3. Premonición #3
El día de instituto pasó como otro cualquiera.
En modo automático, fue de clase en clase, apenas consciente de los profesores y de los amigos que la miraban con curiosidad, preguntándose qué podría haber provocado el cambio en su comportamiento.
Al contrario que Dusty los primeros días cuando cambió, Opi rara vez se molestaba en ocultarlo.
Tal vez fuera porque no se encontraba sola y tenía a otras personas que sabían lo que le había sucedido.
O quizá fuera porque no servía de nada negar que había cambiado.
Era como si el hecho de que fuera una locura demostrada le impidiera preocuparse por lo que pensaran los demás.
Después de lo que le había hecho a su padre, había llegado primero la depresión como un manto negro pesado que no pudiera quitarse.
La agobiaba día tras día, atrapando cada sentimiento y ahogándolos en una monótona nada.
Luego, había aparecido la ira. Le hablaba mal a la gente, sobre todo a los que más se preocupaban.
Eso la hacía sentirse mejor. La llenaba de energía, le encendía la sangre y le provocaba tensión en su interior.
Pero entonces vino la amargura, una triste culminación de las dos.
Todavía perduraba como un mal olor.
La fría mesa de metal debajo de ella vibra y se gira para mirar al equipo de fútbol americano salir corriendo de los vestuarios; una nube con aroma a chicos y a almizcle se extiende tras ellos.
Theo la saluda cuando pasa junto a ella; las protecciones de los hombros acentúan lo grande que se ha vuelto.
Al principio, ella iba a verlo entrenar para posponer el marcharse a casa.
También le parecía una forma de seguir conectada con Theo sin tener que salir con él y fingir que era la de antes.
Pero, ahora, mientras el viento lanza otra fría ráfaga en su camino, la razón por la que Opi continúa yendo a ver a Theo entrenar sale corriendo al campo.
Ella inhala y le palpitan los dientes ante el olor de él.
De Ben Garrett. El quarterback .
Observa cómo trota alrededor y luego vocifera jugadas a sus compañeros de equipo, que se dispersan en distintas direcciones.
Con el casco bajo el brazo, se pasa una mano por el pelo castaño, corto y bien peinado, y después mira en dirección a Opi.
Posa sobre ella los ojos marrones enmarcados por unas pestañas gruesas un segundo antes de ponerse el casco y comenzar a ladrar palabras aleatorias como «Luna azul», «Cuarenta y dos», «Águila», «Por encima», y, a continuación, hace un pase largo hacia lo que Opi ahora sabe que es su grupo de receptores.
Ella saca un cuaderno y un boli de la mochila para fingir que toma apuntes. Para fingir indiferencia.
Al principio, Opi no había comprendido de qué hablaba Dusty cuando usaba la expresión «sed de sangre».
Ella había asumido que tenía que ver con sentimientos profundos, como los que Dusty tenía por Will, y no con un deseo más bien primario.
No obstante, cuando Opi había estado de pie al lado de Theo una mañana y Ben se había acercado a él para hablar de algún asunto relacionado con el fútbol americano, entendió la expresión al momento.
Jamás había hablado con él antes, ni siquiera se había parado a mirarlo dos veces, pero, en ese instante, la sed de sangre la recorrió de arriba abajo.
En cierto sentido, ha sido de ayuda. En un momento en el que siente que todo su mundo se ha puesto patas arriba, él ha sido una luz al final del túnel.
Una promesa de algo más que los ratos tensos y patéticos que comparte con Mali todas las semanas.
La idea de regodearse en lo que la consume resplandece ante sus ojos.
Encontrar un camino a esa luz es otra historia.
No tiene ni idea de cómo Ben Garrett, uno de los alumnos de último año más queridos del instituto, podría dejarla a ella, una alumna cualquiera de penúltimo curso, alimentarse de su sangre.
Tampoco ayuda que ella no tenga experiencia en amistades con chicos.
En el pasado, le han pedido salir en algunas ocasiones, pero ella nunca ha tenido interés en el tema. Algunas chicas incluso la han molestado por eso, mas Opi las ha ignorado la mayor parte del tiempo. Simplemente, ha estado más centrada en otros aspectos de su vida.
Ahora, el cuerpo de Opi parece claramente diferente, de formas que ni Dusty es capaz de comprender.
Sabe que su sed llega con más rapidez que la de su hermana, y, durante un tiempo, le ha dado miedo no volver a confiar en sí misma al quedarse sola con alguien.
Sin embargo, pese a su hambre, lleva meses demostrando que puede hacerlo, ya que, por suerte, se está alimentando de Mali, lo que hace que su vergüenza se imponga a los celos que le da lo que tienen Dusty y Will.
Lo que tienen Eli y Jesse. Y se dice a sí misma que no tiene derecho a querer más.
El recuerdo de lo que le hizo a su padre estalla en su mente: el horror en la cara del hombre cuando se abalanzó sobre él, el sabor de su sangre, ser consciente de que aquello estaba mal…
, pero su hambre no le permitió parar. El modo en el que Eli la miró después. Con inquietud, cautela y prudencia.
Por lo general, el recuerdo viene como una confirmación: «Tienen razón.
Agacha la cabeza. Sé una buena chica. Ve a lo tuyo».
Pero cuando una nueva corriente de viento le lleva el olor de Ben Garrett, algo cambia dentro de Opi.
La determinación la envuelve de una manera tan estimulante como la sangre.
Curva los labios en una sonrisa mientras piensa que ir a la fiesta de esa noche quizá no sea una idea tan mala, al fin y al cabo.