
Es demasiado doloroso, está demasiado ligado a su pasado. No obstante, ahora mismo no le importa.
Suelta el teléfono en la cama, se acerca a la ventana y se recoge la falda para subirse al quicio. Se queda allí encaramada durante un momento, notando los copos de nieve caer por el cielo nublado, y luego salta.
Aterriza con los pies descalzos sobre un banco de nieve gélida un piso por debajo de la ventana de su habitación. El movimiento es tan sutil que es como si llevara haciéndolo años. Entonces, antes de que pueda pensarlo dos veces, avanza con paso firme hacia la linde del bosque.
La tierra fría le alivia las plantas de los pies descalzos.
Puede sentir cómo el calor de su cuerpo le emana de la yema de los dedos de la mano y de la coronilla mientras los pinos suaves y cubiertos de nieve le rozan el top fino cruzado y la falda.
Se agacha para esquivar ramas gruesas y pasa por encima de rocas escarpadas, disfrutando de la tensión de sus extremidades.
El aire helado le llena los pulmones, y una sonrisa se le extiende por la cara.
Se oye un crujido a sus espaldas y se detiene. Se parte una ramita y, a continuación, se produce un golpe sordo cuando un puñado de nieve cae de una rama.
—Joder —refunfuña alguien.
Opi se gira, sabiendo que no debería sorprenderle ver a Eli a seis metros de ella. Aunque hasta ahora había sido silencioso de una forma que solo la gente como ellos podía ser.
Él se retuerce, tratando de liberar su camiseta Henley gris que se le ha quedado atrapada en una rama enredada. Mira a Opi con las mejillas rubicundas por el frío. Casi parece avergonzado.
Durante un instante, ninguno de los dos se mueve. Los copos de nieve caen en el espacio entre ellos.
Eli se dispone a tirar de la rama; parece que está a punto de romper el árbol entero.
—Espera —chilla ella al tiempo que empieza a andar hacia él—. No es culpa del árbol que no mires por dónde vas.
—Bueno, si no caminaras tan rápido…
—Ah, claro, me he olvidado de que es mi culpa que me sigas sigilosamente.
Eli se vuelve a retorcer, y después intenta quitarse la camiseta por encima de la cabeza. De alguna forma, se queda atrapada alrededor de sus anchos hombros, aferrándose a una camiseta de tirantes fina blanca que lleva debajo.
A medida que Opi se acerca a él, el olor al sudor de Eli impregna el aire frío. Huele a tierra bañada por el sol y a algo más dulce debajo.
Ella ralentiza el paso, tragando saliva mientras el hambre la invade de pronto.
«Genial», piensa, avergonzada de que le vuelva tan loca la sangre que hasta le provoque sed alguien del que no se puede alimentar.
Dusty le contó que Eli y ella se habían probado el uno al otro antes.
Su hermana incluso trató de alimentarla a ella al principio, por si pudiera funcionar entre hermanas. Pero no lo hizo. No, no es posible.
Vuelve a tragar saliva, aún se le hace la boca agua.
—¿Estás bien?
Levanta la vista hacia el rostro de Eli y se encuentra sus ojos esmeraldas examinándola. Se endereza y se acerca a él.
—Ven —dice, extendiendo una mano para ayudarlo a desenredarse.
A él le sube y le baja el pecho mientras alza los brazos, y ella le quita la camiseta húmeda.
El calor corporal de Eli es abrumador, y el suyo se dispara en respuesta a la vez que se le aceleran los latidos.
Baja la vista a su camiseta de tirantes.
Se le pega al cuerpo, rozándole los abdominales mientras se le sube.
Se le marcan los músculos sólidos bajo la piel suave salpicada de ligeras pecas.
Justo por encima de la cinturilla, dos líneas nítidas se cortan bajo sus vaqueros.
Cuando Opi al final aparta la vista para volverlo a observar, él tiene la boca curvada con una sonrisa de suficiencia.
Ella da un paso atrás, furiosa al instante por su arrogancia. O tal vez por la traición de su propio cuerpo, que arde con un rubor que siente por toda la piel. Intenta mantener la expresión impertérrita mientras se aclara la garganta:
—Yo… algunas veces me olvido de que eres deportista, eso es todo.
A él se le ensancha la sonrisa y baja los brazos, recolocándose la camiseta de tirantes, y después se pasa una mano por la parte superior de la cabeza. El movimiento libera una oleada fresca de su olor.
—No has hablado mucho de lo que ocurrió en México —se apresura a decir ella, tratando de distraerse a sí misma y a él de la respuesta de su cuerpo.
—¿Me estás preguntando? —Libera la camiseta gris de la rama.
Ella se gira para seguir subiendo hasta la cima, sabiendo que no sirve de nada decirle que se marche.
—Claro.
—Bueno, en esencia, hice algo que es físicamente imposible. No estaba pensando. Para mí fue sencillo. Nada comparado con lo que hago aquí fuera solo. Y ahora todo el mundo me felicita y quie re más, y yo… Me siento como si hubiera mentido. Como si hubie ra hecho trampas.
Su seriedad la pilla con la guardia baja, justo como lo hizo cuando estaban hablando en el bosquecillo del instituto ayer. Es c omo si no pudiera reconciliarse con el Eli que conocía de antes.
—¿Y no te gusta porque es la única cosa que disfrutas haciendo? —pregunta.
Él se ríe por la nariz.
—Una de las cosas que más disfruto —la corrige, con los ojos en llamas, mirándola con picardía y coqueteo.
Y ahí está esa confianza engreída que, de alguna forma, sabe cómo utilizar con la gente para hacerla sonrojarse.
Algunos tal vez la llamen descaro o encanto, pero Opi siempre ha creído que es manipulación.
Últimamente, se ha encontrado muy incómoda con eso.
Es como si él fuera todo lo que ella no.
O, para ser más precisos, todo lo que sus secretos y su hambre la obligan a reprimir.