White Mountain (Black River 2) 7. Permanece en la oscuridad
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7. Permanece en la oscuridad

Permanece en la oscuridad

Para cuando Opi regresa al interior del instituto, Theo ya se ha duchado y está fuera del vestuario mirando su móvil.

—Perdona —dice ella—. Gracias por esperar.

Él alza los ojos y, a continuación, sonríe.

—Hoy no te he visto mirar. No estaba seguro siquiera de que te encontraras aquí.

—Hace mucho frío —miente—. Estaba en la biblioteca.

Él frunce el ceño mientras observa la dirección de la que ha venido y luego la contraria, la de la biblioteca.

—Vale.

—¿Te sigue pareciendo bien llevarme a casa? —pregunta ella, dirigiéndose hacia la salida—. Dusty ha ido a casa de Will. —Cuando Theo no se mueve, ella se detiene otra vez—. Aunque puedo esperar por ahí a que ella me recoja más tarde —añade despacio.

—No, sí, claro. —El chico mira a su alrededor—. ¿Has visto a Eli?

—¿A Eli? —pregunta Opi, confundida.

—¡Aquí estoy! —exclama, trotando por el pasillo hacia ellos—. Gracias, tío —dice, chocando el puño con Theo. Como Opi se queda mirándolo fijamente, Eli añade—: Esta mañana me he venido con Dusty y contigo, acuérdate. Le he preguntado a mi colega Theo si podía unirme a vosotros si no os importaba.

Opi tiene que hacer uso de todas sus fuerzas para no poner los ojos en blanco.

Siente las manos calientes donde se ha lamido las heridas autoinfligidas para que curaran, pero sigue siendo consciente de ellas.

Quiere decirle a Eli que solo estaba frustrada, que es culpa de él por siempre encontrar el modo de sacarla de quicio, que en realidad no ha perdido el control.

Theo carraspea.

—¿Estás bien, Op?

La muchacha suelta un suspiro pausado y asiente.

—Vamos.

Por fortuna, pese a ir en la parte delantera junto a Theo, Opi no tiene que hablar mucho de camino a casa.

Theo le había preguntado a Eli por sus acrobacias en México antes de que se marcharan del aparcamiento y luego ha procedido a consultarle un millón de cosas más a través del espejo retrovisor mientras conduce, mostrando sin pudor su fanatismo.

Cuando giran hacia White Mountain Road, las sombras que se proyectan ya son muy alargadas.

Opi se estremece, como siempre le pasa cuando regresa.

Es como si cada vez que deja la montaña, fuera un instrumento que se va desafinando.

Entonces, en cuanto se acerca a casa, vuelve a sonar en el tono adecuado.

No obstante, cuando terminan el ascenso, a Opi le da un vuelco el estómago.

Los coches de la oficina del sheriff siguen aparcados al lado de la carretera con la cinta policial ahora desplegada entre los árboles de más allá, ondeando al compás de la brisa helada.

Un ayudante del sheriff se queda en guardia, observando su coche.

—¿Y esto? —pregunta Theo.

—Creemos que se ha caído un árbol esta mañana —contesta Eli en un tono mucho menos seguro.

—Mierda —replica Theo—. Espero que no haya aterrizado sobre una casa ni haya herido a nadie.

Pero Opi no cree que haya casas en esa dirección y le cuesta imaginar por qué alguien iba a estar fuera tan temprano tras la primera nevada, alguien normal, al menos. Ni Eli ni ella dicen nada.

Cuando pasan, el ayudante entorna los ojos.

Opi esboza una sonrisa educada por la ventanilla y, para su alivio, él asiente a modo de saludo.

No cree que las fuerzas de la ley vayan a dejar de generarle ansiedad nunca, después de todo lo ocurrido con Dusty en verano.

A ún la atormenta la idea de que alguien descubra lo que su hermana y Eli hicieron.

Imagina que lo seguirá haciendo siempre.

—Dime cuál es la tuya —suelta Theo en dirección a Eli cuan do suben por la carretera.

—Ah, no te preocupes, creo que me quedaré en casa de los Silver.

Por el rabillo del ojo, la chica ve cómo Theo arquea la ceja. Observa a Opi, que aprieta los dientes, pero no dice nada.

—Vale —responde Theo.

Para cuando el muchacho sale marcha atrás por el camino de entrada y se aleja de ellos, Opi echa humo de nuevo.

—¿En serio? —pregunta—. Ya vale. Estoy en casa. Estoy a salvo. Puedes volver a tu vida.

Eli se ríe por lo bajo.

—No tengo vida, ¿recuerdas? Vivo para servir a tu hermana.

La puerta principal se abre tras ellos, que se giran y ven al padre de Opi allí de pie.

—Ah, estupendo, tú también estás aquí —le dice a Eli; su sarcasmo no le pasa desapercibido a nadie. Mira a Opi y añade—: Tenemos que hablar. —Su expresión se vuelve lúgubre—. ¿Dónde está Dusty?

La ansiedad embarga a Opi, y cuando dirige la vista a Eli, es evidente por la expresión de él que también le ocurre lo mismo.

—Está en casa de Will. ¿Qué ha pasado?

Su padre niega con la cabeza.

—Esperemos entonces. Será mejor que os lo cuente a todos juntos.

A Opi se le forma un nudo en el estómago cuando entran dentro, donde Chris los conduce a la cocina para que se sienten en la mesa y aguarden.

Los auriculares con cancelación de ruido apenas amortiguan el sonido de la lijadora, pero a Dusty no le importa. Sigue concentrada en Will, a unos pocos pasos, que sostiene la herramienta con firmeza; sus brazos fuertes y firmes mantienen la presión justa contra la madera pese a lo mucho que pesa.

Ella está acurrucada en su cama con el portátil abierto encima de las sábanas que hay a su lado. Él es lo único que puede distraerla de todo lo que está ocurriendo. Lo único que capta su atención a pesar del caos de sonidos, colores, pensamientos y miedos.

La lijadora deja de hacer ruido. Will la coloca con cuidado en su mesa de trabajo y luego estira el cuello y los hombros.

Dusty se quita los auriculares y oye la voz grave y relajante del narrador de un audiolibro saliendo de los de Will.

Sus colores, azul y violeta, comienzan a acercarse a ella un segundo antes de que se gire.

Esboza una sonrisa torcida mientras se quita los auriculares y se pasa los dedos por el cabello oscuro con los ojos suaves y brillantes como la medianoche.

—¿Escuchando fantasía mientras lijas? ¿Intentas matarme?

Él se encoge de hombros.

—Creo que oficialmente me he enganchado a Robin Hobb.

Dusty se ríe y pasa la mirada entre las estanterías en las que ha estado trabajando y la cómoda de cajones acabada que ha hecho para reemplazar a la vieja.

A simple vista, parecen sencillas, pero la calidad es innegable.

No ve un clavo ni un tornillo en ninguno de los muebles; se trata de una carpintería con encajes perfectos, suavizados por bordes curvos y detalles finos.

—Por favor, dime que esto es lo que quieres hacer después del instituto —comenta ella—. A ver, la gente pagaría un montón de pasta por esto, y cada vez lo harás mejor.

El chico sonríe mientras se acerca a ella con los ojos clavados en los suyos, y algo cálido empieza a recorrer a Dusty.

—Puede —responde él—. Quizá. ¿Y tú? —pregunta con cautela—. ¿Tienes algo en mente? —Se sienta a su lado y coloca las manos una a cada lado de las caderas de ella.

Dusty sacude la cabeza. La verdad es que, aunque se sienta más conectada consigo misma y con la gente y el mundo que la rodea, no ve aún un camino claro por delante.

Y, ahora, siendo como es, no se imagina estar en otro sitio que no sea Black River.

Se ha vuelto a enamorar del bosque. Es donde se siente libre.

La idea de dejarlo para ir a la universidad o buscar trabajo en ciudades bulliciosas hace que se le forme un nudo en el estómago.

—Oye —la llama Will, alzando una mano para apartarle el flequillo desfilado de los ojos—, no hay prisa. Da igual lo que la gente diga.

Tan cerca, su olor es embriagador, al igual que cuando comenzó a fijarse por primera vez en él. Hace que su corazón lata como las alas de una mariposa, con rapidez e impaciencia. Extiende la mano hacia el cuello de Will y lo atrae para besarlo.

Él desliza una de las manos hacia arriba, hacia su hombro, hacia su cuello.

Ella cierra los ojos. Will lleva los dedos a su cabello y el calor la abrasa como ascuas en la boca del estómago.

Los dientes empiezan a palpitarle y su lengua acude al encuentro de la de él mientras el azul violeta la engulle.

Lánguido, líquido, nada la hace sentir más viva que esto. Que él.

Ni siquiera su sangre.

Al principio, no paraba de pensar en ello todo el rato.

El sabor, lo segura que se sentía alimentándose de él, su olor absorbente.

Sin embargo, conforme pasaba el tiempo y su relación se profundizaba, avivando un amor que ahora arde como un incendio forestal, la sangre que toma cada siete días es más que suficiente.

Le ha mordido alguna que otra vez en el calor del momento, pero ella juraría que él la incentivaba, y jamás ha probado más de una gota.

Quiere atesorarla, disfrutarlo como algo que hacen, algo que comparten a solas.

Aparte de eso, se conforma con esos besos embriagadores que la mayoría de las ocasiones llevan a algo más o con las noches que pasa después de que se quede dormido entre sus brazos.

Ahora, mientras la presión crece en sus dientes, ella retrocede, recorriendo su mandíbula con besos y luego descendiendo por su garganta, dejando que el calor que siente hierva a fuego lento.

A Will, el pulso se le desboca debajo de la muchacha cuando ella inhala el olor de su piel.

La chica busca su boca de nuevo, pero el sonido de la puerta de un coche cerrándose y, acto seguido, el chirrido de una verja abriéndose encienden las alarmas y la hacen detenerse.

—Tu madre —jadea, sonriendo contra sus labios.

Will suspira y sacude la cabeza mientras se separa. Dusty se levanta y se arregla la ropa y el pelo, aunque sabe que su madre, Alina, no es ninguna ilusa en lo que a su relación respecta.

La puerta principal se abre y Alina pega una voz. Dusty y Will intercambian una mirada y sonríen de forma juguetona, ruborizándose.

Will se aclara la garganta.

—¡Aquí! —grita.

Sin embargo, a la chica le viene a la mente Opi y lo que le ha dicho de que la vida de Dusty es ahora mejor. Y la verdad es que, a pesar de todo, es cierto.

Alina aparece por la puerta abierta.