7. Permanece en la oscuridad #2
—¡Dusty! —Sonríe, se quita la bufanda que lleva en torno al cuello y luego mira a su hijo con una sonrisa cómplice reluciéndole en los grandes ojos marrones—. ¿Habéis cenado ya? Iba a preparar ahora algo.
La muchacha sonríe, dándose cuenta de que estar cerca de la madre de otra persona no le duele tanto como antes.
—Ah, no, pero gracias —contesta con una facilidad entrenada—. Mi padre me ha guardado algo en casa. La verdad es que estaba a punto de irme.
—Creía que trabajabas esta noche —le dice Will a su madre—. Le había dicho a Mali que cenaba en su casa.
Dusty es incapaz de no sonreír. Le encanta la amistad que ha florecido entre su novio y su mejor amiga; por suerte, se tienen el uno al otro para hablar cuando necesitan un respiro de todas las cosas locas y paranormales.
Alina suspira.
—Sí, iba a trabajar, pero la cafetería estaba tranquila. Creo que la nieve de anoche ha hecho que la gente se quede en casa. — Se gira hacia Dusty—. ¿Siempre nieva tan pronto? Este será nuestro primer invierno propiamente dicho en Black River, y… sé que es duro. Pero ¿noviembre?
—No es lo normal, aunque en los últimos años han caído buenas nevadas por estas fechas, incluso a mediados de octubre.
Alina asiente despacio y Dusty ve cómo le cambian los colores.
Para alguien que ha pasado por no pocas dificultades, los tonos de Alina suelen hablar de confianza en sí misma, calidez e incluso independencia, pese a la manera en la que se extienden hacia Will de vez en cuando con suaves y cariñosas ráfagas.
Sin embargo, ahora parecen un poco más oscuros y hasta inquietos.
—Alguien en la cafetería ha dicho que igual teníamos un invierno largo con un montón de tormentas de nieve y tal vez días seguidos con las carreteras cortadas.
Dusty puede ver ahora la preocupación en los ojos de Alina y la forma en la que los colores de Will han respondido, alargándose hacia su madre.
La chica supone que el mal tiempo afectaría a los turnos de Alina, su sustento.
Recuerda que Will le mencionó que habían tenido que mudarse de pueblos en el pasado cuando su madre se había quedado sin trabajo.
Y, entonces, una leve y conocida punzada de inquietud se abre camino en el pecho de Dusty.
Tras llevar veinte minutos sentada en la mesa del comedor en un incómodo y doloroso silencio, Opi nota que un pie se desliza sobre el suyo y presiona con firmeza para que deje de dar golpecitos. Lanza una mirada a Eli, que le guiña un ojo y, acto seguido, toma otro trago de su té.
Al contrario que el chico, ella no ha tocado su taza.
No puede evitar sorprenderse de su confianza.
Mientras pre paraba la infusión a petición de su padre, Eli se había esforzado por mantener una charla trivial.
Su padre rechazaba cualquier intento, dejando bien claro lo poco que le gustaba Eli.
Opi sintió remordimientos, si su padre supiera que el muchacho le había salvado la vida y que era ella quien casi se la había arrebatado…
Pero Eli continúa allí sentado, imperturbable, con la frecuencia cardiaca mucho más estable que la suya.
—¿Qué sucede, papá? —pregunta ella, impaciente—. ¿Por qué no nos lo cuentas a nosotros y ya? Luego hablas con Dusty.
Chris baja la vista hacia las manos que tiene entrelazadas sobre la mesa y después niega con la cabeza.
—Es mejor que espere.
—Papá —protesta Opi—, me estás poniendo nerviosa.
—¿Es por el árbol que se ha caído esta mañana? —pregunta Eli con la preocupación extendiéndosele al fin por la cara—. He visto que han acordonado…
Chris asiente aún con la mirada en las manos.
Se produce otro silencio largo e incómodo; a continuación, su padre se remueve en la silla y se aclara la garganta.
—La llamaré otra vez —suelta, toqueteando la pantalla del móvil y llevándoselo luego a la oreja. Opi escucha cómo suena la llamada y, acto seguido, salta el buzón automático. Chris deja el teléfono y murmura—: Seguro que es la única adolescente que pasa del móvil.
Eli resopla.
—Mis padres no paran de quejarse de lo mucho que uso el móvil. Aunque tampoco es que ellos me hayan llamado nunca. — Sacude la cabeza y mira su té sin dirigirse a nadie en particular—. A mi hermano le acaban de comprar uno. Ni siquiera tiene doce años. Ahora es a él a quien le chillan todo el rato.
Opi percibe un destello de empatía en los ojos de su padre. Ella nunca ha conocido a los padres de Eli, pero Chris fue al instituto con ellos y ha dejado entrever en más de una ocasión que sus intereses por todo, incluidos sus hijos, parecen ser más bien superficiales.
Por fortuna, antes de que se extienda otro silencio demasiado largo, se oye un coche en el camino de entrada y, un minuto después, se abre la puerta principal.
—Ah —dice Chris, alzando la vista—. Por fin.
Dusty aparece en el arco que lleva a la cocina y mira en torno a la mesa con recelo.
Algo parece ocurrir entre ella y Eli, y le cambia la expresión cuando frunce el ceño con temor.
El chico debe de haberle enseñado que su padre tiene algo serio de lo que hablarles.
No por primera vez, Opi se siente excluida de su vínculo.
Su hermana se une a ellos en la mesa.
—¿Qué pasa?
Chris suspira, y la preocupación retoma su lugar en su rostro.
—Tengo algunas noticias —explica—. Y quería que os enterarais por mí. —Se detiene un segundo muy largo.
—Venga, papá —le mete prisa Opi. A estas alturas, le parece que la anticipación la está matando.
Él asiente y, acto seguido, prosigue:
—El árbol que ha caído esta mañana… Las raíces… han levantado un cuerpo.
Opi siente cada palabra como una piedra en el estómago.
Ha dejado de respirar, y, en el silencio que se extiende por toda la mesa entre ellos, se le viene a la mente la mañana que ayudó a enterrar a Kristen a los pies de la White Mountain: Eli llevando el cadáver lánguido de Kristen, su cabello rubio manchado de tierra y hojas, cayendo por el brazo de él.
Opi había empezado a coger flores silvestres.
Era lo único que se le había ocurrido hacer.
Más tarde, Dusty había impedido que las dejara sobre la tumba, pues los demás trataban de camuflar en silencio la tierra removida.
Aun así, Opi no puede evitar verse a sí misma a través de los ojos de ellos como una chiquilla ingenua.
El latido cada vez más acelerado de Dusty y de Eli la devuelven al presente, lo que le indica que seguro que ellos también se acuerdan.
Opi visualiza dónde estaban los coches de la oficina del sheriff aparcados al pie de la montaña.
El tramo desde allí hasta donde la enterraron no es recto, pero si sabes adónde vas, es posible que solo haya un paseo de diez minutos hasta el arce azucarero y la tumba poco profunda que hay debajo.
«Kristen. Debe de ser Kristen».
Opi visualiza las huellas de Dusty, Eli, Mali y las suyas propias al enterrar su cuerpo.
—¿Quién…? —pregunta al fin Dusty—. ¿Sabes…?
—Todavía no lo han identificado —responde su padre—. Pero he pensado que deberíais saberlo, dado el tiempo que Kristen lleva desaparecida, y como vivía aquí…, podría tratarse de ella.
Se produce un momento de silencio, angustioso y opresivo.
—¿Sus padres saben que han encontrado un cuerpo? —pregunta Dusty con la voz trémula.
—No lo sé, cielo —contesta Chris—. Y sé que no teníais mucha relación, pero, aun así…
, si es ella, que podría darse el caso de que no fuera…
, quería que os enterarais por mí, no en el instituto…
Quería avisaros. —Hace una pausa y los mira—.
Sois demasiado jóvenes para enteraros de que una compañera ha… Bueno, esperemos que no sea ella.
Cuando nadie dice nada durante un rato, Opi alza la vista. Su hermana y Eli parecen igual de turbados. Se han quedado lívidos y la piel les reluce con un sudor húmedo y pegajoso.
—Gracias por contárnoslo —dice Eli con la voz áspera como la grava.
Chris asiente una vez y luego se gira hacia Opi.
—¿Estás bien, cariño?
No, no lo está. Se siente abrumada por la inquietud. Las consecuencias de que encuentren a Kristen desatan algo en ella antes de que su cerebro tenga ocasión de asimilarlo. Pero, en lugar de hablar, se limita a asentir y a añadir después:
—Me voy arriba.
Su padre inclina la cabeza y luego asiente, confiando en que no pasa nada. En que todo va como debería. Ella mira a Eli y ve que está analizando también a su padre. Antes de pensar demasiado en esa noche, se levanta y se marcha a su cuarto.
Se tumba en la cama con el espacio gris a oscuras y en penum bra a su alrededor.
Se le crispan los dedos ante las ganas de ir corrien do al dormitorio de Dusty a recuperar la caja de fotos de su madre.
Opi se las había guardado para ella todos estos años; era su pe queño secreto.
Mientras que durante todo ese tiempo Dusty inten taba no pensar en ella, Opi contemplaba las fotos de su madre casi todas las noches, manteniendo su recuerdo vivo.
Ahora que saben más cosas de ella, de su pasado, del modo en el que se sentía como madre y de los meses antes de marcharse, le parece una extraña más que nunca.
Aun así, ahora mismo, hay una parte de Opi muy grande que solo quiere a su madre. Se gira en la cama y se imagina que posa la cabeza sobre su regazo. Que unos dedos cariñosos le acarician el pelo, diciéndole que todo va a ir bien. Sabe que la fantasía es infantil, pero, de todas maneras, lo anhela.
Lo último que a Eli le apetecía era ir al pueblo a ayudar a Amber a alimentarse.
Sin embargo, después de dejar atrás la cinta policial otra vez al marcharse de casa de los Silver, está convencido de que el cuerpo que han encontrado es el de Kristen.
Habrá más ojos que nunca en la White Mountain y deberán tener mucho cuidado.
Dusty había querido ir a casa de Mali a avisarla de lo de Kris ten, pero habían coincidido en que esperarían a la mañana siguien te. Ayudar a cubrir el rastro de Amber después de que se alimentase era el pequeño precio que debían pagar.