White Mountain (Black River 2) 4. Feliz Halloween
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4. Feliz Halloween

Feliz Halloween

Will frota la manga de su jersey negro contra la ventana de su habitación, limpiando el serrín para poder ver las estrellas. Trata de imaginarse el orbe que Dusty le describió, pero es casi imposiblemente abstracto. Sabe que eso lo hace más fácil para él…, el hecho de estar en la oscuridad.

Él no siente el peso de la curiosidad con el que carga Dusty o las presiones evidentes de lo que les ha ocurrido a sus cuerpos.

Sabe que una parte de él debería sentir miedo.

Sin embargo, de alguna forma, la constatación de que los fenómenos paranormales son reales lo inunda de una sensación de calma extraña.

Es como si lo liberara de las presiones que la mayoría de las personas sienten a su edad.

Es una prueba concreta de que hay mucho más en la vida que marcar casillas o intentar seguir el ritmo.

Renueva su necesidad de centrarse en lo que se encuentra delante de él.

Se gira y examina la habitación, que ahora es más un taller que un dormitorio.

Apilado en la esquina contraria a su cama hay un ban co con una tabla ancha de madera de haya apoyada encima.

Will la toca y traza los patrones finos en la veta recién lijada.

Los surcos de sus yemas se quedan atascados en las ranuras curvas de la madera, y una chispa de emoción lo invade.

Se muere de ganas de terminar lo que está construyendo.

Se muere de ganas de enseñárselo a Dusty.

El pensamiento lo lleva de vuelta a esta mañana en el armario de suministros, a los besos de Dusty trazándole la línea de la mandíbula y luego bajando por su cuello, al calor de ella colándosele por su ropa gruesa mientras lo presionaba contra las estanterías.

Después, ese momento de fuego y hielo cuando le clavó los dientes.

No se molesta en preguntarse si le debería gustar alimentarla tanto como lo hace. Es lo que hay, y no lo cambiaría por nada del mundo. Se ha vuelto una parte de ellos, como todo lo demás que comparten. De ellos y solo de ellos.

Un claxon suena fuera y se coloca una chaqueta negra y un gorro; luego sale corriendo hasta el jeep de Dusty.

—¡Feliz Halloween! —grita Mali desde la ventanilla abierta del copiloto. Cuando lo mira de arriba abajo, frunce el ceño—. ¡¿No te has disfrazado?!

Él se encoge de hombros.

—Voy todo de negro.

Ella se ríe.

—¿Y qué?

—Que… puedo ser lo que quieras que sea.

Mali pone los ojos en blanco y sonríe.

Dusty se inclina hacia delante desde el asiento del conductor.

Lleva unas pequeñas orejas negras sobre una diadema que le retira el pelo de la cara, un círculo pintado en la punta de la nariz y unos bigotes en las mejillas.

Le dedica su sonrisa más radiante, lo que hace que a Will se le encoja el pecho.

Él le devuelve la sonrisa.

—¿Un gato negro?

—Soy Salem —especifica, torciendo la nariz. Cuando él frun ce el ceño, confundido, añade—: De Sabrina .

—Aaah, sí. —Vuelve a mirar a Mali, que lleva algo rojo vino con un cuello enorme y blanco de encaje—. Déjame adivinar. ¿Tú eres Sabrina?

—¡Obvio! —responde Mali.

Will abre la puerta trasera y se encuentra a Opi dentro.

Ella lo mira con la barbilla en alto y unas alas de hada rojas y brillantes a sus espaldas.

Cuando se monta, se le pasa por la cabeza que, aunque no va a muchas fiestas, Opi jamás ha ido con ellos antes.

Cuando Mali le preguntó esta tarde, pensó que Opi no querría unirse a ellos; ya hace mucho de eso y no pasaría nada por que se quedara otra vez en casa a solas con su padre.

Por el espejo retrovisor, los ojos de Dusty se encuentran con los suyos. A él le lleva un segundo, pero se percata de que están llenos de aprensión.

Opi alza la vista hacia la enorme casa. Unos farolillos se alinean a lo largo de los amplios escalones de piedra que conducen a las puertas dobles delanteras, las barandillas están cubiertas de telarañas y arañas de plástico negro brillante. El lago más allá reluce bajo la luz de la luna.

Will silba sorprendido, traspasando los bajos potentes que retumban desde dentro de la casa. Opi se cubre las orejas cuando siente el sonido clavársele en la piel. Al mirar a Dusty, ella está haciendo lo mismo.

—Lo siento. —Él pone una mueca—. Solo es…

—¿Una locura? —le ofrece Mali, estirando el cuello para ver más allá de la base de piedra del edificio en donde los hastiales y las barandillas del porche se encuentran decorados usando árboles talados enteros.

Las ramas siguen intactas, desnudas y pulidas, sos teniendo las enormes líneas del tejado.

—Sí. Y yo que creía que su casa era grande… —dice, señalando con la cabeza a las hermanas Silver—. Mirad ese trabajo de carpintería. ¿De quién era esta casa?

—De Jack Barlow —responde Mali.

—Ah, sí —repone Dusty, asintiendo—. Me había olvidado de que es un Vanderbilt o algo así. O lo era su familia. En el pasado. Este debe de ser uno de sus grandes campamentos. La gente rica de la ciudad los construía antaño como retiros vacacionales. Recuerdo que mi abuela me habló de ellos.

Opi se gira y mira a lo largo del camino de grava iluminado con farolas lo que parece una cochera seguida de una docena o así de edificios de distintos tamaños y estilos rodeando el lago.

Uno parece un chalet suizo; otro, una cabaña de madera, e incluso hay uno con tejados escalonados como las pagodas japonesas.

Mali empieza a subir los escalones seguida de Dusty y Will.

Antes de que Opi se les una, esta mira su disfraz.

Cuando abrió la caja de ropa por primera vez, se había sorprendido ante los tonos verdes y pasteles suaves.

Todo parecía disfraces de hada. No obstante, en el fondo de la caja se hallaba una bolsa de ropa que se le había quedado pequeña a Mali y le había dado hacía años, y dentro de ella, algo de un rojo vivo.

El vestido es incluso más corto que el que ha llevado al instituto hoy, de palabra de honor y ceñido.

Pero entre Dusty pensando que tiene el derecho de dictarle qué ponerse, la mirada juzgadora de otras chicas y la forma en la que Cam se ha quedado boquiabierto mirándola, el vestido parecía perfecto para cómo se siente hoy.

Además, tenía un par de alas de hada rojas a juego.

El cabello ondulado castaño claro le cae en cascada a su alrededor, y comprueba que las orejas le sobresalen entre los mechones. Se ha cubierto las puntas de rojo brillante; el mismo tono que lleva en los párpados.

Se alisa el vestido con las manos, decide que no le importa que se le marquen los huesos de las caderas y, entonces, comienza a subir los escalones, descalza.

—¿Qué pasa? —había espetado Opi cuando Dusty, antes de marcharse, le había cuestionado su elección de no llevar zapatos.

—Sé que dije que no me iba a entrometer —había gemido Dusty—, pero, Op, estamos en pleno invierno. Una cosa es llevar un vestido, pero ¿sin zapatos? No puedes salir a la calle así.

—¿Por qué? ¿La gente asumirá que bebo sangre humana porque voy descalza?

Dusty había cerrado los ojos, claramente exasperada.

—En realidad, no sé cuántas veces más podré decirte esto. No necesitamos llamar la atención. La atención llevará a preguntas. De todas formas, te he dicho que no tenías por qué venir. Quizá fuera mejor que pasaras más tiempo con papá.

Opi había soltado una risita.

—Ah, sí, me lo dijiste. Muchas gracias, Dust. Estoy muy agradecida por que lo hayas decidido por mí.

—Op, yo…

—No, voy a ir. Además, por si se te había olvidado, Theo está en el equipo de fútbol americano, igual que Jack Barlow, el anfitrión. Así que, técnicamente, es la fiesta de mi amigo, no del tuyo.

Se habían quedado mirándose la una a la otra por un momento demasiado largo, antes de que Dusty soltara:

—Ponte las botas y ya está. Te quedarán bien. Por favor.

—Soy un hada —había replicado Opi con rotundidad—. Es literalmente la única noche que puedo salir así.

Dusty había soltado un largo y lento suspiro.

—Solo quiero mantenerte a salvo.

—No tienes que actuar como si fueras mi madre, Dust. Y, por si se te había olvidado, yo soy la que cuidaba de ti hasta hace poco. —Entonces, había salido hecha una furia de la casa hacia el coche. Descalza.

Ahora, sube los escalones de la casa de Jack Barlow deleitán dose con la sensación de la piedra fría bajo ella. Dentro, la fiesta está a tope. Las cabezas se giran para mirarlos de arriba abajo, y más de un par de ojos se fija en los pies de Opi.

Ella alza la barbilla, desafiante, mientras observa a la gente.

—Bueno, supongo que los vampiros siguen de moda —reflexiona Mali.

Tiene razón. Hay una cantidad apabullante de personas con sangre sintética goteándoles de la comisura de la boca. Hay incluso unos cuantos dráculas clásicos y un grupo con la piel plateada y llena de purpurina.

—Voy a buscar a Theo —dice Opi, adentrándose en la multitud.

—¡Llevo el móvil, por si no me puedes encontrar! —grita Dusty, pero su hermana no se gira.

—Me encanta cuando Opi es mordaz e insolente.

—Oye que suelta Mali. Es obvio que Dusty se queda mirando a su mejor amiga, recordándole que Opi aún puede oírla, ya que Mali baja la voz a un susurro y añade—: ¿Qué?

Cuando es dulce también me cae bien, pero esta noche tiene energía de malota. Me pone un poco caliente.

«Lo que está caliente es esta habitación», piensa Opi, adentrándose en la fiesta.

Incluso con el techo de doble altura, puede oler a toda la gente de la habitación como si se estuvieran cocinando a fuego lento en un horno.

Apuesta a que Dusty se está arrepintiendo ahora mismo de su atuendo negro y ceñido. El pensamiento le provoca una sonrisa.

—¡Op! ¡Aquí! —brama una voz ronca.

Se pone de puntillas y sigue el sonido de la voz de Theo. Entre un grupo de chicos particularmente altos, lo ve bajándose una capucha verde para que lo pueda reconocer detrás de la banda de tela morada que lleva como máscara.

—Donatello —dice ella sonriente mientras se acerca a él.

Theo da una vuelta y le muestra con orgullo su disfraz de Tortuga Ninja al completo.

Opi suelta una carcajada.