White Mountain (Black River 2) 5. Una promesa escrita en la nieve #2
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5. Una promesa escrita en la nieve #2

—Pero si habla… —suelta él, incapaz de contener la sonrisa.

No sabe por qué disfruta tanto sacándola de quicio.

Se pregunta si es porque la encuentra intimidante y eso lo confunde, y es el único modo que sabe de comportarse con alguien así.

En cualquier caso, no necesita las habilidades de Dusty para conocer los sentimientos de Ophelia con respecto a él.

Los tiene escritos por toda la cara, desdén e irritación, visibles a simple vista.

Suspira—. Dusty te quiere, eso lo sabes, ¿verdad?

—Y tú sabes que esto no es de tu incumbencia, ¿verdad?

El chico sacude la cabeza y canaliza la frustración al apretar con fuerza el volante.

Antes incluso de acercarse a la fiesta de Halloween, él podía sentir el vínculo que tiene con Dusty entretejiéndose de nuevo con fuerza, casi tangible otra vez.

El alivio lo había recorrido a cada paso que había dado hacia la fiesta, como si hubiera regresado a casa por fin.

Pero, entonces, cuando había visto a Ophelia con Ben, su alivio había sido reemplazado por algo mucho más defensivo, territorial incluso.

Enseguida había pensado que se había sentido así porque era como Dusty se sentiría.

Es lo que cualquiera sentiría si su hermana corriese peligro de sí misma. Aunque Ophelia no es su hermana.

El resto del camino montaña arriba transcurre en silencio. Se adentran en el sendero de los Silver y Ophelia intenta abrir la puerta antes de que el coche se pare.

—Seguro para niños —explica Eli, y la manera en la que ella continúa tratando de abrirla de todas formas lo hace contener la sonrisa.

Se toma su tiempo en apagar el motor y luego desbloquea las puertas. Salen a la vez, y él sigue a Ophelia mientras ella se encamina a toda prisa hacia el lado sur de la casa, donde la montaña desciende hacia el bosque que se extiende a sus pies.

—Tu huerto huele fatal —comenta al fijarse en las plantas, la fruta y las verduras en descomposición; su olor impregna el aire fresco.

Ella sube los escalones con firmeza y cierra la puerta de atrás de un golpe antes de que él tenga ocasión de pedirle disculpas. No pretendía tener tan poco tacto. Sabe lo que el huerto solía significar para ella. Era uno de los lugares más bellos que él había visto jamás.

Dusty pasea la mirada en busca de los colores de su hermana en la noche.

—Está dentro —dice Eli en voz baja.

Ella alza la vista hacia la casa, oscura y en silencio.

A través de las paredes de la planta de arriba, distingue el resplandor de su padre, envuelto en colores que se arremolinan con suavidad siguiendo un patrón que Dusty reconoce ahora como sueño.

Opi debe de estar muy quieta en su habitación en la otra punta de la casa.

Dusty se une a Eli en el porche de madera que cruje y desvía los ojos al huerto.

Lo que apenas hacía un mes era un ecosistema vivo, próspero y comestible, cuidado con mucha meticulosidad con amor y cariño, ahora es una maraña de plantas descuidadas y moribundas.

Dusty había intentado cosechar lo que había podido en verano con la esperanza de hacer que Opi saliera, aunque solo fuera para que le enseñara el modo correcto de hacerlo.

Su padre traía cosas de vez en cuando para cocinarlas, pero después de que Eli le alterar a la memoria, había estado de lo más aturdido por todo.

Normalmente, parece él mismo; sin embargo, cuando se trata de los comportamientos cuestionables de alguna de sus hijas, como no comer o aparentar tener frío, se vuelve un zombi feliz.

—Antes le encantaba el otoño —susurra Dusty.

—Aún puede oírte —responde Eli en el mismo tono.

Ella se encoge de hombros.

—Tal vez es bueno que me oiga —dice un poco más alto—.

La verdad es que me encantaba ayudarla a cortarlo todo al final de cada estación.

Es obvio que no aprendí mucho, pero había algo satisfactorio, ritual incluso, en clasificar las plantas, recoger sus restos y mezclarlo todo para hacer compost, donde se convierte en algo nuevo. Era muy…

—¿Ordenado? ¿Limpio? —sugiere Eli—. Sí, no me extraña que te gustara. —Le da un empujoncito en el hombro con el suyo mientras se le extiende una sonrisa cómplice en el rostro.

Dusty pone los ojos en blanco. Eli podría pincharla con casi cualquier cosa y ella no se ofendería.

Hasta con sus tics, que antes la avergonzaban.

Al conocer a Eli como lo hace ahora, está segura de que no hay ni una pizca de maldad en su ser.

En especial, después de todo. Puede que a los demás no se lo parezca; sin embargo, él ha madurado rápido, más que ella, si ha de ser honesta consigo misma.

—Claro, está eso —responde ella, intentando no sonreír—.

Pero también me parecía algo más grande que nosotras.

Más grande que este huerto, como una forma de honrar las estaciones, y cómo existen independientemente de nosotros.

—Su sonrisa se acentúa conforme recuerda—.

Luego, cubríamos las zonas de tie rra sin nada con mantillo, arropando las plantas moribundas como si fueran a dormir.

—Suena entrañable —comenta él, impávido—. Casi tanto como el hecho de que estés aquí sentada toda seria, pero vayas vestida de gato. —Le da un papirotazo a la diadema con orejas negras y ella se la quita, dejando que el flequillo le caiga por la cara.

—Ay, se me había olvidado.

—Me ha sorprendido que fueras.

Lo mira de reojo.

—Mali.

Él suelta una risita y asiente.

—No digas más.

—¿Estuviste allí mucho rato? —pregunta ella—. Antes de que Opi… La verdad es que no vi lo que hizo. Salí afuera, me la encontré allí y olí la sangre. Los colores de ella me resultaron… desconocidos. Rojo y aterciopelado, vibrando con destellos de luz brillante.

—Genial —replica Eli.

A continuación, cierra los ojos y ella siente que la cabeza le da vueltas al llenársele de recuerdos cuando él envía lo que ha sucedi do a través del vínculo.

Él regresando de México y dándose cuenta de que Dusty estaba preocupada.

Subiéndose al coche y siguiendo el tirón hacia ella.

Después, caminando hacia la casa y Ophelia saliendo con Ben.

Eli quedándose atrás. En ese punto, hay un sentimiento extraño que Dusty no identifica.

Emborrona lo que puede divisar a través del vínculo.

Se pregunta si no serán sus propias preocupaciones deslizándose hacia las de Eli.

—¿Y luego qué? —pregunta ella.

—No mentía —contesta tras unos minutos—.

Fue un accidente. Si te soy sincero, creo que yo tuve toda la culpa.

Estaban teniendo un… momento. Pero debió de haberme sentido allí, porque miró alrededor mientras Ben se le acercaba.

Creo que iba a besarla. —Hace una mueca, pasándose una mano por el cabello cobrizo—.

Cuando ella se giró, le dio en la boca con la cabeza.

Seguro que se mordió el labio. Lo único que hizo ella fue tocar la sangre y luego probarla.

Dusty abrió los ojos como platos.

—¿Lo único que hizo?

Eli la ignora.

—La verdad es que ha tenido su morbo.

Dusty le pega en el brazo.

—¡Eli!

Él se ríe.

—¿Qué? Es cierto.

—Esto es serio —replica ella—. He tenido una visión hoy. Pero ha sido de algo que no ha ocurrido. Al menos, no todavía. Opi estaba en peligro. Nevaba.

Los dos desvían la vista hacia el huerto, escudriñando sin parar la linde de los árboles, cuando Eli pregunta:

—¿Qué sucedía?

Ella le muestra lo que vio y sintió y observa cómo cambian los colores de Eli para después comenzar a arremolinarse hacia arriba con frenesí, como si fuesen hacia la habitación de Opi.

—Sé que no tengo que pedirlo —dice ella, bajando la voz a un susurro mínimo—.

Pero necesito tu ayuda. Creo que fue una premonición.

Algo malo va a ocurrirle y, aunque no sea hasta que el bosque esté cubierto de nieve, empezarán a suceder cosas que llevarán a ese momento.

Debemos cuidar de ella, más de lo que ya lo hacemos.

No puedo impedir que la premonición pase sin comprender qué es lo que hará que suceda, y tampoco puedo vigilarla todo el tiempo.

Así que, cuando yo no lo haga, necesito que la vigiles tú. Cuídala, Eli. Algo malo va a ocurrir.

Eli asiente. Los colores se han detenido a su alrededor conforme escuchaba; los rojos y los naranjas se han profundizado, pero, de pronto, se estremecen.

—Mira —suelta, observando ahora el huerto.

Al principio, Dusty no ve nada, pero cuando logra enfocar la vista, alza los ojos al cielo y luego los baja hasta los árboles.

El aire está lleno de destellos silenciosos e ingrávidos.

Alarga la mano fuera del refugio del porche y la piel le hormiguea cuando unos dimi nutos copos aterrizan sobre ella y se derriten de inmediato.

La preo cupación se apodera de Dusty con cada copo y sabe que Eli también lo siente: la premonición ahora es inminente. Una promesa escrita en la nieve.