White Mountain (Black River 2) 6. Consecuencias #4
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6. Consecuencias #4

Comparada con la convicción de Eli, se siente como una niña que tuviera una pataleta. Cada célula de su cuerpo comienza a zumbar. A la defensiva. Electrizante.

—Pero eso es lo que quiero decir —espeta—. No necesito a nadie que me vigile. Perdí el control una vez. Fue hace meses, pero parece que me habéis condenado a cadena perpetua.

Eli le sostiene la mirada. Es paciente, cómplice, y aunque hace que se le forme un nudo en el estómago, se encuentra mirándolo de verdad por primera vez desde la noche con su padre: el pelo cobrizo, la piel bronceada casi cubierta por completo de pecas suaves, los pómulos marcados y la mandíbula cuadrada, lo impactante que es que tenga los ojos tan verdes.

Aparta la vista al instante.

—Esto no va de aquella noche —responde con una voz tan calmada que es exasperante—.

Sé que ella te ha contado lo de la premonición, pero tú no sentiste lo que ella sí.

Tiene todo el derecho a estar asustada por tu seguridad.

Y tú vas a tener que aceptar que estoy aquí para ti.

Para las dos. Te guste o no. —Aún mirándola, añade—: Pero en realidad tu problema no tiene que ver conmigo ni con Dusty, ¿verdad?

Ella abre la boca para decirle que se calle; no obstante, Eli baja los ojos a sus labios durante un momento y luego vuelve a subirlos a toda prisa mientras espera su réplica.

Opi traga saliva.

—Vale, a ver. ¿Cuál crees que es mi problema, Eli?

Él baja la barbilla y la mira profundamente a los ojos, como diciéndole que deje de negarlo.

La chica puede sentir cómo le late el corazón en los oídos y eso la trastorna. A cada segundo de silencio, la verdad empieza a burbujearle en la lengua. «Tengo hambre —quiere decir—. Tengo hambre. Tengo hambre. Tengo hambre».

Ella sabe que él lo sabe, pero también sabe que, si lo admitiera en voz alta, Eli tendría que contárselo a Dusty.

Apretando la mandíbula, Opi aparta la mirada.

Eli le pregunta:

—¿Alguna vez te planteas si lo que somos…, lo que necesitamos…, le está haciendo un favor al planeta?

Ella se gira otra vez hacia él, confusa por el cambio de tema. Sin embargo, ahora es él quien tiene la mirada perdida a lo lejos. La muchacha siente curiosidad.

—¿Seguimos fingiendo que te preocupas por el planeta?

Él se encoge de hombros.

—Al principio, me preguntaba si éramos alguna especie de experimento científico de la presencia.

Hormigas o ratones, juguetes. Desamparados.

—Recoge una bola de nieve y observa cómo se le derrite entre los dedos—.

Pero cuando piensas en lo que les pasó a las vacas y quién sabe qué más, cuando piensas en lo que la presencia debe de ser capaz de hacer…

, es evidente que podría habernos hecho algo mucho peor si hubiera querido.

Eso me hace preguntarme si está… confiando en nosotros de alguna forma.

Confiando en la vida aquí en la Tierra. Tal vez nos haya cambiado porque no parecemos dejar de anteponer nuestras necesidades por encima de las del planeta, y no podemos seguir viviendo de él por mucho tiempo.

Quizá la única solución, o la más sencilla, era obligarnos a algunos de nosotros a vivir los unos de los otros.

Opi parpadea.

—Estás de broma, ¿no?

Se gira hacia ella, con los ojos relucientes bajo la luz blanca que rebota en la nieve. Una sonrisa juguetea en su boca cuando él responde:

—Tú, Ophelia, sabes mejor que nadie que esta tierra no puede aguantar mucho más nuestras tonterías.

Ella pone los ojos en blanco.

—Vale —contesta con indiferencia—. Pero convertir a unos cuantos adolescentes en depredadores sedientos de sangre no va a solucionar los problemas del mundo.

Eli suelta una carcajada.

—No, pero si te alejas y lo miras desde la perspectiva de ella, sea quien sea, tal vez lo que nos hizo podría cambiar el curso de la vida. No solo la nuestra, sino, con el tiempo, toda la existente. Como un efecto mariposa o algo así.

Opi alza la vista a los árboles, sintiendo sus raíces extenderse por la tierra debajo de ella. A pesar de lo ridículo que suena lo de Eli, no puede evitar percatarse de que su conciencia interna de que todo está conectado ha aumentado por lo que es, a pesar de lo mucho que intenta ignorarlo.

—¿Dusty también opina eso? —pregunta.

—Sí, eso creo. Por eso pienso que está tan desesperada por aprender más, ¿sabes?

Por entender la escala de todo y si hay alguien más ahí fuera como nosotros.

Creo que lo que le hicimos a… Andrew Everett…

—carraspea como si le costara decir su nombre— y lo que JD le hizo a Kristen…

, lo que nos trató de hacer a nosotros… Creo que hace que le asuste la idea de que seamos más, tengamos más poder y la responsabilidad que eso supondría.

Opi tiene los ojos abiertos como platos. Dusty jamás le habla de nada de esto, y no puede evitar que le duela. Suelta un suspiro.

—¿Y tú? ¿Tienes miedo de lo que somos? ¿De nuestro poder?

Eli se queda en silencio durante un largo rato.

—No lo sé. No sé cómo debería sentirme al respecto. Pero sí que creo que vamos a tener que caminar por una fina línea… entre lo que queremos, lo que necesitamos, cuándo dejarnos llevar y cuándo contenernos.

—Al menos, tú puedes dejarte llevar por tu sed de sangre.

Él se gira hacia ella y ladea la cabeza.

—¿Eso es lo que crees?

—Tienes a Jesse. Puedes aceptar quién eres con él, pero también delante de todo el mundo.

Has batido un récord mundial, Eli. —Se ríe, y sabe que suena resentida—.

Has conseguido ser más tú que nunca, como Dusty, mientras que yo tengo que ignorar en qué me he convertido.

Es como si ya no fuera mi antigua yo, aunque tampoco pudiera ser una nueva.

—Siempre hay formas de ser una nueva tú que no involucren alimentarse de alguien que no sabe lo que eres —responde.

Ella sofoca una carcajada poco entusiasta.

—¿Como cuál?

Eli alza una de las cejas y se le dibuja una sonrisa pícara en la boca.

—Eso tendrás que averiguarlo tú —contesta.

Opi aparta la vista cuando un nuevo calor le recorre las mejillas, y de inmediato recuerda cómo se había preguntado si quería hacer algo más con Ben que solo beber su sangre.

Cuando Eli no dice nada más, lo vuelve a mirar, pero él ha arrugado el ceño y está observando los campos. Tras un largo instante, suelta:

—Estás equivocada con Jesse y conmigo. No me dejo llevar por mi sed de sangre. Ya no.

Opi vacila.

—Ah.

—A ver, a mí me huele bien. Y por supuesto que estoy agradecido por lo que me ha dado. Pero no tengo ansias de él como tenía al principio. Y jamás he sentido por él lo mismo que Dusty siente por Will. Es… diferente.

—Ah —repite ella—. Entonces ¿no… no te… atrae Jesse?

Niega con la cabeza.

—No de esa forma. Todo este asunto con él me ha hecho darme cuenta de que se me permite sentir cosas que son indefinibles sin que ellas me definan. A todos se nos permite. Además, los sentimientos la mayoría de las veces son temporales. Cambian.

—No todos —responde Opi, pensando en cuánto echa todavía de menos a su madre o cuánto quiere a Dusty y a su padre, a pesar de lo mucho que ha tratado de apartarse de ellos.

—Sí que creo que tiene que haber sentimientos —explica él—, o al menos una gran atracción en el sentido tradicional, por parte de uno de vosotros. Sin embargo, no necesariamente tiene que ser recíproco para que la sed de sangre… se despierte en ti.

Opi nota cómo frunce el ceño.

—¿Eso significa que…? ¿Crees que… le gusto a Ben? ¿O que a mí…? —Se detiene, avergonzada al instante. Eli es la última persona con la que quiere hablar de esto.

Se espera que Eli sonría o se meta con ella, pero, en vez de eso, es él quien aparta la mirada. Se levanta, frotándose la nuca al tiempo que observa los campos otra vez.

—Tú eres responsable de ti misma, Ophelia —se limita a decir—. No sabes cómo van a ir las cosas. Quizá sea mejor fluir.

Ella nota cómo le arden el cuello y las mejillas. No se puede creer que haya estado a punto de bajar la guardia delante de él.

—Claro que sí, Eli —se mofa, al tiempo que se pone de pie a su lado—.

Entonces ¿no te importa que me vea con Ben?

¿No estás aquí por eso? ¿Para asegurarte de que no me vuelva a acercar a él?

Hablando de ser responsable de uno mismo, tú solo haces lo que Dusty te pide.

Sabes que ha elegido a Will y no a ti, ¿verdad?

Cuando él se gira hacia ella, Opi odia la manera en la que tiene que alzar la barbilla para levantar la vista y contemplarlo. Sus ojos son penetrantes, ilegibles.

—Eso es, Ophelia. Monta otra rabieta. —Sonríe, pero esta vez no se le refleja en la mirada—.

No estoy aquí para impedir que hagas nada.

Por supuesto, sigue como si lo tuvieras todo resuelto.

Pero estaré aquí, listo para protegerte de lo que sea que se avecine, y será tu día de suerte si tengo que entrometerme y limpiar tu desastre cuando el hambre te domine.

Opi contiene el aliento mientras la invade la vergüenza.

La diversión regresa a la sonrisa de Eli.

—¿Qué? ¿De verdad quieres seguir fingiendo que no me he dado cuenta? Tienes un hambre voraz, querida Ophelia. Mali… Ben… No creo que importe. Ninguno de ellos es suficiente para ti.

Un silbido atraviesa el aire y anuncia el final del entrenamiento.

No obstante, ninguno de ellos se mueve. Opi ha apretado los puños con tanta fuerza que le duelen.

Eli ladea la cabeza y, a continuación, baja la vista y abre los ojos.

Se le aceleran los latidos y, entonces, para sorpresa de ella, se lame los labios.

Ella baja la vista, siguiendo su mirada adonde su sangre gotea en la nieve. Abre las manos y encuentra cuatro cortes en forma de medialuna. Se ha perforado la piel con sus propias uñas.

Cuando mira a Eli, él tiene el rostro pálido.

—Ophelia —dice, pero, antes de que esta pueda reparar en la lástima que debe de haber en sus ojos, ella recoge la mochila y se marcha.