1. Presión #2
—Estoy bien —dice Opi, tratando de restablecer los colores en vez de dejar que la inunde la rabia.
Sin embargo, es demasiado abstracto y, por desgracia, esconde otro motivo de dolor: Opi no ha desarrollado ninguna habilidad especial.
Se obliga a relajar la mandíbula antes de añadir—: Sí, aún quiero buscarla.
Dusty asiente, y luego le coloca una mano tranquilizadora en el brazo.
—Lo haremos.
La más leve oleada de suavidad fluye por el contacto y alcanza un lugar cercano al corazón de Opi. Por la mirada de alivio de Dusty, los colores de Opi deben de haber cambiado a algo que su hermana considera lo bastante normal para proseguir.
Abajo, con todas las ventanas cerradas, el aire está tan caliente que es sofocante.
—No me puedo creer que hubiéramos pensado que sería más fácil cuando hiciera más frío —suelta Opi, mirando las brasas de la chimenea que se encuentra más cerca de la cocina—. Papá encenderá los dos fuegos pronto. Apenas seremos capaces de respirar aquí abajo.
Al tiempo que Dusty se dirige a la entrada, Opi desenchufa el móvil del cargador en el salón.
Después de lo que sucedió con su padre, en un esfuerzo por distraerse de su propia realidad y sed, había adquirido el mal hábito de navegar con el móvil sin parar toda la noche, pero su algoritmo —programado para alguien que casi consumía en exclusiva contenido alegre y apasionado de plantas y herbología, alguien que ya no era— solo la hacía despreciarse aún más.
Ahora deja el teléfono fuera de su alcance y o pta por pasar toda la noche desconectada, meditando para olvidarse de su apetito y fingiendo que Dusty o Eli no la están oyendo a cada momento, siempre vigilantes, siempre conscientes de dónde se encuentra.
Por suerte, Eli ha estado toda la semana pasada fuera haciendo algo relacionado con el BMX.
Opi creyó que se sentiría menos oprimida sin que él se quedara acechando en el exterior, como si tuviera que cuidar de ella, cuando Dusty se encontraba en casa de Will o de Mali.
Sin embargo, en vez de eso, Will ha ido allí a la casa, y aunque el padre de ambas todavía sigue trabajando más de lo normal o durmiendo despreocupado en la planta de arriba, tampoco es que haya hecho mucha diferencia.
En cualquier caso, sin Eli cerca, Opi no ha tenido que pensar tanto sobre esa noche: lo que le hizo a su padre, el modo en el que Eli la había mirado después, la consecuencia de esa sed insaciable dentro de ella.
«Pronto. Tomarás sangre pronto».
Se apresura a ir a la cocina, agarra dos botellas de cristal llenas de un líquido transparente de color ocre de la nevera y, a continuación, corre a la entrada para calzarse las botas negras de suela gruesa encima de sus calcetines blancos lisos.
Fuera, Dusty la espera en el coche con las ventanillas ya bajadas. El alivio del aire frío calma a Opi durante un segundo, hasta que se percata de que su hermana le mira el vestido.
—¿Qué?
Dusty hace un mohín.
—¿Crees que…? ¿No deberías…?
—¿Qué, Dusty?
—La gente se preguntará por qué no llevas chaqueta.
Opi se queda mirando a su hermana, intentando convencerse a sí misma de que está enfadada sobre todo por el hambre que tiene, no porque le estén supervisando todo lo que hace.
Se sube al coche sin responder y, por cómo de lento sale Dusty marcha atrás del camino de entrada, es evidente que esta no tiene ni idea de lo hambrienta que está Opi.
Ella es la que había sugerido que se alimentaran cada siete días.
Fue justo después de que cambiara por primera vez, y lo único que sabían ellos era que necesitaba a alguien seguro del que alimentarse con regularidad.
Mali se había prestado voluntaria, y, a pesar de su sed cada vez más creciente, la antigua Opi seguía estando lo suficientemente presente para establecer algunas reglas básicas.
Siete días era lo que Dusty y Eli parecieron aguantar antes de llevar su ansia al límite; y como alguien que estudiaba en el pasado el cuerpo humano y lo que era bueno para él, había decidido que, si les preparaba a sus donantes infusiones de ortiga, trébol rojo, canela, alfalfa y ashwagandha para ayudarlos a fortalecer el sistema sanguíneo tras una gran pérdida, el rango de tiempo sería seguro para todos los implicados.
Al principio, eso la había hecho sentir mejor —como si estuviera cumpliendo su papel siendo proactiva, una valiosa integrante de aquel grupo secreto—, incluso aunque las primeras veces que se alimentó de Mali, Dusty tuvo que intervenir cuando no fue capaz de detenerse.
Todos se lo habían atribuido a que Opi aún estaba encontrando su lugar, y, en parte, era cierto.
La cuarta vez que se alimentó, pudo parar ella sola.
Pero entonces, justo dos días más tarde, fue la noche en la que sucedió lo de su padre.
Se estremece ante el recuerdo, como siempre hace.
A medida que bajan la montaña, traquetean en su mochila las botellas de cristal, llenas con la única infusión que todavía prepara.
—Mi pequeña curandera —dice Dusty.
Opi puede oír la sonrisa en la voz de su hermana, pero sus palabras le rompen el corazón.
No es solo que la forma en la que las hierbas huelen tan diferente, tan extrañas, le duela.
Tampoco que ya no pueda siquiera cocinar con ellas, disfrutar de su sabor y la manera en la que dan vida a otros alimentos.
Es el hecho de que, mientras Dusty y Eli aún parecen perfectamente capaces de ajustarse al ciclo de alimentación de siete días, la sed de Opi jamás se desvanece.
Su necesidad la consume, y el tiempo no ha hecho sino demostrar que es distinta incluso de ellos.
Monstruosa. Débil. Inferior.
En el pasado, curar había sido su segunda naturaleza. Ahora lo único que quiere es arrebatar.
Pasan por el camino de entrada de la casa de JD, cercada por una verja enorme de alta seguridad y una valla que rodea la propiedad.
—¿Qué tal se encuentra su madre? —pregunta, sabiendo que Dusty y Eli han estado vigilando de cerca la casa y se han asegura do de que JD no haya tratado de volver.
—A ver, ya era una ermitaña antes, por lo que es difícil de de cir.
—Dusty suelta un suspiro entrecortado—. Pero después de que JD matara a su marido, se alimentara de ella durante semanas y luego desapareciera, parece obvio que su salud mental se ha deteriorado.
Las pocas veces que la hemos visto, se ha limitado a quedarse mirando a la nada.
Aunque sé que le llevan la compra a casa cada pocas semanas, así que está… sobreviviendo.
Opi suspira. Nunca ha conocido a la mujer, pero hay algo en el hecho de que se mantuviera junto a su hijo, lo ayudara a pesar de lo que había hecho o de aquello en lo que se había convertido, que le toca la fibra y la hace sentir como si la hubieran desgarrado por dentro.
La mujer debe de ser leal y entregada de una forma que la propia madre de Opi no fue capaz de ser.
Por lo que saben, jamás se denunció la desaparición del padre de JD, y, cuando volvieron al instituto tras el verano, los profesores le contaron a todo aquel que preguntó que JD ahora estudiaba en casa.
Opi no sabe si era una mentira de su madre o del propio JD, pero nadie pareció atar cabos entre que él no asistiera a clase y la desaparición de Kristen.
Las botellas en la mochila de Opi vuelven a traquetear mientras abandonan la montaña y empiezan a serpentear las carreteras hacia el pueblo.
«Ya casi llegamos», se dice Opi a sí misma, mordiéndose el labio.
Acaba de comenzar a relajarse cuando se acercan al puente cubierto sobre el Black River y se encuentran varios coches alineados y aguardando su turno para cruzar.
—¿Qué cojones? —murmura Dusty a medida que se acercan.
Opi se asoma por la ventanilla abierta, pero solo es capaz de ver a través del entramado de madera que cubre el puente. Dentro, se encuentra un coche detenido en medio. Hay un hombre de pie, junto al maletero abierto en la parte de atrás, sacando una rueda de repuesto.
A Opi se le instala una sensación de zozobra en la boca del estómago.
De pronto, es demasiado consciente de la gente que se halla en los coches alrededor de ellas, del sonido de sus corazones palpitando lo bastante fuerte para provocar que la boca se le haga agua.
Se muerde el labio una vez más con tanta fuerza que se resquebraja la piel.
Se lame la gotita que se le acumula y saborea el sabor agridulce antes de que se le cure de inmediato.
—Creía que le iban los tíos.
Eli se inclina más hacia la mujer delante de él, con la mirada perdida en el rostro deslumbrante de ella mientras aguza el oído para escuchar al grupo de riders en la otra parte del tejado del hotel. Lo han estado observando toda la noche, al igual que todo el mundo.
El sol ya había salido sobre Ciudad de México, y la fiesta que hacía horas estaba repleta de gente se había reducido a los riders, que aún están llenos de adrenalina por la competición de la noche anterior.
La música se cuela por los altavoces y se fusiona con los camiones de la basura y el resto del tráfico de primera hora de la mañana en los pisos de abajo que dan a la calle.
La mujer prosigue alzando la vista hacia Eli con ojos juguetones mientras frunce los labios, sin ser consciente de que él tiene la atención dividida.
—¿Qué más da lo que le vaya? —replica un tipo con acento francés—. Anoche hizo un cuádruple flair . Eso ni siquiera es posible.
—Bueno, desde luego que sí —interrumpe otro tipo—. Porque él lo ha hecho. Y de improviso. La pista no estaba ni adaptada.
—Tal vez sea bi —añade una mujer con un deje español.
La mujer delante de Eli le sacude algo de la camiseta; la quími ca entre ellos hace que a él le cosquillee la piel.
—Sea lo que sea —añade una voz inglesa de chico—, el otro día me miró a mí como la está mirando a ella.
—Más quisieras.
La voz francesa le quita importancia, mientras que la mujer española pregunta:
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo te miraba?
—Como si tuviera hambre.
Hay un segundo de silencio antes de que resuenen las risas.