White Mountain (Black River 2) 6. Consecuencias
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6. Consecuencias

Consecuencias

Chris ve una sombra oscura moverse por el rabillo del ojo.

Gira la cabeza con brusquedad, esperando con todas sus fuerzas que no haya nada ahí.

En vez de eso, atisba una voluta negra que desaparece hacia abajo por las escaleras de su habitación en el ático: unos hombros, un cuello y una cabeza bastante distorsionados para hacerlo dudar de sí mismo.

Sin embargo, después siente un hormigueo que le recorre la columna como una oscuridad líquida. Eso le dice que lo estaban observando.

Se aclara la garganta y echa un vistazo alrededor de la habitación, iluminada por los rayos del sol que reflejan los árboles cubiertos de nieve de fuera. No hay ni una sombra a la vista.

Se abrocha la funda de la pistola y luego saca el arma de la caja fuerte, listo para dirigirse escaleras abajo.

Llevar el uniforme puesto lo hace sentirse más tranquilo con el hecho de que ha estado viendo una figura sombría los últimos meses.

Al principio, creía que solo era una paranoia.

No obstante, aquello no tenía mucho s entido porque, en realidad, los últimos días se ha sentido extraordinariamente feliz.

Le encanta su trabajo como agente medioambien tal, confía en que sus hijas estén a salvo y bien, y está dedicando más tiempo a hacer las cosas que le gustan solo por diversión.

Aprovechó cada minuto de la temporada de pesca pasando días libres y mañanas a primera hora hundido hasta la cintura en todos los ríos y arroyos, cocinando trucha fresca en un fuego.

Incluso puso en marcha un programa educativo para agentes medioambientales en ciernes.

Llevaba años pensando en ello y, entonces, una mañana a principios de agosto, se limitó a pasar a la acción.

Así que cuando la sombra aparece —a veces alrededor de la casa o, en ocasiones, incluso fuera en la montaña mientras trabaja— suele pillarlo desprevenido, porque estaba tranquilo, y de pronto siente como si se le hubiera ido la cabeza.

Sabe que se lo debería contar a alguien, pero el mero hecho de pensar en ello lo llena de un instinto abrumador que le grita que cierre el pico. Además, no quiere poner en peligro su empleo. Y, hasta ahora, ¿qué daño ha hecho? Solo es una sombra.

Oye a las chicas bajar las escaleras, así que las sigue con la esperanza de que le dé tiempo a preparar el desayuno. Sin embargo, cuando llega al final, puede oír que ya se están colocando los zapatos en la puerta principal.

—¿Qué? ¿Ni un adiós siquiera? —grita.

—¡Adiós, papá! —dicen al unísono—. ¡Te quiero! —añade Dusty.

Se encoge de hombros y, acto seguido, empieza a atravesar las habitaciones hacia la cocina, agradecido de que la casa se haya calentado.

Había bajado esa mañana más temprano para echar sal en el camino de entrada cuando se percató de que había nevado.

La casa se había quedado gélida. Una de las chicas no deja de apagar la calefacción central, que, en el mejor de los casos, está baja, así que él la había vuelto a encender y había prendido una de las chime neas y, luego, se había vuelto a la cama.

Había oído cómo la quita nieves había pasado por el camino una hora después.

Chris había tenido la sensación de que la nieve podía llegar antes este año, pero ¿el 1 de noviembre? Sacude la cabeza al tiempo que entra en la cocina vacía. Se detiene en el quicio de la puerta, mira a su alrededor y, de pronto, siente que se le ha olvidado algo.

La montaña está cubierta de nieve. Los pájaros trinan en las copas de los árboles con gritos amortiguados que desorientan los senti dos agudizados de Eli.

Se frota las orejas mientras alza la vista hacia los árboles.

El sol se cuela por las ramas inclinadas cubiertas de nieve, iluminando las hojas naranjas, amarillas y verdes que to davía cuelgan de sus extremos.

Le crujen las botas cuando se hunden en la nieve.

Siente los pies demasiado calientes, pero hacen que los bajos de los vaque ros se le mantengan secos a medida que sube colina arriba.

Lleva la mochila colgando del hombro con solo el portátil y una camiseta de manga larga dentro para ponerse antes de entrar al instituto.

Por ahora, su camiseta blanca le permite que el aire fresco y frío le recorra el cuello y los brazos desnudos.

A través del bosque que tiene delante, oye cómo se abre una puerta y, luego, unos pasos en la madera seguidos de la voz familiar de Dusty.

—Qué suerte que papá haya echado sal en el camino de entrada —dice, fingiendo estar animada.

—Sí —responde Ophelia—. Ahora tenemos que pasarnos otro día ahogándonos con la calefacción central.

A través de los árboles se distinguen los tejados de cuento de la casa de los Silver y, a continuación, el resto de la casa.

Eli solía pensar que el lugar parecía una casa encantada.

Ahora, le resulta más reconfortante que ningún otro sitio, incluso aunque tenga que pasarse la mayoría del tiempo en el tejado, situado encima de la habitación de Dusty, o en el porche trasero.

Dado el obvio resentimiento que el padre y la hermana de esta todavía le profesan, no es que Eli sea exactamente bienvenido en el resto de la casa.

Ha estado tentado de usar su habilidad con ellos para obligarlos a caerles bien, pero Dusty había decidido que aquello sería cruzar una línea moral. No es que a él le hubiera importado mucho, dado que eso le haría la vida más fácil, pero era la familia de ella.

—Al menos, he vuelto para alegrarte los días —dice, saliendo de los árboles.

Ophelia le dirige una mirada de desdén.

—Sabes que no eres tan encantador como te crees, ¿verdad? —suelta, inexpresiva.

Eli se lleva la mano al pecho, fingiendo haberse ofendido.

Ophelia arruga la expresión a la par que rodea el coche hacia el lado del copiloto.

Eli se mueve más rápido y le abre la puerta.

Ella suelta un suspiro.

—¿No tienes tu propio coche?

—Sí. —Esboza una sonrisa—. Al contrario que tú.

—Opi abre la boca para decir algo, sin duda, malvado, pero él la interrumpe antes de que pueda hacerlo—.

Pero también, al contrario que a ti, me encanta el medio ambiente.

Y compartir coche es una de las muchas decisiones sostenibles que tomaré hoy.

Tú deberías intentar esforzarte más en ello.

Ella entrecierra los ojos.

—Y tú sabes también que no eres nuestro hermano de verdad, ¿no?

—Sé que no soy tu hermano —contesta y, acto seguido, le guiña un ojo.

—¿Habéis terminado ya los dos? —pregunta Dusty.

Eli sonríe con satisfacción.

—Me alegro de estar en casa. —Abre la puerta trasera del jeep de Dusty, aunque, antes de montarse, un crujido nauseabundo atraviesa el bosque y lo hace sobresaltarse y cubrirse los oídos.

Suena un último golpe sordo atronador y, a continuación, el silencio—.

¿Qué coño ha sido eso? —Mira a Ophelia sin aliento, pero, al igual que él, tiene los ojos abiertos como platos.

La puerta delantera de la casa se abre de par en par y Chris Silver sale, examinando el bosque.

—¿Estáis bien, chicos? —pregunta. Se detiene en Eli un segundo antes de añadir—: Ha sonado como si se hubiera caído un árbol. —Va vestido con su uniforme verde oscuro y con la pistola ya guardada en su funda.

Algunas veces, Eli se pregunta si es posible que a Chris se le venga a la cabeza el recuerdo que le borró, el de él agarrándolo de la cara, diciéndole que su hija no le acababa de morder la muñeca.

Dusty le dijo que ahora podía ver huecos en los colores de Chris.

Eli no fue capaz de imaginarse lo que ella quería decir, así que la chica se lo mostró a través del vínculo: su padre rodeado de una nube suave de verdes, azules y naranjas que giran lentamente, salpicados de burbujas transparentes.

Al parecer, todavía siguen allí, pero Eli teme que estallen de buenas a primeras y el recuerdo se restablezca.

Si lo hiciera, está seguro de que Chris le echaría la culpa a él.

Tal vez incluso se encontraría cara a cara con esa pistola.

—Sí, señor —dice Eli, odiando el ansia con el que desea complacer al hombre.

—Debe de haber sido uno bastante grande —reflexiona Dusty.

—Lo comprobaré hoy —responde Chris, pensativo. Entonces, mira directamente a Eli—. Has vuelto.

—Sí, señor —contesta otra vez, sintiendo cómo se le sonroja el cuello por el calor.

Se produce un silencio incómodo que Chris interrumpe al final:

—He visto tu nombre por todo internet.

Eli siente cómo se le oprime la garganta.

No ha consultado su teléfono desde que embarcó en el avión de vuelta.

No paran de llegarle mensajes y correos electrónicos.

Parece que está en una encrucijada: o bien lo manda todo a la mierda y se esfuerza por dar lo mejor de sí mismo, o bien tira la toalla.

Por el enfado que siente en su vínculo con Dusty, está claro que la atención extra no es deseada.

—Muy impresionante —suelta Chris, y Eli juraría que hay un deje de respeto en su tono.

—Gracias, señor.

—Será mejor que os marchéis —añade Chris—. Quién sabe en qué carreteras habrán quitado la nieve y habrán echado sal.

Eli y Ophelia se suben al coche; pero Dusty vacila, aún contemplando a su padre.

—¿Estás bien, cariño? —le pregunta él.

—¿Tienes que llevar eso?

Chris se mira a sí mismo.

—La pistola —insiste ella.

Él frunce el ceño.

—Pues claro que sí. Es parte del uniforme.

—Pero nunca la has usado, ¿verdad? Con una persona.

Arruga todavía más la frente.

—No, Dust.

—Entonces, si solo es por aparentar, ¿no podrías, no sé, llevarla descargada? Nadie lo sabría.

Él se mofa.

—¿De qué va esto? Sabes que sé lo que hago con ella.

La chica se queda callada durante un instante, y Eli puede sentir cómo la invaden el miedo y la aprensión. Imágenes de una noche oscura y nevada le inundan la mente, el eco prolongado de un disparo.

—¿Dusty? —pregunta Chris.

—No te preocupes —murmura, y luego se sube al coche.