6. Consecuencias #3
Ahora, la encuentra en su mesa con Theo mirando a la nada.
Se imagina que ella está pensando en lo de anoche, en la sangre del quarterback , o tal vez en su pelea con Dusty.
Eli se había pasado muchísimo tiempo tratando de adivinar sus pensamientos y sentimientos.
Todas esas noches que la chica se quedaba en la cima o encerrada en su habitación, él intentaba llenar los vacíos entre lo que sabía sobre ella de antes, lo que ve y siente respecto a Ophelia por medio de Dusty y su propio recuerdo de la muchacha la noche en la que la encontró con su padre, desesperada, feroz y poderosa.
Una imagen que no concordaba nada con la versión de su hermana.
A medida que la observa, se le contrae el pecho y el corazón se le encoge de miedo, calidez, conciencia y una necesidad apabullante de protegerla.
Tiene que recordarse a sí mismo que esos sentimientos son de Dusty, no suyos.
Ha estado reaccionando de este modo con ella durante meses, y la premonición solo ha hecho que todo se intensifique.
«No la conoces de verdad —se dice a sí mismo—. Y ella no te conoce a ti».
Pero, aun así, la vigilará como Dusty le ha pedido. Ignorará el hecho de que, para Ophelia, él solo es un mal olor que siempre perdura a su alrededor.
De pronto, ella se queda mirándolo con aquellos ojos grandes y marrones entre la gente y las bandejas del almuerzo. Incapaz de evitarlo, Eli le guiña un ojo y disfruta de la chispa de enfado que le cruza el rostro antes de apartarse de las puertas y recorrer el pasillo.
Hay alguien más a quien debe vigilar.
Cuando llega a la biblioteca, se detiene para examinar la habitación.
Las ventanas estrechas y rectangulares se disponen justo debajo del borde del techo bajo en todas las paredes.
Debajo de estas, hay estanterías de madera ordenadas y repletas de libros de todos los tamaños y colores.
La sala en sí está dividida en dos mita des: en un lado, hay filas de más estanterías, y, en el otro, hay mesas de estudio verde salvia, todas vacías.
Una bandera estadounidense cuelga laxa sobre un escritorio desatendido en el que se hallan un pequeño ordenador y un escáner que zumba junto con las luces fluorescentes de arriba.
Aparte de eso, la habitación se encuentra en silencio.
Eli ladea la cabeza y, a continuación, se dirige a la última fila de estanterías.
Amber está sentada en la alfombra azul grisáceo al fondo de esta, con el pelo rizado y oscuro cayendo sobre un libro de texto que tiene en el regazo.
Cuando él se acerca, ella se sobresalta y, después, se quita los auriculares con cancelación de ruido.
—¿Cómo van esos sobresalientes? —pregunta el chico.
Ella suelta un suspiro tembloroso.
—Me está costando —responde—. Pero lo conseguiré. —Alza la vista hacia él, expectante, y luego pregunta despacio—: ¿Sigue en pie lo de esta noche?
—Sí, claro. Solo quería verte, asegurarme de que…
—¿De qué? ¿De que no se me ha ido la olla y he matado a alguien mientras estabas fuera?
Eli suspira.
Amber tardó un poco en admitir todo lo que había sucedido antes de que JD se marchara.
Apenas había sido capaz de hablar durante las primeras semanas.
Era como si algo le faltara dentro. Eli se había preguntado si su vínculo con JD se parecería al de Dusty y él y cómo se sentiría él si esta de pronto se marchara sin dejar rastro.
Sin embargo, debía de ser distinto: fue JD quien convirtió a Amber en lo que es, no la presencia, como al resto de ellos, y las líneas entre esa dinámica complicada que habían creado se habían difuminado con la relación sentimental floreciente.
De todas formas, Eli la entendía y, poco a poco y con pies de plomo, en ocasiones a regañadientes, se había ido ganando su confianza ayudándola a alimentarse una vez a la semana sin hacer daño a nadie mientras Mali le echaba una mano para que volviera a centrarse en las clases y en su familia.
Saben que, sea lo que sea lo que ocurrió cuando JD se encontraba por aquí, debió de haber sido malo.
Dado lo que habían planeado hacerle a Eli y a Dusty y lo que JD le había hecho a Kristen, era evidente que estaban fuera de control.
Aun así, había sido chocante oír que, aunque la madre de JD había estado alimentándolos a am bos al principio, lo habían encontrado insostenible y habían comenzado a cazar senderistas en el bosque.
Se marchaban un par de días a los confines de las montañas y buscaban a turistas solitarios a los que sorprender en sus tiendas de campaña.
La primera vez, Amber pensó que solo se iban a alimentar, que se saciaría de sangre y luego regresarían a casa.
No obstante, JD también se había alimentado de la víctima y la había drenado hasta que su corazón había dejado de latir.
Le había dicho a Amber que era para mantenerla a salvo, que, si dejaban a los excursionistas vivos como testigos, los pillarían.
—Era como si todo lo que dijera fuera cierto —había explicado—.
Como si su palabra fuera un hecho concluyente, y jamás la cuestioné.
No cambió nada hasta que Dusty me contó que JD había matado a su propio padre…
Aquello fue como que se agrietara su poder sobre mí y un atisbo de verdad se colara por ella.
Habían matado a dos senderistas, y habrían sido más si JD se hubiera quedado.
Amber confesó que los habían enterrado en tumbas poco profundas antes de volver a Black River, y esa fue la primera y última vez que habló de ello.
Desde entonces, ha confia do en Eli para alimentarse; van al pueblo a la parte trasera del bar, donde Amber se alimenta y Eli hace que sus víctimas lo olviden.
Nunca ha perdido el control o ha parecido necesitar más de lo que recibe. Ha sido dócil, obediente y, por lo que Mali le ha contado a Eli sobre ella, una sombra de su antiguo ser.
—No hagas eso —dice Eli—. Solo quiero asegurarme de que estás bien. Ya sabes que no creo… Ya sabes que confío en ti.
Ella le mantiene la mirada durante un largo instante antes de replicar:
—No deberías.
Eli puede ver la culpa en sus ojos. Es algo con lo que también es capaz de empatizar.
—Pues sí lo hago —responde, y se aclara la garganta—. Ahora, vuelve al trabajo. Haz que la Ivy League se rinda a tus pies.
Amber sonríe. Aún hay tristeza en sus ojos, pero Eli sabe que es lo mejor que va a conseguir.
Se marcha, sin saber adónde ir o qué hacer hasta que suene el timbre.
Durante todo el día, el sabor de la sangre de Ben Garrett ha permanecido como una palabra olvidada en la punta de la lengua de Opi. Una gota del deseo de su cuerpo, la única cosa que lleva anhelando meses.
Mira a través de los campos de entrenamiento cubiertos de nieve, observándolo desde el bosquecillo donde se encuentra sentada.
La nieve bajo ella se ha derretido, y apenas nota lo húmedo que está su vestido fino mientras intenta recordar con exactitud su sabor.
Está convencida de que no sabía a lástima, como la de Mali.
Ni a sorpresa o miedo, como la de su padre.
Y, pese a que no lo recordaba con exactitud, una verdad espeluznante había empeza d o a esclarecerse: aunque hubiera bebido más que suficiente ayer de Mali, ya estaba sintiendo los primeros retortijones de hambre.
Reproduce en su mente la pelea con su hermana.
« No soy estúpida, Dusty. Ni tampoco una ingenua, a pesar de lo que creas. ¡Por eso he venido aquí con él! ».
Había saltado en su defensa muy rápido y con la certeza de tener el control. Aunque quizá estuviera mintiendo. A su hermana y a ella misma. Tal vez Dusty se lo tragase, pero cuando recuerda el modo en el que Eli la había mirado, está segura de que él había sido capaz de darse cuenta.
La nieve cruje en algún lugar a sus espaldas y su cuerpo responde, irritado al instante.
Se sumerge en la miríada de sonidos y olores que está comenzando a poder ubicar con un grado de deta lle abrumador: la tierra debajo de ella expandiéndose por la escarcha, la brisa colándose en un nido de pájaro abandonado sobre ella y la manera en la que pega contra una cáscara de huevo rota que aún sigue dentro.
Percibe hasta cómo las hojas de los árboles se han detenido para ayudarla a concentrarse. Entonces, al fin , lo huele.
—Te ha mandado Dusty, ¿no? —pregunta con la voz tan fría como la nieve a su alrededor.
Eli se sienta a su lado y se apoya contra un tronco.
Se queda callado un instante, observando al equipo de fútbol americano, antes de contestar:
—No puedes enfadarte porque ella quiera protegerte. Lo sabes, ¿verdad?
—Tu vínculo con ella no te da derecho a decirme lo que sentir. Lo sabes, ¿verdad?
Eli suelta una carcajada y la muchacha nota cómo reverbera en las raíces debajo de ella.
—Venga ya —dice él—. ¿Podemos dejar de lado esa actitud, no sé, diez minutos?
Opi cierra los ojos e intenta no permitirle llegar a ella.
—Así que es sed de sangre —comenta de forma casual. Cuando ella gira la cabeza para mirarlo, él apunta con la barbilla hacia los campos de juego—. Vi la manera en la que lo miraste después de que… lo probaras.
Empieza a latirle rápidamente el corazón, demasiado alto, demasiado fuerte. Aparta la vista de él, sabiendo que no sirve para nada negarlo, pero no puede admitirlo en voz alta. No a él. Eli ya la ha visto en su forma más vulnerable. En vez de eso, inspira aire frío y lo suelta poco a poco.
—Por favor —dice—. Déjame en paz.
—Ya sabes que no puedo. No después de la premonición de Dusty.
—¿Y qué? ¿Nuestros problemas son automáticamente tuyos ahora?
Cuando Eli no contesta, se gira y se encuentra sus ojos verdes sobre ella, imperturbables.
—Sí —responde—. Sí que lo son.
—Solo porque Dusty y tú…
—Esto no va sobre Dusty y yo, Ophelia. También va sobre ti. Todos hemos cambiado. Y sé que has decidido que soy el enemigo, pero yo tampoco deseé nada de esto. Estamos en esto juntos. Todos nosotros.