1. Presión #3
—Qué suerte tienes. —La mujer española suspira—. Yo lo dejaría mirarme así cuando quisiera.
Eli gira la cabeza para contemplar a la mujer con acento, incapaz de evitarlo.
Contorsiona el rostro en una sonrisa maquiavélica mientras la mira.
Ella se queda sin aliento y, a continuación, aparta la mirada con rapidez; se le ponen las mejillas sonrosadas mientras el grupo sigue riéndose y charla entre susurros sobre la acrobacia que ejecutó Eli anoche.
Él se vuelve hacia la mujer de delante de él.
La energía coqueta de ella se ha evaporado. Pone los ojos en blanco y luego se aparta de él y se dirige al ascensor.
—Joder —murmura Eli, pero sabe que se lo merece.
Ya es su último día en Ciudad de México tras cinco días; un viaje con todos los gastos pagados para competir con los mejores riders de BMX del mundo.
Había estado llamando ya la atención por sus habilidades sobre la bici antes de que todo cambiara, pero después no había estado seguro de seguir con ello. Al menos, no de manera pública.
Cuando sus amigos Matt y Jesse lo vieron hacer el tonto en su pista en el bosque un día a principios de otoño, Matt subió un vídeo suyo que se volvió muy viral. Un montón de invitaciones de diferentes patrocinadores le inundaron los mensajes privados.
Sus padres habían estado de acuerdo en que era la oportunidad de su vida, y Eli no pudo negar que una parte de él echaba de menos la atención.
Llevaba meses ocultándose en el bosque de la White Mountain, existiendo como alguien nuevo por completo.
Ahora está en el último curso, el futuro se avecina, y creyó que podría volver a probar suerte en lo que llevaba planeando hacer con su vida.
El problema es que había subestimado lo duro que sería mantener a raya sus habilidades mejoradas.
—Perdona, ¿Eli Blake?
Eli reconoce la voz del chico inglés con el que había estado hablando. El que se percató de su «hambre», aunque malinterpretara la palabra. Se gira y lo reconoce de inmediato como alguien a quien, en efecto, ha notado. Alguien por el que siente sed sin dudar.
Eli extiende una mano.
—¿Qué tal?
—Bien —responde el chico, dándole un firme apretón a Eli con una mano igual de callosa. No parece reparar en su temperatura corporal—. Solo quería felicitarte por lo de anoche. Fue… una locura.
Eli le suelta la mano, intentando superar el pavor que lo atenaza desde que aterrizó después de la acrobacia.
No pretendía hacerla. Le salió de manera inconsciente y había cogido tanta velocidad que lo había impulsado a nuevas alturas y le había dejado todo el tiempo del mundo para aquella hazaña que batió récords.
Cuando la gravedad lo trajo de vuelta al suelo, la multitud enloqueció.
—Gracias —dice de forma despreocupada—. James, ¿verdad?
—Jimmy —responde él, y luego le da un largo sorbo a su cerveza.
A medida que traga, Eli no puede evitar observar su nuez y las venas que se le marcan alrededor de los músculos del cuello.
Se alimentó de Jesse justo antes de marcharse, así que, según el protocolo que Ophelia había establecido, le quedaban dos días hasta tener que volver a hacerlo.
Sin embargo, ahora mismo, hasta un día parece toda una vida.
—Estuve ahí cuando Reilly rompió el récord con un triple —añade Jimmy—. Nunca pensé que vería a alguien batirlo en mi vida.
—Sí, yo tampoco.
—Seguro que lo estás petando.
Eli se ríe.
—Se podría decir que sí. —Había consultado el teléfono antes de la fiesta y había descubierto que había conseguido más de treinta mil seguidores nuevos, y que tenía alertas de varias plataformas y marcas de deportes importantes.
—¿La última y nos vamos? —preguntó Jimmy, alzando su cerveza.
—No, tío. No bebo.
Jimmy asiente, claramente sin saber si lo han rechazado.
Eli es consciente de los mensajes contradictorios que envía. Anda en la fina línea entre la atracción y la sed. Ambas físicas, instintivas, pero del todo distintas para él, lo que complica su vida ya de por sí demasiado complicada.
Se ha estado alimentando en exclusiva de Jesse los últimos meses; una relación que se ha vuelto más y más tensa; su amistad se ha alterado de manera permanente.
Se han ceñido a la rutina estricta que había impuesto Ophelia.
Ni más, ni menos. No obstante, la culpa que lo atenazaba por alimentarse de alguien que lo desea cuando él no lo desea del mismo modo, cada vez era más insoportable.
Jesse no puede apagar sus propios sentimientos sin más.
Tampoco puede evitar que Eli consiga olerlos en él.
Estar fuera de casa ha sido un alivio. También le ha permitido imaginar cómo sería dejarse llevar por su hambre sin restricciones.
Alimentarse cuando le apeteciera. Se encuentra en un país extranjero, lejos de casa, después de todo.
Y Eli tiene la habilidad de manipular la verdad, de decirle a la gente qué hacer, pensar y sentir.
Puede incluso borrar recuerdos y reemplazarlos con lo que sea que les meta en la cabeza.
La tentación ha hecho que sus noches sin dormir sean más ajetreadas que nunca.
Y ahora hay un chico delante de él que huele mejor que todos los demás, y lo está tentan do muchísimo más.
Se miran a los ojos y Eli se permite no apartarlos; una confirmación de que Jimmy no se ha equivocado, hay algo entre ellos.
Solo que no es lo que Jimmy espera.
Eli se imagina cómo sería contar la verdad sobre lo que quiere y lo que no, y luego dejarle a Jimmy escoger. La única cosa que el chico no se vería venir sería lo de después. Cuando Eli le borrara la memoria y todo se convirtiera en un sueño lejano.
Siente cómo se le oscurece la mirada al tiempo que esboza una sonrisa.
A Jimmy se le acelera el corazón y se le vuelve más profunda la respiración, pero cuando Eli se gira para conducirlo al ascensor y, acto seguido, a su habitación, lo atraviesa una repentina nostalgia.
No de su casa en concreto, sino de una que hay más arriba en la montaña.
Incluso aunque siente a Jimmy pisándole los talones, la promesa de sangre apenas dentro de unos minutos, no puede evitar preguntarse lo que estarán haciendo las hermanas Silver ahora mismo.
Cuando se encuentra lejos de Dusty, puede sentir el vacío donde su vínculo suele existir.
No son palabras lo que oye cuando está cerca de ella ni ruido en la cabeza.
Son más bien como imágenes y sentimientos, momentos de la vida de ella, paralela a la suya propia, un túnel de dos sentidos que de alguna forma lo expande.
Sin este, siente que le falta una de las extremidades.
Sin embargo, en este instante, también son los grandes ojos marrones de Ophelia los que no se puede quitar de la cabeza.
Se pregunta si es el continuo juicio de ella sobre él o el hecho de que se le note tanto que él la molesta —cuando, por lo general, acepta a todos los demás— lo que su subconsciente usa para mantenerlo a raya, actuando como abogado del diablo.
De cualquier modo, pensar en ambas, tan lejos, ha reemplazado su anticipación con algo doloroso y vacío.
La puerta del ascensor se cierra, atrapando el aroma de Jimmy dentro.
Eli inhala, aliviado de que haya una sola cosa, al menos, que pueda hacer para llenar ese vacío.
Se apoya contra la pared, con la barbilla alta, mientras se toma la libertad de recorrer con la mirada el cuello y los brazos de Jimmy.
El corazón de este late aún más fuerte mientras la presión de los dientes de Eli aumenta y toma definitivamente su decisión.