4. Feliz Halloween #3
Los colores de Kat se apagan y se desvanecen a su alrededor.
—Pero volveré a intentarlo este fin de semana —añade Dusty. No está segura de por qué trata de sonar tranquilizadora. Sabe que no puede hacer nada.
Un destello de rojo deslumbrante llama la atención de Dusty hacia la multitud bajo ellos.
Apenas presta atención a la conversa ción de Will y Mali con Kat mientras observa a un grupo de juga dores de fútbol americano de hombros anchos.
Cree que ha visto unas alas de hada asomarse, pero el grupo se mueve y a Opi no se la ve por ningún sitio.
—Cuidado —murmura Opi, agarrando a Ben para estabilizarlo. Sus manos se aferran a sus antebrazos mientras lo ayuda a bajar el último escalón del porche.
Alza la vista y lo mira desde abajo, y él inspira el aire gélido de la noche.
—Lo siento mucho —se disculpa—. Te juro que solo me he tomado cuatro cervezas.
Ella esboza una sonrisa.
—¿Has cenado? —le pregunta.
Él niega con la cabeza, balanceándose un poco.
—Novato —le dice de broma—. Ven, siéntate. —Lo guía hasta un muro bajo de piedra. Cuando le suelta los brazos, él se queda mirándole las manos, perplejo. Ella siempre se olvida de lo caliente que ahora es su tacto.
Sentada a su lado, deja que la piedra fría bajo ella absorba un poco de su calor. Cierra los ojos y se permite respirar por la nariz por primera vez desde que se encontraba dentro, tragando la saliva caliente que de inmediato le inunda la boca. Es como si fuera capaz de saborearlo.
—Gracias —le dice él—. No quería… No debería…
Ella abre los ojos y lo observa sacudir la cabeza de nuevo.
—No tienes por qué quedarte aquí fuera conmigo —suelta al final.
—Ah, yo…
—Si no quieres, me refiero. No deberías perderte la diversión solo porque yo me emborrache con facilidad.
Opi sonríe, pensando que parece un osito de peluche grande un poco borracho.
—Ahí adentro hacía mucho calor —consigue responder—. Tú solo has sido una buena excusa para salir afuera.
—Genial —contesta él, y alza un dedo para señalar la purpurina roja de la punta de la oreja de ella—. Qué cuqui —suelta.
Antes de que Opi pueda responder, un escalofrío le recorre la nuca. La están observando.
Mira a sus espaldas y luego alza la vista al cielo. Las estrellas brillan muy arriba, pero no se produce ningún movimiento ni ningún sonido.
—He de confesarte algo —añade Ben, arrastrando las palabras.
—Ah, ¿sí?
—Sí. En realidad no me llamo Hermano de Sangre.
Opi reprime una sonrisa.
—Qué alivio —contesta—. Porque yo tampoco soy en verdad un hada demonio.
Una risa grave retumba en el pecho de él.
—Qué alivio, aunque Hermano de Sangre y Hada Demonio parecen compatibles.
Opi lo mira de reojo, preguntándose si está ligando con ella. El pensamiento le provoca una extraña oleada de energía. Alza el mentón y luego extiende una mano.
—Ophelia —dice—. Pero puedes llamarme Opi.
Él agranda la sonrisa y se sonroja.
—Ben. —Desliza la mano entre la de ella y se dan un apretón sin soltarse.
La chica vuelve a sentir un hormigueo en la nuca y se gira para mirar a su alrededor. Las sombras que proyectan las farolas danzan en torno a las cabañas y los edificios desiguales, pero la carretera parece estar vacía. Se vuelve a girar hacia Ben demasiado rápido y su frente choca contra su boca.
—Auch —gruñe él, soltándola de la mano para tocarse el labio inferior.
—Lo siento muchísimo…
—No, he sido yo. Creo que me he mordido el labio.
Opi se está preguntando si él se ha acercado a ella, si ese ha sido el motivo por el que se han chocado, cuando se percata de la sangre que tiene él en la yema de los dedos.
Contiene el aliento, paralizada.
Una calidez intensa y metálica le invade la nariz y le provoca un cosquilleo en la lengua. Sin pensar, alza una mano, le planta el pulgar en el labio y le limpia la sangre. A continuación, se lleva el dedo a la boca y lo chupa.
—Ophelia —dice una voz ronca en algún lugar a sus espaldas.
Ben está mirándola, estupefacto y con las cejas fruncidas por la confusión.
—Ophelia —vuelve a repetir la voz, esta vez con más firmeza.
Ben se sobresalta y mira a su alrededor, aturdido.
No obstante, Opi cierra los ojos mientras saborea la sangre de Ben.
Le empiezan a palpitar tanto los dientes que siente que le han crecido los colmillos por completo. Se pasa la lengua por ellos, pero solo están un poco más largos de lo que suelen estar, afilados lo justo. De todas formas, saben lo que quieren, y quieren más.
Se oye un fuerte estruendo seguido de un ruido metálico. Opi abre los ojos de pronto y ve a Dusty saliendo corriendo de la fiesta hacia ella. El pestillo de la puerta yace roto en el porche detrás de su hermana mientras la música y las voces de la fiesta se cuelan en la noche.
Antes de que Dusty la alcance, se detiene en seco y mira por encima de la cabeza de su hermana, al lugar de donde provenía la voz grave.
A Dusty se le desvanece la ira del rostro y la reemplaza un alivio.
Entonces, echa a correr. Opi la sigue con la mirada, todavía medio aturdida, mientras Dusty se funde con Eli en un cálido abrazo.