White Mountain (Black River 2) 7. Permanece en la oscuridad #3
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7. Permanece en la oscuridad #3

Mientras Eli se marchaba de la casa de los Silver, había intentado imaginarse a Ophelia en su cuarto, quieta y callada en la oscuridad. Qué diferencia con el soplo de aire fresco que había sido cuando la conoció; al menos, así era con todos menos con él.

Por mucho que su antipatía le escueza, prefiere la animadversión antes que otras cosas que había visto en ella últimamente, como tristeza, derrota, anhelo, ansia o celos. El chico lo siente todo con claridad e intensidad, pues él también lucha contra lo mismo.

Le había dicho a Ophelia que dejara que las cosas fluyeran, pero él, más que nadie, siente una impaciencia cada vez mayor por que se produzca un cambio.

Tras vigilar la alimentación de Amber y llevarla a su casa, se dirige hacia la de Jesse.

Aparca delante de su casa y apaga el motor con las manos aún aferrando el volante mientras sopesa lo que va a hacer. Hoy, la verdad de Ophelia parecía haberse impuesto a la negación de él.

Al igual que le ocurre a ella con Mali, alimentarse de Jesse le está pasando factura.

Hay mucha culpa en ello, en que Jesse no le pida nada cuando él solo toma y toma de su amigo.

Y también está el innegable hecho de que Eli ansía más.

Necesita más. En el fondo, sabe que su sed no es solo de sangre.

Es de deseo. Es de conexión. Es de la persona de la que te alimentas y cómo te hace sentir.

La verdad es que, cuando Dusty ha entrado en la cocina, Eli ha podido oler a Will por todas partes.

Ha notado que se le ha tensado todo el cuerpo ante los celos que lo han invadido, enfermizos y sombríos.

Pero la raíz de su envidia no tiene nada que ver con lo que Ophelia había dado a entender antes.

Él no quiere a Dusty. Él quiere lo que ella tiene.

A través de su vínculo, ha percibido la perspectiva cruel de cómo sería tener a alguien, amar a alguien.

La combinación eufóri ca e intensa de confianza, comprensión, lujuria y cuidado, y después la satisfacción vivificante del modo en el que Will la alimenta.

Ophelia puede que haya visto lo diferente que es en el caso de su hermana, pero no hasta el punto de Eli.

Ella no tenía por qué. Sabe lo que le falta porque lleva escrita la necesidad en quién es, al igual que la lleva escrita Eli.

Necesitan más.

Suelta el volante y abre la puerta. La calle está tranquila. Hay nieve apilada en las aceras y la carretera negra brilla, vidriosa por la sal recién echada y el hielo derretido. Eli escucha a la gente en sus casas viendo la tele, limpiando, hablando.

Pasa por encima del banco de nieve que hay delante de la casa de Jesse y echa un vistazo a su habitación.

Acalla el ruido de todo lo demás, centrándose e intentando percibir si su amigo se encuentr a allí.

El sonido de unos dedos sobre un teclado es toda la respuesta que Eli necesita.

Pasa por encima de la verja, luego trepa por los postes del porche y recorre en silencio la planta de arriba de la casa hasta que llega a la ventana de su amigo.

Se dispone a llamar con los dedos en el cristal, pero vacila.

Todavía no sabe qué debería hacer, si ponerle fin a eso y alimentarse de extraños como Amber o hacer de tripas corazón y ser agradecido, ignorando lo egoísta y manipulador que es alimentarse de alguien que tiene sentimientos por ti.

De golpe, Jesse se vuelve como si hubiera sentido a Eli observándolo. Se estremece, pero se le relajan los hombros cuando ve que se trata de su amigo, y se acerca para abrir la ventana.

—Pensaba que habías dicho que te alimentaste en México.

Eli siente una punzada de culpabilidad. Antaño, habían sido amigos cercanos. Ahora, se da cuenta de lo jodido que es que Jesse crea que el único motivo por el que está allí sea para alimentarse de él.

—Y lo hice —responde Eli—. No he venido por eso.

Jesse se aparta de la ventana mientras Eli entra.

Se pasa una mano por el cabello oscuro y rizado, inquieto.

Eli mira la habitación que conoce: pósters de baloncesto en las paredes; ropa, balones y libros del instituto tirados por el suelo y en el escritorio; y la cama sin hacer que huele a Jesse, un olor que ahora es sinónimo de supervivencia y seguridad.

Un salvavidas. Su zona de confort cuan do la alternativa es alimentarse de borrachos desconocidos en la oscuridad, usando sus habilidades para hacer que se olviden una y otra vez mientras toma en contra de la voluntad de ellos.

—Bueno, ¿qué pasa? —pregunta Jesse, inseguro.

Eli visualiza lo que había decidido de camino hasta allí: mirar a Jesse a los ojos, concentrarse y tomar el control.

«Somos amigos —diría en voz baja—. Es lo que siempre hemos sido».

Acto seguido, borraría todo lo que había estado ocurriendo entre ellos de la mente de Jesse, eliminando los recuerdos de sangre y de sed de su amistad.

Le devolvería a Jesse la libertad. Pero entonces piensa en Ophelia y en cómo podría reaccionar si se entera de que ha dejado a Jesse, que es seguro, cuando eso es justo lo que Dusty no para de decir de ella con Mali.

¿Empujaría a Ophelia a hacer algo impru dente? ¿La empujaría hacia el quarterback ?

Jesse se rasca la cabeza y aguarda.

Eli se encoge de hombros.

—Solo he venido a pasar el rato —responde, y después va hacia la PlayStation de Jesse, coge un mando y mira a su amigo con una sonrisa traviesa.

Jesse se la devuelve y luego le quita el mando a Eli de la mano y se sienta a jugar al Forza .

Al observar a su amigo, Eli se siente estúpido por haber considerado alguna vez querer algo más. La vida tal y como la conocía ha dado un giro de ciento ochenta grados y es incapaz de ver qué derecho tiene a quejarse cuando hay tanto que permanece en la oscuridad.