2. Distancia infinita #3
A medida que se acerca a la cafetería, Dusty echa un vistazo al altar de Kristen King.
Casi juraría que ha doblado su tamaño otra vez esta semana.
Un montón de peluches, notas a mano y flores llegan hasta una foto enmarcada de una hermosa rubia.
Hay un cartel colgado encima al que le faltan las palabras te acompañamos en el sentimiento .
A Dusty se le viene a la mente el rostro sin vida de Kristen desapareciendo bajo tierra mientras la enterraban en el bosque cerca de la base de la White Mountain.
Una oleada de tristeza la atenaza, salpicada de destellos de ira.
No le extraña que JD huyera. De haberse quedado, está bastante segura de que, si Eli o ella no lo hubieran matado, lo habría intentado Mali.
Las puertas de la cafetería se abren, y le llega el olor a comida demasiado cocinada. «Kristen odiaría estar aquí», piensa, mientras observa una vez más su cara sonriente antes de entrar.
El ambiente está cargado con el murmullo de voces, el olor de todo el mundo y la comida que están tomando…
, además de la calefacción. A medida que pasa por decenas de mesas, trata de no obsesionarse con el calor que le dan los vaqueros contra la piel o con el picor del top de manga larga que se ha puesto para guardar las apariencias.
Lleva un jersey atado a la cintura, pero no tiene intención de ponérselo.
Atrás quedaron los días de verano de brazos y piernas al descubierto y algodón ligero.
Al menos, para Dusty. Supone que Opi no debería preocuparse tanto por lo que la gente piense de ella. Porque no es una asesina.
La recorre un estremecimiento: el recuerdo que Eli le compartió de cuando había irrumpido en la habitación de Opi y se había encontrado a su padre medio drenado y a su hermana incapaz de parar de alimentarse de él.
Tiene un modo de colarse en su mente y de recordarle lo mucho peor que podrían ir las cosas.
Por su puesto, se culpa a sí misma. Debería haber sabido que Opi tenía más problemas de los que mostraba.
Al fin y al cabo, ella había acabado de pasar por todo aquello.
Sin embargo, todavía no se había acostumbrado a que las tornas hubieran cambiado y Opi ya no fuera la cuidadora, la fiable, su roca.
Ni siquiera le había pedido a Eli que vigilara a su hermana. Dusty creyó que se encontraría bien por la noche, incluso durante unos días más. Si Eli no hubiera estado fuera buscando cualquier rastro de JD por si hubiera vuelto, sus vidas ahora serían completamente distintas.
Una ligera oleada de calma azul la envuelve, y alza la vista al frente y ve a Will levantándose de su mesa y esperándola. Hasta que Dusty no toma asiento en su sitio, no se sienta él a su lado.
Es obvio que Mali intenta contener una sonrisa.
—¿Qué? —pregunta Dusty.
—¿Quién te crees que eres? —le dice Mali a Will—. ¿El señor Darcy?
Will le da un apretón a Dusty en el muslo por debajo de la mesa y esta siente cómo un sofoco le recorre el cuerpo ya cálido. Will se encoge de hombros como respuesta a Mali y le planta un rápido beso a Dusty en la mejilla.
Mali suspira.
—No me hagas caso. Solo estoy amargada y resentida.
Dusty observa cómo los colores de Will y ella se extienden de manera espontánea hacia Mali, deseando reconfortarla a pesar de que no saben qué decir. Kristen está muerta y nada va a cambiar eso.
Mali estira el brazo para robarle una patata frita a Will, aunque tiene una buena cantidad en su bandeja sin tocar.
—¿Cómo están hoy? —pregunta Dusty.
Mali alza la vista con una expresión de ironía.
—¿Vamos a charlar sobre la comida? ¿En serio?
Dusty suelta una carcajada nerviosa. Ha sido duro ignorar el modo en el que los colores de Mali han parecido atenuarse y enturbiarse después de que Opi se hubiera alimentado de ella esa mañana. Por el contrario, los de Will se han iluminado. Se han llenado de destellos de luz centelleantes.
—No te preocupes —dice Mali, que relaja el rostro y esboza una sonrisa—. Me terminaré la comida. —Mira al otro lado de la habitación, a la mesa de Opi—. Ella me obligará si no lo hago.
Sin embargo, Dusty no le echa un vistazo a su hermana. Algo le está dando vueltas en la mente y la está sacando de sí misma.
El chasquido de un disparo le retumba en los oídos, pero ella ya está corriendo.
El miedo la empuja hacia la tupida linde de los árboles, agitándose y sin aliento. El sentimiento de que hay alguien cerca le eriza el vello. A su alrededor, unos árboles gigantes crujen bajo el peso de la espesa nieve, deslumbrando con la luz de las estrellas, enmarcados por la noche oscura.
Los pasos suenan cerca, luego lejos, y, a continuación, aún más cerca.
«No mires atrás —se dice a sí misma—. Vienen a por ti».
Sigue hacia delante, tropezándose con raíces mientras los pies se le hunden en capas de nieve y hojas en descomposición.
Dos árboles colosales bloquean el camino más adelante, fortificados por un muro de nieve imponente.
Ella se abre paso a través de la pared helada, rezando por que no haya nada oculto debajo.