White Mountain (Black River 2) 6. Consecuencias #2
22%

6. Consecuencias #2

Conduce despacio por White Mountain Road, pero no hay signos de árboles caídos y la sal logra mantener el hielo y la nieve a raya.

Pasan la imponente verja de la propiedad de JD, y Eli se imagina a la mujer dentro.

Se encontraba en la casa la noche en la que lo capturaron.

Después de que Kristen y Will lo liberaran del sótano, atravesaron la casa corriendo y pasaron al lado de la madre de JD, que se limitó a quedarse sentada en el sofá mirando por la ventana.

Era como si no se hubiera percatado de que se encontraban allí.

Ophelia baja la ventanilla y los largos mechones de pelo se deslizan por el asiento hacia atrás, hacia Eli.

Durante un momento, él se queda hipnotizado por el modo en el que el sol mañanero titila a través de los mechones castaños claros, resaltando unos reflejos dorados suaves.

Su aroma a hierba dulce y flores silvestres lo inunda en el asiento trasero.

Se pregunta cómo sigue oliendo así a pesar de que, según Dusty, lleva sin ir a su huerto meses.

—El coche está haciendo algo raro —dice con suavidad.

Los ojos de Eli continúan aún en su pelo cuando Dusty añade:

—Uf, otra vez no.

—¿Qué quieres decir con «otra vez»? —pregunta Ophelia, recelosa.

Eli se obliga a alzar la vista al salpicadero del viejo jeep, donde los números del reloj digital parpadean y cambian constantemente al mismo tiempo que las agujas de los medidores giran sin control.

—Nada —contesta Dusty—. Nos ha pasado una o dos veces, solo eso.

—¿Y no pensabas contármelo?

Eli abre la boca para hablar, pero se lo piensa mejor.

Dusty permanece en silencio.

Ophelia se gira para mirar a Eli.

Él se encoge de hombros.

—Da mal rollito. No queríamos…

—¿Qué? ¿Alterarme? ¿Asustarme? Ya no tengo cinco años, Eli.

Dusty y él suspiran a la vez.

Segundos más tarde, oyen unas sirenas.

A medida que Dusty sigue bajando la carretera, ven unas luces azules y rojas parpadear y reflejarse a través del bosque cubierto de nieve. Al pie de la montaña, hay tres coches de la oficina del sheriff aparcados a un lado de la carretera.

Cuando pasan, Eli echa un vistazo entre los árboles, pero lo único que ve son huellas en la nieve.

—Si ves a Ben, dile que bebiste demasiado anoche.

Están llegando al aparcamiento del instituto de Black River, y las palabras de Dusty resuenan en los oídos de Opi.

—Eli lo obligó a olvidar lo que hiciste —añade su hermana—. Pero seguirá pensando que estábamos actuando raro.

Opi quiere gritarle. Su necesidad de controlar todo lo que ella hace y dice la harta más a cada segundo que pasa. Sabe que Dusty está tratando de mantenerla a salvo, aunque, con la premonición y ahora la nieve, tiene la sensación de que su necesidad de controlarla no hace más que empeorar.

Puede sentir la vista de Eli clavada en ella desde el asiento trasero. Ya son dos los momentos más embarazosos y descontrolados de su vida que él ha presenciado, y eso la hace querer encogerse dentro de sí misma. Anhela tener la confianza que sintió cuando habló con Ben.

Suelta un suspiro tembloroso y contesta:

—Vale. —Entonces, se dispone a salir del coche.

—¡Espera! —exclama Dusty.

Ella se queda quieta.

—Tienes razón. Necesitas un amigo. Alguien que no sea ami go mío. Deberías contárselo a Theo.

Opi se gira despacio hacia su hermana.

—No fuimos justos al pedirte que no se lo contaras —añade Dusty—. Perdona.

Las palabras le permiten a Opi aflojar un poco la tensión que le oprime el pecho. Sin embargo, responde:

—No pasa nada. Las cosas son… Juega al fútbol americano, y seguro que se ofrece al instante a que me empiece a alimentar de él. No creo que pueda soportar a otro donante por lástima. —Traga un nudo de vergüenza y, antes de que Dusty pueda decirle nada más, se da la vuelta y se marcha.

Se dirige a zancadas a la entrada del instituto, agradecida de haber elegido un vestido más largo hoy.

Es azul oscuro con flores pequeñas blancas, y se ha colocado una rebeca gris clara por encima para apaciguar a su hermana.

La energía desafiante de anoche ha sido superada por un impulso de encerrarse en sí misma.

Intenta bloquear el zumbido de todo el mundo a su alrededor con los ojos fijos en su taquilla.

Cuando la abre, no se atreve a mirar la estantería superior, en la que se encuentra el montón de botellitas y frascos ámbar que en el pasado constituían su miniherbolario.

No se había atrevido a limpiarla aún. En vez de eso, intercambia unos libros al tiempo que observa el horario de clase que se encuentra pegado en la puerta.

Un estornudo fuerte justo a su lado la sobresalta.

Casi de inmediato, una nube de humedad llena el aire y ella cierra los ojos, haciendo un mohín mientras unas suaves gotas de saliva y moco aterrizan en su piel expuesta.

Los gérmenes ya no significan nada para ella ahora que su temperatura corporal se mantiene en unos incómodos cuarenta grados, abrasando cualquier virus que se interponga en su camino. Aun así, es asqueroso.

—Lo siento —dice alguien en voz baja.

Opi alza la vista y ve el rostro pesaroso de un chico de primer año con la nariz al rojo vivo y los ojos llorosos. Por su olor, puede adivinar que lo que tiene es vírico.

Una parte de ella odia saber estas cosas sobre la gente que la rodea, pero hay otra que todavía desea hacer el papel de curandera, que quiere girarse hacia el chico y ofrecerle algo de la estantería superior de su taquilla que le alivie los síntomas.

Retuerce la mano al tiempo que deposita los ojos en un pequeño cuentagotas.

Es una tintura que contiene equinácea, milenrama, flor de saúco, hisopo y menta.

Sin previo aviso, se le vienen a la cabeza recuerdos de haberlas recolectado.

Cómo esperaba el momento perfecto para cada planta, cuando las flores estaban en plena floración en mitad del verano, o para sus raíces, justo después de una helada, cuando su energía estaba más concentrada en la tierra.

Durante un instante, recuerda experimentar una alegría pura —su lugar feliz, su huerto—, pero al tiempo que su nariz busca los olores florales y herbales agradables que asocia con sus productos hechos a mano, solo encuentra el aroma fétido y nauseabundo de la muerte.

Los recuerdos se desvanecen hasta convertirse en negro.

Cierra la taquilla y se aleja antes de asustar al pobre chico echándose a llorar justo delante de él.

Eli se dirige hacia la cafetería sintiéndose un actor al que han ordenado dónde colocarse en su marca. Tiene que estar aquí o allí justo en el momento oportuno para que la cámara lo grabe y el público se crea la historia que le están contando.

Incluso los libros de su mochila parecen de atrezo.

Apenas ha participado en clase antes del verano; solo aparecía para cumplir la promesa que les hizo a sus padres.

Terminaría el último curso, se graduaría y, a continuación, sería libre de marcharse adonde el viento los llevara a él y a su bicicleta.

Ahora, distraído por todos los sonidos, olores e instintos, consciente de que las cosas existen más allá de las imaginaciones más descabelladas de sus profesores, los trabajos, las tareas y los exámenes parecen más irrelevantes que nunca.

Se detiene en las puertas de la cafetería y mira a través de las ventanas cuadradas.

Todo el mundo se encuentra en su lugar: Dusty, en la mesa con Mali y Will; sus amigos Matt, Jesse y los otros, en la suya en la otra punta de la sala.

La vista lo paraliza, como siempre. No tiene ni idea de dónde encaja él.

No le importaría sentarse con Dusty. Le cae muy bien Mali y no hay literalmente nada que le disguste de Will.

Eli había esperado que le preocupara su vínculo con Dusty, pero Will está tan tranquilo y seguro de sí mismo que hace que Eli se sienta extrañamente inferior.

No obstante, sabe que debe de haber un límite y no quiere cruzarlo pasando demasiado tiempo con ellos.

La mayoría de los días, sigue sentándose con sus antiguos amigos. Sin embargo, a medida que pasan las semanas, le resulta más complicado, como si tuviera que seguir haciendo el papel que ellos esperan de él. Y, aunque Jesse lo sabe, hay tensión en su amistad por otras razones.

Durante el verano, había sido más fácil.

Se pasaba los días en la montaña en bicicleta o refrescándose en el lago, y sus amigos quedaban con él cuando querían.

Jesse se comportaba de forma distinta a su alrededor, más callado, más vigilante, pero se encontraban en el exterior, siempre en movimiento, y Matt jamás pareció reparar en ello.

No obstante, existía un acuerdo tácito por el que Jesse nunca aparecía solo.

Las noches eran para centrarse en su otra vida: alzar la vista hacia las estrellas en busca de otro destello de la presencia, vigilar a Amber, asegurarse de que se había alimentado y rastrear la mon taña buscando signos de JD.

Entonces, una noche a la semana se presentaba en casa de Jesse.

Entraba por su ventana para que que dara claro el motivo de su llegada.

Le clavaba los dientes en la piel y dejaba que su sangre le fluyera por la garganta.

Después, transcurrían unos minutos incómodos en los que charlaban y Eli fingía que no podía percibir lo que Jesse sentía en realidad por él o lo mucho que le dolía que Eli no correspondiera a sus sentimientos.

Cuando volvía a la montaña, Dusty y él se quedaban hasta tarde despiertos hablando, eso si no estaba con Will.

Por medio de su vínculo, ella notaba la presión que sentía él.

Era la única que podía entrever sus dos lados, y eso lo había reconfortado muchísimo.

Y cuando Dusty se encontraba con Will o Mali, Eli vigilaba a Ophelia en silencio y manteniendo las distancias.