White Mountain (Black River 2) 2. Distancia infinita
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2. Distancia infinita

Distancia infinita

Opi cierra la puerta del coche de un golpe y se dirige a zancadas largas y rápidas hacia la entrada del instituto de Black River.

—¡Opi! —grita Dusty detrás de ella—. ¡Espera!

Pero Opi no baja el ritmo. No puede.

—Te puedes vestir como te dé la gana —dice Dusty, alcanzándola—. No debería haber sacado el tema otra vez.

«Pero lo has hecho», piensa Opi, que se alegra de que su her mana piense que el motivo de su enfado sea ese, no que se encuen tra justo al límite de su autocontrol.

Tardaron casi media hora en cambiar la rueda y en que se despejara el puente.

Opi habría querido salir del coche y correr hacia Mali, pero eso habría delatado su desesperación, así que, en vez de ello, apretó los dientes y fijó la mirada en un pino solitario y estoico que había al filo de la carretera.

Mali y Will habían aguardado en el molino todo lo que pudieron, pero como Mali estaba en trámites de pedir una beca universitaria, había llamado para decir que no quería llegar tarde y que tendrían que alimentarse en el instituto.

Al ver el pánico en los colores de Opi, Dusty había sugerido que podían esperar hasta después de clase.

Ella, con una ira contenida, tuvo que admitir que prefería no esperar, lo que despertó unas nuevas miradas de preocupación de su hermana.

Más cerca del instituto, cuando Dusty le había preguntado si estaba segura de si no quería que le prestara la chaqueta para cubrirse el vestido de verano, Opi había estallado.

Empuja las puertas batientes del colegio, y los estudiantes que van de camino a su aula se vuelven todos para observar esa entrada tan dramática.

Puede notar que el vestido le roza los muslos mientras camina, y de pronto repara en lo largas y torpes que deben de parecer sus piernas.

Con todo el mundo mirándola, se niega a fijar se en sus abrigos, jerséis y vaqueros, y en la forma en la que su vestido está atrayendo atención no deseada.

—Op —suelta Dusty, con un suspiro, a su lado.

Sin embargo, Opi sigue sin poder mirarla. No soporta la preocupación que sabe que reflejan sus ojos.

Opi anda tan rápido como puede sin correr mientras sortea las decoraciones de Halloween que dominan los pasillos.

Hay serpentinas naranjas, negras y moradas desperdigadas por todos lados con montones de telarañas sintéticas cayendo en cascada del techo y las taquillas con murciélagos y arañas negras aquí y allá.

También se hallan figuritas de fantasmas, esqueletos y zombis atadas como una especie de masa horrorosa que cuelga del techo, lo que convierte el camino para encontrar a Mali y a Will en una carrera de obstáculos extraña.

Y para empeorarlo todo aún más, lo único que Opi huele es el hedor nauseabundo de las calabazas en descomposición alineadas encima de las taquillas con caras talladas que miran con sonrisas burlonas y macabras.

—Te he dicho que lo siento, Op —repone Dusty con firmeza—. Hago lo que puedo, ¿vale?

Opi suelta el aire cuando giran una esquina al final del pasillo, demasiado hambrienta y acongojada para evitar una pelea.

Esta estación del año era antes su favorita.

La encaraba como un cirujano antes de una operación: con meticulosidad, como si vidas dependieran de ello.

Primero, cosechaba las últimas frutas y verduras del verano de su huerto y las preparaba para conservarlas y que así duraran todo el invierno.

A continuación, secaba las hierbas y hacía mezclas de té con especias para sus amigos y profesores.

Ponía en remojo cebollas y orégano fresco en miel, listo para aliviar los dolores de garganta, reducir la inflamación y luchar contra los virus maliciosos.

Cocinaba hasta caldos a fuego lento, tanto de carne como de verduras, y los congelaba para los momentos en los que enfermaba alguien a quien conociera.

Entonces, se ponía manos a la obra con los pasteles. Hacía muchísimos. Dulces y deliciosos.

Todas esas cosas hacen que ahora se le revuelva el estómago.

Ninguna de ellas existe ya para ella.

Giran otra vez hacia un pasillo más tranquilo. Mali y Will las esperan al final de este.

—¡Ahí estáis! —grita Mali—. ¡El timbre está a punto de sonar!

—¡Ya vamos! —responde Dusty también en un chillido al tiempo que Opi y ella empiezan a correr.

Opi trata de no reparar en la mirada de anhelo en el rostro de Will o la forma en la que estira el brazo para agarrar a Dusty y atraerla en cuanto se tocan. Por el contrario, tras la sonrisa ligera y cálida de Mali, Opi intuye un poco de aprensión.

Will lleva a Dusty hacia el armario de suministros al otro lado del pasillo y la puerta se cierra rápido detrás de ellos.

—Oye, chica —dice Mali.

Opi traga saliva, intentando no parecer muy acelerada.

—Gracias por esperarnos.

Mali abre una puerta junto a ella que lleva a un pequeño cuarto de baño.

—No sé si habría llegado a la hora del almuerzo —añade Opi, y se arrepiente al instante mientras sigue a Mali al interior.

Mali ralentiza el ritmo al oírlo. Tras lo que había sucedido con Opi y su padre, Dusty y Eli tardaron un mes en dejarla a solas con Mali para que se alimentara.

La habían observado de cerca, asegurándose de que tomara suficiente, pero no demasiado, consultando de forma constante los días anteriores si tenía hambre.

Opi se había obcecado en hacer lo mejor para el cuerpo de Mali, y ocultaba su hambre e insistía en que estaba bebiendo suficiente para salir del apuro.

No obstante, incluso después de que ella demostrara que tenía control y que le permitieran estar a solas con Mali de nuevo, el in cidente había pendido sobre ellas con una tensión silenciosa.

Vacilante, Mali cierra la puerta con pestillo tras ellas.

—Deberías haberme avisado —dice—. Podríamos haberlo hecho ayer o antes si lo necesitabas.

Opi sacude la cabeza, avergonzada.

—Sé lo duro que has estado entrenando últimamente. Necesitas que tu cuerpo esté al máximo.

—Lo está —responde Mali, remangándose el jersey—. Me está yendo genial.

Al ver las largas venas que corren bajo la piel morena de Mali, Opi saliva y se avergüenza aún más.

—No pasa nada —comenta Mali en voz baja. Alza un brazo y se lo ofrece sin reservas a pesar del corazón acelerado y la tensión que la atenaza alrededor de los ojos.

Opi lo ignora. Se impone la supervivencia, y una sed como nunca antes.

Agarra el brazo de Mali con ambas manos y se lo lleva a la boca. A medida que inhala por última vez el aroma, se le levanta el labio y muerde.

La sangre densa y metálica corre caliente por su garganta mientras cierra los ojos y se deja llevar por el alivio. Mantiene un dedo sobre la muñeca de Mali, centrándose en el punto de pulso para guiarse. Su ruido sordo le recuerda a una pequeña parte de ella que tiene la vida de Mali en sus manos.

La saciedad empieza a hormiguearle la coronilla y se le extiende por todas las extremidades hasta los dedos de los pies mientras vislumbra por un momento difuso cómo es para Mali correr, la emoción de los otros atletas a su lado, las ganas de vencer.

Cada ápice de tensión se derrite dentro de Opi y le otorga una fuerza arrolladora y ardiente.

En cuanto a su amiga se le ralentiza el pulso, Opi abre la boca diligente y deja que sus dientes salgan de la piel de Mali antes de lamer y saborear cada gota mientras le cura la herida hasta que no deja ni rastro de ella.

Alza los ojos hacia la mejor amiga de su hermana y capta la mirada de repulsión en el rostro de Mali antes de que la reemplace por una sonrisa apaciguadora y amable. Aunque no lo hubiera visto, habría sido capaz de oler el disgusto que rezuman los poros de Mali, como siempre.

Suena el timbre, demasiado fuerte, demasiado agudo. A pesar de ello, Opi lo agradece.

Mientras Mali se baja la manga, Opi agarra su mochila y saca una de las botellas de cristal llena de un líquido transparente de color ámbar.

—Gracias —dice, al tiempo que se la tiende a Mali, que abre el tapón y toma un gran sorbo.

Cuando acaba, le dedica una sonrisa reconfortante y, a continuación, repone:

—Vámonos.

Vuelven al pasillo a la par que Dusty y Will salen del armario de suministros con las mejillas sonrojadas. Se nota que Will tiene el pelo oscuro más despeinado que antes y, además, siguen con las manos entrelazadas.

Opi desea no ponerse celosa, pero las diferencias entre la realidad de su hermana y la de ella hacen que le sea imposible no sentir envidia.

No por primera vez, se pregunta si Dusty y Eli lo llevan mejor que ella porque se alimentan de personas que les despiertan sed de sangre. Si se encuentran más saciados de alguna forma por un intercambio más cargado de emociones.

Saca otra botella de la mochila y se la ofrece a Will.

—Gracias, Op.

Sonríe todo lo que puede y, luego, sin decir palabra, se gira para dirigirse a su sala de encuentro.

Dusty le echa un ojo a las decenas de pestañas que todavía tiene abiertas en el portátil, cada una es un agujero de gusano hacia todo tipo de cosas paranormales.

La sangre de Will, aún fresca en su organismo, fluye como cafeína psicodélica y la arrastra entre una alta concentración y una percepción aumentada de todo lo que la rodea.

El sonido de la calefacción central resuena a través de ella mientras saborea el aliento de todas las personas del instituto en el aire reciclado, y si no fuera por el filtro de luz azul de su pantalla, el parpadeo incesante haría que ella y aquella investigación que rozaba lo obsesivo entraran en frenesí.